Poesía mexicana: Juan Carlos Hernández Palacios

Leemos poesía mexicana. Leemos poemas de Juan Carlos Hernández Palacios (Tuxtla Gutiérrez, 1985). Publico Jack Daniels y Robusto Sánchez en la bañera de un hotel que se incendia mientras todos duermen en sosiego (2018).

 

 

Juan Carlos Hernández Palacios​​ (Tuxtla Gutiérrez,​​ 1985)​​ es​​ Licenciado en Lengua y​​ Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Chiapas y Licenciado en Pedagogía. Actualmente es estudiante de posgrado en la Maestría de Literatura Hispanoamericana por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Además del poemario​​ Jack Daniels y Robusto Sánchez en la bañera de un hotel que se incendia mientras todos duermen en sosiego​​ (2018)​​ ha participado en antologías de poesía como​​ Astilo​​ (2017)​​ y​​ Detrás de las ventanas​​ (2022)​​ por CONECULTA.

 

 

 

 

 

 

 

Recuerdo el día en que mi padre nos llevó a la playa

en la Suburban blanca.

Las gaviotas se estrellaban en el cristal.

Las olas a lo lejos.

Mamá giraba en torno a mi padre

que se regocijaba por primera vez, creo yo.

Nunca voy a olvidarlo:

los peces llegaban muertos a la orilla,

era marea roja

y mi padre me aventaba hacia ellas;

Mamá hacía aspavientos,​​ 

no le agradaba que mi padre me arrojara a las olas.

Ahora han pasado 25 años

y mi padre se ha desvanecido con el viento más ligero.

Es como si jamás hubiese existido aquella tarde en la que yo era​​ 

muy feliz​​ 

Feliz como nunca

que aún​​ 

busco en cada playa​​ 

peces muertos.

 

 

 

 

 

 

 

Muere el otoño

 

En esta noche cubierta por la nieve

veo morir el otoño​​ 

junto a las cosas que creí poseer.

 

Guiados por el mismo fantasma

mis pasos se borran en este lugar​​ 

donde todo parece en reposo.

 

Respiro del mundo un recuerdo:

el llanto azul de la montaña en una flor abierta.​​ 

 

Lejano, algo demoledor habita en silencio.

¿Qué hay bajo la escarcha?

¿Qué invierno medra en mi juventud?

 

 

 

 

 

 

 

 

Han pasado varias épocas

desde que, en tu lecho,

sosteniendo con fuerza un amuleto​​ 

miraste en el nocturno cielo​​ 

una estela cruzar el horizonte,

mientras el ejército de Ciro dominaba el Sham.

 

De este lado, algunos dioses han perecido

el humo de máquinas y la pólvora

han envejecido un poco al mundo.

 

En nuestro sueño: estamos juntos,

la costa bermeja,​​ 

blancas aves gorjean entre tamariscos,

tus ojos en mis ojos,

la caravana de camellos nos hace sonreír.

 

Miles de años pasaron

desde ese rayo de luz en el cielo de Damasco.

Ahora mi alma intenta reconocerte en otros rostros

que no saben de la nave que nos trajo

porque tu nave o la mía se separaron al aterrizar

y tú fuiste una muchacha siria hace miles de años

mientras yo estoy aquí,​​ 

en esta habitación iluminada con neón.

 

Mi mente se curva hacia el sueño de la costa​​ 

bermeja,

como un ladrón me deslizo, allá,​​ 

pero esta vez estás despierta

y volteas con estrépito

sosteniendo tu amuleto

imaginando que alguien se asoma a tu puerta.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fin en semana Santa en Puerto Arista

 

Veo en un espejo de cobre

las cosas que fui.​​ 

La tarde dibuja mi infancia:

un pez de plata escapando a la profundidad.

 

El dolor del mundo​​ 

en el ritmo de un vórtice

traído de vuelta en la blanca espuma

 

millones de larvas zoea caminan hacia el brillo del agua

cada ser se adhiere a mí

pero tan solo uno de esos cangrejos

es demasiado pesado para sostenerlo

 

escucho el mundo resplandecer en mi interior​​ 

resplandecer en el último barco:

La gaviota sobre la proa salta​​ 

como un suicida atravesando una ola amarga.

 

 

 

 

 

 

 

 

Más allá del cristal:

el mundo, los árboles,

el césped soleado,

el asador que compramos en julio,

pero encuentro una grieta en él.

Nadie se coloca atrás del cristal para observarlo.

En​​ cambio,​​ contemplan el árbol o el asador

sin percatarse que esta grieta se hace más grande

hasta que se rompe todo el mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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