Poesía española: Juana María González García

Leemos algunos textos del primer libro de poemas de Juana María González García (Jaén, 1981), La llama afuera (Ril, 2026).

 

 

 

Juana María González García (Jaén,​​ 1981) es profesora titular en la Universidad Internacional de La Rioja y editora en la editorial Canaima. Especialista en literatura española contemporánea, ha dedicado parte de su trayectoria académica y personal al estudio y la creación poética.​​ La llama afuera​​ es su primer libro de poesía.

 

 

 

 

 

***

 

 

 

 

La llama afuera​​ es un libro de gran intensidad simbólica en la que el amor, el deseo, la pérdida y la experiencia espiritual convergen en un movimiento de transformación. Árboles, aves, montañas, fuego, ángeles y cuerpos en metamorfosis dialogan con la tradición mística y convierten la naturaleza en un espacio de revelación. A través del duelo, el libro emprende un viaje interior en el que la naturaleza, el amor y lo sagrado se entrelazan para imaginar una forma de reconciliación con la vida.

 

 

 

 

 

 

 

Absalón

 

Tenías la lengua preñada de​​ 

cantos antiguos y promesas,

venían a beber de tu boca las garzas,

al arroyo infinito de tu Nombre.

 

Pero la noche cerca los caminos,

los corazones salvajes campan

como los almendros,

en los ríos,

corren frenéticos entre las piedras,

siempre solos.

 

En la montaña la hirieron,

en la montaña se esparcieron los restos,

la oscuridad vino a habitar sus párpados.

 

Cuánta belleza pendía de las ramas,

Absalón,

cuánto dolor dejaste en lo más hondo.

 

Al arrullo del viento,

me esconderé,

recogeré los pliegues de tu ropa,

enterraré mi nombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

Creció la casa como crece un árbol,

en el centro justo, expandiendo su raíz,

su salvaje deseo me hincó ramas.

 

Cuando nos miro,

veo a nuestros hijos fuertes, bellos,

estrellas de un cielo más alegre del que imagina el mundo,

nos veo caminando de la mano,​​ 

con esa quietud que tú regalas a las cosas,

y sé que no puedo explicar lo que somos.

 

Porque nosotros vinimos a hablarles a las flores,

de la sangre que daremos​​ 

por cada brizna de hierba que se pise,

vinimos a decirles a las montañas,

que no deben temer nuestras manos,

ni nuestros nombres,

que no las olvidaremos nunca,

vinimos a decirle al viento

que las palabras que susurramos en la sombra

son la lengua de un linaje,

que somos reyes gigantes,

y nuestros hijos príncipes,

que la tierra nos ama por encima de todas las cosas,

y que somos puros,

como palomas altas,

que nuestra sangre mana de una fuente sin nombre,

que a todos alimenta.

 

 

 

 

 

 

Porque cuando me tocas soy un animal en celo​​ 

y veo en la oscuridad,

no me toques.

 

La puerta de la calle está abierta,

el aroma de la bacanal te inunda el pecho,

te estoy mirando entre las plantas

y voy a saltarte.

 

Porque son tus manos,

porque mi corazón es como el de los animales,

porque yo sé que me quieres tocar,

pero, cuando me quieras tocar,

por favor no me toques.

 

 

 

 

 

 

 

 

Licantropía

 

Es ese deseo carnívoro de embocarte,

de empaparme en tu sangre y relamer tus vísceras,

insaciablemente,

devorarte y morirnos.

 

Se abre el abismo,

la carne se resquebraja,

oigo a los perros aullando sobre tu cuerpo herido.

 

Que yo soy un caminante de la piel,

vengo a cobrar en sangre

lo que no pude percibir en vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Qué te pasó?, me dijiste.

Me crecieron alas.

Con esas alas podía abrazar al mundo.

 

 

Me crecieron alas para huir,

me crecieron alas,

y en el límite del horizonte,​​ 

mi ángel venía directo,

me miraba y me sonreía,

comprendía la verdad en mi corazón.

 

Que vive por mí y yo por él,

mi ángel habita la canción,

como quien responde a una llamada,

encontró mi corazón y lo miró de frente,

encontró mi corazón y lo deseó.

 

El cielo es eléctrico,

y desolada la tierra se ilumina con ráfagas de luz,

mi ángel desciende en una nube verde,

lo conoce todo y todo lo transforma.

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuanto más pienso en ti,

más segura estoy​​ 

de la remota posibilidad de que seamos.

Es una especie de limbo,

donde los tocados por el Cielo

se comunican por gestos,

castigados por alguna falta,

el lenguaje natural de dos corazones exactos.

 

Yo Te prometo eternidad,

quiero decir,

desposar nuestro destino,

Yo Te prometo el calor hasta la muerte de este cuerpo,

Yo Te juro amor,

Yo Te recogeré donde te duermas.

 

He pensado en habitarte

y las raíces están penetrando los cimientos,

he plantado un árbol en un solar en medio del Sol,

y ya florecen tus ojos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Por qué por fin no vendrá a buscarme,

la muerte que necesito tanto, la muerte,

si yo ya no quiero vivir, si ya no quiero,

antes de que yo me vuelva hoja,​​ 

antes de que yo salte el cerro,

antes de que yo me escape por el monte

y me pierda entre los riscos hiriéndome,

buscando entre las piedras entre las ramas el agua viva,

la sed se me está haciendo tan larga.

Por qué no vendrá la muerte a verme,

si yo ya no vivo, si yo no vivo,​​ 

se me ha roto el corazón de tanto callarme,

se me ha roto el corazón de aguantarme tanto el instinto,

se me ha roto el corazón buscando el corazón de otro,

que no podía encontrarlo, que no podía encontrarlo,

que no era mío, mío.​​ 

Por qué no vendrá a llevarme la muerte,

si ya el fuego no se apaga,

si ya mi cuerpo es cuerpo suyo encendido.​​ 

 

 

 

 

 

 

La luz que también quema

 

No se puede sacar la llama afuera,

es preferible que echemos a arder​​ 

y, en medio del incendio,​​ 

nos alcance por fin la aurora.

 

La luz como una herida,

como un agujerito hondo en el pecho.

 

Ya nadie en el mundo oye el llanto de otro,

hay un vocerío tan grande​​ 

que retumban los cristales de la casa,

y vas a esconderte al fondo,​​ 

con tu llama,

tu corazón de primavera,

tu corazón de arrebol,

tu corazón ardiente y rojo.

 

Te quieres morir,

por ver si la llama se vuelve azul​​ 

mientras te vas,

se va oír el llanto seguro,

Sagrado corazón con llama azul.

 

 

 

 

 

 

 

Porque siempre vuelve,

y se queda sentada sobre el pecho,

acechando con su careta,

a tejerte por dentro una hoguera,

a abrasarte el corazón y llevarte.

 

El cielo está llamando a gritos:

Venid hijos de mi Padre,

Venid y Arded en la Gloria,

Venid y yo os haré Pescadores,

A mi imagen,

Hombres ángeles,

Hombres torre,

Hombres llama,

Venid y Arded.

 

Ayer me dijiste:

tengo miedo de la muerte,

y se te iban cerrando los ojos,

la muerte con su cara de Dama blanca,​​ 

con su daga roja que te apunta al centro.

 

 

 

 

 

 

 

 

a Juan Andrés García Román

 

Imaginé un marco,

un horizonte,

una línea infinita donde hablamos un lenguaje raro,

una jerga que sólo entienden los animales y las plantas,

quizás las flores,

y también tú y yo,

en todo caso,

tenemos largas charlas sobre el sentido de la vida y la hierba,

y la bóveda superior sonríe,

también el Cielo.

 

Veo una casa y un jardín al pie de una montaña,

una piedra con una inscripción al dorso y una tumba,

una flor que se despierta llegando la mañana,

un pequeño animal menudo que se esfuerza en subir a un árbol.

 

Los mil pájaros del techo han salido a pasear,

y llaman con su voz ronca a otras aves que rodean la casa,

la sinfonía sube al cielo en una especie de columna blanca,

y luego desparecen.

¡Qué estampa de gloria!

 

Imaginé un lugar que tú no imaginas,

el espacio es perfecto y fantástico,

y podemos habitarlo siempre,

largas avenidas de árboles nos saludan al paso,

y entonces hay música y las criaturas danzan,​​ 

porque se liberaron los cuerpos,

la carne dio paso a la altura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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