Poesía nicaragüense: María Meléndez.

Leemos poesía joven de Nicaragua con una muestra de poemas María Meléndez

 

Estudiante de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Obtuvo el primer lugar en el concurso de poesía Joaquín Pasos, promovido por el Departamento de Español, y el primer lugar en el concurso Carlos Martínez Rivas, organizado por el Área de Conocimiento Artes y Humanidades.​​ Ha participado como expositora en la revista Índice y formó parte del personal de apoyo en la elaboración del Diccionario de Lengua de Señas Nicaragüense, desarrollado por el Departamento de Pedagogía de la UNAN-Managua.

 

 

 

  • Sábado en Managua

Hace tanto calor aquí

Que mi cama se ha hecho agua y se ha secado.

Mientras me quemo en esta urna de muebles y concreto,

Me pregunto si,

Del otro lado de la ciudad,

También sentís el mismo calor que yo.

 

 

  • Una mujer camina sola en las calles de Managua​​ 

Yo sonrío porque te cargo entre las manos

y por eso toda Managua me huele a flores.

Escucho graznar los carros,

respiro el aroma de los camiones​​ 

y como me fascino con el sol jugando en mi cabeza​​ 

​​ la gente me llama loca.

Porque ellos ven a una mujer deambulando en la carretera

Con los ojos cerrados y el brazo extendido,

Pero yo solo te veo a vos

Y la gente me llama loca.

 

 

  • Una banda de pájaros que nunca vuela

A Francisco Ruiz Udiel​​ 

Yo tuve un sueño:

Fuimos al centro de la ciudad

a contar los pájaros en los cables.

Me dijiste que era buena idea y luego te fuiste volando.

Te ignoré en ese entonces.

Yo creí tener un sueño

pero ahora sé que vos lo soñaste primero

porque yo fui uno de tus pájaros.

 

 

  • Dónde empieza la lluvia

Golpea en mi mente tu cara,

como el frío de la madrugada.

En tu voz, en tus piernas, en tu pecho,

Me retuerzo,

Con ganas de esconderme

entre tu vientre.

En mi mente​​ 

Sospecho que huele a tierra mojada

cuando abrís las piernas,

entonces empezas a llover y

a fuera también.

 

 

  • Sábado en Managua II

Mi casa parecía también sollozar.

Mientras el calor se esconde debajo de los muebles

Me pregunta si,

en donde estás,

también llueve como llueve aquí.

 

 

Nadie escribe para que lo quieran

Quizás no basta con palomas cayendo en picada dentro de una manzana

o un perro escapando de su ladrido

o un hombre muerto preparándose para vivir la muerte

¿Y el sol?

Quizás el sol pueda cambiar de forma y ser una taza

¿Una taza?

Las tazas coleccionan besos

y guardan los olores de sus amantes.

Quizás no bastan las imágenes para olvidar

por eso ya no escribo

Todo se me nubla cuando

caigo en lado medio vacío del vaso.

Lleno, vacío

Lleno, vacío

 

 

Cuando mis labios no pueden tocar tus labios te toco los dedos encima del monte.

El color del bajo monte crece en tus dedos

y yo, en silencio, los toco,

cuando mis labios no pueden tocar tu boca.​​ 

 

 

Cuando veo por la ventana del bus

Trato de no pensarte.

Por eso veo por la ventana a la señora

que llora con su niño en brazos,

y envidio sus lágrimas

porque ella piensa en vender mangos para sobrevivir y darle de comer a su hijo.

mientras que yo

solo pienso en vos.

 

 

Leatitia​​ 

Los pájaros regresan contentos a mis manos​​ 

Las ramas se parten a la mitad​​ 

y las luces se duermen temprano.​​ 

 

¿De dónde nace la tarde

​​ y por qué muere en el cielo?

¿Si nadie vivió aquí,

​​ porqué está tan lleno? Preguntaste.​​ 

Los pájaros se asustaron y se fueron.

 

Una luz en la laguna te atrajo​​ 

llevaba un sombrero blanco y una barba de estropajo.

Alzó su mano y te entregó una piedra​​ 

La aventaste en el lago​​ 

y al tercer rebote​​ 

nació la tarde ​​ 

 

Volvimos a la cima:​​ 

yo ya sin pájaros, vos ya volando.

y yo que pensaba que Dios todo lo había creado.

 

 

Otra tarde en Ometepe​​ 

 

En los tobillos de la Isla​​ 

con el agua haciendo arcadas en mis pies,​​ 

en el embudo de la tarde​​ 

después de ver zarpar el barco en el que tenía que irme.

Sentí la tristeza como un chisme del pueblo.

 

Planeabas los próximos días

​​ mientras yo deshacía mis peticiones de muerte.​​ 

Me acostaste en tu cama​​ 

mientras me dabas pan y café, ya tarde.​​ 

Al primer bocado sentí la Isla:​​ 

su agua, el misterio, la neblina.

Venía a mí el día que me enseñaste

​​ a cortar plátanos con el machete de tu abuelo

​​ y me corté la memoria.​​ 

 

Ha zarpado un barco conmigo a bordo,​​ 

pero yo lo sigo viendo desde los tobillos de la Isla​​ 

con el agua haciendo arcadas en mis pies

en el estrecho embudo de una tarde​​ 

que no termina de caer.

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