CÓNDOR
O EL LIBRO DE LA LIBERTAD
Leí Cóndor, por primera vez, el 2018. María Casiraghi me obsequió un ejemplar en su casa de Buenos Aires. Durante dos días la imagen de aquella ave me acompañó por Corrientes, Lavalle y la 9 de Julio. Años atrás, Casiraghi estuvo en el Cañón del Colca, allí contempló el vuelo de los cóndores. De esa experiencia nació el libro que asume su naturaleza y su respiración.
María Casiraghi no solo describe lo que ve, María transmuta la experiencia hasta confundirse con el sujeto de su canto. En su proyecto, el cóndor deja de ser un animal observado para convertirse en una voz, en un aliento, en una interrogación. “En mi sombra también soy cóndor”, dice en el epílogo, revelándonos hasta qué punto su identificación no es metafórica sino existencial.
Casiraghi no habla del cóndor, habla desde el cóndor; hace suya la mirada que vigila desde las alturas. Ese desplazamiento constituye la columna vertebral de la obra: su poética se construye como un espacio de doble residencia donde la voz humana y el graznido del ave se entrelazan hasta volverse indistinguibles.
EL CÓNDOR COMO METÁFORA DE LA LIBERTAD
Si hay un significado que el cóndor encarna es el de la libertad, pero no se trata de una libertad concebida como ausencia de ataduras, sino de una libertad sustentada en la pertenencia. El cóndor no es libre en abstracto, es libre porque es hijo de las cumbres y su vuelo es la respuesta natural a la geografía que lo formó.
En la cosmovisión andina, el cóndor es el mensajero del Hanan Pacha (el mundo de arriba), por eso, cuando Casiraghi lo elige como eje de su obra, no toma un símbolo, está recuperando un lenguaje, un código que ha ordenado la vida de los pueblos durante siglos.
En el libro, la libertad se manifiesta en varias capas. Hay una libertad física que desprecia la gravedad: “aprende con el primer vuelo / al descender hazte pequeño y mengua la altura / porque para poder subir hay que saber bajar”, apunta en uno de los primeros poemas. Esta enseñanza transforma la idea de libertad, no se trata de un ascenso ininterrumpido, se trata de un movimiento que sabe descender porque conoce la tierra; y hay una libertad como memoria y resistencia: el cóndor recuerda lo que los hombres olvidan. Se trata de una libertad purificadora.
Recordemos que cóndor —Cathartidae— proviene del griego kathartes, que significa “el que limpia”. Casiraghi toma esta etimología y la convierte en el centro de su propuesta. El cóndor no solo es fuerza o altivez; el cóndor asume la ingrata y necesaria tarea de limpiar lo que el tiempo deja caer. “El que limpia puede curarte”, escribe.
En un continente marcado por la conquista, el colonialismo, la violencia política y las exclusiones, la figura del cóndor se convierte en un puntal identitario que propone otra forma de estar en el mundo. Aquí la identidad no es algo fijo, es algo que limpia, que renueva, que vuela cada día con plumas nuevas.
LA ÉPICA DEL CÓNDOR
Hay un autor al que siempre retorno y cito en mis intervenciones: Jean-François Lyotard. Reincido. En “La condición posmoderna”, Lyotard definió la postmodernidad como la incredulidad ante los grandes relatos —esos metarelatos que pretendían explicar la totalidad de la historia, prometer la salvación colectiva, el progreso indefinido y la emancipación universal. Los relatos de la razón, de la revolución, del desarrollo, todos esos discursos que durante siglos dieron sentido a la marcha de las sociedades perdieron su capacidad de convicción ¿Qué queda entonces? Quedan los relatos menores, las voces locales, las historias que no aspiran a explicar el mundo sino a testimoniar una experiencia, un lugar, un dolor, una esperanza. Es en ese espacio donde la poesía de María Casiraghi cobra sentido.
Cóndor no construye un nuevo relato sobre la nación, ni sobre la historia, ni sobre el destino del continente. No nos promete que salvará América Latina ni que su vuelo traerá la ansiada justicia. Casiraghi hace algo más modesto y más valioso: presta su voz al ave, deja que el cóndor pregunte. “Y si fuera un mensajero ¿dónde está su mensaje?”, interroga. Esa pregunta —dónde está el mensaje— es el síntoma de una época que ya no cree en los mensajes definitivos. El cóndor sobrevuela, observa, pero no trae máximas ni recetas. La poeta renuncia al tono profético, renuncia a convertirlo en el estandarte de una causa. En lugar de eso, lo muestra en su soledad, en su fragilidad biológica, en su silencio que no necesita de consignas.
Sin embargo, lo épico no desaparece, se transforma. Lo épico ya no está en la gesta heroica, en la batalla que se gana o en la hazaña memorable. Lo épico está en la persistencia, lo épico está en que el cóndor vuele cada mañana, a pesar de todo, a pesar de los disparos o de la desaparición de sus presas. Esa resistencia callada, sin trompetas ni desfiles, es la nueva forma de lo épico que Casiraghi encarna. Lo épico es mantenerse vivo, seguir volando. Lo épico es la fidelidad a la altura, al aire, a una forma que no se deja arrastrar por el miedo colectivo.
ENTRE LA HERIDA Y LA PURIFICACIÓN
El sujeto que habla en Cóndor no es unitario ni fijo, es un yo que se desdobla, que habita varias voces a la vez. A veces es la poeta que mira desde el borde, otras, es el cóndor que piensa y recuerda. Esta fluidez, esta capacidad de ser varios sin dejar de ser uno, es esencial. La identidad no se posee, se practica, se vuela.
El campo semántico que organiza el libro gira en torno a tres grandes polos: altura, memoria y limpieza. La altura no es solo geográfica, es la perspectiva desde la cual se ven las cosas con mayor claridad, aunque también con mayor distancia. La memoria opera como un deber: “Hace tiempo que contamos los cóndores”, dice en uno de los poemas “¿Podremos hallar quien los reemplace?”, se pregunta. No hay respuesta consoladora. Y, la limpieza, funciona como metáfora de la escritura. Escribir es limpiar el lenguaje para devolverle su capacidad de nombrar el mundo con la verdad. “El que limpia puede curarte”, subraya. La poesía no es adorno ni entretenimiento, es lo que nos permite vivir después de la catástrofe.
Casiraghi elige estos temas no por capricho estético, sino por urgencia histórica. En América Latina, la crisis no tiene un rostro particular. Frente a ese vacío, la poeta no propone una doctrina, propone una mirada. El cóndor nos enseña a mirar desde arriba, a entender que lo que le ocurre a una criatura en la montaña nos ocurre a todos.
CODA
Hace ocho años quise editar este libro. Tenerlo ahora en mis manos, retornar a sus páginas, no me deja la sensación de haber leído un manifiesto, me deja la imagen de un ave que gira en el cielo, y en una época que ha dejado de creer en salvadores y promesas, la poesía de María Casiraghi nos recuerda que hay otras formas de grandeza que no necesitan monumentos. Su cóndor, nuestro cóndor, ya no es el símbolo de una nación, ni de una raza, ni de una ideología, es algo más humilde y poderoso. Por eso, mientras haya cóndores en el Cañón del Colca, existe la esperanza de aprender a volar, de mantenernos fieles a esa altura que ninguna jaula puede encerrar.
EPÍLOGO DEL CLARIVIDENTE
¿Te diste cuenta
que la estela que deja el cóndor
es más blanca que la de los aviones
perseguidos por la distancia?
¿Te diste cuenta
que siempre detrás tuyo
va tu viaje?
Triste de verte sobre el suelo
aferrado a tus opciones
pendiente de los límites físicos
como si no pudieras
igual que el cosmos
reventar y nacer roca
para que te rocen aunque sea, te rocen sus alas
y en el roce aprendas a perder tu cuerpo
y goces del ritmo
y gimas
cuando entres a ese instante.
¿Te das cuenta?
Era sólo cuestión de enamorarte
antes del estallido
y después cerrar los ojos.




