Poesía Venezolana: Gina Saraceni.

Leemos una selección del libro Adriático (2021) de la poeta, investigadora y docente venezolana Gina Saraceni (Caracas, 1966). Saraceni fue profesora titular de la Universidad Simón Bolívar. Actualmente es profesora asociada del Departamento de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. En poesía ha publicado los siguientes libros: Entre objetos respirando ganador del Concurso de Poesía Víctor José Cedillo (1995); su libro Salobre, obtuvo el premio de la Bienal de Coro Elías David Curiel (2001) y con Casa de pisar duro resultó ganadora del XI Concurso Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2011). La foto de la autora es cortesía de ©Vasco Szinetar. La selección de los presentes poemas de Adriático fue curada por nuestro editor asociado Zorian Ramírez Espinoza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Guaira

 

 

 

a Marco

 

 

Mi padre se fue lejos a pescar.

Tan lejos que cruzó el Atlántico.

No conocía la lengua del trópico

que calcina todo lo que nombra;

tampoco los pelícanos, los uveros,

los cocos que se volvieron

paisaje y pertenencia.

 

Distante de su tierra,

aprendió a esperar en la luz.

 

Pescaba en el agua de otro idioma

carites, roncadores, meros, pargos

los mismos peces que sacaba

con su anzuelo de las olas

en el muelle lejano de San Vito.

El mar era otro mar

y mi padre el mismo hombre

que se fue lejos a pescar.

 

 

 

 

 

 

 

 

Mangos

a Pedro

 

 

Los mangos se desploman

de la rama a la tierra.

Llenan la noche

de un ruido sordo

que hace del aire una caída.

 

Más nunca volverán a su principio

cuando esperaban madurar

el amarillo para abrir su concha

al pájaro y al diente.

 

Cada noche un mango

cae dentro del oído.

 

Cada noche el ala de tu nombre

alcanza mi ventana,

hace nido entre mis rizos,

me entrega tiernos frutos de luz.

 

Los mangos crecen amarillos

en el corazón que me dejas

cada noche entre las manos.

 

Te cumples en mi sangre

como materia que cae

y golpea la vida

en el extremo de la lengua.

 

Cuando un mango

toca la tierra

enloquece el amarillo

y grita el jugo de su pulpa

para que vuelvas.

 

 

 

 

 

 

 

 

San Domino

 

 

 

a Lucio

 

Hay árboles

que desafían la gravedad.

 

Crecen en los acantilados,

en las ranuras de las rocas,

en el borde del vacío.

Temerarios equilibristas,

se asoman al mar

con sus troncos tortuosos

y sus largas ramas colgantes.

Pudieran caerse

de un momento a otro,

precipitar en las verdes

aguas de la isla,

pero sus raíces resisten,

aferradas al negro

risco calcáreo,

luchan contra el viento,

la aridez, el abismo.

 

Los pinos de Aleppo

son árboles valientes

que forman un bosque

de redondas cabelleras verdes.

Me adentro

en su espinoso follaje,

en los caminos

que se abren bajo la sombra

y llego hasta el mar.

 

 

 

 

 

 

 

 

Colegio Codazzi

 

 

 

a mis compañeros de colegio

a Luca, Antonio, Guglielmo

In memoriam

 

Il nostro paese si chiamava

Agostino Codazzi,

como el geógrafo italiano

que en el siglo XIX

exploró Venezuela

y dibujó un mapa

de sus límites.

 

Inventamos una lengua

grande como el Adriático,

el Atlántico, el Caribe

que nombraba esta

tierra y aquella

como una misma

latitud afectiva.

 

Una lengua que nos dio

la pertenencia del acento.

 

Nos hicimos adultos

lejos de Codazzi.

Y aunque no haya regreso,

todavía existimos

en esa lengua de pájaros migrantes.

 

 

 

 

 

 

Olimpia

 

 

 

Cada día regreso a

la voz de mi padre:

 

lo veo escribir en

su máquina Olimpia

y oigo las teclas

moverse hacia Italia,

cada letra hacia el otro

lado del Atlántico

de donde un día

partió con una Vespa

y un acordeón,

sin saber la lengua

de los pájaros.

 

Vuelvo y lo llamo:

escucho que repite

el nombre de un

caballo negro

que en otro tiempo

cruzó el verano

con aquel galope inmortal.

 

Lejos quedamos

del canto de los loros,

del amarillo de los mangos,

del cobijo de los samanes,

pero más lejos todavía

del litoral donde llegó

mi padre con otro mar

en el corazón,

más solos,

arrojados,

huérfanos.

 

 

 

 

 

 

 

Via Venezia

 

 

 

El trópico está

demasiado lejos

para creer que fuimos

parte de su canto.

 

Demasiado lejos

está el padre

de sus manos obreras

que colaban aluminio

en moldes de cafeteras

que ahora duermen

el letargo de los objetos.

 

Mientras escribe cartas

y cae la nieve,

mi padre

escucha boleros

y vuelve.

 

 

 

 

 

 

 

Infancia

 

a Alejandro

 

Los niños que juegan en la orilla

serán peces en la corriente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imágenes pertenecientes al libro Adriático.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gina Saraceni (Caracas, 1966). Poeta, investigadora y docente. Fue profesora titular de la Universidad Simón Bolívar. Actualmente es profesora asociada del Departamento de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Fue editora de la revista Cuadernos de literatura entre 2017-2023. Con el poemario Entre objetos respirando ganó el Concurso de Poesía Víctor José Cedillo (1995); con Salobre, la Bienal de Coro Elías David Curiel (2001); con Casa de pisar duro, el XI Concurso Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2011). Es autora de En-obra. Antología de la poesía venezolana contemporánea (1983-2008) (2008), de El verde más oculto. Antología poética de Fabio Morábito (2002) y Adriático (2021). Es coautora, junto con Antonio López Ortega y Miguel Gomes, de Rasgos comunes. Antología de la poesía venezolana del siglo XX (2019). Ha traducido al italiano a Rafael Cadenas (L’isola e altre poesie, 2007) y a Yolanda Pantin (I bassi sentimenti, 2008), y al español a Alda Merini.

 

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