Tundra (Poemas 2008-2024), nuevo libro de Rafael Toriz

Rafael Toriz (Xalapa, 1983) se estrena como poeta. Publica Tundra (Poemas 2008-2024) en ediciones para llevar. Se trata de textos de género anfibio para ser leídos en clave poética. Sobre el libro, Fabio Morábito escribió: "Es esta vocación por el extravío lo que otorga a estas páginas su peculiar hondura y que inscribe a este poeta que no se cree o no quiere ser poeta en la rara extirpe de los últimos románticos". Rafael Toriz es ensayista, traductor, curador y crítico cultural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ahuizotl

 

Nací viejo, bajo cielos muy antiguos, como el último de mi raza. Mi tierra era Tlatilco, que en lengua natural significa el lugar de las cosas escondidas, pero en aquellas lenguas nunca fui bueno, ni justo ni bien querido: los hombres rojos me odiaban por engañarlos como a niños. Y por ahogarlos a las orillas de los lagos.​​ 

Al tercer día —y sólo hasta al tercer día— volvían sus cuerpos rotos por el agua. Sin dientes, sin carne y sin ojos, como balsas maldecidas por mi aliento para el estudio de sus profetas.​​ 

Pero nada fueron mis tormentos comparados con lo que habría de venir: vi arder a manos de rufianes a la civilización más pura, la de la ciudad flotante; vi las violaciones con la espada con que partieron a las mujeres y vi también cómo la enfermedad de la piel acabó con hombres recios, ancianos y niños, profanando sus despojos más allá de la muerte.​​ 

Todo lo que trajo el hombre blanco fue una ruina sanguinaria; acabó con los señores de esta tierra y anegó de sangre enferma los altares de los templos.​​ 

Soy el último de mi especie, ya nadie nunca dirá mi nombre ni sabrá que yo era el coyote del agua con los pies de mono. Por eso, antes de que mis ojos salgan de sus cuencas y atestigüen los horrores del Mictlán, muero​​ bebiéndome este lago envenenado, junto con a las pesadillas de lumbre de lo que supo ser Tenochtitlán.

 

 

 

 

 

 

 

 

Jueves

 

Caminas en llamas, sólidas llamas. Los libros, los putos libros y la culebra de la tristeza en el fuego de la noche sin Orión. Mujeres que pasáis por la quinta avenida, por Florida, por el jardín de las arterias, por las piedras y las luces tan lejos de mi vida: tan cerca del carajo. Bestias, palabras: enferma la forma. Una flor inmensa, hórrido hierro, estúpida. Cáncer, el cáncer, mi cáncer. Alcoholes apolillados, alcools apollinados. Poeta en Nueva York, poeta en Neza York, pedazos en poeta. Solo en la carcajada de un escenario vacío en medio de toda la carne, la inmensa carne. Buenos Aires, buenos bagres: masiosare. Caminas en llamas, sin llamas lo llamas y muerto aparece entre labios y hielo, entre sombras y nada. Hablo, desgarro y escribo. Supuro, suspiro. No digo. Las piernas, tus piernas, una cascada en la garganta y una cascada tus piernas. Una cascada mis ojos y una cascada tu lengua y el eco de la voz que no llega y no escribe: que no te escribe. Tatuar lo perdido y buscar lo partido. La lengua. La puta lengua. La perra lengua que no dice. Lengua. Escribes, Buenos Aires, porque sólo se palpa la inmensidad y la nulidad de una vida quebrada. En latidos, ahogada.

 

 

 

 

 

 

 

Mariana

 

Como nunca me dejas​​ 

desvalido

​​ Habiendo bebido de tu boca el loto –plenitud–​​ 

arremetes contra mis despojos,​​ 

cuando de las oraciones aprendidas​​ 

sólo quedan las palabras carcomidas​​ 

para viejos dioses enterrados​​ 

y cuyo responso evoca la figura​​ 

plena​​ 

de tu ausencia​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ (en el contorno de​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ mi​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ sepultura)​​ 

Inútil, minusválido​​ 

Tu cuerpo es la segueta que serrucha mis costillas:​​ 

Fuego que es ceniza en el cenizo​​ 

fuego de tu​​ 

boca​​ 

Ahora, como a Hipatía, te arranco

los ojos con esta lengua de lumbre​​ 

Destazo tus miembros en el albañal de​​ 

mi escritura

Y no es por desamor que se te acusa,

Sino de profanación y sacrilegio:​​ 

Te acuso de haber TATUADO en mi sangre​​ 

La impiedad alevosa de tu nombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

Tundra

(Del saami del Kola, tu–ndar: «llanura sin árboles»)

 

s. f.​​ Bioma terrestre de alta latitud caracterizado por la ausencia total de vegetación arbórea y la persistencia de un subsuelo congelado de manera permanente, denominado permafrost. Región de crioturbación extrema, donde los ciclos térmicos de congelación y deshielo fracturan la roca superficial y compactan el suelo en estructuras poligonales. Su balance hídrico es engañoso: aunque las precipitaciones son escasas, equivalentes a las de un desierto árido, la impermeabilidad del horizonte helado impide el drenaje profundo, forzando a la materia orgánica a una descomposición ralentizada bajo un manto de líquenes, musgos y turba. Espacio de transición biológica sumido en un letargo criogénico, donde la vida vegetal no se extingue, sino que renuncia a la verticalidad para resguardar su biomasa de manera subterránea.

 

 

 

 

 

 

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