¿Quién Puede Ser Disidente? Carlos Manuel Álvarez, Ariana Harwicz y los aduaneros culturales.

Arturo Desimone reflexiona en torno a la “industria de la disidencia”. Nos propone el texto “¿Quién Puede Ser Disidente? Carlos Manuel Álvarez, Ariana Harwicz y los aduaneros culturales”. A la luz de la más reciente batalla cultural, el novelista exiliado cubano Carlos Manuel Álvarez publicó una nota en la revista Jacobin América Latina, donde exige una condena severa y la ridiculización de Harwicz, aunque sin privarla de su derecho a expresarse. El presente artículo y carta abierta, escrito por el poeta y novelista de Aruba, Arturo Desimone, surge como una respuesta directa a las posturas de Álvarez.

 

 

 

Una polémica que ha mantenido en vilo al mundo literario internacional desde finales de septiembre ha sido la cancelación de la participación de la novelista franco-argentina Ariana Harwicz en el prestigioso Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades CULTUR-ALH en Granada, España.​​ 

 

Todo comenzó con la campaña de una sección estudiantil del movimiento BDS, que protestaba contra la autora por haberse pronunciado en contra del boicot cultural a Israel, y por identificarse abiertamente con el sionismo. En el marco del esfuerzo de PACBI por forzar su retirada —donde Harwicz planeaba dar un discurso titulado «Oponerse al mundo»—, se publicó una carta que exigía su exclusión, firmada por más de 500 escritores, artistas y personas con opiniones. Cabe destacar que la carta en contra de la participación de Harwicz, que la acusa de negacionismo, ha sido firmada por numerosas figuras destacadas de la poesía y la literatura, entre ellas las poetas Pilar Quintana de Colombia, Marta Sanz de España, Lina Meruane de Chile, la escritora mexicana Brenda Navarro y la cineasta argentina Lucrecia Martel. Poco después, se publicó en la prensa una contracarta en defensa del pluralismo y la libertad de expresión, en la que también figuran destacados poetas, entre ellas Piedad Bonnet, María Negroni, y el filósofo Fernando Savater.​​ 

 

A la luz de esta batalla cultural, el novelista exiliado cubano Carlos Manuel Álvarez publicó una nota en la revista​​ Jacobin América Latina,​​ donde exige una condena severa y la ridiculización de Harwicz, aunque sin privarla de su derecho a expresarse. El presente artículo y carta abierta, escrito por el poeta y novelista de Aruba, Arturo Desimone, surge como una respuesta directa a las posturas de Álvarez.

 

 

 

 

 

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¿Quién Puede Ser Disidente? Carlos Manuel Álvarez, Ariana Harwicz y los aduaneros culturales.

 

Una​​ nota​​ reciente en Jacobin​​ América​​ Latina, Usurpación​​ de​​ la víctima​​ del escritor disidente cubano Carlos Manuel Álvarez, residente en Nueva York, se propuso abordar el último revuelo en el mundo literario hispano e iberoamericano:​​ el boicot a​​ Ariana Harwicz, novelista​​ francoargentina​​ con opiniones hostiles a los palestinos, en un destacado festival literario europeo.​​ El artículo empieza “Ariana Harwicz era una autora en busca de un censor. Y después de muchos años lo encontró.”​​ 

En los últimos años,​​ bajo la influencia de marxistas como Vivek Chibber y Catherine Liu,​​ Jacobin no solo​​ se ha alejado del apoyo a las políticas identitarias, culturalistas e interseccionalistas estadounidenses​​ y a las​​ batallas culturales académicas​​ —incluso ha llegado a condenarlas con ferocidad—. Por el contrario,​​ Álvarez sí comparte una visión que reclama la interseccionalidad a toda fuerza.​​ En una​​ entrevista con El País en 2023, por ejemplo, dice que “El feminismo ha sido y tiene que ser una revolución, yo creo que, en los términos más estrictos, la única posible,” y añade que “solo se lo apostaría a los mujeres y a los negros” para establecer la democracia​​ y acabar con la pobreza​​ en su isla natal, donde los problemas tienen sus​​ raíces, analiza​​ el destacado intelectual, en los hombres cubanos blancos cómo él. La revista que ayudó establecer​​ como coeditor​​ desde sus inicios, Rialta, ha servido como​​ plataforma para los manifiestos del movimiento​​ disidente​​ San Isidro, donde se declara​​ que​​ para resolver​​ los problemas​​ enfrentados por​​ Cuba​​ “Es necesario deconstruir el espacio patriarcal épico”, y de “ese sistema machista, racista, y homofóbico” que se supone ser el gobierno cubano. Un​​ ensayo-manifiesto​​ estrenada en Rialta​​ dice​​ “Siempre decimos “hay que tumbar la​​ dictadura”, pero ¿qué significa? Es inevitable que uno de los primeros pasos [...] sería de otorgarle una voz a [...] brindarle al pueblo, a la comunidad LGBTIQA+, a los que luchan por la igualdad racial, a la madre que camina por las calles, a todos/todas, un sentido y lugar en una Cuba que estamos construyendo”.1 ​​​​ 

Es un contraste algo llamativo:​​ ya que en cualquier discusión pública adyacente al Jacobin​​ anglófono, uno podrá oír a socialistas jóvenes como Ben Burgis que lamentan el alejamiento​​ del paradigma​​ de​​ la lucha de​​ clases.​​ Tampoco​​ soy inmune a la tentación de la política identitaria: como artista de origen judío que se ha opuesto militantemente a este genocidio,​​ organizando paneles​​ y militando con agrupaciones judías de izquierda no-sionista, o siendo arrestado en protestas en torno a Palestina hace más que una década, me tomo la geopolítica en serio.​​ 

La militancia literaria de Álvarez, al contrario,​​ postula​​ que un movimiento interseccional e identitario, con la participación de​​ una jet-set de​​ artistas​​ cubanos​​ en la diáspora,​​ inaugurará​​ una transformación​​ que cumple todas​​ las promesas de los guerrilleros “patriarcales” que derrocaron a Batista. En la contracultura cubana, figuras emblemáticas como él proponen que la corrección política, tal como la entiende Occidente, puede ser el antídoto para otro tipo de corrección política,​​ la versión criolla de​​ su​​ isla anacrónica.​​ Con los discursos​​ de inclusión​​ del​​ neoliberalismo, se puede reventar a​​ la maquinaria​​ ideológica​​ oxidada​​ (y menos financiada)​​ de la corrección​​ (disciplina)​​ ideológica que mantiene el​​ gobierno​​ cubano.​​ 

Al carácter opresivo de la corrección política criolla en Cuba, hay que reconocerlo:​​ los expedientes sobre las posturas supuestamente «erróneas» de los artistas, las presiones de arriba para repetir lugares comunes y elogios sentimentales a los logros de la revolución del 1959, en tiempo presente como si aún fuera un proceso en curso; y, sobre todo, la negación de ciertos problemas​​ crecientes​​ en Cuba como la mendicidad y​​ la escandalosa privatización de las bodegas populares.​​ La​​ panacea​​ elegida por Álvarez para responder a estos problemas reales, sin embargo, es​​ un cóctel molotov​​ universitario​​ de teorías​​ racialistas​​ y de género:​​ como si eso fuera a explicar el giro neoliberal y la austeridad adoptados por Díaz-Canel. Si un intelectual está tan determinado​​ a​​ ignorar​​ que los drásticos problemas económicos de Cuba son de naturaleza​​ (macro)económica,​​ —más que resultado de sexualidades dominantes—, se vuelve urgente para él negar la existencia de una inclinación estalinista ya notoria​​ y ampliamente documentada​​ dentro de los​​ discursos​​ derivados de la​​ nueva izquierda​​ - visible sobre todo en las industrias culturales ligadas a las grandes universidades –​​ que​​ el autor​​ y su cofradía​​ apoyan.​​ Si las agrupaciones del entorno de Álvarez​​ reclamasen​​ una crítica material a la​​ opresión cubana​​ y a los orígenes estructurales del racismo, es poco probable que recibiesen el amplio apoyo de​​ institutos​​ occidentales​​ que hablan el idioma de Recursos Humanos.​​ 

Dada su formidable trayectoria en la promoción del prisma de las políticas de identidad-víctima (afropesimista, feminista radical,​​ LGBTQIA+) para deconstruir a Cuba, resulta alucinante el giro de 180 grados que da​​ el ensayista post-ideólogo​​ cuando, de repente, ataca la propia política de identidad victimista de Harwicz, escribiendo que "La recurrencia con la que la imagen de la víctima aparece en el espíritu crítico del presente es probablemente resultado del auge de las políticas de​​ identidad y se ha asentado lo suficiente como para instituir su propio status quo." Llevando su autocontradicción a una nueva vanguardia de la deshonestidad, Álvarez —o su​​ alter ego antiwoke​​ reprimido— escribe: «En la economía moral del capitalismo, al menos desde los años noventa, la indignación ha sido también una mercancía, la expresión de un monopolio cultural que privatizó las identidades y las premió más en la medida en que tales identidades decidieron entenderse como esencias».​​ 

Pero no se atreve a nombrar ni uno solo de estos esencialismos para criticarlos (¿feminismo, trans, esencialismo negro?), excepto, por supuesto, cuando se trata del sionismo —la única política de identidad-víctima que ha pasado de moda.

Harwicz, agrega Álvarez, “se la buscó”—fascinante formulación, si tenemos en cuenta que fluye de la pluma jacobina de un ultra-feminista masculino sobre una mujer censurada. ​​ Escribe,​​ con un tono disciplinario que​​ “la molestia de Harwicz no era tanto con la corrección política del wokismo, sino con la celebración de desgracias que no eran la suya”, concluyendo que​​ la autora​​ se vio motivada por el hecho de que la atención prestada al sufrimiento palestino distrae de su propio martirio como chovinista judía. Irónicamente, ataca la política identitaria “victimista”​​ hebraica​​ -“el sionismo, un proyecto colonial basado en la supremacía metafísica de la condición de víctima”- mientras reivindica a todas los demás metafísicas de victimismos e identidades avaladas por la progresía anti-cubana.

En​​ este​​ artículo​​ tan descaradamente​​ hipócrita en​​ Jacobin,​​ también​​ parece aconsejarles a sus colegas​​ (las firmantes de la carta de boicot a Harwicz, muchas de ellas referentes del feminismo como Silvia Federici, Lucrecia Martel y Rita Segato)​​ sobre estrategias de relaciones públicas,​​ área en el que​​ Álvarez​​ ya es experto​​ de think tank, sabiendo como​​ dialogar​​ con los organismos​​ hegemónicos​​ sobre Cuba:​​ si no te gusta lo que diga​​ otra escritora,​​ para disciplinarla,​​ no la conviertas en mártir con un acto de censura abrupto y burdo, del tipo que cometen los​​ amateurs. En cambio, da​​ grandes rodeos para describir a tu enemiga como una personificación del «neoliberalismo»​​ -hasta le acusa a la autora de “una usura simbólica descarnada”-​​ y otras entidades financieras espectrales, y difama la crudeza​​ intelectual​​ y el mal gusto de la escritora en cuestión por afirmar que está siendo censurada. Así lo hacemos​​ los aficionados.

Su​​ filípica​​ continúa, intenta una invocación torpe a​​ Joseph Brodsky: afirma que la «escuela» de Brodsky​​ (un autodidacta que se mofaba​​ de​​ todas las escuelas)​​ se comprometió a no involucrarse en las preocupaciones sociológicas​​ “ruidosas” y​​ tendenciosas del momento, sino más bien a permitir que el arte se centrara en lo sublime. Esta afirmación demuestra un desconocimiento de la trayectoria real de Brodsky como figura pública: es​​ bien sabido que​​ el poeta exiliado ruso​​ se expresaba​​ en los términos más grotescos y racistas sobre el pueblo vietnamita precisamente​​ durante los bombardeos.​​ Las memorias del editor Carl Proffer​​ recuentan​​ como​​ Brodsky,​​ intoxicado por​​ su fervor anticomunista,​​ dijo​​ “nosotros,​​ el mundo civilizado tiene que entrar a Vietnam y dejar caer la bomba de hidrógeno”...​​ “no son humanos.”2​​ A pesar de​​ su​​ xenofobia, Brodsky siguió​​ siendo un grandioso poeta.

Si​​ hay algo en la intrincada sofistería de Álvarez que resulte más delicioso que​​ todas sus tergiversaciones​​ enmascaradas​​ como​​ matices,​​ es la proyección con la que intenta atacar a su rival al situarla en el círculo de los beneficiarios oportunistas de una industria dedicada a producir «al disidente»​​ para el mercado neoliberal. Aquí, Álvarez utiliza su incuestionable estatus laureado como disidente cubano para humillar a la​​ autora judía franco-argentina por intentar pretenciosamente apropiarse de una identidad que, como todos​​ saben, le pertenece a él, y a otros cercanos al movimiento de San Isidro que en​​ Julio​​ 2021​​ acusó colectivamente a La Habana de​​ racismo heteropatriarcal,​​ y convirtió en su himno la canción de rap «Patria Más Vida». En sí misma, una letra muy entrañable, ¿por qué no querer «Patria» y «Vida» en lugar de todo este martirio?​​ Sin embargo, en ese contexto, estas producciones se integraron de inmediato en​​ las estructuras​​ de la política exterior occidental, en​​ compartir el escenario con Marco Rubio​​ ante​​ las​​ millonarias​​ redes de cabildeo de Florida y Washington—que se entrecruzan extraoficialmente con​​ plataformas​​ como​​ Art Basel Miami—y en la Unión Europea, que se sumó​​ flexiblemente a​​ la​​ «máxima presión» de Trump contra Cuba. Álvarez revela aquí que no lo mueve​​ la solidaridad estratégica​​ por el pueblo palestino,​​ oprimido e injustamente encarcelado, sino​​ la afición para​​ otro​​ territorio:​​ el ámbito de influencia y el ego de un​​ joven​​ y​​ prominente​​ aduanero cultural. Se propone​​ castigar a​​ la​​ señora​​ Harwicz​​ (a quién describe como nunca habiendo vivido bajo un régimen, a pesar de haber nacido durante la junta militar argentina)​​ por su insolente​​ mala apropiación​​ de su prestigiosa identidad política. Da a entender no solo que ella, tras haber alcanzado el éxito y una​​ insólita​​ adaptación cinematográfica de su libro producida por Scorsese, ahora quiere aferrarse con avidez a otra cosa que no se merece —la corona que se le otorga al verdadero disidente no debe recaer en los críticos de la cultura de la cancelación occidental—.​​ 

Dado que la progresía​​ sucede de ser​​ la propuesta​​ arregla-todo​​ de Álvarez para la corrupción del castro-fidelismo en su isla natal,​​ le​​ resulta especialmente urgente despotricar​​ contra​​ cualquier escritor que esté dispuesto, gracias al mal gusto o a la falta de filtros, a​​ señalar​​ lo ya sabido:​​ que el discurso políticamente correcto —es decir, el refrito, durante una crisis de falta de creatividad​​ en occidente, a​​ los discursos tardíos de la Nueva Izquierda— tiene un​​ comprobado​​ potencial estalinista, que se hace visible​​ en forma de «cultura de la cancelación» y boicots culturales. Álvarez​​ es​​ influyente en los círculos académicos literarios,​​ y​​ ha aprendido de los mejores: adquirió experiencia​​ práctica​​ al sufrir de lleno el embate de los «aduaneros​​ culturales» en Cuba, aquellos que buscaban contener,​​ con decretos malogrados, a​​ las vanguardias jóvenes y a​​ los artistas cubanos, que disfrutaban tanto del apoyo históricamente inigualable a las artes y la cultura brindado por el Estado cubano en su propia​​ isla, como del camino hacia la fama instantánea como víctimas del régimen correcto al que oponerse, en lo que respecta al mercado del arte​​ europeo-norteamericano. La formación de Álvarez en este sentido, y su conversión en​​ cancerbero​​ que opera desde dentro de las diásporas literarias iberoamericanas, lo ha convertido en un experto en lo que constituye la eficacia de la censura: sabe​​ pulir y refinar​​ los hábitos​​ que aprendió de los aduaneros en su isla de origen; sabe​​ distinguir lo bueno de lo de mal gusto​​ en el ejercicio de​​ este​​ oficio.

Por supuesto,​​ cualquier​​ veterano joven​​ del movimiento de San Isidro​​ que llega​​ a los Estados Unidos o España​​ se encuentra entre los mayores beneficiarios actuales de la industria de la disidencia, junto con una comunidad​​ de venezolanos que se autodenominan exiliados y que consiguen sin​​ demasiado​​ esfuerzo importantes contratos editoriales, cuyo arte conceptual rompe récords para artistas latinoamericanos en​​ las subastas como​​ Christie’s —las obras de​​ algunos​​ artistas​​ contemporáneos​​ disidentes cubanos​​ han superado las ventas​​ póstumas de​​ Frida Kahlo en cuanto a su valoración​​ en millones de dólares3— y a quienes, independientemente de si su obra lo merecía o no, se les extendieron alfombras rojas en las industrias culturales del capitalismo.

Considero que las opiniones expresadas por Harwicz sobre Palestina​​ resultan​​ extremadamente desagradables,​​ ignorantes, posiblemente motivadas por un trauma personal. Pero como soy un activista​​ judío​​ a favor de los derechos de los palestinos​​ que quiere ser eficaz,​​ también hablo con personas que tienen puntos de vista hostiles hacia el mundo árabe. Y está claro que, más allá de las docenas de judíos e israelíes a quienes traté de convencer sobre el dilema palestino, esta es también una opinión lamentablemente​​ común por fuera de la academia. La polémica​​ de Harwicz​​ sobre Palestina, por​​ histérica​​ que parezca, representa​​ una opinión reactiva​​ que sostienen y expresan millones de judíos​​ alrededor del​​ mundo.4​​ Si la noción de los​​ derechos y la experiencia palestinas​​ de injusticia se vuelven canónicas o hegemónicas en los años venideros,​​ sería​​ en parte​​ un desarrollo​​ positivo. Nosotros, los judíos, habíamos acogido con beneplácito el momento en que el antisemitismo perdió su legitimidad pública​​ en occidente después​​ del holocausto. El problema es un cambio de perspectiva de suma cero: últimamente, cualquier ataque contra una persona judía, motivado por la impotencia política​​ ante el livestream​​ y la incapacidad de los espectadores para ayudar eficazmente a los palestinos, ha llegado a justificar las teorías conspirativas que​​ satanizan, lo que se observa en torno a​​ la​​ cancelación​​ y difamación pública de Noam Chomsky,​​ y​​ en​​ la creencia falsa de que la «cultura de la cancelación»​​ en forma de boicot contra cualquiera que​​ cuestiona​​ a un boicot cultural contra Israel,​​ mejorará las vidas​​ palestinas. La primera vez que tuve diferencias de opinión importantes dentro de los grupos​​ pro-derechos palestinos fue​​ cuando me pronuncié en contra de los intentos de​​ la organización​​ PACBI de cancelar al director de orquesta argentino-israelí​​ Daniel Barenboim,​​ porque condenaban a su orquesta​​ sinfónica​​ que reunía a músicos palestinos, libaneses​​ e israelíes como una forma de orientalismo y «normalización» del apartheid, en una fabulosa inversión de la realidad​​ que fue condenada hasta por la viuda de Edward Said.​​ 

Lo que Álvarez defiende en sus sofismas es que las difamaciones contra una​​ escritora - que expresa​​ opiniones ajenas a​​ la progresía​​ -​​ se escriban con mejor​​ gusto, con mayor aplomo;​​ que es mejor no involucrarse con lo estúpido y lo vulgar, y esta es precisamente la postura del establishment artístico neoliberal al que él y su​​ cofradía​​ aduanera​​ dicen oponerse.

 

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​​ Balance de los hechos del 11 de​​ Julio, Rialta, Septiembre 2021 ​​ https://rialta.org/balance-11-de-julio-movimiento-sanisidro/​​ 

2

​​ Artículo en Slavic Review, “Racism, the Highest Stage of Anticommunism”​​ https://www.cambridge.org/core/journals/slavic-review/article/abs/racism-the-highest-stage-of-anticommunism/ADC4D5A8FDC637F1BC8AF7DE4C937DEA​​ 

3

​​ Una obra conceptual minimalista con bombillas de luz de Félix Gonzalez-Torres se vendió a 13.6 millones de dólares, póstumamente, en 2024.​​ https://www.arbolinvertido.com/cultura/record-de-venta-del-arte-cubano-subastan-en-136-millones-de-dolares-una-tira-de-luces-de​​ 

Compartiendo la bonanza, el​​ colectivo cubano​​ Los Carpinteros​​ se vendió a $456.000 y una instalación multimedial del cubano Yoan Capote a $201.600 en la subasta Christie’s.​​ https://www.mutualart.com/Artist/Los-Carpinteros/CFC4D962D91D1ED2​​ 

4

​​ Alrededor de un​​ tercio- entre 30 y 39%​​ ​​ de los judíos estadounidenses encuestados consideran a la campaña israelí en Gaza un genocidio.​​ Esto implica una mayoría sigue siendo “negacionista”.​​ https://unpacked.media/us-support-for-israel-continues-to-slide-including-among-jewish-americans-new-poll/​​ 

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