Poesía alemana: Jan Wagner

El poeta peruano Nilton Santiago, a través de su selección, nos acerca al trabajo del poeta alemán Jan Wagner (1971). En 2024, Pre-Textos, con la traducción de Juan Manuel Cabrera, publicó la edición bilingüe de Variaciones sobre bidones para la lluvia.

 

 

 

 

 

4 poemas de​​ Variaciones sobre bidones para la lluvia​​ de​​ Jan Wagner

 

 

 

Jan Wagner (Hamburgo, 1971) vive actualmente en Berlín. Es poeta, ensayista y traductor. Su primer libro de poemas,​​ Probebohrung im Himmel, apareció en el año 2001. A este le siguieron los poemarios​​ Guerickes Sperling​​ (2004),​​ Achtzehn Pasteten​​ (2007),​​ Australien​​ (2010),​​ Die Eulenhasser in den Hallenhäusern​​ (2012),​​ Die Life Butterfly Show​​ (2018) o el reciente​​ Steine & Erde​​ (2023). Con su obra​​ Regentonnenvariationen​​ (2014), ganó el Premio de la Feria del Libro de Leipzig de 2015, y dos años más tardes, tras la publicación de su antología​​ Selbstporträt mit Bienenschwarm​​ (2016), le fue concedido el prestigioso Premio Georg-Büchner. También ha publicado diversos libros de ensayo.​​ Variaciones sobre bidones para la lluvia​​ (Regentonnenvariationen) (Pre-Textos, 2024) es su primer libro de poemas publicado en español.

 

 

 

 

 

***

 

 

 

 

 

 

koalas

 

tanto sueño en un solo árbol,​​ 

tantas bolas de pelos​​ 

en cada horcadura, una bohemia​​ 

de pereza que agarra y agarra en las copas

 

con garras como dos crampones,​​ 

alpinistas pioneros, nunca loados​​ 

en las terrazas silbantes de selvas​​ 

tropicales, estoicos despeinados,

 

budas piojosos, más perseverantes​​ 

que el veneno que crece en las hojas,​​ 

con sus orejas de algodón, a salvo​​ 

de estímulos en un rincón del mundo:

 

nada de waterloos, ni de paseos​​ 

a canossa. contémplalos bien, antes​​ 

que sea tarde: ese rostro suave​​ 

de tacaño, la mueca de un ciclista

 

que va a ganar la etapa, separado​​ 

del suelo, pero cerca de la mano;​​ 

míralos antes que bostece alguno​​ 

y se hunda en un sueño de eucalipto.

 

 

 

 

 

 

sábanas

 

al abuelo lo embalsamaron​​ 

y transportaron en la suya,​​ 

y yo lo descubrí un año después,​​ 

cuando vestíamos las camas de limpio,​​ 

mustio como una avispa, diminuto​​ 

faraón de un verano muy remoto.

 

así se doblan las sábanas: brazos​​ 

bien abiertos, que puedas reflejarte​​ 

sobre la superficie totalmente​​ 

tensa, luego el foxtrot de la colada,​​ 

menguando paso a paso el rectángulo,​​ 

hasta casi rozarse las narices.

 

todo podía esconderse​​ 

en su interior de nieve: un recipiente​​ 

vacío de un perfume misterioso,​​ 

un poco de espliego o de flores​​ 

silvestres, un penique o un nido​​ 

de bolitas de naftalina.

 

pero ahora descansaban mudas​​ 

y blancas en sus cómodas, montones​​ 

de ellas, maceradas en perfume,​​ 

almidonadas, satinadas, lisas​​ 

y plegadas igual que paracaídas​​ 

ante un salto del todo inesperado.

 

 

 

 

 

 

lázaro

 

después de cuatro días regresó​​ 

ciego como un topo y con moho​​ 

en barba y pelo, salió arrastrándose​​ 

del féretro, una madre de madera,

 

y olía incluso con el viento en contra.​​ 

cuando estaba sentado, comprobaba​​ 

si aún tenía pulso; los chiquillos

se escondían tras las faldas al verlo

 

doblar la esquina, andando como si​​ 

desconfiara del suelo y de su andar​​ 

a tientas. su mujer con ojos rojos.​​ 

ambos dormían ahora los tres juntos.

 

cuatro semanas hasta olvidar​​ 

que había sabor a tierra en el jamón,

a barro en el agua o en el vino;​​ 

cuatro meses, y todo más difuso,

 

misterioso y ya casi olvidado.​​ 

de pronto aparece ahí, el último​​ 

en la cola del pan, y se oye otra​​ 

vez en los callejones esa voz

 

de muelle roto, como si algo dentro​​ 

de él estuviera suelto, que le dice:​​ 

«buen día, lázaro», o «hace buen tiempo»,​​ 

le ofrece la mano y aguanta el aire.

 

 

 

 

 

 

ensayo sobre mosquitos

 

como si todas las letras del diario

se hubieran despegado a la vez

formando un enjambre en el aire;

 

forman enjambres en el aire,

pero no traen noticias tristes,

musas pobres, escuálidos pegasos,

 

zumbándose a sí mismos al oído;

hijos del último hilo de humo

cuando la vela se apagó, tan leves

 

que es difícil afirmar que existen,

como sombras que alguien proyectara

en nuestro mundo desde otro mundo;

 

danzan, delgados como extremidades

dibujadas a lápiz;

diminutas esfinges;

 

la piedra de rosetta, sin la piedra.

 

 

 

 

 

 

 

 

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