Reseña de Nada hay que cante bajo el agua, de Sergio H. García

Presentamos una reseña del ensayista y poeta César Pérez González​​ (Puebla, 1984) sobre el libro de poemas Nada hay que cante bajo el agua, de Sergio H. García.

 

 

NADA HAY QUE CANTE BAJO EL AGUA,​​ 

UNA VISIÓN DESDE LA TRAGEDIA

Por​​ César Pérez González

 

¿A qué se enfrenta el ser humano ante una tragedia? ¿Cómo reacciona a ella? ¿A qué se aferra cuando la desolación es inminente? Son algunas de las preguntas que se responden​​ con la lectura de​​ Nada hay que cante bajo el agua​​ del poeta que nos convoca esta noche, Sergio H. García, obra ganadora del XLVII Premio Anual de Poesía Trapichillo 2024,​​ que entrega la Universidad Autónoma de Nayarit.​​ 

Y es que de inmediato​​ Nada hay que cante bajo el agua​​ pone al lector en medio del desastre provocado por una inundación; la fuerza del cauce que arrasa con todo, el desamparo, la identidad​​ humana que parece hundirse con las historias y el pasado de quienes —víctimas— se quedaron al paso de la salvación.

Para ello, la obra funciona como unidad discursiva, es decir, una crónica que establece lo que bien puede denominarse “ser y estar”:​​ acto de escritura que​​ transita mediante sus propias reglas, escenarios, denominaciones y recursos poéticos en tres momentos que el autor identifica y nombra con los niveles de un río: curso alto, curso medio y curso bajo, cada uno con su propio sustantivo en común.

 ​​ Curso alto​​ es el primer nivel​​ que se presenta en​​ Nada hay que cante bajo el agua, y el desastre es latente; se lee, se respira. El lector entiende que justo en medio de esa tragedia que va encontrando,​​ el lodo es todo lo que resta. ¿Cómo será escuchar los pasos crujiendo sobre el agua,​​ enterrándose y tratar, a fuerza del coraje, sacarlos​​ del río y la tierra? En eso ahonda el poeta.​​ 

 En cada una de las impresiones que enfrentan esa voz y esas voces —in situ— al oler la muerte, escuchar el llanto ajeno —¿sufrir el respiro propio?—​​ y tocar los cuerpos que ya no responden ni gritan ser salvados porque en la perdición apenas afloran “los cinco dedos de la mano izquierda”.

Justo en este punto​​ se encuentra el poema medular​​ —“Afonía”—, pues no sólo​​ está el verso que le da título a la obra, sino establece​​ todos los efectos que producen ese​​ nudo en la garganta: el miedo en su forma cruda, la quietud de un río aplastante​​ que​​ sepulta​​ al silencio​​ y la esperanza se aferra a no ser un lugar común.

En cuanto a “curso medio”,​​ el discurso poético transita al plano de​​ los restos, es decir, las​​ víctimas: la manera en que es vista la pérdida humana​​ como saldo del acto de morir; esa violencia que “entra por la boca y arrasa consigo lodo y río”, dice el poeta.​​ No se trata que los cuerpos​​ asuman una​​ voz, sino mediante reconocerlos como​​ personas, con historias implícitas y con objetos de​​ la​​ vida diaria, les devuelve dignidad al interior del verso.​​ 

Sin embargo, llama la atención en medio​​ de este​​ ambiente que propone​​ Nada hay que cante bajo el agua, el poema “Letanía”. ¿Qué justifica la referencia a las​​ Letanía de la Virgen​​ —“ruega por él”— tras señalar objetos, agua y cuerpos? La fe misma. No es un acto de ironía, ni debe leerse como un discurso religioso. Al contrario: la ausencia de vida, la catástrofe,​​ dejan mella y menoscaban el espíritu; el​​ poema​​ lo entiende​​ y, entonces, sólo queda la fe, sujetarse a ella con lo inmediato, con lo que está a la mano, hasta la “boca triste”.

No es casual que “Letanía” sea el poema que cierra esta parte y​​ ​​ continuidad a​​ “curso bajo”, donde la​​ tragedia asume el semblante de iniciar nuevamente; levantarse, seguir viviendo con la desesperación a cuestas, enfrentar la escasez, el hambre: el sol endureciendo la tierra y cosechando muerte.​​ 

Queda claro que en este ambiente propuesto por​​ Nada hay que cante bajo el agua,​​ Dios no existe​​ y su evocación inmediata​​ yace en​​ bocados​​ de alimento​​ sobre el​​ piso o aromas que se encargan de nutrir la desesperación. Por eso destaca nuevamente el sentido de la fe como impulso a contracorriente; el significado que el mismo discurso pone al trabajo, al sudor que los vivos ofrecen por ellos y la colectividad.​​ Sólo así puede entenderse​​ que una tempestad así modifique de​​ fondo​​ la​​ esperanza​​ y resurja como el dolor que​​ vulnera​​ dos veces.

En suma, si​​ Nada hay que cante bajo el agua​​ lleva al lector a escenarios crudos y enfrentar al desaliento de la tragedia colectiva, no menos importante es​​ considerar cómo actúa el símbolo del agua; se trata, en este caso, del medio que arrasa, asfixia y aplasta a través de la unión fatal con la tierra: el lodo —¿trinidad, tres veces tres?—

Por último​​ y desde la colectividad,​​ también es factible aproximarse al discurso poético como una declaración de hechos, donde​​ el uso de la primera persona funciona desde el​​ nosotros​​ y viceversa, es decir, estos cambios de perspectiva logran un efecto que envuelve al lector y lo hace partícipe de ese agradecer “no estar bajo el agua”.

 

 

 

 

DOMINGO

 

Bajo nuestros pies

un mundo lleno​​ 

de formas microscópicas de selva

nos hablan de enfermedad​​ 

y último paradero​​ 

alcantarilla

mueca​​ 

de nuestros presentes

Pero esto es un error

Ningún frío en el mundo nace​​ 

sin su contraparte de fuego

En domingos familiares​​ 

de asador y lentes oscuros

siempre hay un Sol​​ 

más hondo y luminoso​​ 

que este río

 

 

 

RESURRECCIÓN

 

Les han devuelto el nombre

el que siempre fue suyo

y forró los huesos bajo la piel

y les amarró a la tierra

y se acostó​​ 

mirada hacia arriba

a ver cómo el mundo oscuro de la noche

guiñaba sus ojos de luz

Ese nombre que también​​ 

se llamó casa

comedor y estufa

el que se congeló junto a las fotos

y se convirtió en recuerdo

arrastrado por el agua

hasta ser cauce

interminable

y profundo

que no se detiene

y ahora es piedra

lodo

sonido incompleto

 

 

 

SUSPIRO

 

Nadie puede cruzar dos veces​​ 

el mismo río

ninguno será el mismo

ninguno conservará​​ 

los mismos ahogos

ni el mismo nombre

Pero esto no importa

les han devuelto​​ 

el nombre

ese que antes​​ 

se ahogaba

hoy respira

 

 

 

AFONÍA

 

Se respiran fotografías perdidas

habitaciones estranguladas​​ 

por las manos del cauce

apretando en todas las direcciones

y muebles con edemas

surgidos de la fiebre

transformada en viento

del agua

Un miedo negro y afónico

de carnes residuales​​ 

del río que no se mueve

y crece​​ 

y rompe

y nos tiñe​​ 

hasta las pieles de la tráquea

dejando negro lo antes rojo

lo antes blanco

lo antes después

Un silencio ahogado​​ 

en su grito

en sus recuerdos

Después del diluvio

la quietud pesa

porque nada hay que cante bajo el agua

ni aroma que distinga​​ 

a los muertos

 

 

 

___________________

César Pérez González​​ (Puebla, 1984). Cuenta con estudios de Lingüística y Literatura Hispánica, y Literatura Hispanoamericana (BUAP). Ha sido redactor de la columna cultural “Rúbrica Legible”, corrector de estilo, editor, jefe y gerente de información en medios de comunicación de Puebla y Tlaxcala. Actualmente es editor en el PUIC-UNAM.

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