Sobre aprender a diseccionar fetos de cerdos
quiero de vuelta mis sillas mecedoras,
atardeceres solipsistas,
& sonidos de junglas costeras que son tercetos de cigarras y pentámetros desde las piernas peludas de las
cucarachas.
he donado biblias a las tiendas de segunda mano
(las tiro en bolsas de basura con una lámpara de sal ácida del himalaya
las biblias post bautismo, las que son arrancadas en las esquinas
de las calles de las manos carnosas de los fanáticos, las
simplificadas, fáciles de leer, parasitarias):
recuerdo mejor el olor preciso a plástico brillante de las fotografías de libro
de texto de biología; cómo quemaban los vellos
de mis fosas nasales,
& la sal & la tinta embarradas en las palmas de mis manos.
bajo cuñas de la luna a las dos cuarenta y cinco AM
estudio & repito
ribosoma
endoplasma—
ácido láctico
estambre
en el IHOP de la esquina de powers y stateson hills—
los repetí y escribí hasta que hicieron su camino y se estancaron
en algún sitio al que ya no puedo señalar, tal vez
mis entrañas—
tal vez ahí entre mi páncreas y mi intestino grueso está
el arroyo insignificante de mi alma.
es la regla con la que mido todas las cosas ahora; dura
y astillada por el conocimiento que
solía sentarse con un paño sobre la frente febril.
¿puedo dejarlas ser? esta fe voluble y esta ciencia
universitaria abucheada desde el fondo del
salón
ahora no puedo creer—
que la biblia y el corán y el bhagavad gita están
acomodándome el largo cabello detrás de la oreja como mamá
solía & exhalando desde sus bocas “haz espacio para
el asombro”—
todo el entendimiento se me despeña por la barbilla hacia el pecho
& se resume así:
la vida es solo
un óvulo y un esperma
y el lugar donde se encuentran
y qué tan frecuentemente y qué tan bien
y lo que ahí muere.




