autobiografía
Nací en los suburbios de Córdoba,
a la noche, en un hospital de locos,
cabeza abajo y pataleando al cielo.
El aire del murciélago ya era
para mí una fábrica de espanto.
Me llamo Silvio, y naturalmente
no elegí la ciudad ni el adjetivo
paradójico. Un día me atraparon
con unos libros y llegué sin pausas
a la universidad. Algunas chicas,
como suele ocurrir, no me miraron...
Después encontré una y me casé.
Casi tengo tres hijas, cuando aplico
mi invierno a estos versitos, sus demandas
me tiran boca arriba y me retuerzo
de muda risa. ¿Me habré muerto afuera
de tanto ver el cielo que se torna
cada vez más hermoso?
¿quién es?
Soy el que habló. Antes de serlo,
fui una mosca, un ratón, una lombriz
esperando que algo me apresara.
De noche, mientras leo me distrae
una araña en el techo. Veo sus patas
asomadas en el borde de plástico,
esperando. Una polilla da vueltas
alrededor de la lámpara. Mi frase
pensada se interrumpe: ahí está
enteramente negra, caminando
a una velocidad espantosa. Quieta,
la noche muda se tragó el zumbido
que acompañó mi libro. No le ruego
a nada, pero pido ser un pájaro
que llegue hasta allá arriba donde ella
chupa jugo de insecto. Salir, huir
de la pieza. ¿Cómo podré apagar
la luz, dormir cuando sus pasos suaves
golpeen al revés lo que me cubre?
incipit idyllium
No, no es la puerta que crucé al nacer,
ni una ventana al morir. ¿Qué vuelve hoy
entre el polvillo flotante del invierno
bailando con el sol de la mañana?
¿Cómo llegaron hasta mí esta niña,
su llanto persistente que me dice:
“ahora, ya, ya, ya...”? ¿Qué dios de mayo
me empujó a hablarte en esa construcción
de plástico y cemento, donde sufríamos
vos, ella, yo, vagas ambigüedades
por infringir las reglas de concordancia?
Nuestros paraguas descansaban juntos
y algo nos distraía del pudor
que en vano desplegaba su habitual
manto sobre la clase de gramática.
Al poco tiempo, un día me llevaste
hasta mi casa, con tu piloto beige,
tus manos pequeñitas manejando
y tu certidumbre de niña
que ha crecido hacia adentro, y pregunté:
“¿A vos te gusta coger? Para mí
es apenas un limbo que permite
hablar mejor.” Hablar como ya entonces
sin habernos tocado yo te hablaba.
“No es lo más importante”, contestaste,
con una risa oculta. ¿Percibiste
que no habría sorpresas, sólo gracias,
descubrimientos de mí en vos,
de vos en mí? Y aunque queríamos
gozar de la belleza, conocernos,
pusimos el deseo en las palabras.
Y cuando las dijimos siguió el tiempo.
Bajo el arco del cielo fuimos flechas.
Tenemos una pieza, estamos solos.
Nos sacamos la ropa, los dos vemos
un cuerpo más hermoso que el ansiado,
el adivinado. Besos de bajo
bisbiseo. ¿La escuchaste, la viste,
a esa vida pasada que se iba?
La suave crema del futuro unta
nuestros sexos cansados, insensibles
por un instante. Nunca supe
por qué lloraste esa noche, después,
acostada, desnuda y revisando
la pulcritud del techo. ¿Fue placer,
fue pena o despedida de otro cuerpo
que ya no volvería? ¿O la emoción
vacía que altera todos los líquidos
internos y extraños? Era imposible
que sospecháramos en cada lágrima
tuya, en cristal nocturno, una
nena, tras otra, tras otra, y vos
eras su madre y la mitad del padre
cuando sonó tu llanto en el deleite,
cuando miré en tus ojos el silencio,
espléndida como aire que relumbra.
el cuerpo
¿Te castigo, te ciego, oscuro cuerpo
que percutís la tarde con tu ritmo
sensible? En cada pausa, una necesidad:
comer, intoxicarse y en la noche
ser el rayo que parte en dos el tiempo
en donde burbujeaba la cabeza
y su electricidad intermitente.
¿Sos la causa del miedo o el auxilio?
¿Tenés la idea de la muerte infusa
en la sangre escarlata, en los pulmones
turbios, en el estómago irritado
por las simulaciones del pensamiento?
Ahora vendrá la noche y dormirán
todos, incluso yo, tendrás de nuevo
la seda de tu guante, el cuerpo claro
para tocar y en el último instante
no habrá partes ni órganos, ni vos,
nadie en el plasma intenso de la noche.




