Poesía costarricense: Gustavo Arroyo

Carlos Villalobos nos acerca a la poesía costarricense actual. Leemos aquí algunos textos de Gustavo Arroyo (San Ramón, Alajuela, 1977). Ha ganado el Certamen de Poesía Lisímaco Chavarría Palma. Su libro más reciente es El manuscrito Voynich (Editorial Costa Rica, 2023).

 

 

Gustavo​​ Arroyo​​ (San Ramón, Alajuela, Costa Rica, 1977). Escritor, abogado litigante, notario público y consultor jurídico. Cofundador del Conversatorio Poético Ceniza Huetar (fundado en el año 2012, con sede en San Ramón, Alajuela), agrupación que se mantiene activa y se dedica al estudio de poesía contemporánea nacional e internacional. En el año 2013, fue parte del Taller-Laboratorio Tráfico de Influencias, promovido por el Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica. En los años 2015, 2017 y 2019 integró el jurado del Certamen de Poesía Lisímaco Chavarría Palma, certamen de convocatoria nacional, organizado por el Centro Cultural e Histórico José Figueres Ferrer, con sede en San Ramón, Alajuela. En el año 2025 resultó ganador del indicado Certamen de Poesía Lisímaco Chavarría Palma. Ha publicado seis poemarios: Dialéctica de las aspas​​ (EUNED, 2014),​​ Círculo de diámetro variable​​ (Uruk Editores, 2016),​​ Los amores imaginarios​​ (EUNED, 2016),​​ Los elementos nobles​​ (EUNED, 2018),​​ Pájaro mudo​​ (Nueva York Poetry Press, 2022),​​ El manuscrito Voynich​​ (Editorial Costa Rica, 2023).

 

 

 

 

 

 

 

 

De​​ Dialéctica de las aspas​​ (EUNED, 2014):

 

 

 

 

Dentición urbana

 

Crecer no fue una opción que pudiera elegir.

Simplemente ocurrió,

mientras el tiempo jugaba a durar menos cada día.

Entonces primero no hubo,

luego sí,

después cayeron varios,

brotaron otros,

y la encía a veces gorda como un capullo,

a veces tenue y olvidada,

era reflejo de la inestabilidad policromática del crecimiento.

 

Los edificios crecen a su manera.

De pronto hacia arriba o a los lados,

pero esas son las formas menos comunes.

Por lo general crecen enmoheciendo,

despintándose,

fluctuando entre el giro habitacional y el comercio,

en medio de una peste de goteras

que son, sin duda,

parásitos inmobiliarios de bajo perfil.

 

El niño disimula su profundo dolor.

La inocencia ya no le cabe en el cuerpo.

Un par de lágrimas mojan la almohada

debajo de la que deja uno de sus dientes

en un desesperado intento por seguir siendo niño,

que de nada servirá.

En el fondo, él lo sabe.

 

Cuando los edificios crecen hasta el tope

llega el momento en que dejan caer sus semillas

y son demolidos sin remedio.

El suelo vuelve a exhibir la desnudez

que las ropas de concreto habían escondido,

según las normas de la moral constructiva.

Algo resurgirá.

 

Los dientes están completos de nuevo.

Volverse adulto también es una forma de demolición.

La más cruel y silenciosa.

 

 

 

 

 

 

 

Ingratitud pluvial


I

Llueve, ahora nueve meses al año,

y no como antes llovía.

Llueve de una manera extraña,

enferma,

atlántica,

como si las aguas escondieran

una intención desalmada de inundar,

de comerse el alcantarillado,

de apadrinar desastres repentinos.

Antes no llovía así.

Nunca.

Llovía acompasadamente,

con sanas proporciones meteorológicas

que se basaban en la resistencia

y no en el rencor.

A veces he pensado

que en estos días el agua cae del cielo

con el ánimo de asesinarnos.

 

 

 

 

 

II

He topado con la suerte

de conocer a un niño de dos años

que todas las mañanas

se pone sus zapatos al revés.

Me han dicho

que no es el único que lo hace,

y que esa es una práctica común

entre los pequeños de su edad,

lo cual no me consta.​​ 

Es frecuente verlo descalzo,

en exhibición de las primeras uñas

y de los dedos, tiernos como frijoles,

que no tienen aún su forma plena;

y anda así muchas veces

debido al bochorno que le trae

la ingratitud de los mayores

por la confusión que lo victimiza.

 

 

 

 

 

III

Hoy llovía a cántaros –otra vez–

con ese vicio al que ahora

se entregan los aguaceros,

cuando alcancé a ver al niño

que resbalaba en su intento de huir.

Traía los zapatos bien puestos

y en su cara los vestigios

de la incomprensión.

Hay cosas contra las cuales

los niños no pueden luchar.

La lluvia no es la peor.

 

 

 

 

 

 

 

 

De​​ Círculo de diámetro variable​​ (Uruk Editores, 2016):

 

 

 

 

El inminente final de una planta con pechos


Ayer pude medir la angustia de una mujer estafada. No hay instrumentos para ello, como barómetros o invenciones similares. La angustia se mide en los dobleces del rostro y en la repentina dificultad para respirar con armonía; esos son sus paralelos y meridianos. La peor estafa, por su parte, no es la que lesiona el patrimonio, sino la que ataca la madera que conforma a las personas. Porque eso es lo que somos: árboles venidos a menos por la imposibilidad demostrada de esperar con certeza sanidad en los frutos. Lo nuestro no son brazos y piernas, sino ramas y raíces que lograron moverse a voluntad. Ayer, cuando medí su angustia porque así me lo pidió, me percaté de que faltaban tres minutos para que aquella mujer muriera aserrada.

 

 

 

 

 

 

 

Absolutoria tardía para Narciso

 

-I-

Hay emociones de cal,

que queman la superficie

pero tuercen los deseos.

Tienen que ver con uñas largas,

señas pretendidas,

y atropello a los mandatos.

 

Hay emociones que podrían partirnos el fémur

y, pese a la advertencia,

las ansiamos antes de dormir.

 

Como la sensación que viven los gemelos

si alcanzan juntos el imposible trago

de hacerse el amor a uno mismo.

 

Porque no hay cosa peor

que el sexo que marca de por vida.

Ni nada mejor, a la vez.

 

 

 

 

 

 

-II-

¿Qué culpa puede tener aquel

a quien el agua le plagia el rostro

para atraerlo desde abajo?

El agua es planeta,

el rostro, satélite.

Qué culpa puede tener por su belleza,

o por la belleza que dice tener,

o por la que le han dicho que tiene

esos que, como nosotros,

nunca dicen que no

para mantener la básica simpatía

de la sal en la mesa.

El muchacho toma distancia

y mira con atención,

es consciente de lo que pasará

pero no deja de chuparse los labios.

De pronto recuerda el olor de aquella librería,

a cien metros de la escuela,

donde compraba helados verdes

y diccionarios con aroma a exceso de palabras;

¿qué culpa puede tener por no haberlas aprendido todas?

Se aproxima,

descansa los ojos.

Empieza a meter la lengua en su otra boca,

a llenarse del agua que hace posible el amor.

El peso de los pulmones precipitará el orgasmo.

 

 

 

 

 

 

-III-

Tenía razón Pacino

–al interpretar al Demonio,

que a su vez interpretaba a John Milton–

de tener la vanidad como su pecado predilecto.

 

 

 

 

 

 

 

Círculo de diámetro variable

 

El poeta escribe un poema​​ 

mientras piensa en Walt Whitman,

quien, en su pensamiento,​​ 

escribe un poema.

 

El poeta se llama Walt Whitman

y piensa en sí mismo mientras escribe un poema

que será escrito dentro de muchos años,

cuando un poeta escriba el poema

mientras piensa en él.

 

 

 

 

 

 

 

De​​ Los amores imaginarios​​ (EUNED, 2016)

 

 

 

 

 

 

Prénoms

 

Fred, sobre la cuerda exterior de la ironía, baila un tango con el hermano de su novio recién difunto. En aquella ciudad se habla francés, aunque se encuentra lejos de Francia; tan lejos, como si un desierto azul se levantara entre ambos territorios. A veces hablo de Fred, cuando en realidad quiero hablar de mí; a​​ veces hablo de otras ciudades porque estoy hundido en esta, más allá de las rodillas. Creo que el único destino es seguir hundiéndome, hasta que la arena me llene la boca, hasta que tenga que comer aceras y vitrinas. Como en la vieja Buenos Aires, no debe cuestionarse el baile entre hombres: hace casi cien años que la intuición muscular atropelló su presunta indecencia. A veces soy Fred, y no quiero serlo. De hecho siempre lo soy, pero nací para esconderme de ese nombre de cuatro letras, y lo disimulo con seudónimos que encuentro en los libros que me sirven de cama. No estoy en Burdeos ni​​ en​​ Toulouse –quedó claro desde el inicio– y yo, aunque Fred, ahora me llamo igual que Klimt y Mahler. Confieso que esta noche no tengo con quien bailar.

 

 

 

 

 

 

 

7

 

No se puede jugar con el miedo,​​ 

es un contrasentido.

En realidad sí se puede,​​ 

pero entonces el juego pasa por una filtración,​​ 

deja de ser tal,​​ 

y empieza a parecerse​​ 

al sueño en el que somos perseguidos por nuestro padre,​​ 

quien se desvive por hundirnos una navaja​​ 

a la altura de las cejas.​​ 

 

El miedo nos viene por partida doble:​​ 

de la necesidad de ser encontrados antes que el último,​​ 

y de la naturaleza musgosa con que imaginamos,​​ 

de previo,​​ 

cada escondite potencial.​​ 

Pese al carril ambivalente,​​ 

que no es más que un espejismo dulce​​ 

con aroma a sexo recién utilizado,​​ 

el miedo se decanta en el goteo viscoso,​​ 

amarillento,​​ 

que nos dieron a beber desde antes de la conciencia,​​ 

haciéndolo pasar por calostro inmaculado.​​ 

Los ejemplares de especies menores

consumimos el miedo a través de la lactancia,​​ 

y lo llevamos en germen​​ 

hasta el momento de su primera explosión.​​ 

Explosión brutal,​​ 

fálica,​​ 

madre de todas las descargas opuestas.​​ 

 

¿Cómo recoger las partículas,​​ 

cómo volver un estanque a su estado anterior,​​ 

cómo separar de nuevo las gotas que lo conforman?​​ 

Imposibilidad amnésica,​​ 

terca egolatría,​​ 

muerte anticipada de todos los esfuerzos.​​ 

 

Y el miedo que baila​​ 

a través de la espina,​​ 

a veces con pompa,​​ 

otras con cautela​​ 

o​​ con emisiones de corta intensidad

que nos llegan hasta la garganta​​ 

bajo la forma ancestral del presentimiento.​​ 

 

Miedo en nuestra sangre, semen y saliva,​​ 

que primero es fantasma, sombra, pezuña en cama propia,

que luego es espejo, olor penetrante, imposibilidad de solución,​​ 

que al final es simplemente todo, con aspecto de nada.

 

 

 

 

 

 

 

Confesión extemporánea de Juan de la Cruz

 

La piedra es la sustancia más rígida en la que el movimiento sigue vigente; estoy seguro de ello sin necesidad de haberlo visto, como un bienaventurado particular de la gracia. A mi espacio lo​​ llaman celda, pero la realidad circundante se distancia, con marcado énfasis, de cualquier similitud con una colmena, o al menos con su principio conceptual, que implicaría una democracia en el esfuerzo y la copulación. Propiamente, lo de la copulación me genera cada vez mayores angustias, por la falta de​​ su​​ ejercicio​​ y las tenues razones que ordenan la continencia. De nuevo en mi vida, el ángulo inverso es el único por el que se me permite discurrir la mirada. Entonces, la piedra que me constituye desde niño se erige en desgarbado movimiento, pende arqueada a discreción, se apropia del espacio contiguo, y recupera su talante en el tiempo justo, que es siempre inexacto. Aquí, en esta aterradora celda de esperanza, ciencia y fe valen lo mismo.

 

 

 

 

 

 

 

De​​ Los elementos nobles​​ (EUNED,​​ 2018):

 

 

 

 

 

Ángelus sin Gabriel

 

Venís,

sin ninguna reserva

ni miramiento,

a confesarme tu culpabilidad

respecto de una historia

que todavía no escribo.

En medio de esta nada,

¿hasta dónde llega el vicio,​​ 

hasta dónde los escombros?

Qué osadía:

venir así, sin respeto alguno;

contarme de un tirón

el final de esa historia,

que apenas pasa por mi mente

como un grumo de polen,

inconstante y fugaz.

Decirme,

con garbo y entereza,

que sos el personaje

aún no estructurado

que dará final al cuento

distante y esquivo.

Presentarte,

en medio de la candente ironía,

y argumentar que la única forma

en que puedo hacerte nacer

es esta:

que sin saber de dónde,

mucho menos cómo,

aparezcás ahora ante mí

con extrema brevedad,​​ 

para que dentro de siete semanas

pueda describirte

a partir del recuerdo.

Y contarme entre afonías,

desde la punta de la lengua,

que con esa descripción

iniciará el olvido necesario.

 

 

 

 

 

 

 

Urgencia desde la sicopatía

 

¿Qué puede decirse del pecho izquierdo de una mujer amada? ¿Qué puede decirse de esa campana de carne lista para funcionar cuando la memoria despierte? La mujer expulsa dos criaturas, sin percatarse de que una nace con​​ los ojos fijos y la otra ataca su pecho como si quisiera tragarlo en compensación a lo perdido. Porque aquí pierden madre e hija: aquella, sin conocimiento previo; esta, desde el estanque recién agrietado. ¿De qué vale, entonces, el amor que transformó​​ el pecho izquierdo en un obelisco? Peor aún, ¿cómo determinar si la mujer amada es la madre que alumbra o la hija que sobrevive? Es urgente amputar el pecho correcto.

 

 

 

 

 

 

 

VI

 

Una mujer y su hija

asisten al funeral

de un muerto que no conocen.

Solo otros dos asistentes

saben cómo va el asunto,

y ninguno de los cuatro

rendiría confesión,

pese a las circunstancias imprevistas,

pese al pago que pudiera ofrecerse.

 

El muerto desconocido​​ 

es el padre de la hija;

ella no lo conoce,

su madre tampoco.

 

Es en este momento

que se espera el aullido de desaprobación

por la imposibilidad de lo afirmado.

Les respondemos sin demora:

“su mirada obtusa

los hace permanecer

en un error abismal”.

 

Recuerden, queridos,

que aquí nos dedicamos

a reunir los escombros de una historia;

y que un día sí, y otro no,

bajo el periplo del intercambio en la lactancia,

esta hija se vuelve su madre,

esta madre encarna su descendencia.

 

Aquí y ahora

–frente al ataúd–

ambas miran a un desconocido,

sin saber si fue su padre o su esposo.

 

 

 

 

 

 

De​​ Pájaro mudo​​ (Nueva York Poetry Press, 2022):

 

 

 

 

 

Desdoblamiento protagónico

 

Este no es un relato cualquiera:

dista de ser una historia,

y está muy lejos de la ficción.

Apuntaremos, como entrada,

que se puede hablar de plumas

sin blandir referencia ornitológica;

un hombre puede estar cubierto de plumas

y no por ello ser un ave,

ni pretender serlo.

Una mano forrada en plumas

no es el extremo distante de un ala;

debemos concebir esfuerzos ingentes

para dejar de ver en las cosas​​ 

lo que de ellas imaginamos.

 

Esta es la historia de un hombre

que nunca quiso volar,

que no soñó con hacerlo

como todos los niños

en su germen de fantasía;

de un hombre que ama sus manos

porque mediante ellas puede escribir,

que odia el resto de su cuerpo

y lo admite como embalaje funcional.

Lo realmente valioso,​​ 

dentro de la historia que se cuenta,​​ 

es la gama de historias que aletean allí​​ 

sin ser contadas.

Queda por verse si la virtud

es más auténtica si se la desea

o si brota como un liquen,

pero no será acá

—entre plumas, manos, vidrios, nostalgias—

que se aborde ese asunto;

para todo hay límite

y el grafito no se mueve a voluntad.

 

 

 

 

 

 

 

 

El hombre se llama Daniel,​​ 

y anhela que, espontáneamente,

su cuerpo se cubra de plumas

para esconder del todo sus costillas.

Cree que los sentimientos

se alojan en la región pulmonar,

y la idea de cobertura

le resulta esperanzadora.

Primero,​​ 

los sentimientos son de existencia privada

y deben alejarse del vidrio y la nostalgia,

así que darles techo

le resulta prioridad

a este Daniel que duerme

más lejos de sí mismo

que de otro cualquiera.

Segundo,

el pecho humano

es una mandarina descascarada,

tenue,

débil,

vergonzante, incluso;

un ridículo corsé de carne y hueso,

listo para ser atravesado

sin ofrecer mediana resistencia;

de ahí la ventaja del camuflaje pretendido.

 

 

 

 

 

 

 

 

Una bomba explota en Katmandú​​ 

y las cenizas caen​​ 

sobre un muelle de Trípoli.

Esto ocurre en el dorso del mundo,

muy lejos del lugar

donde Daniel acuña su delirio.

 

La caída de la ceniza

es una forma de vuelo

y, por eso, él la repudia.​​ 

No quiere volar,

no pretende volar,

y la idea le construye​​ 

múltiples cuotas de repugnancia;

las alas son brazos emplumados

que con insolencia desafían la gravedad.

¡Malditos sean los excesos!

 

Desde Trípoli zarpa el sicario​​ 

que en San José ajusticiará​​ 

al armador del explosivo.​​ 

El sicario es Daniel,

el ajusticiado, también.

Y si quisiéramos hilar

con extremo detalle,​​ 

pensaríamos ahora

que la bomba no explotó

simplemente porque sí.

Un tercer Daniel,

que es el mismo conocido,

fue quien hundió el botón,

encendió la mecha,

o dejó caer el paquete.

 

Nos aguarda un enorme esfuerzo

en el abordaje de la coexistencia

entre causa, remedio y desquite.

Causa, la explosión;

remedio, el tiroteo;

desquite, una muerte que culmina

en otras doscientas ocho.

Todo bajo un solo hombre

y un solo nombre;

uno que añora las plumas

para volverlas escondite

de huesos y delirios.

 

Quien mató, mata​​ 

y resulta muerto,

en un viaje intercontinental

que confunde sitios con episodios;

porque un lugar no es un espacio​​ 

sino la nostalgia que lo construye.

 

Por eso, aquí,

un solo hombre​​ 

hace que varios lugares

sean el mismo.

 

 

 

 

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