Poesía norteamericana: Mary Oliver

Leemos algunos poemas de Mary Oliver pertenecientes al libro Caballos azules (Unbudha ediciones, 2026) con selección, traducción y prólogo de Gastón Navarro.

 

 

 

 

 

Tentados a compartimentar, parcelar o fragmentar lo que no puede fragmentarse —una vida—, podríamos decir que, en perspectiva, la de Mary Oliver (1935 2019) puede dividirse en cuatro etapas: una primera y esencial: su nacimiento en Maple Heights, Cleve land, donde pasó los años formativos de la infancia y adolescencia en un hogar poco feliz del que, según sus propias palabras, se liberaba yendo al bosque y le yendo poesía; una segunda de peregrinación o viaje iniciático, cuando en 1953, aún cursando el secunda rio, le escribió una carta a Norma Millay, hermana de la fallecida Edna St Vincent Millay (1892-1950), pre guntándole si podía ir a visitar Steepletop, la casa de la poeta. Norma respondió que sí. Mary emprendió entonces el largo viaje a Austerlitz y, desde entonces, fue y vino durante casi seis años. La tercera etapa está vinculada al amor: su encuentro con Molly Ma lone Cook, en 1958 —también en Steepletop— fue de cisivo: se extendió en el tiempo y el espacio durante cuatro décadas, en las cuales la pareja vivió, escribió y creó en una casa del pueblo marítimo de Province town, en Massachusetts, paisaje siempre presente y esencial en la escritura de Oliver. Por último, un cuarto momento en el que, tras la muerte de su com pañera en 2005, Oliver se trasladó a Hobe Sound, Flo rida, donde vivió hasta el final de sus días. El primer libro de poemas de Mary Oliver, No Vo yage and Other Poems, apareció en 1963, cuando tenía veintiocho años. En 2017 se publicó Devotions: The Se lected Poems, antología que cierra el arco de su obra. Entre ambos se despliega un conjunto de treinta vo lúmenes de poesía, sin contar los ensayos y antolo gías. De ese conjunto es indispensable destacar Ame rican Primitive, que en 1984 obtuvo el Pulitzer, House of Light (1990), reconocido con el Christopher Award, y New and Selected Poems (1992), que recibió el Natio nal Book Award. Además de redactar poemas, Oliver​​ también se de dicó a reflexionar sobre el oficio de escribir. Dos muestras de ello son A Poetry Handbook (1994) y Ru les for the Dance: A Handbook for Writing and Reading Metrical Verse (1998). El primero es un breve manual de iniciación que abreva en cuestiones como la imagen, el sonido, la voz poética y la relación entre lectura y escritura; el segundo, más técnico pero no menos entretenido, es un recorrido por el verso mé trico tradicional, sus patrones rítmicos y de acentua ción, con ejemplos de poetas ingleses y norteamerica nos que ilustran cómo la forma sustenta y potencia el sentido. Transcurridos los años de iniciación, alejada ya de la casa compartida en Provincetown y sin embargo trabajando continuamente, Caballos azules (2014) descubre una nueva faceta del prisma de Oliver, que se proyecta desde tres puntos: mirar con precisión, decir con lo indispensable y mantener el asombro. El libro se despliega entre la memoria de una imagen — un grupo de caballos azules— y el presente de una ca minante siempre curiosa, siempre atenta e infatiga ble. Como buena parte de la obra de Oliver, Caballos azules nació de una visión. A veces esa visión toma la forma de un paseo por el bosque, de la contemplación estática (y extática), o de la lectura (el orden puede invertirse y el resultado ser el mismo); otras del en cuentro o la observación de animales; otras del há bito de recorrer la playa: casi siempre de la combina toria de todas estas posibilidades. Hacia 1960, alguien le regaló a Oliver un libro con dibujos del pintor Franz Marc. Oliver no leía alemán, pero las pinturas quedaron grabadas a fuego en su memoria. Una, especialmente, llamada Turm der blauen Pferde (1913), perdida desde la Segunda Gue rra Mundial, acabaría por inspirar el poema que da título al libro que nos ocupa. Si toda palabra postula el universo, un libro de poemas vendría a ser un designio cósmico. De allí que Caballos azules sea muchas cosas, pero nosotros nos limitaremos a describir el dibujo de algunas constela ciones. La primera se corresponde cronológicamente con la última etapa de la vida artística de Oliver: su mudanza de Provincetown a Hobe Sound. El​​ movi miento geográfico, del norte insular al sur tropical, estuvo espoleado por el deseo y el amor, y trajo con sigo desajustes, sorpresas, nuevas exploraciones. Es probable que Anne Taylor, a quien le dedicó este libro, fuera la destinataria de los poemas de amor que Oli ver escribió durante esa etapa. Basta leer “Señorito Amor” para advertir, no sin gracia, los desafíos que acarrea el amor a una edad avanzada. Al mismo tiempo, “Los manglares” permite experimentar, con la simpatía que Oliver parece sentir por todas las co sas —aun por las que no le gustan demasiado— los desajustes entre el bosque y el entorno tropical. Aquí, la poeta observa los manglares de Florida, que no son los bosques de Ohio, y con todo los celebra, los canta, los recibe. En el mismo sentido, el hermoso “Aránda nos” ofrece un vaivén entre presente y pasado, entre una región y otra, además del recuerdo de un encuen tro inolvidable con una cierva que nos reinstala ple namente en el mundo de Oliver. El último momento está vinculado a la proximidad de la muerte. Es un momento especial, delicado e inol vidable. “Cuarto signo del zodíaco” registra la en trada de la enfermedad en el cuerpo de la poeta con una belleza y fragilidad que puede prescindir de nues tros pobres adjetivos. Está más allá o más acá de las palabras. De eso, precisamente, parece estar hecha la poesía de Oliver: de un constante asomarse al miste rio con una mente fresca. Por otra parte, uno de los atributos del estilo de Oliver es su musicalidad, que queda un poco menos cabada en los trasiegos de una lengua a otra. En lo que respecta a nuestra versión, hemos intentado recrear la música inconfundible, salvaje y universal de Oliver en nuestro castellano.

Gastón Navarro

 

 

 

***

 

 

 

 

EL BARRANCO DE STEBBIN

 

por el azar ​​ 

del modo ​​ 

en que cayeron las piedras ​​ 

hace siglos ​​ 

 

el agua fluye ​​ 

y fluye ​​ 

y fluye ​​ 

sin cesar sobre la pendiente ​​ 

 

en bajada, ​​ 

y estampa sus pulgares plateados ​​ 

contra las piedras ​​ 

o se detiene a tallar ​​ 

 

un súbito hueco curvo ​​ 

en el que los peces centelleantes ​​ 

chapotean o dormitan ​​ 

mientras en lo alto el martín pescador ​​ 

 

repiquetea y observa ​​ 

y así, a lo largo de kilómetros y kilómetros, ​​ 

se extiende este relámpago de luz, ​​ 

cuyo solo oficio ​​ 

 ​​​​ 

es descender ​​ 

y en eso reside ​​ 

su belleza; ​​ 

¿propósito? ​​ 

 

no lo hay, ​​ 

se trata de una ​​ 

de esas cosas increíbles ​​ 

que fueron hechas ​​ 

 

para cumplir su labor a la perfección, ​​ 

y para perdurar, ​​ 

como prácticamente nada dura, ​​ 

casi para siempre.

 

 

 

 

 

 

 

 

SI QUISIERA UN BOTE

 

Suponiendo que lo quisiera, querría un bote ​​ 

que surcara intrépidamente las olas, ​​ 

que ignorara las nociones de estribor y babor, ​​ 

y tampoco las aprendiera, que recibiera ​​ 

a los delfines y fuera directo hacia las ​​ 

ballenas, y que, ante la proximidad de las piedras, ​​ 

se acercara por el puro placer de sentirlas, ​​ 

no un bote que busque la costa: uno que ​​ 

avance rápido, que salte la espuma. ​​ 

¿Qué es esto de andar siguiendo todo al pie ​​ 

de la letra, prometer y cumplir, y soñar ​​ 

solo con lo inmediato y lo seguro? ​​ 

No, si quisiera un bote, ​​ 

lo querría imposible de gobernar.

 

 

 

 

 

 

 

 

ARÁNDANOS

 

Ahora que vivo en un lugar cálido, puedo ​​ 

comprar arándanos frescos durante ​​ 

todo el año. Sin esfuerzo. Vienen de distintos ​​ 

países de Sudamérica, y son tan dulces ​​ 

como siempre y, comparados con los ​​ 

frutos silvestres que recogía en los campos ​​ 

de Provincetown, francamente enormes. Pero ​​ 

un arándano es un arándano. Si hablan ​​ 

alguna lengua, yo no la entiendo. ​​ 

Además, no vienen con bichos ​​ 

o arañitas. Así que, en líneas generales, ​​ 

estoy bastante conforme. ​​ 

 

Pero hay límites, claro. Les falta ​​ 

el campo. El campo del que ​​ 

formaban parte y del que, con el tiempo, ​​ 

también siento que formo parte. Pero bueno, ​​ 

está la vida y está lo que viene después. ​​ 

Quizá me extraño a mí misma. El ​​ 

campo y el gorrión que canta al ​​ 

filo del bosque. La cierva que ​​ 

una mañana me agarró desprevenida, ​​ 

la cierva tensa y espléndida. ​​ 

Golpeó el suelo con una pezuña, ​​ 

como haría cualquiera ante un intruso. Después ​​ 

me miró largamente, como diciendo, “Bueno, vos ​​ 

quedate en tu rincón y yo en el mío”. ​​ 

Y así fue. A ver cómo empaquetan eso, Sudamérica.

 

 

 

 

 

 

 

 

CANCIÓN DE AMOR SALVAJE

 

No me alcanza con lo que vendrá; ​​ 

quiero lo que es ahora. ​​ 

Son las cinco de la mañana. Es mediodía. ​​ 

Se hace de noche. ​​ 

Escucho música. ​​ 

Devoro un par de poemas salvajes ​​ 

mientras el tiempo pasa lento ​​ 

como si tuviera todo el día. ​​ 

Esto: lo que tengo. ​​ 

La insípida resaca de la espera, ​​ 

el fulgor de mi corazón sobre la hierba húmeda, ​​ 

la luna con cara de flor. ​​ 

Una gaviota empolla sobre la costa: ​​ 

hasta recién había dos. ​​ 

Muy suavemente, mi mano derecha acaricia la izquierda ​​ 

como si fueras vos.

 

 

 

 

 

 

 

NO SOY EL RÍO

 

No soy el río, ​​ 

y su presencia poderosa. ​​ 

Tampoco soy el roble negro, ​​ 

la paciencia encarnada. ​​ 

Ni soy el cardenal: ​​ 

breve vida plenamente vivida. ​​ 

No soy el fango, la roca ni la arena, ​​ 

los hilos que todo lo sostienen. ​​ 

Ninguna de estas cosas cargadas de sentido, soy, todavía.

 

 

 

 

 

 

 

QUÉ COSA HERMOSA

 

No sé qué cosa tan hermosa ​​ 

repite sin cesar el pájaro azul, ​​ 

toda su voz se proyecta desde la garganta, ​​ 

el pico y el cuerpo hacia el aire rosado ​​ 

del alba. Sea lo que fuere, ​​ 

me gusta. A veces ​​ 

parece ser la única cosa en el mundo ​​ 

libre de pensamientos sombríos. ​​ 

A veces parece ser la única cosa ​​ 

en el mundo que carece ​​ 

de preguntas que no pueden y quizá ​​ 

nunca podrán responderse, la ​​ 

única cosa plenamente satisfecha ​​ 

con el alba rosada, luego blanca y despejada, ​​ 

que, agradecida, así lo dice.

 

 

 

 

 

 

 

 

STEBBIN’S GULCH

 

by the randomness​​ 

of the way​​ 

the rocks tumbled​​ 

ages ago​​ 

 

the water pours​​ 

it pours​​ 

it pours​​ 

ever along the slant​​ 

 

of downgrade​​ 

dashing its silver thumbs​​ 

against the rocks​​ 

or pausing to carve​​ 

 

a sudden curled space​​ 

where the flashing fish​​ 

splash or drowse​​ 

while the kingfisher overhead​​ 

 

rattles and stares​​ 

and so it continues for miles​​ 

this bolt of light,​​ 

its only industry​​ 

 

to descend​​ 

and to be beautiful​​ 

while it does so;​​ 

as for purpose​​ 

 

there is none,​​ 

it is simply​​ 

one of those gorgeous things​​ 

that was made​​ 

 

to do what it does perfectly​​ 

and to last,​​ 

as almost nothing does,​​ 

almost forever.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

IF I WANTED A BOAT

 

 

I would want a boat, if I wanted a​​ 

boat, that bounded hard on the waves,​​ 

that didn't know starboard from port​​ 

and wouldn't learn, that welcomed​​ 

dolphins and headed straight for the​​ 

whales, that, when rocks were close,​​ 

would slide in for a touch or two,​​ 

that wouldn't keep land in sight and​​ 

went fast, that leaped into the spray.​​ 

What kind of life is it always to plan​​ 

and do, to promise and finish, to wish​​ 

for the near and the safe? Yes, by the​​ 

heavens, if I wanted a boat I would want​​ 

a boat I couldn't steer.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

BLUEBERRIES

 

I’m living in a warm place now, where​​ 

you can purchase fresh blueberries all​​ 

year long. Labor free. From various​​ 

countries in South America. They’re​​ 

as sweet as any, and compared with the​​ 

berries I used to pick in the fields​​ 

outside Provincetown, they’re​​ 

enormous. But berries are berries. They​​ 

don’t speak any language I can’t​​ 

understand. Neither do I find ticks or​​ 

small spiders crawling among them. So,​​ 

generally speaking, I’m very satisfied.​​ 

 

There are limits, however. What they​​ 

don’t have is the field. The field they​​ 

belonged to and through the years I​​ 

began to feel I belonged to. Well,​​ 

there’s life, and then there’s later.​​ 

Maybe it’s myself that I miss. The​​ 

field, and the sparrow singing at the​​ 

edge of the woods. And the doe that one​​ 

morning came upon me unaware, all​​ 

tense and gorgeous. She stamped her hoof​​ 

as you would to any intruder. Then gave​​ 

me a long look, as if to say, Okay, you​​ 

stay in your patch, I’ll stay in mine.​​ 

Which is what we did. Try packing that​​ 

up, South America.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

LITTLE CRAZY LOVE SONG

 

I don’t want eventual,​​ 

I want soon.​​ 

It’s 5 a.m. It’s noon.​​ 

It’s dusk falling to dark.​​ 

I listen to music.​​ 

I eat up a few wild poems​​ 

while time creeps along​​ 

as though it’s got all day.​​ 

This is what I have.​​ 

The dull hangover of waiting,​​ 

the blush of my heart on the damp grass,​​ 

the flower-faced moon.​​ 

A gull broods on the shore​​ 

where a moment ago there were two.​​ 

Softly my right hand fondles my left hand​​ 

as though it were you.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

I’M NOT THE RIVER

 

I’m not the river​​ 

that powerful presence.​​ 

And I’m not the black oak tree​​ 

which is patience personified.​​ 

And I’m not redbird​​ 

who is a brief life heartily enjoyed.​​ 

Nor am I mud nor rock nor sand​​ 

which is holding everything together.​​ 

No, I am none of these meaningful things, not yet.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

WHAT GORGEOUS THING

 

I do not know what gorgeous thing​​ 

the bluebird keeps saying,​​ 

his voice easing out of his throat,​​ 

beak, body into the pink air​​ 

of the early morning. I like it​​ 

whatever it is. Sometimes​​ 

it seems the only thing in the world​​ 

that is without dark thoughts.​​ 

Sometimes it seems the only thing​​ 

in the world that is without​​ 

questions that can’t and probably​​ 

never will be answered, the​​ 

only thing that is entirely content​​ 

with the pink, then clear white​​ 

morning and, gratefully, says so.​​ 

 

 

 

 

 

 

Consigue tu ejemplar aquí 

 

Librería

También puedes leer