Tentados a compartimentar, parcelar o fragmentar lo que no puede fragmentarse —una vida—, podríamos decir que, en perspectiva, la de Mary Oliver (1935 2019) puede dividirse en cuatro etapas: una primera y esencial: su nacimiento en Maple Heights, Cleve land, donde pasó los años formativos de la infancia y adolescencia en un hogar poco feliz del que, según sus propias palabras, se liberaba yendo al bosque y le yendo poesía; una segunda de peregrinación o viaje iniciático, cuando en 1953, aún cursando el secunda rio, le escribió una carta a Norma Millay, hermana de la fallecida Edna St Vincent Millay (1892-1950), pre guntándole si podía ir a visitar Steepletop, la casa de la poeta. Norma respondió que sí. Mary emprendió entonces el largo viaje a Austerlitz y, desde entonces, fue y vino durante casi seis años. La tercera etapa está vinculada al amor: su encuentro con Molly Ma lone Cook, en 1958 —también en Steepletop— fue de cisivo: se extendió en el tiempo y el espacio durante cuatro décadas, en las cuales la pareja vivió, escribió y creó en una casa del pueblo marítimo de Province town, en Massachusetts, paisaje siempre presente y esencial en la escritura de Oliver. Por último, un cuarto momento en el que, tras la muerte de su com pañera en 2005, Oliver se trasladó a Hobe Sound, Flo rida, donde vivió hasta el final de sus días. El primer libro de poemas de Mary Oliver, No Vo yage and Other Poems, apareció en 1963, cuando tenía veintiocho años. En 2017 se publicó Devotions: The Se lected Poems, antología que cierra el arco de su obra. Entre ambos se despliega un conjunto de treinta vo lúmenes de poesía, sin contar los ensayos y antolo gías. De ese conjunto es indispensable destacar Ame rican Primitive, que en 1984 obtuvo el Pulitzer, House of Light (1990), reconocido con el Christopher Award, y New and Selected Poems (1992), que recibió el Natio nal Book Award. Además de redactar poemas, Oliver también se de dicó a reflexionar sobre el oficio de escribir. Dos muestras de ello son A Poetry Handbook (1994) y Ru les for the Dance: A Handbook for Writing and Reading Metrical Verse (1998). El primero es un breve manual de iniciación que abreva en cuestiones como la imagen, el sonido, la voz poética y la relación entre lectura y escritura; el segundo, más técnico pero no menos entretenido, es un recorrido por el verso mé trico tradicional, sus patrones rítmicos y de acentua ción, con ejemplos de poetas ingleses y norteamerica nos que ilustran cómo la forma sustenta y potencia el sentido. Transcurridos los años de iniciación, alejada ya de la casa compartida en Provincetown y sin embargo trabajando continuamente, Caballos azules (2014) descubre una nueva faceta del prisma de Oliver, que se proyecta desde tres puntos: mirar con precisión, decir con lo indispensable y mantener el asombro. El libro se despliega entre la memoria de una imagen — un grupo de caballos azules— y el presente de una ca minante siempre curiosa, siempre atenta e infatiga ble. Como buena parte de la obra de Oliver, Caballos azules nació de una visión. A veces esa visión toma la forma de un paseo por el bosque, de la contemplación estática (y extática), o de la lectura (el orden puede invertirse y el resultado ser el mismo); otras del en cuentro o la observación de animales; otras del há bito de recorrer la playa: casi siempre de la combina toria de todas estas posibilidades. Hacia 1960, alguien le regaló a Oliver un libro con dibujos del pintor Franz Marc. Oliver no leía alemán, pero las pinturas quedaron grabadas a fuego en su memoria. Una, especialmente, llamada Turm der blauen Pferde (1913), perdida desde la Segunda Gue rra Mundial, acabaría por inspirar el poema que da título al libro que nos ocupa. Si toda palabra postula el universo, un libro de poemas vendría a ser un designio cósmico. De allí que Caballos azules sea muchas cosas, pero nosotros nos limitaremos a describir el dibujo de algunas constela ciones. La primera se corresponde cronológicamente con la última etapa de la vida artística de Oliver: su mudanza de Provincetown a Hobe Sound. El movi miento geográfico, del norte insular al sur tropical, estuvo espoleado por el deseo y el amor, y trajo con sigo desajustes, sorpresas, nuevas exploraciones. Es probable que Anne Taylor, a quien le dedicó este libro, fuera la destinataria de los poemas de amor que Oli ver escribió durante esa etapa. Basta leer “Señorito Amor” para advertir, no sin gracia, los desafíos que acarrea el amor a una edad avanzada. Al mismo tiempo, “Los manglares” permite experimentar, con la simpatía que Oliver parece sentir por todas las co sas —aun por las que no le gustan demasiado— los desajustes entre el bosque y el entorno tropical. Aquí, la poeta observa los manglares de Florida, que no son los bosques de Ohio, y con todo los celebra, los canta, los recibe. En el mismo sentido, el hermoso “Aránda nos” ofrece un vaivén entre presente y pasado, entre una región y otra, además del recuerdo de un encuen tro inolvidable con una cierva que nos reinstala ple namente en el mundo de Oliver. El último momento está vinculado a la proximidad de la muerte. Es un momento especial, delicado e inol vidable. “Cuarto signo del zodíaco” registra la en trada de la enfermedad en el cuerpo de la poeta con una belleza y fragilidad que puede prescindir de nues tros pobres adjetivos. Está más allá o más acá de las palabras. De eso, precisamente, parece estar hecha la poesía de Oliver: de un constante asomarse al miste rio con una mente fresca. Por otra parte, uno de los atributos del estilo de Oliver es su musicalidad, que queda un poco menos cabada en los trasiegos de una lengua a otra. En lo que respecta a nuestra versión, hemos intentado recrear la música inconfundible, salvaje y universal de Oliver en nuestro castellano.
Gastón Navarro
***
EL BARRANCO DE STEBBIN
por el azar
del modo
en que cayeron las piedras
hace siglos
el agua fluye
y fluye
y fluye
sin cesar sobre la pendiente
en bajada,
y estampa sus pulgares plateados
contra las piedras
o se detiene a tallar
un súbito hueco curvo
en el que los peces centelleantes
chapotean o dormitan
mientras en lo alto el martín pescador
repiquetea y observa
y así, a lo largo de kilómetros y kilómetros,
se extiende este relámpago de luz,
cuyo solo oficio
es descender
y en eso reside
su belleza;
¿propósito?
no lo hay,
se trata de una
de esas cosas increíbles
que fueron hechas
para cumplir su labor a la perfección,
y para perdurar,
como prácticamente nada dura,
casi para siempre.
SI QUISIERA UN BOTE
Suponiendo que lo quisiera, querría un bote
que surcara intrépidamente las olas,
que ignorara las nociones de estribor y babor,
y tampoco las aprendiera, que recibiera
a los delfines y fuera directo hacia las
ballenas, y que, ante la proximidad de las piedras,
se acercara por el puro placer de sentirlas,
no un bote que busque la costa: uno que
avance rápido, que salte la espuma.
¿Qué es esto de andar siguiendo todo al pie
de la letra, prometer y cumplir, y soñar
solo con lo inmediato y lo seguro?
No, si quisiera un bote,
lo querría imposible de gobernar.
ARÁNDANOS
Ahora que vivo en un lugar cálido, puedo
comprar arándanos frescos durante
todo el año. Sin esfuerzo. Vienen de distintos
países de Sudamérica, y son tan dulces
como siempre y, comparados con los
frutos silvestres que recogía en los campos
de Provincetown, francamente enormes. Pero
un arándano es un arándano. Si hablan
alguna lengua, yo no la entiendo.
Además, no vienen con bichos
o arañitas. Así que, en líneas generales,
estoy bastante conforme.
Pero hay límites, claro. Les falta
el campo. El campo del que
formaban parte y del que, con el tiempo,
también siento que formo parte. Pero bueno,
está la vida y está lo que viene después.
Quizá me extraño a mí misma. El
campo y el gorrión que canta al
filo del bosque. La cierva que
una mañana me agarró desprevenida,
la cierva tensa y espléndida.
Golpeó el suelo con una pezuña,
como haría cualquiera ante un intruso. Después
me miró largamente, como diciendo, “Bueno, vos
quedate en tu rincón y yo en el mío”.
Y así fue. A ver cómo empaquetan eso, Sudamérica.
CANCIÓN DE AMOR SALVAJE
No me alcanza con lo que vendrá;
quiero lo que es ahora.
Son las cinco de la mañana. Es mediodía.
Se hace de noche.
Escucho música.
Devoro un par de poemas salvajes
mientras el tiempo pasa lento
como si tuviera todo el día.
Esto: lo que tengo.
La insípida resaca de la espera,
el fulgor de mi corazón sobre la hierba húmeda,
la luna con cara de flor.
Una gaviota empolla sobre la costa:
hasta recién había dos.
Muy suavemente, mi mano derecha acaricia la izquierda
como si fueras vos.
NO SOY EL RÍO
No soy el río,
y su presencia poderosa.
Tampoco soy el roble negro,
la paciencia encarnada.
Ni soy el cardenal:
breve vida plenamente vivida.
No soy el fango, la roca ni la arena,
los hilos que todo lo sostienen.
Ninguna de estas cosas cargadas de sentido, soy, todavía.
QUÉ COSA HERMOSA
No sé qué cosa tan hermosa
repite sin cesar el pájaro azul,
toda su voz se proyecta desde la garganta,
el pico y el cuerpo hacia el aire rosado
del alba. Sea lo que fuere,
me gusta. A veces
parece ser la única cosa en el mundo
libre de pensamientos sombríos.
A veces parece ser la única cosa
en el mundo que carece
de preguntas que no pueden y quizá
nunca podrán responderse, la
única cosa plenamente satisfecha
con el alba rosada, luego blanca y despejada,
que, agradecida, así lo dice.
STEBBIN’S GULCH
by the randomness
of the way
the rocks tumbled
ages ago
the water pours
it pours
it pours
ever along the slant
of downgrade
dashing its silver thumbs
against the rocks
or pausing to carve
a sudden curled space
where the flashing fish
splash or drowse
while the kingfisher overhead
rattles and stares
and so it continues for miles
this bolt of light,
its only industry
to descend
and to be beautiful
while it does so;
as for purpose
there is none,
it is simply
one of those gorgeous things
that was made
to do what it does perfectly
and to last,
as almost nothing does,
almost forever.
IF I WANTED A BOAT
I would want a boat, if I wanted a
boat, that bounded hard on the waves,
that didn't know starboard from port
and wouldn't learn, that welcomed
dolphins and headed straight for the
whales, that, when rocks were close,
would slide in for a touch or two,
that wouldn't keep land in sight and
went fast, that leaped into the spray.
What kind of life is it always to plan
and do, to promise and finish, to wish
for the near and the safe? Yes, by the
heavens, if I wanted a boat I would want
a boat I couldn't steer.
BLUEBERRIES
I’m living in a warm place now, where
you can purchase fresh blueberries all
year long. Labor free. From various
countries in South America. They’re
as sweet as any, and compared with the
berries I used to pick in the fields
outside Provincetown, they’re
enormous. But berries are berries. They
don’t speak any language I can’t
understand. Neither do I find ticks or
small spiders crawling among them. So,
generally speaking, I’m very satisfied.
There are limits, however. What they
don’t have is the field. The field they
belonged to and through the years I
began to feel I belonged to. Well,
there’s life, and then there’s later.
Maybe it’s myself that I miss. The
field, and the sparrow singing at the
edge of the woods. And the doe that one
morning came upon me unaware, all
tense and gorgeous. She stamped her hoof
as you would to any intruder. Then gave
me a long look, as if to say, Okay, you
stay in your patch, I’ll stay in mine.
Which is what we did. Try packing that
up, South America.
LITTLE CRAZY LOVE SONG
I don’t want eventual,
I want soon.
It’s 5 a.m. It’s noon.
It’s dusk falling to dark.
I listen to music.
I eat up a few wild poems
while time creeps along
as though it’s got all day.
This is what I have.
The dull hangover of waiting,
the blush of my heart on the damp grass,
the flower-faced moon.
A gull broods on the shore
where a moment ago there were two.
Softly my right hand fondles my left hand
as though it were you.
I’M NOT THE RIVER
I’m not the river
that powerful presence.
And I’m not the black oak tree
which is patience personified.
And I’m not redbird
who is a brief life heartily enjoyed.
Nor am I mud nor rock nor sand
which is holding everything together.
No, I am none of these meaningful things, not yet.
WHAT GORGEOUS THING
I do not know what gorgeous thing
the bluebird keeps saying,
his voice easing out of his throat,
beak, body into the pink air
of the early morning. I like it
whatever it is. Sometimes
it seems the only thing in the world
that is without dark thoughts.
Sometimes it seems the only thing
in the world that is without
questions that can’t and probably
never will be answered, the
only thing that is entirely content
with the pink, then clear white
morning and, gratefully, says so.




