El poeta peruano Yohei Moriya Miyakawa (Zaña, 1987) ha publicado Étereo (Lluvia Seca Editores, 2024). Leemos aquí cinco poemas del volumen. Moriya es poeta y abogado peruano-japonés por la Universidad Nacional de Trujillo, con maestría en derecho por la Universidad Clemson, ha vivido en más de cinco países. Se desempeñó como docente de gestiones judiciales en la Universidad Austral (Argentina) y argumentación jurídica en la Universidad San Francisco (Quito). Además, es director de la Fundación Biblioteca Virtual El Último Bastión y Fundador de la Cátedra Intercontinental Antonio Cillóniz De la Guerra. Tiene publicados tres poemarios y ha escrito trece prólogos para poetas de Nicaragua, El Salvador, Ecuador, Argentina, España y Perú. Obtuvo la mención honrosa en el evento internacional “Nuestro Ilustre Personaje Carlos Augusto Salaverry”, organizado por la Municipalidad de Sullana y UGEL Sullana. Sus poemas han sido traducidos al italiano, francés, inglés y japonés. También es miembro del Movimiento Cultural Internacional Ergo. Ha trabajado para la ONG Projects Abroad en Zanzíbar y Malawi, y en su estadía en Estados Unidos, fue parte de TITLE Boxing Club NYC Midtown West.
La genealogía del camino
Desearte es ver todos los
árboles y el cielo, el agua y el
aire en ti.
Mi vida se ha hecho simple,
clara, ardiente, limpia."
César Moro
De la quietud más honda,
un hilo de luz despierta,
como si el mundo recordara
su primer temblor.
Un ala duda,
y en la duda encuentra cielo.
Se eleva sin peso,
canto que se despliega
como un pétalo que aprendió
a no caer.
Entonces no es ala,
ni pájaro, ni sombra:
es agua suspendida
que sube contra el tiempo,
un cristal que respira,
un latido que asciende
para no quebrarse.
A lo lejos,
una figura apenas existe:
su gesto es un silencio
que se abre en dos,
y desde ese borde
alguien pronuncia un adiós
que no toca el aire,
pero lo transforma.
Y todo queda así:
una despedida invisible,
un cuerpo que se eleva,
la lluvia al revés,
la quietud volviendo
a ser origen
Inventario de lo invisible
Toda poesía es una despedida,
una línea blanca de espuma
en el ancho mar que se lo lleva todo
Marco Gerardo Martos
Quise dormir para siempre.
No como descanso,
sino como fuga.
Como quien abandona un cuarto
sin cerrar la puerta
porque ya no hay nadie que deba entrar.
Quise olvidar el nombre de las cosas,
quedarme sin lengua ni memoria.
Ser ausencia:
esa forma delicada de no doler a nadie.
Era lunes.
O tal vez jueves.
No importaba.
La casa se repetía como un dejavú
de lo que nunca quise habitar.
Los platos sucios,
las toallas húmedas,
los juguetes mutilados bajo el sofá
como pequeñas guerras perdidas.
Y mis hijos —
esos seres que amo tanto—
eran peso, no promesa.
Luz que arde.
Nunca descanso.
Hay una hora exacta
en la que mi mujer desea morirse.
No lo dice.
Pero la piensa.
Mientras cambia un pañal,
mientras se lava el rostro,
mientras pregunta si alguien quiere más sopa.
Quise morir, sí.
Con la dulzura de una flor que se cae del tallo
sin hacer ruido.
No por odio.
No por cobardía.
Sino por agotamiento.
Como quien baja del tren
porque ya no puede mirar más paisaje.
Y no morí.
Mi cuerpo se aferró a sí mismo
como una raíz rota que insiste.
La piel me sostuvo
cuando ya no quedaba nada por dentro.
El alma:
una sábana extendida bajo la lluvia.
He vuelto.
Pero con una voz ajena,
una que no reconozco.
Habla por mí
como si supiera algo que yo no sé.
A veces reza.
A veces grita.
A veces solo murmura
como un animal dormido.
No sé si Dios estaba muerto.
Pero no contestó.
Y en ese silencio
nació algo:
no fe,
no esperanza,
pero algo.
Un temblor.
Una sílaba.
Un por mientras.
Y aquí estoy.
Cosiéndome la sombra con alfileres
para que no se caiga otra vez.
Nombrando a mis hijos
como si fueran estrellas
que alguna noche
podrían guiarme de regreso.
El solitario eminente en los territorios de la inmadurez
He aquí mi oficio
pero cuánto me ha costado
he convertido en agua
mi paciencia
en pan
mi soledad
Jorge Eduardo Eielson
Me desperté de pronto, sin miedo,
como si el silencio me hubiera rozado la frente.
Boca abajo, con los puños cerrados
en el hueco de mi cuello,
como aferrándome a un sueño que huía.
La casa dormía. Ni el viento en la ventana,
ni el roce de una hoja en la vereda,
ni el aliento tibio de la calle.
El mundo era un puñado de sombras quietas,
una pausa entre lo que fue y lo que vendría.
Fue entonces cuando lo sentí:
algo me había llamado.
No era voz, ni eco, ni roce de ala,
sino el peso del aire, la certeza
de que en lo oscuro latía un canto
que aún no había aprendido a escuchar.
«Es de noche», pensé. «Es el momento».
Pero el canto se enredaba en la nada,
se deshacía en la trama de la sombra,
y me dejaba solo con su ausencia.
No te duermas, insistía algo,
como una promesa, como un reto,
como un umbral a punto de abrirse.
Pero el silencio era total.
Y en su centro,
el mundo esperaba su propia voz.
Taxidermia de un suspiro
No sé qué arde en la tarde cuando cae,
si es la luz desangrándose en los muros
o este temblor antiguo que me habita
como un nombre olvidado en lo más hondo.
No sé si fue la música del mundo
la que dejó su herida en mis oídos,
o este silencio espeso que me nombra
y me borra despacio mientras miro.
Hay una falta vasta entre mis manos,
un hueco que no cierra ni en la noche;
intento recoger lo que fui antes
y solo encuentro polvo entre los dedos.
Da miedo continuar.
No por la muerte,
sino por este peso de estar vivo,
por esta lucidez que se adelanta
y me muestra lo frágil del camino.
Nunca estuve tan cerca de entenderlo:
la vida es una llama que se inclina,
un breve resplandor que se resiste
a su propia vocación de despedida.
Y yo, que apenas soy en este instante,
me quedo suspendido en la penumbra,
viendo cómo la tarde se derrama
como un último dios que se desangra.
Me pierdo. Sí.
Pero hay algo en la caída
que también se parece a un nacimiento:
una forma secreta de la luz
que solo se revela en el silencio.
Errancia, búsqueda y exilio
Ninguna recompensa eterna
nos perdonará ahora
por desperdiciar el amanecer.
Jim Morrison ,The Wasp (Texas Radio and the Big Beat)
Me han dicho que el ámbar guarda la luz de soles antiguos,
que la obsidiana recuerda el filo de todas las guerras.
Pero la mayoría de la gente olvidó esto
cuando aprendió a pelear con otras armas.
Las batallas nunca terminan del todo—
siguen latiendo en la memoria del suelo,
en el pulso del cobre bajo la piel.
He cruzado desiertos donde el deseo
es un fósil dormido,
esperando la lluvia.
Te toco como quien encuentra una piedra preciosa
en la garganta de un río seco,
como quien talla la sombra de su propia sed
en la arena roja.
No hemos aprendido a quedarnos,
pero sabemos cómo hallarnos.
El cuerpo recuerda lo que la boca olvida—
cicatrices de labios,
rosas minerales brotando en la carne.
Donde han estado tus manos,
mi piel fue cantera,
mi espalda, cuarzo fracturado.
Dicen que hay semillas que esperan
décadas bajo la arena
hasta que la tormenta las despierta.
Yo también espero,
bebiendo del eco de una lluvia
que aún no llega.
La guerra nunca terminó,
pero, de algún modo,
comienza otra vez.



