Dira Martínez Mendoza. Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela). Estudios Avanzados en América Latina (Universidad Complutense de Madrid). Cuenta con tres libros publicados (N)aves, En pistilos con el aire y Kanagawa (La Garúa, septiembre 2026). Forma parte de las antologías: 102 poetas Jamming (Oscar Todtmann editores); Revista Poesía número 160 (Universidad de Carabobo, Venezuela); Antología de Poesía A voz limpia (Australia, 2016); Nubes - Poesía Hispanoamericana (Dcir Ediciones-Editorial Pretextos, 2019); Esos raros peinados - Antología Brasil - Puerto Rico - Venezuela (LP5 Editora, 2020); Antología bilingüe “La Tierra Común”, Edición conjunta entre Vocales Verticales (Estados Unidos) y Editorial Tintapujo (Chile), 2025. Desde el año 2009 incorporó, en su propuesta poética, intervenciones de cuerpos con poemas. La propuesta de poesía en el cuerpo estuvo participando en White Street Project en Melbourne- Australia en el año 2014, formato light boxes. “Latido de la Tierra” (Exhibición de collages y arte multimedia en el Centro de Arte Frankston en Melbourne-Australia, 2022). Exposicion colectiva de Collages, Pequeña Galería (Madrid-2023), Sortir del blanc, exposición colectiva de collages (Barcelona, 2024).
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Hay en “Kanagawa” de Dira Martínez Mendoza, La Garúa , 2026, una respiración antigua, como si cada poema recordara algo anterior al lenguaje. No un origen fijo, sino una materia en movimiento: la ola, el cielo, el cuerpo atravesado por fuerzas que lo exceden. Desde sus primeras imágenes —donde la abundancia y la devastación comparten una misma escala— el libro se sitúa en un umbral: todo lo que existe está a punto de transformarse.
Frente al ruido contemporáneo, esta poesía no se impone. Escucha. Y en esa escucha restituye algo esencial: la posibilidad de mirar con lentitud. La contemplación aparece aquí no como pasividad, sino como una forma radical de conocimiento. Observar es dejar que el mundo diga su propio ritmo, sus heridas, sus silencios, aquello que aún insiste en florecer incluso en la oscuridad.
“En el principio todo era el mar”: esa memoria atraviesa el libro como una corriente subterránea. Lo marino no es paisaje, sino origen y destino, matriz de lo viviente. Sin embargo, en el momento en que el mundo es nombrado para ser poseído, aparece la fractura. “Nombrar con vehemencia es asesinar lo sagrado”: la advertencia no es retórica, sino ética. La palabra, en Kanagawa, busca otra relación con lo real: no capturar, no dominar, sino rozar sin herir.
Este libro está atravesado por un acento sideral. El tiempo, el espacio, la fuga: todo se inscribe en una escala que desborda lo humano. La experiencia cotidiana —la pérdida, la migración, la intemperie— es leída a través de una materia cósmica. “Fallecimos como astros”: la vida misma aparece como un fenómeno de radiación, de tránsito, de desaparición y retorno. La gravedad, más que una ley física, es una frecuencia que atraviesa tanto la tierra como el lenguaje.
En esta poética, lo íntimo y lo externo no se oponen: se reflejan. Hay una profundidad de campo donde lo micro — una flor, un gesto, una herida— contiene lo macro —el cielo, el mar, el tiempo—. Esta correspondencia construye una sensibilidad que se aproxima a lo ritual, a una memoria donde lo humano no está separado de lo natural. El bosque, el coral, la ola: formas de lo vivo que no solo rodean al sujeto, sino que lo constituyen. “Sobrevivir es inclinarse hacia el bosque”: esa línea podría leerse como una clave del libro. Sobrevivir no es imponerse, sino aprender a inclinarse, a escuchar, a habitar el mundo desde una atención que no clausura. En ese gesto, la poesía se vuelve una práctica de apertura.
“Kanagawa” no ofrece certezas duraderas. Incluso cuando la mañana llega con su promesa de claridad, esta es breve, inestable. Pero tal vez ahí reside su potencia: en sostener la experiencia sin reducirla, en permitir que el misterio permanezca.
Kanagawa
LA GRAN OLA
El mar nos parió como madre en cueva sagrada. Abrió
sus piernas de bruma, sus brazos azules de fábula.
Caminamos nebulosas, gestábamos soles y los soles
gestaban otros soles, paríamos nosotros a otros hijos del
mar. Remeros de la gran ola, mirábamos aquel monte
fijo, inmóvil de tejido nipón. Nuestros ojos alucinados
han parpadeado cada milésima de segundo. Una garra
mortífera se dibuja en el vaivén de no se sabe. Un verdor,
dame un verdor tranquilo. Sobrevivir es inclinarse hacia
el bosque.
AY DE LOS REMEROS
Fundaste las manos y los ojos, fundaste la odisea,
los barcos, fundaste los caballos y las crines. Ay de esta ola
rompiendo los huesos, ay de esta ola llevándose
a los remeros. Ay de esta ola sacudiendo montañas y telares
de mujeres que esperan a los maridos en el puerto.
Ay de esta ola turbia incomprensible, ay de esta ola
inmaculada, ay de esta ola con anaconda del cauce
de los ríos amazónicos.
Ay de las orillas cuando no son orillas y desarman
a los arrodillados en la arena, a los que imploran, a los que
han tragado demasiada agua de mar.
CADA MONSTRUO MARINO TIENE
SU ANDRÓMEDA
Concédenos la luz que no hiere los ojos y los huesos, le
digo. Concédenos equilibrio en las planicies del borde,
concédenos amaranto en los vientres de los niños
acurrucados, concédenos un bosque lleno de libélulas,
concédenos el rojo del hibisco con el que alimentar y
llenar de néctar a las crías de los pájaros. Concédenos la
respiración de las ballenas, la respiración de los peces,
concédenos sus branquias, concédenos, le digo, lo
inaudito de las casas convertidas en Andrómeda.
---sino ---
Concédenos la ingravidez de volar suspendidos en el
espacio entumecido por la luna.
Con tu mano niña, toca la enredadera. Con tu mano de
mujer, haz un castillo en tierra.
No, no es posible ocultar el descontento en esta hora en
la que palidece el mundo.
CÁNTICOS
Se han unido los búfalos y los cactus, los ciervos con los
montes. Alguien ha comenzado a mezclar escritura con
la gramática silvestre. He aquí la melodía, la partitura
insinuando los silencios del desborde. El mar se acelera
y los hombres responden por su nombre de pila, buscan
su origen acuático, sacan cuchillo y rompen la madera,
desentierran los clavos de la frente sangrante, desarman
la cruz, bajan a tierra con sudario en mano. Orión hace
un trazo. El mar se apacigua, un centinela nos cuida
las espaldas. Respiren recostados del navío, nos dicen en
cánticos, respiren.
PLEGARIA DE LOS CABALLOS
Fundemos un nuevo reino en el que los amigos
sean el fundo, un hato en el llano
caballos corriendo libres en la bandera
de nuestras manos.
Fundemos un nuevo reino donde los mares
abran sus puertas secretas a los barcos exiliados
donde los mástiles dibujen nuestras estrellas.
Dafne Malvasi radicada en Santiago de Chile. Poeta, ensayista y traductora, escribe en el cruce de distintas lenguas y geografías. Su obra explora la historia de las mujeres, la memoria y la traducción literaria. Es autora de Antes del alba y Marginalia. En 2026, Círculo de Poesía. – Fundación Esteros publica Cuaderno de Santiago, en edición bilingüe castellano-italiano. Docente de Lengua y Cultura Italiana. Recibió en Italia el Premio Internacional Trienal La Donna si racconta (2021).



