Ese canto resonante. Poética del cuerpo en Hanni Ossott por Ana María Hurtado.

Leemos un ensayo de la poeta y psiquiatra venezolana Ana María Hurtado acerca de la relación con el cuerpo establecida por Hanni Ossott en su poética. Hanni Ossott es una figura influyente del panorama literario venezolano. Ossott fue poeta, ensayista, traductora y profesora universitaria; sus restos fueron esparcidos en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. La foto de Hanni Ossott fue recuperada de la página web Tráfico visual.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ese canto resonante. Poética del cuerpo en Hanni Ossott

 

 

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H.O.

 

Para hablar de Hanni Ossott (1946-2002) -poeta, ensayista y traductora de grandes autores como Rainer ​​ Maria Rilke, Emily Dickinson Y D.H. Lawrence- debo acceder a un espacio primigenio que contiene incertidumbres delineadas por el asombro, tupida trama de epifanías terrestres y ​​ una conmovida visión de los márgenes que contactan a los celestiales desde la ontología del desamparo. ​​ Por lo tanto, intentar acceder al misterio de su poesía singularísima, atravesada por la gravedad y la divinidad, es entrar en su casa de puntillas, adentrarse con reverencia en el mundo íntimo de esta gran poeta, quien es en sí misma un acontecimiento celestial y telúrico. Su poesía adviene como lo hacían los antiguos dioses, y uno debe estar dispuesto a recibir esa aparición; leerla es ejercitar la contemplación, no se interroga al poema, este se concede de forma casi milagrosa al escucha atento.

En una primera y necesaria visión, se me aparece Hanni como una poeta que habla desde el cuerpo, no porque halle en él un asidero desde el cual encontrar la palabra, sino porque el cuerpo es para ella el lugar de acceso directo al acontecimiento poético, y aún más, es el cuerpo el propio acontecimiento, lugar donde se pierden los pronombres, donde no habla uno sino que se habla desde el Se. Desde el cuerpo, Hanni construye la palabra poética, la construye esperándola, y uno siente que lo hace con la certeza de quien espera un fenómeno natural, aceptando que, como tal, tiene su propio ritmo y cadencia, su pálpito, su pausa, su sístole y su diástole, sus estaciones, sus entuertos, sus magnificencias. Inevitable pensar en la vivencia del cuerpo femenino.

Somos escritos, tanto como lo es el poema. Nos dice en Espacios para decir lo mismo ( 1974): Sobre mi cuerpo, sobre estas estructuras concebidas por manos ingenieras fabricantes de nuevos espacios, han sido muchas las palabras nombradas.

En su libro Memoria en ausencia de imagen Memoria del cuerpo (1979) ​​ hallamos los trazos de esta poética carnal y atenta que aparece continuamente en su obra. La poeta expone esa cualidad contradictoria del cuerpo, lugar que habla, desde el que se habla y que siempre acaece más allá del habla, que por un lado se resiste a ser dominado por el lenguaje y por lo tanto se declara en pugna contra los códigos verbales, pues el cuerpo es siempre lo que excede la nomenclatura, el lugar de lo real no alcanzado ​​ por la palabra, sin embargo, y permanentemente, lucha por develarse, ​​ derrumba muros y avanza impune contra todo lenguaje, y en consecuencia el cuerpo en su devenir se constituye en el generador de la palabra, es ella su excrecencia con la cual el cuerpo intenta aliviar la herida esencial, herida que reside precisamente en él: nuestro ser para la muerte, para el dolor, para la impermanencia. Allí donde el cuerpo se sabe limitado busca lo ilimitado, allí donde se topa con lo inefable, busca la palabra que lo enuncie intentando, bajo el subterfugio del lenguaje, aplacar el horror a la vez que mostrarlo. ​​ Y donde el cuerpo aparece, ​​ se hace presente la naturaleza, lo indomable, lo desmesurado, lo vasto, el cuerpo reencuentra su espacio a través de la obra, y a su vez halla su cárcel y su límite:

 

(...)

Ah, mira la contorsión del cuerpo,

la siempre en oposición

Pero me contorsiono

y profiero

sólo yo puedo hacerlo

desde lo que me cerca y me abre

(…) De Atracción de lo vasto. Espacios de ausencia y luz (1982)

 

El cuerpo pendula en esa paradoja a la cual va atada la poesía-cerca y abre- cuerpo-naturaleza implica el desaprender el habla y salir en la búsqueda del movimiento primordial, la danza, el éxtasis, lo dionisíaco, el lenguaje discontinuo y espasmódico: Vuelo irreversible hacia la sensación. Piel, trozos de piel. Dispersión. Dislocaciones. Y este sonido inmenso, retenido, denso y frágil. (De Espacios en disolución, 1976)

Pero el cuerpo está ubicado más allá de toda habla y para Hanni Ossott la poesía da cuenta de ese excedente que no puede ser pronunciado, sino más bien sentido en el espasmo, el dolor o el grito. En este sentido, comulga con Rilke cuando dice que el poeta es el receptor de lo excesivo de la existencia, aquello que no está atravesado por el lenguaje.

Por ello, Hanni Ossott se refiere a las hablas rotas, palabras costras que vienen del cuerpo, palabra hervor, espasmo, pulso, latido, contorsión, en oposición al habla elusiva, la que evita, disimula lo esencial y aspira a dominar lo indominable. Dice: por la poesía somos devueltos a la memoria del cuerpo y esa memoria es la del desvarío y sobre todo memoria de la herida primordial que nos ubica en la mortalidad, habitantes de la tierra de los atardeceres y la Noche, proclives a la desmesura y al delirio.

Y en la historia de la poeta aparece tempranamente una pérdida, muere su madre cuando la pequeña Hanni apenas contaba tres años, y la ausencia de ese cuerpo, que fue su casa inicial, la impulsa a buscarlo en el propio cuerpo, en la casa, en los referentes externos, en aquel campanario al que hacía alusión Proust, en todo aquello del afuera que nos da contención y sentido. Sin embargo, el cuerpo donde respira siempre es el abismo de la herida; momentáneamente ​​ encuentra el traje, la mirada, configura un lenguaje, una palabra que intenta definir el cuerpo ausente, pero al final vuelve el horror, la imposibilidad.

¿De qué hablaré hoy?

¿de su rostro?

¿su traje?

¿de sus ojos?

(…)

Ella

era bella.

Y de ella aprendí este horror.

(De Ella era bella y de ella aprendí este horror, en El circo roto, 1991)

 

El intento de construir códigos y murallas contra el desasosiego y la ausencia de dioses que contengan nuestra mortalidad, que conviertan nuestra vida en proyectos, nunca es completo ni eficaz, por ello se hacen fisuras a través de las cuales emerge la poesía, el arte. La obra de arte es la voz de la fisura. Otra vez la paradoja: la palabra es muro y contención y no obstante, ​​ solo a través de la poesía la palabra deja salir la herrumbre del ser, su finitud. La palabra muestra a la par que esconde la herida. Pero el cuerpo generador de la palabra es un cuerpo zanjado, abierto, roto, en combate.( Memoria en ausencia de imagen , Memoria del cuerpo)

Hay una mordida profunda

incisiva

en el centro de mi sexo

por la cual yo me erijo como yo misma

y soy ,

y poseo y dono

Regalo mi cuerpo y mi ansia.

(La mordida profunda, de El circo roto, 1991)

 

La poesía de Hanni Ossott es discontinua como el cuerpo, alejada de la continuidad del discurso está llena de temblores, hendiduras, paisajes inconclusos…fracturas, retazos…el habla rota reminiscencia del propio Dionisos despedazado, dios del cuerpo, la naturaleza y la embriaguez creadora.

Ese canto resonante

de Cuerpo

esa expectoración primera

inicialmente contenida

bufido o eructo desarticulado

 

Ese pujar vocal

 

Estertor físico del soy que se busca

(…)

Ah gorgojeo

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ rasgadura de garganta

ruido

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ pobladura de lo vasto

Eco

Inserción de lo inmenso en lo breve (..)

(De Atracción de lo vasto, Espacios de ausencia y luz, 1982)

Hanni Ossott crea en su poesía una brecha donde morar, donde de-morar-se. ​​ En tal sentido, su palabra es entonces la casa del Ser, tal como lo afirmara Heidegger. Pero ese morar es morada del cuerpo, espacio de cal y arena, hay siempre en ella la nostalgia de la casa, el hogar de la infancia, y también y por sobre todo, del ​​ espacio materno, y ese espacio tan tempranamente perdido reaparecerá en el cuerpo, ​​ lugar para recuperar lo perdido, al tiempo ​​ que da cuenta de la pérdida. Como bien afirma Patricia Guzmán, en su introducción a las Obras Completas (bid &co editor, 2008). ​​ encontramos en su decir una poética de la pérdida

En Espacios para decir lo mismo (1974), nos revela con exactitud esa dinámica del cuerpo hablante y habitado:

Algunos han dicho de mis ventanas: “Son tristes porque no miran fijamente y quien acude a ellas provoca el sueño”, (…) Hablaron de casas tristes olvidando a sus habitantes…

Los contengo en mis resquicios, en los rincones abandonados y en mis habitaciones solitarias(…)

Ellos le asignan a mis rincones una propiedad que desconozco: la memoria. Sometida a sus arbitrios me vuelvo cruel y desproporcionada. Mi cuerpo se vuelve recuerdo (…).

 

Mientras la palabra ​​ es concebida como proyección vertical que se devuelve, el cuerpo es la horizontalidad de la tierra que propicia el desarrollo de la raíz oculta de la palabra : Este suelo que hoy me sostiene, esta tierra, absuelve ​​ en mi paso los pasados (…) Es la memoria de todos los actos. El propio cuerpo es un espacio que recupera lo irrecuperable, pero siempre al borde del fracaso en su ardua tarea. Cuando habla de recuperar nuestro cuerpo en otro cuerpo, podemos leer también el intento de recuperar otro cuerpo en el suyo. Hallar los trazos cartográficos de otra presencia corporal, de otro espacio habitable desde el cual enunciar-se. ​​ La poeta delata su nostalgia en su ars poética de fijar los cuerpos en páginas, al tiempo que se topa con el horror de querer escapar a ese destino que nos fije, que limite ​​ nuestro esplendor ​​ y ​​ nuestra vacuidad. De nuevo, esa tensión irresoluble.

Nos dice más adelante: ​​ He escrito todos los cuerpos para alcanzar el Cuerpo ​​ (… )

Propongo en cada acto y en cada gesto

La escritura infinita

La escritura imposible

 

El formato del cuerpo para escribir el poema o para permitir el hábitat de la Palabra poética es en Hanni ​​ un formato de antiguo códice con viñetas perdidas, páginas manoseadas al borde de la disolución, vísceras escondidas que ​​ hablan una lengua jadeante, ​​ a la par que un libro de cuerpo cósmico transitado por el ​​ polvo estelar ​​ de arcaicas memorias; en ese cuerpo se conjuga la tinta evanescente y el sonido de aquello que no puede nombrase. Es un cuerpo que viene de múltiples batallas, actor y testigo, que vive aún para contarlo, cantarlo, rezarlo.

He vuelto sobre los límites de estos cuerpos reales. Al límite de sí mismos, abandonados dentro de sí, desperdigados en esa inocencia que nunca los ata a las cosas, que los separa. Y ellos son ahora los rastros de un vuelo, la huella de separaciones misteriosas, los vacíos, sus vacíos, el propio vació que los contiene (…) como si fuesen una muerte. ( Espacios para decir lo mismo, 1974)

Hanni Ossott es una poeta mayor amenazada de olvido, como tantas otras grandes poetas nuestras. Invoco entonces su presencia con el temblor de su palabra rota, con el delirio corpóreo de su poesía, con su anhelo de hallar lo inefable en el pulso de la vida, testimoniar lo esencial y lo propiamente humano.

En estos tiempos, Hanni respondería, con la abundancia de su cuerpo-palabra- “erguido el canto de regreso al soy” - a la interpelación de Hölderlin : “Ni sé qué faltan hagan los poetas en tiempos de miseria”

​​ Si se pudiera, si se pudiera escribir

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ el poema innumerable

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ el único, el entero

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ tenso, vibrante

el atravesado por la gravedad y la divinidad

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ el zanjado por el horror.

​​ El reino donde la noche se abre, (1987.

Ese poema innumerable, sin duda, lo escribiría Hanni Ossott. Parafraseándola en su plegaria a propósito de la muerte de Borges, concluyo diciendo que lo más importante es cuidar a la poeta, mimarla secretamente. Rezar por ella al paso de las noches. Para que se nos aparezca con el aliento y la fuerte voz de su canto resonante.

 

Ana María Hurtado

Septiembre, 2016.

 

 

 

 

 

Hanni Ossott fue una poeta, traductora y ensayista nacida en Caracas en 1946. Profesora de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, tradujo a Rainer Maria Rilke, D. H. Lawrence y Emily Dickinson, y escribió ensayos sobre poesía y experiencia poética, reunidos principalmente en Memoria en ausencia de imagen / Memoria del cuerpo (1979) e Imágenes, voces y visiones (Ensayos sobre el habla poética) (1987). Su madre murió cuando tenía tres años y su familia se lo ocultó en un intento de protegerla del sufrimiento. Este hecho traumático marcó el resto de su vida. En su obra aparecen de manera recurrente temas como la casa, el dolor, la muerte, la infancia y la figura de la madre. Algunos de sus libros más destacados son Espacios para decir lo mismo (1974), Formas en el sueño figuran infinitos (Premio Nacional en la II Bienal de Poesía Ramos Sucre, 1976), Espacios en disolución (1976), Espacios de ausencia y luz (1982), Plegarias y penumbras (1986), Casa de agua y de sombras (1992) o El circo roto (1993). En 1988 obtuvo el Premio CONAC de Poesía. Tras varios años de reclusión en una casa de reposo, murió en la noche del 31 de diciembre de 2002 al 1 de enero de 2003. Sus cenizas fueron esparcidas en los jardines de la Facultad de Humanidades y Educación de la UCV.

 

 

 

 

Ana María Hurtado (Caracas)​​ es poeta, escritora, ensayista, médico psiquiatra y psicoterapeuta egresada de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Docente y conferencista. Ha colaborado en diversas páginas, blogs y revistas literarias, de arte y de psicoanálisis donde han sido publicados sus textos y poemas. Recibió el premio de narrativa Julio Garmendia (Dirección de cultura de la UCV, 1984). Algunos de sus poemas han sido publicados en antologías nacionales e internacionales, entre ellas:​​ Diario poético de los tiempos adversos, Pasajeras. Antología del cautiverio, El vuelo y la claridad, Hacedoras, Mujeres del mundo uníos, El dulce ron que las embraga, En la desnudez de la luz, Poemas en bicicleta​​ y​​ Antología para Resistir. Actualmente, es colaboradora habitual de la Revista de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (RANLE) y articulista del sitio comunicacional​​ Pasión País, en el área de gestión emocional en tiempos difíciles. Mantiene un programa de entrevistas a poetas, a través de la plataforma Cultura Mundis. Es miembro activo del Círculo de Escritores de Venezuela. Ha participado como invitada del Salón de la Poesía de la FIL de Guadalajara, 2024. Ha publicado los poemarios​​ La fiesta de los náufragos​​ (Editorial Diosa Blanca, Caracas, 2015);​​ El beso del arcángel, en coautoría con el poeta colombiano Leonardo Torres (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2018);​​ El árbol que en ella muere​​ (Editorial Diosa Blanca, Caracas, 2023);​​ La única inocencia​​ (Editorial Diosa Blanca,​​ Caracas, 2023) y​​ El Reino​​ (Editorial Salto Mortal, Guadalajara, 2024).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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