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Poesía española: Aníbal Núñez

Poesía Panhispánica

Poesía española: Aníbal Núñez

Círculo de poesía February 18, 2018
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Presentamos, en selección de la poeta Paura Rodríguez Leytón, una muestra del poeta español Aníbal Núñez (1944-1987), quien además fue pintor, grabador y traductor. Entre sus libros se encuentran Fábulas domésticas, Naturaleza no recuperable, Taller del hechicero y Alzado de la ruina. Además incluimos un texto que ha preparado la poeta Paura Rodríguez Leytón a propósito de esta publicación.

 

 

 

 

 

Publicar Explicación de la derrota, antología esencial, de Aníbal Núñez (1944-1987), ha sido un acierto de la Fundación Salamanca Ciudad de Cultura y Saberes.

Un acierto editorial que permite conocer la escritura de uno de los más destacados poetas salmantinos del siglo XX y que no sólo llega a los lectores de habla hispana, sino a insospechados públicos distribuidos en un mapa de 41 idiomas a los que fue traducido el poema del que toma el nombre la antología.

El libro fue preparado para el XX Encuentro de Poetas Iberoamericanos realizado a fines de octubre de 2017 en Salamanca, España que, en esta su versión estuvo dedicado a homenajear a Núñez.

El nacimiento de este libro fue todo un acontecimiento para los poetas que fueron amigos de Núñez y que pueden atestiguar sobre la intensa y diáfana lucidez con que vivió la poesía y el arte. Así lo hicieron, por ejemplo, José Amador, Aníbal Lozano y José María Muñoz Quiroz, para quienes resulta justo y oportuno el homenaje a un poeta de una gran hipersensibilidad ante la belleza y el dolor, ya marcada en su mirada de niño, congelada en las fotografías que dan fe de su paso y que fueron recopiladas por José Amador en un entrañable documental.

“Aníbal Núñez acaparó casi toda la puntería de las circunstancias adversas, en cuanto a su vida por las aulas, calles y bares de Salamanca. Pero conviene centrarnos en sus versos gimiendo bajo la hierba de los muros empedrados de su ciudad, en sus textos que otros corazones sienten crecer: claro torbellino emergiendo del caos, de su lenguaje amante de lo antiguo y de lo porvenir, de su mirada incrédula ante la perfecta esperanza…”, escribe en el pórtico, el antólogo Alfredo Pérez Alencart.

“Su ciudad, mediante este homenaje y antología, empieza a saldar una deuda más que necesaria hacia quien nunca pidió nada. Un poeta que necesitaba ser clásico para ser posmoderno: quiero decir que no quiso estar a la moda (poética) de su tiempo, pues su tiempo (lírico) fue de todos los tiempos, desde los vates latinos de Catulo, Prosperci, Horacio o Tibulo, hasta Rimbaud (a quienes tradujo), pasando por la mitología griega, el barrco, el romanticismo o Cernuda…hasta llegar a Valente, Ángel González o Claudio Rodríguez”, detalla Pérez Alencart.

El libro, está ilustrado con fotografías de Aníbal Núñez y reproducciones de algunas de sus obras plásticas; además en la publicación 70 poetas de distintos países de habla hispana y Portugal, le rinden homenaje  con un poema cada uno. En la portada, va un retrato de Núñez, pintado por el artista Miguel Elías.

“Quedan más días rebeldes Aníbal y también alguna una mirada que hiela. Mientras, aquí una remembranza de lo que sembraste en pleno invierno, obstinado en tus renuncias para no estar al lado del mercader. Poeta, estás vuelto”, cierra el colofón del libro que a continuación va una selección de poemas.

 

 

Paura Rodríguez Leytón

 

 

 

Taller del hechicero

 

Es muy posible que desilusione

el no encontrar marmitas, humareda

ni artejos de vampiro ni cultivos de órbitas

amén de aquella hierba que crece en las cornisas

de los montes sagrados—

Ni siquiera

la inexpugnable luz de turmalina

 

Se ríe cavernoso el hechicero

—el único ingrediente que siempre encontraréis—

al ver el desencanto.

Y enmudece

cuando otro personaje que nadie se esperaba

os cuenta su secreto que consiste

en la necesidad del narrador

de un elemento extraño mientras piensa

en un final feliz para vosotros

los héroes asombrados del único relato.

 

 

 

Nada queda…

 

Nada queda de nuestro

palomar blanco, donde

sentimos el primer

vértigo nada queda

del almendro en el que

imaginábamos lianas

y éramos dos tarzanes nada queda

de la tapia que el mundo dividía

en territorio apache

y en territorio sioux nada queda

del cuarto de las ratas

que olía a viejas historias y tampoco

queda nada me han dicho

de la terraza ni de la

galería de cristal donde el sol en invierno

se acurrucaba como un gato nada

queda de la escalera

de caracol ya nada

del jardín con castaños con acacias

con ¿qué? donde aprendimos a montar

en bicicleta nada

queda de nuestra casa

primera

Hay una valla

y detrás nada, los expertos

han medido el terreno con sus metros cuadrados

con sus gafas cuadradas han aojado el terreno

con sus zapatos negros han sumado la tierra

de nuestra infancia que hoy no tiene

dónde meterse:

está prohibido

el paso a los ajenos a la obra.

 

 

 

Epitalamio

 

Ya viene, ya se siente

esa querencia del otoño a hacerlo

todo más soportable: sólo ahora,

aprovechando que la tarde pone

todo color de miel, miel en mi boca,

darte mis parabienes puedo

Trago

saliva: una laguna

me apaga el corazón. Corre, que seas

muy feliz. La distancia

me ayudará a olvidarte, pondrá tierra

por medio. Mi pañuelo

ya vuela en el andén

 

Llegará el día

de volver a encontrarnos —¡que sea otoño!-

 

Mucho me temo que la vara mágica

va a fallarte y que, al cabo

de poco tiempo, seas

—como aquella ciudad que ya no eres—

sólo reconocible por tu nombre.

 

 

 

La belleza no está…

 

La belleza no está, es decir, no sólo

está en las alas de la mariposa

(carta de la ilusión inalcanzable);

habita, sobre todo,

en la delicadeza de los dedos

que cuidadosamente la dan suelta

sin que mota celeste de polvillo

quede en las yemas huérfana de vuelo

 

Alas de gasa, dedos que superan

su liviandad… Aún cabe más belleza:

manos que no pretenden que un anillo

se pose sobre ellas, y capaces

de no querer ser nada más que manos.

 

 

 

La belleza arrebata a las palabras que quieren proclamarla

 

De la mutilación de las estatuas

a veces surge la belleza, de los

capiteles truncados cuyo acanto

cayera en la maleza entre el acanto

 —réplica en viejo mármol de un verdor sorprendido

por la primera lluvia que conoce—: posible

perfección del azar que nada tiene

que hacer para ser símbolo de todo

lo que se quiera

 

Triste

belleza —no la suya: nunca es triste

la piedra en su lugar, nunca fue triste

la maleza en el suyo— la del símbolo…

 

Pues el azar que rompe la voluta,

cercena gestos imperecederos…

es el mismo que quiebra la hermosura

de edificios de sangre

 

Sólo quise

decirte —y me han salido dos acantos

y tres tristes— que nada

hay para mí más bello que el ver que estás alegre

y viva.

 

 

 

Inutilidad del poeta didáctico

 

La rosaleda del chalé mantiene

relaciones cordiales con la baja

maleza del camino

 

Esto bastaba

para hacer una fábula, un cuento edificante

sobre la abolición de las barreras

sociales por amor. Añadiríamos

que una abeja dorada es la correveidile

y que sin que lo sepa el jardinero

ha brotado un rosal al otro lado

 

La sola exposición de estos detalles

de por sí moraliza: de su mera

contemplación surgió la moraleja,

la urgencia de escribirla

y un precoz sentimiento de sonrojo

intentando variar sin conseguirlo

el vuelo de la musa moralista

 

Esperemos…

que el lastre de verdad que la corona

la haga precipitarse y vuele libre

cuando haya perdido la cabeza

… sentados.

 

 

 

¡Haz novillos, Rimbaud!

 

Una constelación lleva tu nombre

y Ofelia hace mil años que navega

a lo largo del Mosa: suficientes

motivos entre cientos de nenúfares

para no ir a clase esta mañana

ni viajar por los libros de aventuras

en esa biblioteca de carcomas.

 

Se dice igual espuma o musgo;

te es igual ir al río o ir al bosque:

(ver a los sirgadores en la orilla,

ver a los carpinteros en los claros).

 

Se bebe igual llanto o cerveza

por los caminos pedregosos:

(perdido en la hojarasca has visto a un fauno

que cree que has sido tú el que se ha perdido).

……………………………….

Cuando vuelvas a casa, ni tu madre materna

ni la ciudad asmática sabrán de dónde vienes,

ni que has ido —¡es un golfo!— a rezar tu plegaria

a la casta Cibeles entre las campanillas

para que a los obreros no les falte aguardiente.

 

 

 

Síntomas de vejez

 

Ya el poeta no hace como antes

boceto de sus lágrimas

ni refunde su canto hasta el poema

 

ahora directamente como el liquen

sobre la piedra inerme

dispone las palabras a sabiendas

de que el tiempo ha dispuesto el cañamazo

de lo que va a escribir para el olvido.

 

 

 

A Miguel Hernández

 

Miguel Hernández, alto compañero,

yo te he escuchado cuando ya habías muerto.

 ¿Será que estabas en el dulce huerto

de mi amargor temprano y agorero?

 

Arcángel eras de mirada triste,

de un campo huraño que rasgó tus mieras.

Tu voz sería amarrada si no fueras

ya un arcángel que quedas y te fuiste.

 

En cada primavera me renaces;

llenas todas las fuentes: en el nicho

sólo quedó la tinta… y el papel.

 

Campesino tronchado que no yaces,

¿qué te voy a decir que no hayas dicho?,

Miguel Hernández, barro, aunque Miguel.

 

 

 

Sepultura de Ícaro

 

Todos los gestos cercenados, piedras

graves del ceño, consideraciones

sobre la legitimidad de alzar el vuelo

han tomado la forma que tuvieran las alas.

 

Y así aquel que cifraba en su delicadeza

la afición a volar y el don de hacerlo

encadenado yace bajo polvo de azogue

en la tierra que poco a poco le suplanta.

 

 

 

La batalla

 

El herido, en la hierba, después de la batalla

que no previo jamás, va a incorporarse.

La sangre que ha perdido le retiene

junto al perfume de la tierra.

Vencido está y no es un derrotado

y dulcemente se incorpora, dulce­-

mente vacila, busca amparo

en el suelo, en lo tibio.

Mira hacia el cielo luego, el sol le llama: quiere

vivir, morir, dejarse

llevar por el aroma que adormece y excita.

Sí, merece la pena

levantarse: se alza

con más fuerza que usara en la refriega:

sus heridas se encienden.

 

Ebrio de decisión vuelve a abatirse

y despierta —¿la noche le ha olvidado?—

dentro de una mañana

en que aturdido sigue, deslumbrado

por la luz victoriosa que no acierta a entender.

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