Carlos MonsiváisA manera de homenaje a Carlos Monsiváis y recordando la ¿polémica? en torno a la crítica mexicana que se ha esbozado en medios como Laberinto o Siempre!, el poeta y ensayista Edgar Amador (1967) nos entrega una reflexión en torno a ese ejercicio de inteligencia y honestidad tan necesario en el campo literario mexicano.

 

La muerte de Carlos Monsiváis es un parteaguas que tardaremos años en dilucidar: Monsiváis es el escritor más representativo de esa última generación para quien la literatura era vida, y no currículum. Su influencia fue tanta y su omnipresencia tan avasalladora, que no hubo quien le compitiera. Su muerte es la señal más clara de que la generación que representa a la cultura mexicana ha cumplido su tiempo biológico, y de que su desaparición no coincide con escritores y personajes de calibre en las nuevas generaciones que puedan aspirar a sustituirlo.

La de Monsiváis es la última generación en México que hizo la literatura fuera de las becas y el financiamiento tutelar del gobierno que sustituyen al mercado: como no hay lectores, demos becas. Los escritores pasaron de ser excentricidades a activos del gobierno, y allí está su perdición. Cuando los escritores tenían que depender del mercado, de los lectores, tenían que arriesgar para buscar a sus lectores, a tientas y lanzándose al vacío, proponían literaturas nuevas, arcanos sucesivos.

Que el financiamiento a la literatura venga de las becas gubernamentales y no del mercado tiene una ventaja: hace que quienes se dediquen a ese oficio puedan tener un medio de vida, vivan de ser escritores, y no tengan que vender neumáticos para poder vivir mientras escriben “Pedro Páramo”.

A cambio de esa estabilidad, tenemos un vasto gremio de escritores pero una cada vez más delgada literatura pues el riesgo de encontrar la nueva literatura que encuentre a los lectores, se ha sustituido por el cumplimiento de las normas de la Ley de Adquisiciones.

La literatura mexicana está sufriendo hoy lo que a la literatura estadounidense le ocurrió en los años sesenta: está pasando de ser producida en la calle, en las cantinas, en las horas al margen del trabajo de oficinas, a ser manufacturada en los departamentos de literatura de las universidades y financiados por patrocinios gubernamentales.  Y los resultados están siendo muy similares.

La educación sentimental de Carlos Monsiváis tiene lugar antes de que el Estado decida que la cultura y las artes deben de ser una rama de la administración pública. En ese sentido, Monsiváis es un venturoso, logra constituirse en una fuerza intelectual amparado en el periodismo (Siempre! es en ese sentido, crucial) y en sus lectores, antes de que el financiamiento a los escritores se convirtiera en una política de estado.

Uno de los resultados del movimiento del 68 y la movilización que le sigue es la culteranización de la clase media mexicana, que al coincidir con el crecimiento y la urbanización del país derivó en una demanda exponencial de educación superior que poco a poco fue satisfaciéndose con universidades que mal que bien, tenían que contar con departamentos de literatura.

Esta bifurcación del gremio de escritores en dos vertientes: las becas y las universidades, se despliega en dos ejes geográficos: las becas concentradas en la Ciudad de México, y la expansión universitaria que se mueve en el abanico de las provincias.

Estos dos tensores geográficos e institucionales subyacen en dos de las características más notables de la producción literaria nacional: preciosistas y culterana, gongorina y complaciente en la Capital de la República; y desenfadada, especializada, conscientemente ligera , demasiado preocupada por sus propios ombligos y naciente en la provincia.

A los 18 años, Carlos Monsiváis escribía ensayos que a otros les toma un doctorado pergeñar. Carlos ya era Monsiváis a los treinta. No debemos de esperar entonces a que pasen años para que la literatura mexicana tenga el tiempo para criar un Monsiváis. Ya debería de estar aquí.

¿Qué es un Monsiváis? Un escritor omnisciente con un estilo propio e incunable, una voluntad renacentista que se niegue a ser encasillado en un estilo o un género y que sea un travesti de los mismos, y que pueda concitar un acuerdo más o menos general en el sentido de representar la cultura mexicana.

Juan Villoro es probablemente el más firme candidato, y seguramente en los años los lectores, el mercado, la fuerza de los hechos, hará de él el sucesor de facto del ubicuo intelectual de la Portales.

Pero no basta. ¿Existe en la generación posterior a la de Villoro alguien capaz de llenar los zapatos de Monsiváis? ¿Alguien que se anime y que pueda hace tabla rasa con los géneros y los estilos como él lo hizo? O se encamina la cultura literaria mexicana al páramo que sobrevino en la literatura española tras la desaparición de los gigantes del Siglo de Oro español, o a la diversidad mellada y académica de la literatura estadounidense tras la muerte de Elliot, Pound y su último vástago, Gingsberg.

Pienso en la personalidad aseñorada y la cultura snob y superficial de Nicolás Alvarado; pienso en la ironía e inteligencia de Heriberto Yépez, demasiado centrado en demostrar que Tijuana es la nueva Florencia de los Medicis; pienso en la puntillosa cultura de Jorge Mendoza, a quien le falta por saber que la literatura no es algo tan demasiado serio; pienso en la corte de David Huerta, absortos en su ombligo barroco y en el hígado etrusco.

La muerte de Monsiváis es un desafío para los jóvenes escritores mexicanos. ¿Sabrán en medio de la orfandad que su ausencia final significa producir uno o varios sucesores? ¿Tendrán la audacia de arriesgar y de comprometerse a ser hombres de cultura y no meros escritores de aforismos, compiladores de fichas técnicas, pendencieros de peroratas, defensores de estilos regionales? ¿Sabrán desafiar la formación académica cómoda de los universidades de provincia y buscar más allá, allá donde no hay tutores ni directores de tesis, sino experimentación, vacío, y lectores agradecidos o perturbados?

Monsivaís marca una era, y esta llega a su fin. Los gigantes de la cultura mexicana, aquellos que nos enseñaron a leer y a escribir de veras, están cerca de sus límites biológicos, y las legiones de escritores que vienen detrás son muchos, pero no parecen ser mejores.

En lo personal, para quien la literatura no es una profesión, sino una pasión, escribo este desatino como un desesperado lector, y como tal no espero que las nuevas generaciones produzcan uno o más Monsiváis: lo exijo.