Poesías mexicanas: José Vicente Anaya

Iniciamos una serie, breve antología en línea, no de la poesía mexicana, sino de las muchas poesías mexicanas escritas en la noche larga del neoliberalismo 1982-2018 [1973-2026]. Estamos ante la legibilidad de una época, ante un tiempo de lectura. Buscamos evidencia de plusvalía ideológica pero también, y especialmente, momentos de potencial utópico. No buscamos poemas de resistencia sino, más bien, poemas en los que se haga patente otro lugar de enunciación, uno distinto al ego criollo y burgués que puebla las antologías, tan visto ya, tan publicitado. ( Leemos aquí poemas de José Vicente Anaya (1947) incluidos en Mater Amatisima / Pater Noster Sangre Ediciones, 2019. [A.C]

 

 

 

…porque el papá de mi mamá, mi abuelo Jesús Leal, fue guerrillero villista. Hay un corrido que se canta de él. Si ustedes en YouTube buscan el "Corrido de Jesús Leal" lo pueden escuchar, está grabado por más de cinco conjuntos norteños, menos por los Tigres del Norte (risas) porque son muy nuevos. A mi madre le tocan los trastornos de la Revolución Mexicana siendo niña y queda huérfana como a los ocho años de edad, siendo la más chica y con tres sus hermanos (Candelario, Jesús y Juan). A ella le toca ser la zocoyota de la familia. El hermano mayor, Candelario, desde los doce años de edad entró a combatir en la División del Norte, el ejército regular de Pancho Villa. Tal vez con la anuencia de su padre quien ya llevaba una doble vida (normal y clandestina) con su trabajo de caporal en Villa Coronado y su clandestinidad de colaborador en tanto guerrillero para la División del Norte. En su vida regular, mi abuelo trabajaba como caporal que se encargaba del ganado de un hacendado. Como caporal era el jefe de los vaqueros pero clandestinamente también era el jefe de la guerrilla de la que formaban parte él y los vaqueros que simpatizaban con la revolución. Mi madre me platicaba que ella intuía la inclinación de su padre por la revolución y que por eso ella simpatizaba jugando, agitaba una vara y brincando a la vez que gritaba: "¡Yo soy pura maderista, hasta la tierra que piso!", y de su padre me decía: "Yo no entendía bien por qué mi papá se ausentaba muchos días de la casa pero me ponía muy contenta cuando regresaba". A veces se ausentaba cuando por su trabajo de caporal llevaban al ganado a las zonas de pastizales para que se alimentaran; pero en otras, entre sus acciones de guerrillas él y sus cómplices mataban una vaca del hacendado y destazada la llevaban alimentar al ejército de Villa o participaban en algún combate (como se supone que sucedió en la única foto que guardo de mi abuelo, donde con sus carrilleras y su fusil hace guardia militar frente a una puerta, que ha de ser el palacio municipal del lugar donde los villistas tuvieron una victoria. Villa combinaba la guerra​​ regular (de un ejército con miles de soldados) con la guerra de guerrillas a partir de grupos pequeños que hacían labor de sabotaje al enemigo.

En una de las ocasiones en que mi abuelo se ausentó de casa muchos días, la abuela entró en trabajo de parto, al final del cual ella falleció junto con su bebé. Cuando el abuelo regresó se encontró con la noticia de la muerte de su esposa y de quien sería su última hija, a partir de entonces, decía mi mamá, que su padre se puso muy triste, casi no comía ni salía de casa... después de un corto tiempo murió. ¿Cuántas veces él se arriesgó de morir en una batalla, en medio de una balacera? Pero su destino fue el de ser un guerrero que no murió en el campo de batalla, sino que murió de amor.

 

 

Conversaciones con José Vicente Anaya. UNAM, 2020. [Daniel Terrones, coordinador]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

***

 

 

fuiste la hija de un​​ 

guerrillero villista, Jesús​​ 

Leal, que cabalgó​​ 

con sus correligionarios​​ 

por las alturas de la Sierra​​ 

Madre, por las praderas de​​ 

El Valle, las cuencas​​ 

del Río Florido​​ 

(a veces con toda la​​ 

División del Norte​​ 

Completa y su Centauro)

y​​ 

los desiertos donde​​ 

lentas tortugas,​​ 

extraviadas del mar​​ 

en la prehistoria,​​ 

se enconchan​​ 

buscando el imposible​​ 

frescor a la sombra​​ 

de los sahuaros,​​ 

desierto que, de​​ 

pronto, lleva a chocar​​ 

contra gigantes piedras​​ 

(dólmenes​​ 

construidos por Dios)

de Peñoles, o las huellas​​ 

borradas que desembocan​​ 

en la Zona del Silencio o en​​ 

el vacío total para ver y​​ 

escuchar a​​ 

El-Que-No-Tiene-Nombre

 

 

 

y​​ 

El-Que-No-Tiene-Nombre​​ 

Padre de todos los padres,​​ 

que

si hubiera vivido como el​​ 

tuyo también habría muerto​​ 

de amor​​ 

por su mujer​​ 

amada. Jesús​​ 

había estado ausente​​ 

de la casa

(tú tenías once años)​​ 

durante semanas​​ 

como solía hacerlo por​​ 

su trabajo de caporal​​ 

(vaquero de vaqueros)

que mimetizaba con el​​ 

de guerrillero​​ 

(también pudo haber estado ausente​​ 

por esos trotes de las batallas).

¿En cuántos combates,​​ 

cuántas balas tiró​​ 

o le pasaron silbando​​ 

muy cercas de su cuerpo,

polvoriento con costras, la sed​​ 

endureciendo las grietas de su garganta,​​ 

los jugos gástricos​​ 

apresurándole las hambres​​ 

atrasadas, y​​ 

jugos apresurados por miedos y valentías​​ 

que empujan​​ 

a cometer hazañas?

Un 24 de enero,​​ 

ni me quisiera acordar,​​ 

salió ese Félix Alva​​ 

a aprehender a Jesús Leal.​​ 

(dice el corrido).​​ 

El militar federal Alva​​ 

con su pelotón,​​ 

ventaja numérica para​​ 

dejar a Jesús acribillado.

 

 

“Mater” [Fragmento]

 

 

 

 

 

 

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