comodín Anselm Kiefer1

Presentamos un ensayo de Ana Laguna sobre la poeta española Nieves Chillón (Orce, Granada, 1981). El corpus sobre el cual gira la reflexión de Laguna tiene por principales fuentes sus dos últimos poemarios: Morning Blues (2006) y Rasguños (2013), con referencias a su primer poemario La hora violeta (2004) y a otras antologías compartidas.

 

 

 

 

La luz

‹‹Yo soy››, dice la luz. Sin predicado alguno. Es la pura existencia: el acto de existir en que todo se apoya; la fuente de la vida —más que el agua— que asume todo origen.

Antonio Gala: Monarquía de la luz

Son varios los caminos para adentrarse en la poesía de Nieves Chillón; es el de la luz, sin embargo, uno de los más importantes entre sus poemas. Tema predilecto en su poemario Morning Blues, no deja de ser explorado en Rasguños, continuando algunas estelas dejadas en el primero y abriendo otras. No hay más que leer la nota de Jaime Gil de Biedma con la que introduce sus poemas: ‹‹Despiértate… / Es el amanecer.››. Por ello, si el comienzo de Morning blues es en la noche, ocurre sólo para amanecer poema a poema:

 

Cae un pájaro

como una constelación

desprendida del cóncavo

navío de la noche.

 

Un contorno de luz

se dibuja en la mano

del que protege:

incandescente mapa,

estigma luminoso,

deja a los barcos sin estela

y a las naves sin guía.

 

Y no amanece

porque la Aurora aún duerme

un sueño de ginebra en las esferas

bajo la mano protectora.[1]

 

En numerosos poemas se da una actualización de las albadas, poemas que se remontan a la época medieval y en los que los amantes son sorprendidos en su lecho cuando la aurora se eleva en los cielos:

 

Se levanta la Aurora

despacio en la mañana.

Con sus dedos de pétalo

descubre el blanco lecho, se alza

sobre el inmenso vano añil

del universo.

 

Ellos elevan la mirada

a su desnudo de planeta

sin distinguir el pliegue

ni el lunar diminuto,

si acaso alguna estrella

temblando entre las nubes:

 

El ojo de la llave

no muestra el horizonte.[2]

 

Así se mostraba el género en el medievo, donde ya sus principales elementos quedan anclados; en este caso, el alba invita a la niña a disfrutar del amor, no a poner fin a él:

 

Recordedes, niña,

con el albore;

oiredes el canto

del ruiseñore.

 

Non finqueis dormida,

fembra enamorada,

pues el alborada

a amar os convida.

 

Pues sois tan garrida,

salid al balcone,

oiredes el canto

del ruiseñore.

 

Poned vos, señora,

el vuestro briale,

que cuido que iguale

en gracia al aurora.

 

Fincada la hora

en el corredore,

oiredes el canto

del ruiseñore.[3]

 

Como la misma poeta reconoce en su nota a Morning Blues, Jaime Gil de Biedma reinterpreta en tono urbano el mismo género en su “Albada”, donde la luz del amanecer se erige como frontera con el día anterior (‹‹junto al cuerpo que tanto nos gustaba / en la noche de ayer››) y da un nuevo cariz al encuentro tras despertar (‹‹Aunque el amor no deje de ser dulce / hecho al amanecer››). Respeta el poema el tono dialogal con el tú, lo que Nieves Chillón combina en otros poemas con un tono narrativo.

Como se ve en Morning Blues, abundan los términos asociados a la luz en las primeras horas del día: la Aurora se personifica, permanece aun durmiendo o adquiere la carnalidad de un cuerpo. Se actualiza, por ejemplo, el epíteto que ya Homero aplicaba a la Aurora: ‹‹Al mostrarse la aurora temprana de dedos de rosa››[4]; la rosa se muestra ahora pétalos, con todo lo que este nuevo elemento enriquece de sensorialidad la metáfora[5]. Por su parte, la habitación donde permanecen los amantes apenas se bosqueja con la certeza de su protección por una cerradura. No olvida esta temática en Rasguños, en cuyas páginas se hallan unos versos dedicados a la “Mañana”:

 

Dormirse en la ondulada lana

conduce a sueños cálidos.

 

Es por eso que asombra la mañana,

y nos hace llorar al contemplarnos.[6]

 

El nacimiento de la luz es un fenómeno de consternación para aquellos que lo presencian y que no deja indiferente a nadie; se trata en sí de un pequeño génesis que acontece cada día, en cuyo suceso el yo lírico, enmascarado en un nosotros, ha de nacer de nuevo y asumirse tal y como es ante tamaña inmensidad.

Si lo que anuncia el ‹‹albore›› es ‹‹el canto del ruiseñore››, llama la atención la importancia que adquiere el pájaro como acompañante de esta luz. En lo anecdótico del ave los poemas anclan un elemento ahora fijo y revelador: no sólo es el anunciador del nuevo día sino un portador de sabiduría[7].

 

Amanece

y un pájaro nocturno

cruza veloz el cuarto

para posarse en tu frente y anidar

como frágil estatua entre tus ojos.

 

Lenguaje diminuto, incomprensible

voz, música pequeña de su cuerpo

diciéndote al oído:

¿de quién es ese sol

distinto y esa luna más acá del cristal,

por qué invisibles hilos danzan

a qué estarán soñando?[8]

 

Las grandes preguntas sin respuesta se materializan, pero no en un lenguaje grandilocuente, sino en una voz que no podemos llegar a comprender: la sabiduría se descentraliza y ese tú del poema es receptor del saber, no el conocedor. Nieves Chillón no abandona esta estela y en Rasguños el poema de “Oz” se cierra de esta manera:

 

Ariadna, querrás hilo y más hilo

hasta el día en que dejen de nombrarte,

yo sólo necesito mis pies para moverme

nada llevo conmigo ni este hijo inventado

niñito con dos pájaros azules

en el puño derecho el uno, el otro

de pie sobre la palma de su mano

diciendo ¿qué es el alma

sino un nombre arrancado al cuerpo?[9]

 

Se revela importante el simbolismo de las manos del niño, parte del cuerpo privilegiada por la singularidad que otorga al hombre y, además, por su capacidad de acción y de recepción; ejemplo de ello son las siguientes palabras donde el hombre recibe su preeminencia en ellas: ‹‹Tú, al no estar constreñido a un reducido espacio, definirás los límites de tu naturaleza, según tu propio albedrío, en cuyas manos te he colocado››[10]. El uso de la pregunta retórica abre un inmenso poder de sugerencia en estos poemas porque la cuestión formulada sin respuesta hace que el lector se sienta implicado en ella. Con la importancia del lenguaje —no se olvide el tópico del nombre de la rosa[11]—, el alma, en estos versos, no posee mayor carnalidad que la de la simple palabra, a la vez que se le da la naturaleza del cuerpo; de este modo, su existencia fuera de él se convierte en un acto violento —‹‹arrancado››— que no de liberación.

Por otro lado, motivo repetido en sus versos es el del niño o adolescente de halo angelical, capaz de ser hijo o amante, de presencia reveladora; ejemplo de ello son estos versos del poema “Péndulo”:

 

Abrojos. Sed. Camino.

Exuberante amor del pensamiento:

ángel del mediodía

qué terrible y hermoso,

oh tú, adolescente de los cielos,

tan niño para mí.

Conozco los finales

y temo pronunciar

uno para nosotros.[12]

 

No renuncia a reinterpretar el mundo de la mitología y la Antigüedad como es común en numerosos poetas actuales. En este sentido destaca su poema de Morning Blues:

 

En la noche cuadrada

a la hora violeta del reencuentro

Penélope se suelta los cabellos, los lazos de la blusa

y desteje despacio una canción azul.

 

Sus largas hebras dictan un nombre sobre el lecho

mientras ella se mece bajo el árbol talámico

con una extraña fruta entre los labios

y una gota en sus pechos de virgen primigenia.

 

Penélope del mar de algodón,

noche a noche deshilas tu tristeza

a la luz de las velas, tienes

el corazón desmadejado y la voz de café.

 

El propósito falso de tu día

es un blues deshilvanado cuando llega la tarde

y tu voz es redonda y negra como el hueco

de la trompeta dorada del viejo Webster Baker.

 

Penélope, ¿hasta cuándo el inmenso telar de tu desvelo

si nunca más llegaron noticias de los barcos?

Mientras cantan los pájaros

sostienes dos agujas en señal de derrota.[13]

 

Es el momento crepuscular, el nacimiento de la noche, el protagonista de este poema. Con las sinestesias de los dos primeros versos se enmarca la acción de Penélope, que ya en el texto de Homero posee una temporalidad similar[14]. La noche se erige como el momento predilecto de la esposa de Ulises, cuando urde su estratagema para no contraer matrimonio de nuevo; el atardecer desdibuja los contornos, da pie a engaños que la noche encubre. Se trata de uno de los poemas más sinestésicos, donde los términos relacionados con tejer se combinan con los musicales: Penélope no canta una canción ni desteje una tela mortuoria, sino que desteje una canción azul, con el consiguiente enriquecimiento poético[15]. Así, si el poema comenzaba en la ‹‹hora violeta››[16], su término llega en el momento del amanecer: es cuando termina la espera y se marca, ahora, con el canto de los pájaros que, si en otros poemas sorprende a los amantes, ahora desuela a una Penélope derrotada[17].

Este pasaje de la Ilíada parece no sólo recurrente en la poesía actual, sino también en el imaginario de Nieves Chillón, que lo desarrolla en “Increpación de Ulises”[18] y en “La canción de Penélope”[19].

Incluso sin ser la protagonista, la luz aparece en poemas de Rasguños como “Paisaje”[20], donde es elemento de unión entre el yo y la naturaleza, los cuerpos y los paisajes: así, su búsqueda se repite como rito en ambos.

Pero no es sólo la luz del día la que protagoniza estos poemas, sino los elementos constelares y los seres celestiales —como el niño que ya protagonizaba “Péndulo”—. Por ello, un poema completo va dedicado a las “Constelaciones”:

 

El Niño Dios arrodillado traza constelaciones en mi espalda,

me dibuja cangrejos, melancólicas virgos con su manita firme,

une sobre mi piel cada sol apagado.

 

Un ave forma elípticos vacíos

otra anida en Su mano nido de juncos azulados.

 

Quédate junto a mí como si fuera árbol

cuando yo soy de carne y cicatrices.

 

Le gustan, dice, Vega, Altair y Deneb

y el escorpión que forma Antares,

su aguijón enroscado y sus dos pinzas.

 

Qué espero en esta noche de verano

aprendiéndome de memoria las rectángulas formas celestiales

que mi Dios Niño arrodillado copia

en mis piernas desnudas y con tan poca luz

le gustan nacaradas las uñas de mis pies

a este Niño travieso que me extiende

sagitarios y cánceres, que pinta que da gloria,

perdónanos Dios mío que a estas horas

ya ninguno sabemos lo que hacemos

porque este Niño rubio que es tu hijo podría ser el mío

y las manos nos queman a los dos después de tantos años

hechos el uno al otro, pero qué poco importa casi todo,

a punto de morirnos esta noche que parece tan quieta

aunque las ruedas de Bootes comiencen a chirriar

y la Vela, la Popa y la Carina se escoren para hundirse

y las Osas parezcan deformes mascarones de pecio.

Yo soy el árbol cielo y todo nos avisa del naufragio.

 

De nuevo, se da una ausencia de fronteras que confunde los términos, de manera que el simple cuerpo es continuación o portador del Universo y la espalda, lienzo de estrellas y soles; porque aprender de memoria constelaciones va unido a bosquejarlas en el cuerpo; asimismo, el yo lírico se proclama como ‹‹árbol cielo››, una suerte de panteísmo que se repetirá a lo largo del poemario de Rasguños, como se verá más adelante.

Igual que había hecho con Penélope, Venus protagoniza un breve poema en Rasguños, “Rojo”; dentro del enorme protagonismo de los colores en sus versos destaca éste: pelirroja es la cintura de Dorothy en “Oz” o la chica de “The offer of the day”, sangriento y púrpura es el despertar del “Día”, roja es la flor del hibisco en “Nacimiento”, rojos son los caminos de “Mapa 3” y rojizo es el astro de “Péndulo”.

 

La bañera es un mar pequeño

del que nacer,

oh Venus con rocalla,

¿quieres morir aquí

bajo la espuma roja

como tus trenzas?

 

—El olor de la sangre

anuncia siempre una resurrección.[21]

 

El baño o la ducha domésticos como recreación del nacimiento de Venus es usado en la poesía de temática mitológica actual, como en “Gel” de Aurora Luque[22]. Aquí el cromatismo se vuelve más agresivo, Venus es tan distante como una escultura con rocalla y a la vez tan común como una mujer con trenzas pelirrojas; la vida adquirida y la muerte inminente se mezclan en una afirmación de labios de la propia diosa que recuerda la importancia de la sangre como alimento de seres inhumanos: ya los eídola que Odiseo encuentra en su descenso al Hades desean beber la sangre del sacrificio de reses con urgencia[23], mientras que la condesa Báthory quedó como mito tras asesinar a 650 jóvenes y bañarse en su sangre[24].

Si se compara el tratamiento de la divinidad en Morning Blues y en Rasguños se aprecia un cambio sustancial hacia el tono anecdótico e infantil —en cualquier caso menos pesimista— que se desprende del Niño Dios:

 

No hay dioses más allá

del cielo cotidiano, en todo caso

permanecen ocultos

y sus manos no alcanzan

el tren donde me alejo

para impedir mi marcha.

 

Mi corazón se queda

desgranándose en la rama más alta

a pleno sol, invierno y muchedumbre

en una muerte pública

mientras mi tren se aleja

con un nombre incompleto en las entrañas.

 

Gota a gota la rosa palidece

y resbala su aroma por la rama.

Sin remedio se apartan

la sangre de la flor, y de su piel

el largo desaliento,

mi tren y mi mañana.[25]

 

Un yo desolado afronta su realidad sabiendo que nada más allá de lo cotidiano saldrá en su auxilio. La lítotes inicial da cuenta del sentimiento del hombre moderno, abandonado a su suerte y, aunque se trata de una afirmación para dar paso al estado del yo lírico, retrata con precisión su angustia. Asimismo, con una cita de Rafael Alberti ‹‹¡Nostalgia de los arcángeles!›› se inicia otro poema cuyos últimos versos se cierran con la misma desolación que el poema precedente y recuerdan al cierre del poema “Torso” de Sophia de Mello Breyner Andersen: ‹‹Pues también en el poniente donde habito / son vencidos los dioses››[26].

 

Abandonaste un nombre,

la ciudad que habitabas

y ya nadie se ocupa de despertar al sol,

ni de las nueve huérfanas hermosas

que ofrecen su divino cuerpo y alma

virtuosísimo y hábil.

 

Enrojecidos dedos levantan la persiana

y cien caballos blancos galopan a lo lejos

con el último rayo de la tarde

prendido en el asiento.

 

Del árbol del laurel

unas gotas de ámbar te recuerdan

su tibio talle tierno.

 

Somos dioses caídos

en un sueño doméstico.[27]

 

Se trata de dioses caídos —eleva este adjetivo más allá del bien y del mal, olvidando al Ángel Caído— que podrían morir —como muere Gilgamesh  en el pesimismo de la sociedad mesopotámica[28]— pero que en Rasguños, como se aprecia en “Rojo”, poseen la opción de una resurrección y que persisten en la sensualidad de una mujer pelirroja[29] que se da un baño.

Un dios anclado en la Antigüedad, Apolo, se convierte en motivo de la actualidad, apenas bosquejado por su ocupación, galopar con el sol[30], y su árbol, el laurel. La realidad, sin embargo, se desdibuja al describirse como ‹‹sueño doméstico›› e inclinarse por una naturaleza onírica de la vida.

De nuevo en el poemario de Rasguños, destaca “Ángel”:

 

Un ángel te rozó

con la última pluma

de su vuelo encendidamente blanco,

amalgamándote de luz

y desde entonces

tu dividido cuerpo busca

su mitad por el mundo,

levantando los ojos,

desafiando los abismos.

 

Caminante descalzo

avanzas como canto

por el viento, y avanza

como canto rodado

la multitud miriápodo y su llaga.

 

Jaulas vacías, estandartes.

 

Palomas de ceniza

cada cual en su hoguera.

Celeste cuerpo ardido

palpitante y nostálgico.[31]

 

Al contrario de lo que se piensa del fuego celestial, este quema literalmente y reduce a cenizas. Así, es el ángel portador de luz, ser que traspasa su luminosidad y que crea sed de ella. Por ello, recuerda al mito del andrógino platónico en la búsqueda del otro: el cuerpo siente la necesidad y se define como nostálgico[32].

A pesar de destacar estos poemas de mayor extensión, acrecentan su presencia en Rasguños los pequeños poemas que dibujan una imagen en la mente del lector: descripciones de instantes cotidianos pero milagrosos en sí, sorprendentes en su contemplación, como “Día”:

 

Despertar es sangriento.

 

Una sombra desnuda

resbalando en su propio charco púrpura;

hay belleza en la herida.

 

Crepúsculo, tormenta,

cielo luz.[33]

 

O “Una gota de sol”

 

sobre el sueño, la alfombra,

sobre ti y sobre mí.

 

La casa luz.[34]

 

También la luz artificial produce una estampa para el recuerdo en la mente del yo lírico que, como es común en estos poemas, se describe con apenas verbos, tendiendo a los sustantivos y los adjetivos y ampliando el sentido en metáforas, algunas de cariz más cotidiano o científico, como en “Lluvia tras los faros”:

 

La seda de la noche.

Paramecios.

 

La luz descubre agujas en la lluvia,

fósforos encendidos a la merced del viento.

 

Crucifican lo vivo,

lo pequeño.

Secuencias de adn acuático.

 

Los peces paramecios.[35]

 

Son numerosos los paisajes plasmados en estos breves poemas con gran importancia de los colores:

 

“Nieve”

 

Copo a copo la nieve

eriza un sueño blanco en los tejados,

los altos torreones de espadas afiladas,

y derrite el acero blandamente

cubriendo toda huella, toda conversación,

propósito, memoria.[36]

 

“Otoño”

 

Otoño, la hojarasca de fuego sobre el agua.

 

Un tumulto de ánades se eleva

hacia las nubes de canela, inúmeros.

 

Nieve de plumas sobre el agua.

 

Invierno, olvido y muerte en lo pequeño y bello.[37]

 

El paisaje puede esconder detalles para versos: lo minúsculo, lo que pasa desapercibido a veces, acciones que trascienden como revelación de algo mayor:

 

Brota una flor

en la herrumbrosa ancla,

azafranada.[38]

 

“Caída”

 

La rama es precipicio, como el párpado.

 

Dulcemente caer de lo más alto

y morir en la tierra.

 

El árbol cielo.[39]

 

Llaman la atención asociaciones de sustantivos que suelen cerrar algunos de sus poemas, como ‹‹Cielo luz››, ‹‹casa luz››, ‹‹Piedra luz›› y ‹‹Piedra carne luz››, ‹‹árbol cielo››, enriquecimientos léxicos que parecen encerrar el sentido del poema.

 

 

 

La música

 

In 1917 an Irish American musical comedy star named Marie Cahill sang, “The blues ain’t nothing but a good man feeling bad.”

Elijah Wald: The Blues: a very short introduction

 

La música es un motivo de importancia entre sus versos, que se desarrolla, más que en poemas dedicados a ella, en metáforas y recursos retóricos. En este universo poético todo parece poseer un halo de musicalidad que hay que desentrañar de sus versos.

 

Cambian la luz, los rótulos, las sábanas,

y otra piel, otros ojos, otros brazos

ocupan su lugar, y el mío:

el blanco sobre el rojo,

el eco de mi nombre,

su pie sobre la alfombra,

y tu mirada en el balcón azul

de las canciones tristes, del voyeur

que canta en sueños el himno del cuerpo

que ama a otro cuerpo

y lo contempla huyendo de tu cuarto

con el alba en los párpados.[40]

 

El himno se repetirá también como lengua del viento[41] y no es casual que Penélope desteja una canción azul y su voz se compare con el hueco de una trompeta. El blues es la música más adecuada para su espera y su nostalgia y por eso la esposa de Ulises se define de una forma totalmente distinta a como lo hizo Homero —de una forma actual, además— pero coincidiendo en su trasfondo con la mujer que el aedo griego quiso plasmar.

De esta manera, ponerle final al poemario de Morning Blues es como inventar el final de una vida o escribir el de una sinfonía o un blues: los límites se diluyen.

 

Tomó las suaves plumas

y se elevó tan alto como el aire,

mas no cayó, al contrario,

el sol lo dibujó en el horizonte

y nunca más supieron los océanos

de su desnudo pie rasgando el agua.

 

Fui yo quien inventó su muerte,

porque a espera es sed,

un cántaro quebrado;

un rumor de miradas urgentes de la última canción

—en mitad del silencio Nora Williams

estira eternamente el cable del micrófono—.

 

No queda más opción,

a veces, que marcharse

o escribir un final

para la sinfonía inacabada,

para el blues triste y solitario,

la subjetiva crónica

de nuestra rendición.[42]

 

En Rasguños, sin embargo, la musicalidad se hará más patente a través de la relación del yo lírico y el piano —instrumento privilegiado  ya en Morning Blues como se muestra en el poema “Una constelación menor se deja”[43]—. Por ello, en “No habrá más primavera” afirma la voz poética: ‹‹Mi vecina golpea la pared / cuando toco el piano››[44] y en “Tres razones”[45] habla del mismo. De hecho, merece un poema completo este motivo que, de forma visual y violenta, se concreta en “Escena final”:

 

Crescendo de cuchillo

es clavarse su hoja entre los pechos.

 

Las manos relajadas, su postura correcta:

última y oportuna precaución del pianista.

 

 

 

El paisaje

 

Los trazos imperfectos de un paisaje

en ebrias horas de la madrugada

hicieron infinitos los caminos

que van a dar a un mar

de gestos presentidos

y cuerpos que despiertan vagamente

la idea del tuyo entre la multitud,

que es el olvido.

Nieves Chillón: La hora violeta

Este poema es ya capaz de presentir la importancia del paisaje y los caminos en los futuros poemarios —sobre todo en Rasguños— de Nieves Chillón.

No se halla en estos poemas un yo lírico desarraigado y exiliado: muy al contrario, se reconoce hijo de una tierra y su propia corporeidad es una continuación —no sólo del universo, como se ha visto— sino de la tierra que habita y de los árboles, muy importantes en muchos de sus poemas. Reveladora es la afirmación que se hace en “Paisaje”, el poema con el que se inicia Rasguños, en la primera estrofa:

 

Si Mahmud Darwish contemplara estas tierras

no perdonaría nuestra oración apátrida.

Porque somos del aquí mientras tú eres del aquí

y del allí; no somos del azar.

 

Nuestro cuerpo va llegando a la última

de sus cuatro estaciones

sin conocer el hambre verdadera,

la que decimos sentir a menudo.

 

Amar. Romper. Todo vacío.

Yo miro este paisaje y te repito árbol a árbol

y árbol a árbol renuncio a ti gritando.

 

Si Mahmud Darwish volviera nos diría: Amaos,

cuando todo se quiebra, amarse no debe ser un secreto.

Me pregunto cuando miro estos muros

cómo concretan las teselas la luz

y si tú la buscarás en mi cuerpo

como el mar a las luciérnagas del estrecho de Mesina.

 

Del allí y del aquí llegan primero las maletas y el cuerpo,

lo demás viaja despacio, a veces una vida

se demora, un mosaico de días.

Como las ambulancias o el pasillo de urgencias,

aprendemos después, cuando ya es tarde,

que nunca fuimos del azar y ni siquiera

somos completamente dueños del aquí.[46]

 

La revelación de nuestro origen, de las raíces, ha de aprenderse, pero la experiencia suele llegar a veces demasiado tarde, parece decir; la tierra que alimenta árboles también pare hombres que en exceso de rebeldía profieren oraciones apátridas. Con claridad se define la voz de “Tres razones” cuyo lenguaje parece confundir el cuerpo con la tierra plagada de caminos; la palabra “autóctona” da a entender a la par el sentimiento de igualdad con las plantas y sus frutos y el de conciencia de singularidad como causalidad de una geografía.

 

At home I have a blue piano,

but I can’t play a note.

Else Lasker—Schüler

 

Con el hambre lejana de las redes de pesca

yo sostuve tu mano mientras me la tendiste,

con urgencia de escalera de incendios

imaginé razones para no irme de aquí:

 

La senda verdiazul de nuestras cicatrices,

las veredas antiguas de nuestra carne.

Cada tarde somos lo que leemos,

cada noche seré lo que yo quiera

y no una esquina de papel escrito.

 

Es admirable la dignidad de mi piano

que me espera de pie desde hace meses

tan elegante y triste como el de Else Lasker—Schüler,

aunque el suyo había muerto en una guerra.

 

Soy una oliva en el suelo sobre el manto caído

soy la raíz y el tallo de alguna especie autóctona,

agua y sangre que tal vez recorrerían

un largo camino para llegar aquí y no marcharse.[47]

 

El campo pasa a ser protagonista en su sencillez de varios poemas, como “Campo de almendros”[48] o “Campo seco”, donde el hombre no se excluye y los senderos y los caminos recuerdan a Antonio Machado[49]; en la desolación de la soledad y la sed se halla la belleza de la tierra propia y cada fruto y cada rayo de sol se celebran con la conciencia de la fugacidad del tiempo. Así son los versos de “Campo seco”:

 

Los cuerpos y la brisa

buscan a ciegas un abrazo.

Queda atrás la salida, tierra adentro.

 

Se desgrana una sarta

de perlas marineras

para guía y aviso

del anciano harapiento

con su cáncer araña

y sus raídas esperanzas:

 

Un venero de nácar

en los campos de grietas polvorientas.[50]

 

El cuerpo se identifica con un mapa, la guía de una tierra: posibilidad y promesa de recorrerse en “Mapa 1”, “Mapa 2” y “Mapa 3”[51]. De esta forma, posee la importancia de su carnalidad porque el amor también ha de vivirse desde el erotismo[52]. Los obstáculos del mapa son los obstáculos del encuentro amoroso que revalorizan el esfuerzo; como se ama una montaña que se ha encumbrado con esfuerzo, se ama un cuerpo similar cuyos recorridos se han de ir descubriendo[53].

 

Mapa 1

 

Y entonces… nuestro encuentro

Rafael Alberti

 

Y tu cuerpo es un mapa,

 

el número y el sitio

los ocultos senderos

de tu cuerpo,

 

yo sé que tú me guías

para luego soltarme,

 

tus cien encrucijadas

me conducen al margen,

me pierdo,

 

los dibujados abismos,

 

las intrincadas rosas aéreas

hasta llegar a ti

parecen inviables

inviolables rosas violeta,

 

a uno

no puedo recorrerte con dos dedos,

 

el papel lo deshacen

el sudor y la prisa

pero sin ti no hay mapa,

 

me pierdo.

 

El árbol como elemento predilecto de Nieves Chillón en la naturaleza pasa a identificarse con la voz lírica que llega a afirmar en “Raíces”:

 

La rama es raíz.

Según se va alejando es árbol.

Yo soy árbol.[54]

 

Y que adquiere todo su sentido en el poema “El amante”:

 

Cuando no hay más remedio

que entender de repente

te recorro entonces

con la memoria de mi dedo índice,

a ti, que no eres mi amor

sino el nombre recién nacido,

un árbol al que abrazo

latido de madera

pulso de anillos

respiración,

mis labios humedecen

esta corteza gris

porque solo tú eres

eterno

intraducible,

tu memoria de círculos

me recorre completa

y así nos soñamos

el uno

al otro.[55]

 

El valor del amante se relaciona con el árbol: amor prohibido. Destaca el “nombre recién nacido” en la piel del árbol que recuerda a los bellos versos del poeta Juan del Valle y Caviedes en su romance a Apolo y Dafne:

 

Por lo menos grabaré

en tu tronco mis palabras

y en ti, ninfa, jamás pude

que quisieres escucharlas.[56]

 

Ante la indiferencia de su silencio, se busca con desesperación la comunicación rasgando su corteza porque, piel o madera, la carnalidad no es un ‹‹velo mortal››[57], sino un elemento vivo y trascendental. Como se muestra en “Fábula”, se da una continuidad entre el hombre y el árbol, ya que la regeneración viene de uno para el otro:

 

Retorna tu caricia a ti como un pañuelo,

el roce de la altísima noche de tu verso.

 

Qué fábula pronuncias que brotan hojas nuevas.

 

La palabra desciende de tu boca

igual que la semilla y se hace árbol.

 

La rama se convierte en precipicio.

Oh balanceo azul del amor en los sueños.[58]

 

Prueba de la importancia que poseen los paisajes en el poemario de Rasguños es su función unificadora en la temática del mismo: si el inicio es “Paisaje”, su cierre es “Paisaje final”, con la brevedad de los poemas que se comentaban anteriormente: una estampa de gran fuerza visual:

 

Y cayeron los cielos

pesadamente al polvo de la tierra

como un espejo roto.[59]

 

Pero esta no es la única cohesión del poemario, sino que la luz parece recorrerlo como si su tiempo interno fuera parte de un día: es aún una noche de verano cuando en “Constelaciones” comienza Rasguños, pero avanza en su interior con “Día” o “Una gota de sol” y finaliza con “Es tarde”:

 

Es tarde y algo se termina.

Todo suena más alto,

los perros, el lluvioso azul

embisten esta noche contra todo lo quieto.

 

La mañana levanta

si tiras de la cuerda

y es que la aurora anoche

se emborrachó de todo

y le cuesta trabajo

abandonar las sábanas

porque se echa a llorar y así

no hay forma de levantar un país

y menos un universo entero.

 

Amar así tiene un aire de ruina.

 

Ya es casi medio día

y es tarde para casi todo ahora.[60]

 

 

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

Abril, Juan Carlos, Javier Benítez, Marga Blanco Samos, Javier Bozalongo, Nieves Chillón, Trini Gan, Luis García Montero, Juan Andrés García Román, Rogelio López Cuenca, Mariano Maresca, Erika Martínez, Ángeles Mora, Gracia Morales, Justo Navarro, Andrés Neuman, Rosendo Palma, Andrea Perciaccante, Milena Rodríguez, Daniel Rodríguez Moya, José Carlos Rosales, Alfonso Salazar, Álvaro Salvador y Fernando Valverde: Un árbol en lugar de una estatua, Colección Romper el Cerco, Granada, 2009.

Andersen, Sophia de Mello Breyner: En la desnudez de la luz; introducción, selección y traducción de Jacobo Sanz Hermida, Ediciones Universidad de Salamanca: Patrimonio Nacional, Colección Biblioteca de América, 26; Salamanca, 2003.

Chillón, Nieves: La hora violeta, Colección Granada Literaria Poesía, Granada, 2004.

Chillón, Nieves: Morning Blues, Cuadernos del Vigía, Granada, 2006.

Chillón, Nieves: Rasguños, I Premio Jorge Manrique-Vinos de Uclés, Ediciones Vitruvio, Madrid, 2013.

Chillón, Nieves, Mamen Hernández Cobos, Marina Aoiz Monreal, Consuelo Digón Arroba, Dolores Marín López, Juncal Baeza Monedero: Mujerarte Premios 2011, Delegación de Igualdad de Lucena, Lucena, 2012.

De Aldana, Francisco: Poesías castellanas completas; edición de José Lara Garrido, Cátedra, 2000.

Del Valle y Caviedes, Juan: Obra completa; edición, prólogo, notas y cronología de Daniel R. Reedy, Biblioteca Ayacucho, Barcelona, 1984.

Eco, Umberto: El nombre de la rosa, traducción de Ricardo Pochtar, Debolsillo Contemporánea, Barcelona, 2005.

Gala, Antonio: “Monarquía de la luz”; prólogo de La luz en la Pintura, Carroggio S. A., Barcelona, 1998.

González Simón, Luis (selecc. y notas): Poesía medieval, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ed. Escelicer, Madrid, 1947.

López Eire, Antonio y Mª del Henar Velasco López: La mitología griega: lenguaje de dioses y hombres, Arco/Libros, Madrid, 2012.

Platón: “Banquete”, de Diálogos III; introducciones, traducciones y notas de C. García Gual, M. Martínez Hernández, E. Lledó Íñigo, Gredos, 2007.

Pico della Mirandola, Giovanni: Discurso sobre la dignidad del hombre; traducción, introducción edición y notas de Pedro. J. Quetglas, PPU, Barcelona, 2002.

Pizarnik, Alejandra: Prosa completa; edición a cargo de Ana Becciu, prólogo de Ana Nuño, Editorial Lumen, Barcelona, 2002.

Silva Castillo, Jorge (trad., intr., y notas): Gilgamesh o la angustia por la muerte. Poema babilonio, Editorial Kairós, Barcelona, 2010.

Wald, Elijah: The Blues: a very short introduction, Oxford University Press, 2010.

 

SISIB y Facultad de Filosofía y Humanidades –  Universidad de Chile sobre Gonzalo Rojas: <<https://www.gonzalorojas.uchile.cl/>> [16-09-2013]



[1] N. Chillón, 2006: 13.

[2] N. Chillón, 2006: 14.

[3] ‹‹Romancero General, Madrid, por Juan de Cuesta, 1804, folio, 451. Repetido en la Segunda Parte del Romancero General. Valladolid, Luis de Sánchez, 1835, folio 67 vuelto.›› L. González Simón, 1947: 289.

[4] Homero: canto II, v. I.

[5] Otra actualización se da en el mismo poemario: ‹‹Enrojecidos dedos levantan la persiana›› N. Chillón, 2006: 22.

[6] N. Chillón, 2013: 38.

[7] Asimismo, contrasta con el poema de Biedma:

‹‹y silbarán los pájaros —cabrones—

desde los plátanos, mientras que ven volver

la negra humanidad que va a la cama

después de amanecer.››

[8] N. Chillón, 2006: 15.

[9] N. Chillón, 2013: 22.

[10] G. Pico della Mirandola, 2002: 50-51.

[11]‹‹Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus›› U. Eco, 2005: 713.

[12] N. Chillón, 2013: 26.

[13] N. Chillón, 2006: 20.

[14]‹‹Y llorando los viera la Aurora de dedos de rosa

si no viene otra cosa a pensar la ojizarca Atenea:

largo rato a la noche paró ya en su fin y retuvo

bajo el mar a la Aurora de trono de oro, impidiendo

que enganchase a Faetonte y a Lampo, los rápidos potros

que subiéndola al cielo les llevan la luz a los hombres›› Homero: canto XXIII, vv. 241-246.

[15] La predilección por esta combinación da sus frutos en Rasguños en el poema “Promesa”: ‹‹Su voz quiso tejer una trenza en mi pelo›› N. Chillón, 2013: 33.

[16] La hora violeta, como se sabe, es el título de su primer poemario, el cual se basa en la nota que aparece al inicio del mismo: ‹‹A la hora violeta, a esa hora de la tarde que nos empuja / hacia el hogar y el mar envía al marinero a su casa, T. S. Eliot: La Tierra Baldía›› N. Chillón, 2004: 9.

[17] El telar de Penélope como acción que trasciende semánticamente es lugar común en la poesía:

‹‹PENÉLOPE

Deshago por la noche mi camino.

Todo cuanto he tejido no es verdad,

Mas tiempo para ocupar el tiempo muerto,

Y cada día me alejo y cada noche me aproximo›› Andersen, 2003:53.

[18] N. Chillón: 2009: 15.

[19] N. Chillón: 2011 (sin paginación en una plaquette aparte).

[20] N. Chillón, 2013: 9.

[21] N. Chillón, 2013: 25.

[22] ‹‹Preparo la toalla. Me descalzo. Esa esponja

porosa y amarilla que compré en un mercado

obsceno de turistas en la isla de Hydra

qué dócil bajo el agua cotidiana

tantos meses después, en el exilio.

De pronto el gel recuerda —su claridad lechosa,

su consistencia exacta— el esperma del mito,

el cuerpo primitivo y trastornado de Urano,

un susurro de olas mar adentro

y una diosa que aparta

los restos de otra espuma en sus hombros.

Me punza una emoción tan anacrónica,

un penoso latir, hondo y absurdo,

por ese mar. Por ese sólo mar. Busco una dosis

de mares sucedáneos.

Cómo podría desintoxicarme.

Dependo de por vida

de una droga. De Grecia›› A. Luque: Carpe Noctem.

[23] ‹‹Tomando las reses cortéles el cuello

sobre el hoyo. Corría negra sangre. Del Érebo entonces

se reunieron surgiendo las almas privadas de vida […]

Se acercaban en gran multitud, cada cual por un lado

con clamor horroroso›› Homero: Canto XI: vv: 35-43.

[24] ‹‹Corría este rumor: desde la llegada de Darvulia, la condesa, para preservar su lozanía, tomaba baños de sangre humana. En efecto, Darvulia, como buena hechicera, creía en los poderes reconstitutivos del “fluido humano”›› A. Pizarnik, 2001:292.

[25] N. Chillón, 2006: 21.

[26] Andersen, 2003: 153.

[27] N. Chillón, 2006: 22.

[28] ‹‹Para los hombres y las mujeres de la Mesopotamia había algo más terrible que la experiencia de la muerte biológica y era aquello que les esperaba en el más allá, en la vida —si cabe llamarla así— precaria y triste del mundo subterráneo, morada de los muertos, reino tenebroso de al diosa Eresh-ki-gal, quien inspiraba terror tanto a los dioses como a los hombres›› J. S. Castillo, 2010:24.

[29] Atracción común en poesía que recuerda a la de Gonzalo Rojas (versión electrónica):

‹‹Desde que paré y anduve tengo la costumbre de ser dos,

dos muchachas, dos figuraciones,

una exclusivamente blanca con pelo rojo en el sexo, la otra

por nívea exclusivamente blanca›› “Versión de la descalza”: Materia de testamento, 1988.

[30] ‹‹Es a partir del siglo V a. C. cuando Apolo aparece equiparado a Helio, el Sol›› A. López Eire y Mª del H. Velasco López, 2012: 206.

[31] N. Chillón, 2013: 42.

[32] ‹‹Así, pues, una vez que fue seccionada en dos la forma original, añorando cada uno su propia mitad se juntaban con ella y rodeándose con las manos y entrelazándose unos con otros, deseosos de unirse en una sola naturaleza, morían de hambre y de absoluta inacción, por no querer hacer nada separados unos de otros›› Platón, 2007: 223.

[33] N. Chillón, 2013: 27.

[34] N. Chillón: 2013: 29.

[35] N. Chillón, 2013: 50.

[36] N. Chillón, 2013: 39.

[37] N. Chillón, 2013: 35.

[38] N. Chillón, 2013: 51.

[39] N. Chillón, 2013: 57.

[40] N. Chillón, 2006: 16.

[41] N. Chillón, 2006: 19.

[42] N. Chillón, 2006: 26.

[43] N. Chillón, 2006: 17.

[44] N. Chillón, 2013: 17.

[45] N. Chillón, 2013: 30.

[46] N. Chillón, 2013: 9.

[47] N. Chillón, 2013: 30.

[48] N. Chillón, 2013: 45.

[49] Un antecedente en Morning Blues es el siguiente poema:

He caminado tanto hasta encontrar los humedales,

la espesura sin cielo,

el sombraje del árbol

que grita al descubrir al tigre

detrás de la maleza.

 

Flores ávidas rompen a mis pies

Como un corazón vivo.

El sendero no existe, sí el tumulto

de la savia fluyendo en los brazos de la selva (N. Chillón, 2006: 24).

[50] N. Chillón, 2013: 47.

[51] N. Chillón, 2013: 52-54.

[52] Ejemplo de lo cual es “Desigual” (N. Chillón, 2013: 13).

[53] Le aguardas, sonriente,

su aliento por tu cuello,

el juego que te excita

de su tacto, su gesto inquisitivo.

 

Mientras, la claridad

sorprende los rincones de las dudas

y deja al descubierto

lugares ya olvidados,

hitos del caminante que recorrió tu cuerpo (N. Chillón, 2004: 27).

 

[54] N. Chillón, 2013: 58.

[55] N. Chillón, 2013: 61.

[56] J. del Vale y Caviedes, 1984: 404.

[57] F. de Aldana, 2000: 203.

[58] N. Chillón, 2013: 59.

[59] N. Chillón, 2013: 62.

[60] N. Chillón, 2013: 60.