Poesía norteamericana actual: Jacqueline Kosolov



Presentamos, en el marco del dossier Poesía norteamericana actual, preparado por el poeta y traductor nicaragüense Francisco Larios, un par de textos de la poeta norteamericana Jacqueline Kosolov. Su poemario más reciente es Modigliani’s muse (WordTech Communications, 2009). Mereció la beca del the National Endowment for the Arts. Es originaria de Chicago y vive en West Texas con su familia y una colección de animales, incluyendo su adorada yegua andaluza, Marah. Enseña en el programa de escritura creativa y literatura de la universidad Texas Tech.  Publica este año su tercer poemario, Memory of Blue (Salmon, 2014).

 

 

 

 

 

 

Avivando

 

 

Mientras los estorninos juguetean, la mañana

madura al lado de tomates aún sin cortar.

Basta torcer su tallo y el verano

cae en mis manos, otro perfume

de bálsamo de limón y salvia de la huerta

entre mis dedos, la cara de mi madre

bajo una pañoleta.  Agosto madura,

los tomates se prodigan junto al mundo de hadas

de las rosellas.  Como siempre, los mirlos

y gorriones se deleitan con los globos más gordos,

translúcidos, de la jalea que mi madre

hierve con cucharadas de azúcar arenosa,

y que ahora unto a las tostadas,

descalza en mi asiento, mis rodillas llenas de caramelo

bajo la carpa de sol del patio.  Pero los tomates

siempre los comimos frescos y enteros.

Desde hace semanas tú y yo

hemos comido tomates como si el botín

de la cosecha no fuera a terminarse nunca.  Mis pechos, también

colmados de tomate, el tazón de mi vientre

denso con una curva que solo continuará

ahondándose en los meses que vienen.  Echada

en cama esta mañana, puse mis manos

sobre la cuesta, las palmas y las puntas de los dedos

buscando el rumor de nuestra hija.   Avivando–

así dijo el doctor—la ilusión

por la niña que vendrá.  Imagina:

el próximo Agosto cargaremos a nuestra hija

hasta el jardín.  Alzaremos

la fruta hasta su cara:

la haremos entender los tomates.

 

 

 

 

 

Quickening

 

Amid the camaraderie of starlings, morning

ripens along with the tomatoes on the vine.

A single twist at the stem, and summer

falls into my hands, another garden’s

perfume of lemon balm and sage

between my fingertips, my mother’s

kerchiefed face. August ripens,

tomatoes lavishing beside currants’

fairytale orbs. Always, the robins

and the sparrows picnicked on the fattest

of the translucent globes my mother,

with sandy cupfuls of sugar, simmered

into jam I spread on toast, sitting

barefoot and caramel-kneed beneath

the patio’s canopy of sun. But tomatoes

we always ate fresh and whole.

For weeks now, you and I

have been eating tomatoes as if the harvest’s

bounty will never cease. My breasts, too,

are tomato-heavy, the bowl of my belly

dense with the curve that will only continue

to deepen in the months ahead. Lingering

in bed this morning, I lay my hands

along the rise, palms and fingertips

listening for our daughter. Quickening,

the doctor called it, the desire

for the coming child. Imagine:

next August, we will carry our daughter

into the garden. We will hold

the fruit to her face;

we will teach her tomatoes.

 


 

 

 

 

 

Dos felicidades

 

Mira la luz gris-plateada de esta tarde

que estira las ramas de los arces hacia el atardecer;

nuestro gato negro-tinta escabulléndose en la grama.

En algún rincón del profundo sueño invernal de los patios,

un perro ladra. Y en el espejo tríptico,

titila la vela de adviento, un narciso

de verde tallo que asoma en un vaso.

 

Entretanto, pienso

si debo dejar un rastro de panecitos

sobre la calle empedrada del Musée Rodin;

en mi canasta, los restos de una baguette salpicada de semillas,

un disco de queso intacto, uvas granates.

 

Dos felicidades encontrándose, dos consuelos.

Como el brillo infantil de la amatista que mi abuela

llevaba al lado de su alianza de oro rosa.

Ahora mismo, la luz tras las ventanas

es azul como un vitral de Chartres,

la catedral que no he visto en quince años.

 

Quietos los rezos de los pábilos blancos.

Quieta la ascensión de las palomas, cuando suben y suben,

hasta perderse entre las vigas del campanario.

Quieto un vaso tan imposiblemente azul que silencia

las arenas del reloj de los siglos.


 

 

 

 

Two Happinesses

Take this afternoon’s silver-gray light

of maple branching towards evening;

our cat, ink-dark, skittering across the grass.

Somewhere deep within the winter-sleep of yards,

a dog barks. And within the mirror’s triptych,

the flickering of advent candle,

green stemmed narcissus rising from a glass.

 

And at the same time, I’m thinking

of leaving a path of breadcrumbs

along a cobbled street near the Musée Rodin;

in my basket, the remains of a seed-flecked baguette,

an untouched round of cheese, purple grapes.

 

Two happinesses coming together, two comforts.

Like the childhood shine of my grandmother’s

amethyst worn beside this rose gold wedding ring.

Just now, the light beyond the windows

is blue as the stained glass of Chartres,

cathedral I haven’t seen in fifteen years.

 

Still the prayers of the white tapers.

Still the ascent of pigeons, higher, higher,

until they seem one with the belfry’s rafters.

Still a glass so impossibly blue as to silence

the sands of the centuries’ hourglass.