Poesía de Nueva Zelanda: Ian Wedde



Presentamos, en versión de Rogelio Guedea, dos textos del poeta, narrador y ensayista neozelandés Ian Wedde (1946). Ha publicado trece colecciones de poesía. Fue galardonado con el Arts Foundation Laureate Award en 2006 y fue el Poeta Laureado de Nueva Zelanda 2011-2013

 

 

 

 

 

 

Epístola a John Dickson

 

Querido, John, olvidaste tu suéter

la última vez que viniste.

Fue a finales de verano,

todavía hacía calor en las tardes,

 

cuando solías sentarte en el viejo sofá

bajo el cobertizo

con un cigarro y una pila de libros.

Debido a que hacía calor no usabas el suéter

y por esa  razón lo olvidaste

a un lado del sofá

donde lo encontré después de que

volvieras al norte

llevándote  tu pila de libros

pero dejando un gran recipiente

de agua natural.

 

Las tardes eran calientes

pero como la mañanas eran aún frías

solías usar el suéter

afuera en el sofá junto a la terraza

con un cigarro y una taza de té.

Mirabas los gorriones y los estorninos

peleando en los comederos

al fondo  del jardín

lanzándoles a su miedo y glotonería

el pan fresco al aire

mientras tu rostro se ponía su

habitual expresión de otredad

y perplejidad

como si estuvieras viendo acontecimientos

transmitidos a través de algún tipo

de ambiente enrarecido.

Cuando hablabas

era con una intensa concentración interior.

Era como si estuvieras escuchándote

a ti mismo

sonando como si fueras otro.

No podías  recordar muy bien la historia.

Además del suéter y el agua natural

dejaste una bolsa de papel

con champiñones frescos en el refrigerador

junto a algunos tomates

y un par de botellas de Merlot.

También olvidaste el borrador de tu nuevo libro.

Me gusta el poema que escribiste sobre tu nieta.

Especialmente la línea

“la íntima seguridad de los nombres”.

Ahora es otoño

y tú debes estar teniendo frio allá

arriba entre la niebla del río.

 

Aquí te regreso tu suéter.

Los champiñones y los tomates me los comí,

como era lo debido, gracias,

y el vino lo bebí en compañía de alguien

que he olvidado.

El gran recipiente de agua natural está

lleno de aceitunas Abe, húmedas.

De vez en cuando

recuerdo la línea sobre

“la íntima seguridad de los nombres”.

Esto lo recuerdo normalmente cuando me siento afuera en el sofá,

bajo el sol de invierno,

mientras miro el pequeño paisaje

y pienso en uno más grande

en el cual el largo verano

costa de espejismos, areneros

y surfeadores

te tenga a mitad de camino, John,

como algún tipo de expatriado,

arrojado en esta costa de naufragios,

escuchando un lenguaje que te es

la mitad familiar

y modulando los labios alrededor

del cuidadoso balbuceo de un nombre

que te llevará al futuro

que quieres tener en este lugar

que apenas conoces.

 

 

 

 

 

 

A mi espejo

 

Secándome frente al espejo

en un hotel lejos de la inconclusa morada de mi vida,

veo seriamente que mi gordura quiere caer

al suelo,

arrastrada por la buena vida,

por el amor,

y por el malicioso cansancio

provocado por los arteros nudillos de los Cotton Mathers

de la burocracia cultural.

¿Fue este tu destino también,

Horacio,

sentarte en salas de reuniones llenas

de cabezas amodorradas –esa señal

de aquiescencia que desvela

una infantil necesidad por la caricia

del jefe,

un deseo de sentarse a la mesa con los distinguidos,

para aprender el secreto protocolo del poder

y el ejercicio muscular del guardapuerta?

Tus amigos de puestos honorables

confiaron en sus amables libaciones,

y aquellos que se unieron a ti

a la sombra

del toldo de hojarasca de tu granja en la Sabina

sabían que amabas la vida demasiado

como para aprender

tan vergonzosos oficios.

 

Escuché a Neruda en Londres

cuando mi incipiente vitalidad

ardía.

Su enorme seguridad

carecía de ego o ambición

y emergía de la certeza

de que lo que él daba

era a sí mismo

y por eso fue querido por la gran multitud

que se había parado sobre las sillas

para aplaudirle.

Después

el poeta se marchó de súbito

y yo salí sabiendo que sería

mi destino

ver en el oscuro espejo

de algún ventanal de tienda

las tristes marcas que el remordimiento

dejaría en mi propio rostro.

 

 

 

 

 

Datos vitales

Ian Wedde es poeta, novelista y crítico. Su trabajo como crítico de arte en particular lo llevó a coordinar una serie de exposiciones clave en el Museo Te Papa Tongarewa de Wellington (Nueva Zelanda), donde trabajó como jefe de arte y cultura visual de 1994 a 2004. Sus poemas han sido publicados en numerosas revistas y antologías, siendo autor de más de trece libros de poesía. También ha escrito varias novelas y libros de ensayo. Fue editor en 1985 del libro Penguin Book of New Zealand Verse, coeditado con  Harvey McQueen. Fue galardonado con el Arts Foundation Laureate Award en 2006 y fue el Poeta Laureado de Nueva Zelanda 2011-2013. Los poemas aquí traducidos pertenecen a su libro The commonplace odes (Aauckland University Press, 2001).