Paula Bernal Samudio (Bogotá, 1996). Es bailarina de danza contemporánea, Licenciada en ciencias sociales de la UPN, educadora popular artística, fanzinera y collagista. Dirige Deskalabro Editorial. Publicó poemas en la plaquette Campo de Batalla (2021) y el fanzine Dios es un niñe que juega a la pelota cuando se aburre de los dados (2022). Ha sido antologada en Veinte Voces Emergentes. Poesía Colombiana del Siglo XXI (Exilio Ediciones), Cero en Vano (Antología del Taller Distrital de Poesía 2023), Letras del Sur Para la Memoria la Paz y la Reconciliación (2022).
La fotografía en B&N es sinónimo de ausencia
Entre el dolor y la nada,
prefiero el dolor
William Faulkner.
Hemos ido tras las cáscaras
con la ilusión de hacer de ellas
un desayuno
Alimentarnos del crujido
de algo que no es digerible
para esta especie
Nos encanta
No
Es más bien inevitable
no conocer otro camino
Cómo
no perdernos
entre tantos desperdicios
La sal de los que parten
a menudo desciende por el rostro
y en los ojos
miles de zoológicos
aguardan la extinción
de las jaulas
El presente es un animal extraño
Los días
esa larva que muda
la metamorfosis que nos abandona.
Descenso
Estás al borde de un peligroso descenso de células
En el filo del puente observas las libélulas que son
un recuerdo de la prehistoria
Ves
cómo las calles se llenan de caracoles suicidas
que atraviesan los caminos
aun con la cal esparcida por los suelos
Quieren cruzar al otro extremo
sin importar el riesgo,
la deshidratación.
Cae la noche,
la luna es irresistible.
La tierra respira
cuando duerme
esa especie tecnológica.
Pero aquí, en el sur, las madres
cada día se preguntan
qué hacer para el almuerzo de mañana
qué hacer para no morir de inanición
para que no muera el corazón hambriento
para no morir
lejos
de lo que alguna vez nos conmovió
Cómo desprogramar, acaso, la sensibilidad de la carne
En este hemisferio
los creyentes se aferran a la madrugada
con la fe de que dios los ayudará
Ves a tu madre frente al fuego de las velas
pidiendo
que no se apague
la luz en tu plexo solar.
Mientras en el bosque el árbol susurra:
nadie se salva del envejecimiento.
Parpadeas.
Ya estás en la orilla del abismo.
Caminas despacio tratando de mantener el equilibrio
quieres evitar el crujir de las voces rompiéndose contra tus plantas
el eco de los deseos escondidos debajo de los epitafios
el canto de los pesares sepultados en la hierba
Escuchas el murmullo
del temor humano
un vidrio rompiéndose en la garganta
un ombligo llorando el destierro
la herida de los padres desbordándose
en un río amazónico de sangre
que corre por tus venas.
Sin embargo, tú te empeñas en continuar
caminando
con los pies descalzos
sobre esta tierra.
Lo sé,
no hay otra forma
de sostener la memoria.
Solarpunk
A la Huerta Popular el Círculo de Xué
Porque en nuestro mundo
siempre hay algo oculto,
pequeño y blanco,
pequeño y, como tú dirías,
puro
Louise Glück.
Luz de noviembre. Olor a lluvia. Día de huerta.
Mis vecinos traen las herramientas y el machete rasga el viento
que disipa la soledad de la mañana.
Nos preparamos para deshierbar y cuidar de la vegetación.
Así el dolor se aplaca por unos instantes,
luego vuelve, siempre vuelve,
pero ahora es el momento de la siembra.
Carlos, mi amigo, dice que cosechemos prontoalivio y cidrón para cuidarnos
de la atmósfera contaminada
en esta ciudad filosa y fría
como un arma que roza la piel
de 7.9 millones de animales indefensos, devoradores del futuro.
Las abejas continúan con su trabajo a pesar del ruido de los autos.
Entonces sé que aún no es el sueño eléctrico,
que aún no es el turno de las máquinas
que ignoran la muerte o acaso el peligro de tener un cuerpo
completo, hecho de barro.
Un cuerpo que transita por las calles y deja su huella como un grafiti.
Un cuerpo que transita por entre los humedales y barrios,
por la Plaza de las Hierbas que le mostró su abuela,
y se da cuenta con su olfato que
es mentira, que todo sea siempre gris.
Como un árbol
de agua
deshojándose
transcurre el tiempo en la huerta
desnudo y verde. Antes de despertar aquí pensaba
que lo había perdido todo, que me había convertido en una sombra vaga
acostumbrada a quedarse dormida en el transporte público. Pero, bajo la
hierba húmeda
pronto, solo fui una raíz de sangre
confundiéndose
en un espacio minúsculo
donde ahora se estira la lavanda.
Pensaba que lo había perdido todo
y después, los colibríes y sus corazones como bombas
y el aleteo desenfrenado con que logran suspenderse en el aire.
En esa esclavitud constante y sin remedio
en que no pueden detenerse
y sobreviven y al mismo tiempo se someten
a cumplir una hermosa condena.
(Pequeña bestia atemorizada
que escarba con desespero la tierra,
¿Cuál es esa,
tu maldición?)
Ahora, en la huerta
el presente parece tan quieto,
pero en realidad,
las aves, los gusanos, los tubérculos,
los árboles y el secreto
que protegen bajo su corteza.
***
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