Discurso de aceptación de la Presea Ignacio Rodríguez Galván

El pasado mes de marzo le fue impuesta la Presea Ignacio Rodríguez Galván al Mérito Literario y Cultural al poeta Mario Bojórquez. Hoy presentamos el discurso de aceptación de dicha condecoración al cumplirse los 173 años de la muerte del primer poeta romántico de México, Ignacio Rodríguez Galván, (Tizayuca, Hidalgo, 22 de marzo de 1816 – Habana, Cuba, 25 de julio de 1842).

 

 

 

 

 

 

 

“Alegre el marinero/ con voz pausada canta,/ y el ancla ya levanta/ con extraño rumor./ La nave va en los mares/ botando cual pelota./ Adiós, mamá Carlota;/ adiós, mi tierno amor.”

Así inicia el famoso poema que don Vicente Riva Palacio elaboró como himno de los chinacos en la toma de Querétaro en el año de 1867. Este poema es la primera versión recogida por su secretario Eduardo Ruiz que tuvo una segunda versión recordada por Juan A. Mateos, en ella se conserva el mismo tipo de metro y estrofa. En realidad, se trata de un poema previo y bastante conocido entonces, lo había escrito un joven poeta nacido en Tizayuca de Hidalgo el 22 de marzo de 1816, su nombre glorioso: Ignacio Rodríguez Galván. El poema “Adiós, oh patria mía”, según anota José Emilio Pacheco en su antología del siglo XIX estaba inspirado en una barcarola francesa y en su primera estrofa nos dice: “Alegre el marinero/ con voz pausada canta,/ y el ancla ya levanta/ con extraño rumor./ De la cadena al ruido/ me agita pena impía./ Adiós, oh patria mía,/ adiós, tierra de amor.” El poema fue escrito a bordo del vapor Teviot que salía de New Orleans a La Habana el domingo 12 de junio de 1842, veinticinco años después, en 1867, y con la transformación de Vicente Riva Palacio, el poema será revitalizado por la tradición popular. El fatídico viaje en que el poeta perderá su vida en tierra extranjera a los veintiséis años de edad por la fiebre amarilla será el principio de la muerte de su memoria y recordaremos su inspiración a través de un poema de otro autor. No se trata, creemos, de un desvergonzado plagio sino más bien de un homenaje secreto que los entendidos de entonces supieron leer, la prueba más evidente de este ejercicio de intertextualidad es que los cuatro primeros versos son exactamente los mismos, la estrofa regular se repite en la segunda composición y el estribillo recupera el motivo y la rima original, así de extraña es la suerte de los poetas, que no de la poesía. Don Manuel Machado recomendaba al joven poeta Jorge Guillén:

“Tal es la gloria, Guillén/ de los que escriben cantares/ oír decir a la gente/ que no los ha escrito nadie. / Procura tú que tus coplas/ vayan al pueblo a parar,/ aunque dejen de ser tuyas/ para ser de los demás./ Que al fundir el corazón/ en el alma popular,/ lo que se pierde de nombre/ se gana de eternidad.”

Muerto en su primera juventud, el romántico poeta por excelencia, apenas nos dejó una obra en construcción, su celebrada “Profecía de Guatimoc” fue considerada por don Marcelino Menéndez y Pelayo como la obra maestra del romanticismo mexicano, este poema consigna su filiación a la estética de José María Heredia con su poema romántico “En el Teocalli de Cholula” y quien será un guía generoso y un tutor entrañable para Ignacio Rodríguez Galván. Para José Emilio Pacheco nuestro poeta “será un adelantado como dramaturgo, el primer romántico mexicano, el primer poeta maldito, el primero que escribe desde el punto de vista del mestizo” en una literatura que todavía estaba permeada por los valores criollos a pesar del movimiento de Independencia. En el retrato que don Guillermo Prieto hace del poeta en sus Memorias de mis tiempos, quizá exagerando hasta la caricatura nos recuerda su recepción en la Academia de Letrán: “A la sesión siguiente se presentó Ignacio Rodríguez Galván, con su gran capa azul, su sombrero en la mano, su raya abierta en el negro cabello, sus dientes sarrosos, su mirada melancólica y tierna, sus piernas no muy rectas, su conjunto desgarbado y encogido.” En esa ocasión leyó un poema dedicado a Soledad Cordero, una actriz de aquellos días que no correspondió a su desdichado amor. En la ambigüedad del nombre se esconde la mención de su amada en la Profecía de Guatimoc: “¡Oh soledad, mi bien, yo te saludo!” Y agrega versos después: “Y misteriosa soledad de entonces/ Mi amada fue”. Siempre el nombre en minúscula para dar mayor pathos a su pasión destemplada. Más adelante, Guillermo Prieto contrasta las personalidades del alegre Fernando calderón y Rodríguez Galván, de este último nos dice: “Reír, para Rodríguez, era un esfuerzo como el que hacemos para toser”. En su recuerdo del joven colega de la academia de Letrán, don Guillermo Prieto usa todas las palabras que puedan referir tristeza, abandono e infelicidad para referirse a él. Es Ignacio Rodríguez Galván como un nuevo Crisóstomo quijotesco “aquel que fue primero en todo lo es ser bueno y sin segundo en todo lo que es ser desdichado.” Ignacio Rodríguez Galván cantó el infortunio que se cernía sobre nuestra Patria, anticipando la invasión extranjera: “Bailad mientras que llora el pueblo dolorido,/ bailad hasta la aurora al compás del gemido/ que a vuestra puerta el huérfano, hambriento lanzará, ¡Bailad, bailad¡” Esta mañana he sido convocado a Tizayuca para ser honrado con el nombre del insigne poeta portando una presea, la presea Ignacio Rodríguez Galván, lo cual agradezco profundamente, espero tener el valor necesario para portarla con honor, a un día de su cumpleaños ciento noventa y nueve y a un año de su bicentenario, la obra de este luminoso poeta sigue alumbrando la tradición de la poesía en lengua española, quiero comprometerme aquí en su pueblo natal, a iniciar a partir de hoy el Año Ignacio Rodríguez Galván promoviendo el conocimiento de su obra para que en México y en otros países de nuestra lengua sea recordado como una de las figuras centrales de la literatura mexicana del siglo XIX.  Para recordar hoy su alma que amó profundamente a su patria, recordemos estos versos suyos:

“Sueño sea mi paso por el mundo,/ hasta que nuevo sueño, dulce y grato,/ me presente de Dios la faz sublime.”

Que de su sueño vuelva Ignacio Rodríguez Galván a compartir con nosotros la gloria de los siglos.

Muchas gracias.

 

 

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