Presentamos un poema del poeta, narrador y ensayista Marco Antonio Campos (Ciudad de México, 1949) sobre los últimos días de vida del poeta francés Arthur Rimbaud, a su regreso de África y su convalecencia en el Hospital de la Concepción. Ha publicado varios libros entre los que destacan: Hojas de los años (1981), Árboles (1995), Viernes en Jerusalén (2005), Dime dónde, en qué país (2010), ¿Dónde quedó lo que yo anduve? (2013). Ha obtenido diversos premios entre los que sobresalen el Premio Casa de América 2005, el Premio del Tren Antonio Machado 2008, el XXXI Premio Internacional de Poesía Ciudad Melilla 2009 y el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde 2010.
Hospital de la Concepción
A Frédéric Ives Jeannet
Se llamaba Arthur Rimbaud,
pero se firmaba Rimbaud o Rimb o
Rbd o simplemente R.
Vino a morir a Marsella, a un hospital
de caridad pública, domiciliado
en Rue Baille número 145, donde alquiló,
donde tuvo que alquilar un cuarto.
Aquí fue cayéndose a pedazos poco a poco.
Fue haciéndose pedazos poco a poco.
Llegó por primera vez en mayo de 1891
y cinco de los menos de los seis meses
que le quedaban los malvivió aquí,
corroído por un cáncer que le hacía polvo
los huesos. Primero fue la pierna:
El formidable marchista, el de las
“suelas de viento” (como decía Verlaine),
el que cruzaba con alas el continente europeo
y regiones desérticas o enmarañadas
del noreste del África,
se vio de pronto con las extremidades rotas.
¿Pero cómo vivir una vida cul-de-jatte?
¿Cómo imaginar un gamo con muletas?
¿Cómo no oír de nuevo el “feliz viaje” o
en “nos vemos pronto”?
“Adiós nupcias, familia, porvenir”.
Camino por el hospital. Olean en olas
los olores del cloroformo y de los medicamentos.
Es el orbe de las jeringas y de la anestesia,
del algodón y del yodo, de las luces anémicas,
de los cuartos como palizadas de agujas,
de las mesas de operaciones donde
los muertos conversan de los muertos.
Es el albo cielo de los inválidos y los fracturados,
de las escaleras larvadas que llevan a
cuartos sin salida.
Miro una enfermera sin ojos que busca
el ataúd exacto que defina al paciente.
Otras llevan legajos a ninguna parte.
Una, de bellas piernas, devuelve de pronto
el gusto de la vida.
¿Pero dónde murió? ¿Dónde estaba su cuarto?
El antiguo director (se le pregunta)
no lo sabe. “Se ha rehecho el hospital dos veces.
Cuando vino, nadie sabía (ni él mismo) -dice-
que era un hombre ilustre”.
Catherine Pansera, de Prensa y
Comunicación del hospital, va a la busca del
legajo. Magníficamente amable me lo entrega.
Nada que aclare nada. Nada que valga (pese a
la buena intención) ni siquiera una fotocopia.
Salgo de la oficina.
Desciendo. Miro sombras
en la sala de espera: ríen, sonríen, leen, se
aburren, desvarían, se crispan, crispan al
poco rato. Algunos internos en el pasillo
parecen flotar o irse de bruces.
Regresó al hospital a preparar su féretro,
a clavarlo de pies y manos, el 24 de agosto de 1891.
Dio como datos ser “negociante, soltero,
sin filiación y de paso por Marsella”.
Todos los sufrimientos físicos y mentales
cayeron sobre él. Los alaridos y lamentaciones del
gran animal precipitándose por la cuesta pedregosa
se oían fuera en el follaje de los árboles,
en la luz de los faroles y en las olas del mar,
y sus injurias e improperios rompían en mil pedazos
la cuerda de médicos imbéciles y de enfermeras
sin vista que no sabían ver el tamaño de su sufrimiento
ni la caligrafía tenaz que los roedores hacían en su
sistema óseo hasta el grito ronco o el silencio criminal.
Y la luna cortaba en dos la luna, el cuello de la hoz,
el cuello de la oveja, e Isabelle veía, lo veía, nunca
se cansó de verlo, como un mártir parecido a Cristo,
la hermana caritativa, la hermana iluminada que
despreciaron y desprecian los tontos caropolitanos.
Al lado, en una silla, vigilaba del hermano
figuras, metáforas y emblemas de los sueños
y escribía por él con una pluma de sangre:
“Yo iré bajo tierra y tú andarás bajo el sol”.
Sobre la cabecera de la cama, en la pared,
un breve crucifijo decía al paciente
que la clave está en el sacrificio extremo.
Desde la ventana Rimbaud veía como entre brumas
las grandes hojas de los plátanos del jardín
empezar a amarillear y a marchitarse,
e imaginaba, a menos de una milla,
el viejo puerto o la estación de trenes.
Las voces en el jardín o en el pasillo,
el aleteo y las voces de los pájaros del verano o
del otoño tibio, la húmeda mano de la tramontana
le recordaban que algo se parecía a la vida.
Se atrevió todavía a cumplir 37 años.
Se abandonaron las imágenes:
Veía figuras de camellos en los muros
y los médicos e internos eran los
miembros de la nueva caravana.
Se agotó en la fiebre. Perdió toda la sangre
en el degüello de las bestias,
y el claro de luna, al entrar por la ventana,
caligrafiaba en resplandor el epitafio al filo.
Lloraba. No sabía si los ojos servían
para llorar o para ver. No sabía si la boca
sabía a morfina, a sal o a yodo.
¿Adónde llevan los pasillos? ¿Adónde lleva
la escalera? ¿Qué murmura la fuente del jardín?
Es 9 de noviembre. Isabelle apunta el dictado.
Horas blancas después vendrán en blanco
el adiós de las palomas. Es un mensaje
para el director de Mensajerías Marítimas:
“Infórmeme usted a qué hora puedo
ser transportado a bordo”.