Poesía canadiense: Margaret Atwood



Presentamos un poema de la poeta, novelista, crítica literaria, profesora y activista política Margaret Atwood (Ottawa, 1939. La traducción corre a cargo de Alejandro Abogado de la Serna.

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NOTA AL PIE DE PÁGINA PARA EL INFORME DE AMNISTÍA SOBRE TORTURA

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La sala de tortura no se parece nada
a lo que habríamos esperado.
No hay escenografía de ópera, ni sensuales
cadenas, ni artículos de cuero
salidos de lustrosas revistas pornográficas;
no es el calabozo de terror de los treinta,
con telarañas transparentes;
ni la desnuda y cromada sala futurista
fríamente iluminada a la que creemos temerle.
Es más como una sórdida estación
británica del tren, con paredes verdes
arañadas y té derramado sobre el suelo,
papeles arrugados y un hombre encorvado
que siempre está limpiando el piso.

Apesta, sin embargo; como un hospital,
a antisépticos y enfermedades
y, algunos días, a sangre
que huele igual en todas partes,
aquí o en la carnicería.

El hombre que trabaja aquí
está perdiendo el sentido del olfato.
Agradece tener este trabajo porque
no existen muchos otros.
No es un torturador, él solamente
limpia el piso:
todas las mañanas el mismo vómito,
los mismos dientes caídos, la misma
orina y mierda líquida, el mismo pánico.

Algunos son valientes, otros
no; aquellos que hacen lo que él considera
el verdadero trabajo, y que están
aburridos –porque los burócratas menores
siempre están aburridos–, les dicen
que no importa, que quién va a saber al final
si fueron valientes, podrían
hablar ahora
y terminar con esto de una vez.

Algunos no tienen nada que decir, pero tampoco
importa. Sus cuerpos envueltos
también, con los dedos arrancados
y las lenguas hechas jirones, serán
arrojados sobre la cerca de hierro
al jardín del Cónsul, junto con los cuerpos
de los niños que quemaron
para que sus madres hablaran.

El hombre que limpia los pisos
se alegra de que no haya sido él.
Lo será si alguna vez dice
lo que sabe. Trabaja largas jornadas,
se somete a los cateos, come
el almuerzo que trae de casa y que sabe
a sangre vieja y al aserrín
con el que limpia el piso. Su esposa
se complace con que lleve dinero
para la comida; le pidieron
que no hiciera preguntas.

Mientras barre, se esfuerza
en no escuchar; se esfuerza
en volverse una pared,
una pared gruesa, una pared
suave y sin ecos. Sólo puede
pensar en el camino de regreso
al caliente cobertizo de su casa.
Piensa en la puerta
abriéndose y en sus hijos,
con su piel sin marcas y sus ojos perfectos,
corriendo a su encuentro.

Tiene miedo de
lo que sería capaz de hacer
si le ordenasen,
tiene miedo de la puerta,

tiene miedo, no
de la puerta, mas de la puerta
abriéndose; a veces, sin importar
cuánto se esfuerce,
sus hijos ya no están.

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FOOTNOTE TO THE AMNESTY REPORT ON TORTURE

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The torture chamber is not like anything
you would have expected.
No opera set or sexy chains and
leather-goods from the glossy
porno magazines, no thirties horror
dungeon with gauzy cobwebs; nor is it
the bare cold-lighted
chrome space of the future
we think we fear.
More like one of the seedier
British Railways stations, with scratched green
walls and spilled tea,
crumpled papers, and a stooped man
who is always cleaning the floor.

It stinks, though; like a hospital,
of antiseptics and sickness,
and, on some days, blood
which smells the same anywhere,
here or at the butcher’s.

The man who works here
is losing his sense of smell.
He’s glad to have this job, because
there are few others.
He isn’t a torturer, he only
cleans the floor:
every morning the same vomit,
the same shed teeth, the same
piss and liquid shit, the same panic.

Some have courage, others
don’t; those who do what he thinks of
as the real work, and who are
bored, since minor bureaucrats
are always bored, tell them
it doesn’t matter, who
will ever know they were brave, they might
as well talk now
and get it over.

Some have nothing to say, which also
doesn’t matter. Their
warped bodies too, with the torn
fingers and ragged tongues, are thrown
over the spiked iron fence onto
the Consul’s lawn, along with
the bodies of the children
burned to make their mothers talk.

The man who cleans the floors
is glad it isn’t him.
It will be if he ever says
what he knows. He works long hours,
submits to the searches, eats
a meal he brings from home, which tastes
of old blood and the sawdust
he cleans the floor with. His wife
is pleased he brings her money
for the food, has been told
not to ask questions.

As he sweeps, he tries
not to listen; he tries
to make himself into a wall,
a thick wall, a wall
soft and without echoes. He thinks
of nothing but the walk back
to his hot shed of a house,
of the door
opening and his children
with their unmarked skin and flawless eyes
running to meet him.

He is afraid of
what he might do
if he were told to,
he is afraid of the door,

he is afraid, not
of the door but of the door
opening; sometimes, no matter
how hard he tries,
his children are not there.