Dentro de su columna Camisa de once varas, Edgar Amador inicia esta nueva sección, “Poemas para beber en el Starbucks”, hablándonos sobre un emblemático texto del escritor tijuanense Rafa Saavedra.

 

 

 

Este perdido blog tiene varias secciones, intermitentes y vagas, destinadas a satisfacer varias manías: el gusto por la música popular en su muy gustada sección “Domingos Rancheros”; el mismo propósito pero para la Chanson Française lo cumple “Samedies Romantiques”; sin dejar pasar la muy onanista y muy querida para mí “Mujeres que amé y que no me amarán”. Vamos a inaugurar una nueva sección, que me fue impuesta esta mañana por la vigilia del alba hasta el punto que me sugirió dos posibles debuts: “Intermitencias del Oeste” de Octavio Paz, o “Lejos del Noise”, de Rafa Saavedra. Quiero iniciar esta nueva sección con el poema de Rafa.
En “Poemas para beber en el Starbucks” vamos a presentar un poema breve, que podamos leer mientras bebemos un espresso dopplo machiato (doble cortado pues). Poemas que bebamos de dos o tres sorbos, antes de que se nos enfríen. El primero será este bello poema de Rafa Saavedra, “Lejos del Noise”.

 

 

Lejos del noise

 

Estoy viviendo una época de progreso,

estoy a punto de marcharme a conquistar la suburbia de ensueño,

estoy viendo mi cara en la tele,

estoy abstraído por los comerciales populuxe;

estoy casi en brama,

estoy dispuesto a todo por conservar mis privilegios,

estoy desmaterializando a un opositor con una descarga de ideas nuevas,

estoy sonriendo como proto slackpie;

estoy mandando un e-mail de rigor académico,

estoy casi seguro que aún estaré vivo el día de mañana,

estoy cuchiplanchando en un club pop de vacaciones imperfectas,

estoy imaginándome un cómic de porno ficción;

estoy tranquilo escuchando los grandes éxitos de los Ramones,

estoy superdrunkie en una sesión de Amigos Agresivos,

estoy peleándome con medio mundo por el remoto,

estoy haciendo pesas para sacarme una foto desnudo bien cachas.

Estoy buscando otras experiencias que me sorprendan un poco.

La vida es bella, soy feliz.

Estoy tan lejos, tan lejos del noise.

 

 

La primera vez que me topé con el poema fue en un número de la revista del Difocur de Sinaloa que no se cómo me tocó leer. Me atrapó inmediatamente y hasta la vigilia de esta mañana en donde por alguna razón se me metió y no me soltó hasta que me obligó a escribir esta reseña, no entendí por qué. Ahora lo sé. Este poema es un rap.
El troqueo melódico del poema, la sucesión humorística de las imágenes, el pitorreo del lenguaje y de sí mismo, los neologismos que nos recuerdan al Maestro Abigail Bohorquez (“cuchiplanchando” es genial), el desmadre general de la enumeración caótica con música de fondo, hacen del poema casi una tonada para silbar, un rap.
Y luego el final, que quiere ser irónico o burlón, pero que acaba siendo entrañable, sincero y contrastante. Algunas veces cuando logró apartarme de la madriza diaria, que en mi caso puede llegar a ser un Maëlstrom, me encierro aparte, cierro los ojos, respiro y escucho a Rafa que tararea: “La vida es bella, soy feliz/Estoy tan lejos, tan lejos del noise”. (y así sigue el rap: “estoy tan lejos, tan lejos del noise; estoy tan lejos, tan lejos del noise; estoy…)

 

 

 

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