Poesía panhispánica No. 15: Antoni Marí



En nuestro tiempo postutópico, el tiempo de la poesía panhispánica, continuamos la revisión de la pluralidad de pasados desde la que escribimos y leemos poesía. Presentamos al poeta catalán Antoni Marí Antoni Marí (Ibiza, 1944), uno de los mayores poetas catalanes de nuestro tiempo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Preludi (1979), Un viatge d’hivern (1989) y El desert (1997). En México publicó, en 2009, El preludio, en la Colección Ifigenia Cruel de Poesía Iberoamericana, de Círculo de Poesía y el Tecnológico de Monterrey; también Círculo de Poesía y Valparaíso México publicaron Han venido unos amigos, ambos en la traducción de Mario Bojórquez. Obtuvo el Premio Nacional de la Crítica en 1989. Actualmente dirige la colección Nuevos textos sagrados de la editorial Tusquets. Las traducciones de los poemas son de Mario Bojórquez.

 

 

 

 

 

Un viaje de invierno

I

 

¿De dónde, amigo, vienes, tan triste y afligido

Por esta senda húmeda, oscura y apartada?

¿Por las sombras tú buscas dar con la madrugada?

¿La claridad del día en el sol que ha partido?

El camino que tomas todo el tiempo es de ocaso

La luz de invierno oscuro enturbia la comarca

Ni un solo brillo de alba con tu mirada abarca.

Si al bosque tú te marchas errarás con tu paso.

 

Hacia el bosque buscando la leve madrugada

Confiando en que la luz pronto será claror

Y el día nos abrirá su propio resplandor

Donde nos brillará la luz tan esperada.

Acostumbra tus ojos de oscuridad vaciada

Nada podrás mirar del aire cavernoso.

El tinte oscuro preso de este espacio ruinoso

Destruirá del perfil la forma ya estimada.

 

¿De dónde es que tú vienes cubierto por el llanto

Temiendo de la noche que te abre su puerta?

¿No sientes todo el peso que desde el agua muerta

Se te queda en los ojos, en el cuerpo y el canto?

 

Detén ya tu camino, tu paso de amargura

Y alejando tus pies que al aire desconsuelan

Olvida este camino. No cruces que se cuelan

Las aguas de este pozo, cuyo nombre es locura.

Si no cambias tu rumbo y aquí buscas estiaje

Un mar de oscuridad se llevará el recuerdo.

Olvidará el olvido el consuelo que pierdo:

Te enturbiará la mente la bruma del paraje

La nada de tiniebla te ocultará el paisaje

Te volverás la sombra sin destino ni suerte

No intentarás mirar el rostro de la muerte

Que desde hoy te será compañera de viaje.

 

¿De dónde es que tú vienes, amigo, que procuras,

Resguardando el vacío, la orientación perdida?

¿Con qué habrás de poblar tu soledad sentida

En el desierto atroz de la cosas impuras?

Desciendes el camino, rocas, escarpaduras.

Servirán de ataúd las aguas de lo oscuro

Cuando la sombra pierdas de tu paso seguro

Y que pierdas del mundo la comunal creencia.

De ti mismo no tienes ni una vaga conciencia.

Cuanto sabes es nada. Todo ahora es mentira.

La verdad duerme, todo apenas respira;

Ni el olvido ni el miedo te dan alguna ciencia.

El reino de tu mundo es predio de la ausencia:

Es tan sólo el delito de una vida divina

Complacida en su nada, contenta con la ruina

De su vano espejismo, formado en apariencia.

Al lugar donde llevas dirigidos tus pasos

Nada puede servirnos la impar identidad:

Todo lo ha confundido la espesa oscuridad,

Nada tiene su límite y se funden los trazos

No hay ningún nombre hoy para quien tiene lasos

sus confines, y al fondo de su intimidad

Se esparce en una vasta cumplida inmensidad

Donde queda secreta la fuerza de sus lazos.

 

Si del lugar que vienes tienes aún memoria

Si tus ojos imagen son aún de aquel mar,

Y si en la noche buscan en su faro llamear

Estrellas que en el cielo se ofrecen a la historia

Doliente será el día enturbiado en tiniebla

Dolorosa la noche instalada en su niebla

Esperarás en vano que el destino el azar

Aparten de tus ojos esa gasa mortuoria.

 

Si buscas en el orden oculto de esta estancia,

El ritmo de la forma que sin cuerpo se agita,

Espíritu que brega en el aire su cuita,

Y los acordes últimos que hacen la consonancia,

Habrás de atravesar la lóbrega distancia

Que la muerte ha cubierto con su fondo rotundo

Olvidarás, recuerdos vivos del otro mundo,

Hundido en este charco sin alguna esperanza.

 

 

 

V

 

Así como el día pasado ya no vuelve,

nunca has de volver a cruzar, de este mar,

sus aguas. Nunca más

del lugar de donde vienes has de volver.

Nunca más podrás volver a ser el que fuiste,

ni hacer memoria, tan sólo, de tu recuerdo.

Nunca más tu nombre

alguno podrá decirlo,

ni recordar tu rostro ni tu frente;

ni si piedra o pájaro o vegetal tú fueras

o el leve perfil de un pensamiento súbito.

 

Eres la nada de transparente crin.

Eres un surco vacío. Un aliento desgarrado.

Un río seco que baja las orillas

del mar de los muertos y de los astros perdidos.

Sólo el olvido y el vacío del sueño

son, ahora, las ganancias de la temida suerte.

Sólo el invierno, el frío hasta los tuétanos,

el juicio desierto y la perdida mente

están ahora en ti y en ti se han anidado,

y devienes olvido y hielo y tiniebla.

 

No sabes ya quién eres. Tan sólo lo oscuro recuerdas.

El fosco animal que roe tu claridad.

Que secuestra tu mente y quiebra tus alas

y te lanza hacia abajo, abatido, como un pájaro;

como un pájaro perdido por la pendiente de lo oscuro

por la hundida cima de un largo arrepentimiento.

Pájaro vencido por el espesor del sueño

por la hechura del orden, por la sombra del camino.

Por el desaliento de haber perdido la vía

por el desconcierto de haber perdido el miedo.

 

 

 

Yo no creía que pudiera volver

 

Yo no creía que pudiera volver.

No creía que nunca más pudiera volver

a ver estos campos, donde la soledad

y el abandono gobiernan,

ni estos cerros pequeños que caen 

hacia el mar, ni este aire quieto,

que parece detenerlo todo,

ahora que están todos en cama, y duermen.

 

No creía que pudiera volver

a ver esta luz que da cuerpo

a la sombra, y a la claridad, aturdimiento.

Y creía que no volvería a saber

que la quietud que nos libera

y el silencio que nos nutre

no son la quietud ni el silencio de la muerte,

ni un lugar de la tristeza,

ni el miedo de quien se sabe solo

en medio de la extrañeza del mundo.

 

No creía que pudiera volver

a sentir que todo es uno y que toda cosa cierta

se muestra en lo que es

si uno está cerca y nada lo acompaña.

No creía que pudiera volver

a estarme quieto, envuelto

por la oscuridad y la sombra de aquella nube

que todo entenebrece y nos deslumbra.

Ni creía que pudiera volver a este desierto

que el alma ha creado a imagen nuestra.

No creía que pudiera volver nunca más,

ni que fuera yo, tan sólo, aquel

que otra vez, aquí,

volvía.

 

 

 

Han venido unos amigos

VIII

 

Tres meses ya que estoy en este lugar abierto,

altivo y solitario, y, a pesar

de que con frecuencia luce el sol,

y que veo el mar, expectante entre los bosques,

parece que nunca llega la claridad;

pero no lamento estar aquí,

por más que tampoco podría escoger

otro lugar en el que guarecerme.

Tres meses ya, aunque parecen siglos,

el tiempo que llevo aquí, acompañado de una nada

que lo llena todo y que me hace sentir

el vacío interior y el vacío

de todo lo que me envuelve y que se va.

Por eso agradezco las visitas de los amigos,

que procuran que me olvide de mí

y de cuanto me obliga a estarme quieto sin moverme.

Esta tarde, desde muy lejos, ha venido

un hombre osado y atrevido

que escribe lo que llaman poesía,

y me ha leído las últimas canciones que su numen

le dictó al oído.

Para él, la vida es un milagro.

Un milagro que la vida de las cosas sea cierta.

Un milagro que esté presente él en un vivir

donde todo es primigenio, nuevo y originario.

Como él dice: “El misterio de este mundo es que exista,

que yo esté a tu lado y que me escuches,

que oigas lo que digo y que lo entiendas.

Que los astros corran por el cielo y que esta tierra nuestra

se mueva siguiendo un orden justo y comprensible,

y que todo ocupe el lugar correspondiente.

“Es por ello, por haber reconocido

el orden de este mundo

por lo que hago lo que otros llaman poesía;

para celebrar ese orden en el que estoy comprometido

y que da sentido a todo lo que hago

y puede dar sentido a lo que los hombres hacen

y que se instaura más allá de las cosas del mundo:

la naturaleza, el cielo, la ciudad y las casas, las calles

y los caminos que llevan a las casas, la luz del día

y la oscuridad de la noche. Por eso paso tanto tiempo

tratando de allegar en el poema lo que veo, lo que pienso

y todo lo que contemplo.

Y el poema recoge el sentido del mundo,

la proporción y la correspondencia

que cada cosa tiene con todas las demás

y lo muestra con las palabras, con el ritmo de la lengua,

con la cadencia de los sonidos

y con el canto de la música y las voces.

Por eso no distingo las palabras de las cosas,

y el vínculo de las cosas con las ideas,

y las ideas con el lenguaje de las cosas

y con la unidad de todo.”

Me admira lo que dice el poeta:

que valiéndose del lenguaje consigue olvidarse de sí.

Olvidarse del lenguaje y de sí mismo;

no es él, con su nombre y su identidad, quien habla, dice,

sino el lenguaje quien se expresa

con indiferencia de sí mismo y como si traspasara su persona.

Me dice: “La poesía rompe el hábito de la vida,

la costumbre de vivir, la rutina de esperar, de respirar,

de estar expectante a todo lo que pasa.

La poesía rompe las obligaciones, los deberes,

lo que el tiempo amontonó sobre las espaldas de todos;

te libera de los compromisos, las citas, los acuerdos;

y te olvidas de la vida como la vida se olvidó de ti

y de lo que te concierne.

El ritmo de la poesía es otro, distinto al de la vida,

si es que la vida tiene un ritmo.

Tiene el ritmo que la existencia impuso a los hábitos

de los que nunca podrá liberarse

y de los que sólo la poesía te puede exonerar.

Tú, que vives solo, dices

que nada estorba las transformaciones del pensamiento;

que puedes seguir la evolución de la idea

y detenerte a contemplar el sentido de la voz y la palabra

y la música que crean cuando las dos se ajustan y conforman.

Es tan favorable tu soledad para el recogimiento,

y podrás contemplar las cosas de este mundo

sin la ayuda de las palabras con las que siempre fueron nombradas;

y eso tal vez te permita ver lo que hay en su reverso,

y cómo dan nueva forma a las cosas del mundo,

y de qué modo enseñan a vivir.”

 

 

 

IX

 

Mientras mi amigo lee sus versos miro por el ventanal

y veo los árboles oscurecerse y dejar una sombra lenta

sobre las piedras del patio.

Pienso que la jornada se ha alargado estos días,

pero que, muy pronto, no podré ver, desde lejos, las montañas.

Se ensombrece poco a poco, también, el salón; y la luz,

que entra de fuera, todavía deja alguna claridad

sobre las páginas del libro.

La voz de mi amigo, tranquila y modulada,

se entretiene con las palabras que va leyendo

y las pausas y los silencios que exige el poema.

Junto a nosotros, Horacio, un can Golden Retriever,

extiende las patas sobre la estera de esparto y,

aunque parezca que duerme, tiene las orejas enhiestas

el morro húmedo, y con la cola sigue el ritmo

de los versos del poema.

Escipión, un gato de raza vulgar, de estirpe europea,

ronronea junto a mí, caliente y ensimismado,

mostrando un extraño consentimiento en un animal

tan audaz e inquieto. Los estorninos

no paran de saltar entre los árboles,

silbando y piando con una desazón estrepitosa

que no estorba al lector.

Cautivado, sigo la lectura, y no dejo de pensar

en lo que me ha dicho, mi amigo,

antes de iniciar la lectura de su libro.

Nunca hubiera pensado lo que me dijo él

sobre los efectos de la poesía y de la métrica,

y, menos todavía, que pudiera dar sentido

a lo que hace el hombre, cuando el sentido

que encontramos en las cosas,

ya se sabe,

es una ilusión que hemos forjado para sobrevivir

y entretener a la muerte.

Tal vez la poesía sea un consuelo; una manera

de sobrepasar las limitaciones de la existencia

y la potencia del deseo;

incluso es posible que pueda trascender la voluntad

de esperar y perseverar entre las cosas del mundo.

No puedo, sin embargo, negar

lo que mi amigo piensa de la poesía.

Que sea una alabanza del mundo, su origen;

que dé sentido al desconcierto cósmico.

De lo que no estoy tan seguro

es de que valga la pena luchar con las palabras,

tanto tiempo.

Una lucha que no puede dar más que armonía:

una cualidad de los sonidos y de las relaciones

entre los hombres, conveniente

en esencia y proporción y en perfecta correspondencia

entre unas y otras; pero es huidiza y frágil,

y cualquier accidente la puede lastimar.

Tal vez sea cierto

que la poesía, como la música,

puede ofrecer una dimensión nueva,

que podíamos decir metafísica,

de lo que es entrar en el mundo: una dimensión que no es real,

pero posible.

Sin embargo aquí, y ahora, mi realidad es tan cierta

que no tengo otra que la de sus propias dimensiones;

restringidas por la propia dificultad

para moverme, de ver el mundo sólo desde los ángulos

que la visión y el mínimo movimiento me permiten,

pero que me impiden tener una imagen circular

del orbe de la vida, de la totalidad

limitada del mundo y de las cosas.

Nada puede dar consuelo a la restricción

de los movimientos del cuerpo,

que son la vida del alma.

Y aquí estoy, solo y pensativo en este lugar desierto,

privado no de amigos, pero sí de ilusiones y de ganas de vivir.

Pese a todo, tengo la naturaleza,

los amigos, la soledad y el recuerdo

que logran que me olvide de mi entorpecida suerte.

Es ya casi de noche;

mi amigo ha terminado de leer el poema

mientras el perro, sin moverse,

da un bostezo socarrón y despierta al gato.

Me ha hecho pensar lo que has leído, –le comento.

Y creo que la poesía es un juego privado

que no hace daño a nadie,

más que al mismo poeta.

Un juego privado –me dice–, pero que es de todos

si fuera poesía.

Y puede que haga daño y que duela;

porque es, sin más, como somos nosotros:

escindidos, partidos entre dos mundos,

extraños y fronterizos, luchando, cada uno,

para afirmar el mundo de su reino;

uno impele hacia arriba, el otro empuja hacia abajo.

Y la poesía, de los dos, hace un solo mundo,

sin renunciar a ninguno de los dos.

Es materia y espíritu, alma y cuerpo.

Libre y voluntaria, necesaria y evanescente.

Vaga, y tan precisa como lo son todos los juegos

del lenguaje.

Se levanta un viento del sur que hace temblar

los cristales, remueve los árboles y arrastra

un polvo muy fino que viene del jardín.

Los animales, al acecho, miran los ventanales

y nos miran a nosotros, como si fuéramos responsables

del alboroto que llega del jardín.

Cada mundo tiene su lenguaje, como el olvido

sus símbolos.