Poema para leer un viernes por la tarde: La inmortalidad, de Luis García Montero



En Poema para leer un viernes por la tarde, nuestro editor, el poeta Mario Bojórquez, nos recomienda leer La inmortalidad, del poeta español Luis García Montero. Uno de los poetas de mayor influencia en la poesía hispanoamericana reciente y que ha aportado valiosos títulos a la tradición española. En 2015, publicó Almudena, en Círculo de Poesía y Valparaíso México.

 

 

 

 

El amor es la forma más perfecta de reconocimiento del otro, no sólo porque puede incluir en su continente sin márgenes al erotismo apasionado o a la sosegada amistad en sus variadas gradaciones, sino porque en la intimidad de su encuentro nos distinguimos en todo lo que se comparte y que nos vuelve semejantes. Amar, entonces, es un ejercicio de la voluntad donde la elección y el azar nos confirma en la suprema identidad, damos al otro todo lo que hemos recibido de él, cuerpo, emoción y sueño. En la atmósfera que se produce en torno de los que se aman, las mismas leyes de la naturaleza parecen subvertidas por su influjo, todo dice que sí, los árboles se inclinan, las aguas toman su cauce y los mismos rayos del sol se unen al vientecillo que inflama y refresca nuestra renovada piel. No existe, al mismo tiempo, mayor zozobra para el corazón humano que la de un amor inesperado y anhelante —y todos los amores son así si son verdaderos—; perdemos, pues, toda razón y el mínimo orden de nuestra vida se ve trastocado por la intrusión de un nombre y una presencia que por un momento inunda y rebosa cada uno de nuestros actos y cada uno de nuestros pensamientos. Así la poesía —el territorio más libre de la expresión humana—, se convierte en la depositaria idónea para su exploración temática, poema y poema de amor son casi una sinonimia ¿para qué escribir un poema si no se está enamorado? En nuestra tradición lírica, desde antes del español, ya las leves jarchas y las canciones de amigo en su fingida voz femenina, dan cuenta de este central asunto de la poesía, el amado, el amante, encuentran en el poema una forma de retener y fijar los confusos sentimientos de impermanencia, de fragilidad, de desasosiego que el amor lacerante y dulce provocan.

Luis García Montero (Granada, 1958), es una de las voces poéticas más destacadas en la lengua española de nuestros días, en su obra se desarrollan, además de la poesía, también el ensayo, la novela y el periodismo. Hoy presentamos a los lectores su más nuevo libro, Almudena, publicado por Valparaíso México y Círculo de Poesía, el cual reúne poemas escritos desde 1994 hasta 2014 y que han sido recogidos previamente en Completamente viernes de Tusquets, Vista cansada Un invierno propio de Visor, así como en A puerta cerrada, inédito. Almudena es un libro de poemas de amor, es el testimonio de una vida amantísima que pasa por todos los síntomas de ese sentimiento inexpresable en su justeza, y que inicia con una dedicatoria que bien pudo escribir el propio Garcilaso de la Vega “…que no puede cansarse de esperar/ aquel que no se cansa de mirarte.” Va precedido de un prólogo que ha escrito Almudena Grandes, la mujer que ha sido celebrada en estos versos, y, que resulta de un hermoso diálogo con el poema “La inmortalidad”, nos habla ahí de cómo fue desde la infancia tocada por la maravilla de la poesía en las voces de su padre y de su abuelo, para que, finalmente la vida, le brinde la oportunidad de enamorarse de un hombre que ha nacido para la poesía. Luis García Montero es un autor que busca conversar con sus lectores, no encontraremos líneas en este libro que nos resulten un enigma incomprensible, antes bien, encontraremos una diáfana voz que nos conduce por el sendero de las emociones confusas que el amor suscita en el corazón de los seres humanos, con Luis García Montero podremos reconciliar una visión de lo cotidiano con los mortales filos de la realidad soñada por la imaginación: “Que no me lea / quien no haya visto conmoverse la tierra / en medio de un abrazo.”

El lector mexicano se reconocerá en los poemas amorosos de Almudena, del mismo modo en que lo hace con los poemas de Jaime Sabines, Rubén Bonifaz Nuño o Alí Chumacero, porque una misma raíz de emoción los atraviesa. La poesía amorosa tan visitada por nuestros poetas de todas las épocas, encuentra en este autor un leal oficiante que nos remite al susurro de una oración laica y hedonista, el amor que nos hace sucumbir por sus poderes paralizantes, pero que también nos solidifica ante la mirada del otro, la noble mirada del otro que nos confirma como un espejo.

 

Mario Bojórquez

 

 

 

 

Nunca he tenido dioses

y tampoco sentí la despiadada

voluntad de los héroes.

Durante mucho tiempo estuvo libre

la silla de mi juez

y no esperé juicio

en el que rendir cuentas de mis días.

 

Decidido a vivir, busqué la sombra

capaz de recogerme en los veranos

y la hoguera dispuesta

a llevarse el invierno por delante.

Pasé noches de guardia y de silencio,

no tuve prisa,

dejé cruzar la rueda de los años.

Estaba convencido

de que existir no tiene trascendencia,

porque la luz es siempre fugitiva

sobre la oscuridad,

un resplandor en medio del vacío.

 

Y de pronto en el bosque se encendieron los árboles

de las miradas insistentes,

el mar tuvo labios de arena

igual que las palabras dichas en un rincón,

el viento abrió sus manos

y los hoteles sus habitaciones.

Parecía la tierra más desnuda,

porque la noche fue,

como el vacío,

un resplandor oscuro en medio de la luz.

 

Entonces comprendí que la inmortalidad

puede cobrarse por adelantado.

Una inmortalidad que no reside

en plazas con estatua,

en nubes religiosas

o en la plastificada vanidad literaria,

llena de halagos homicidas

y murmullos de cóctel.

Es otra mi razón. Que no me lea

quien no haya visto nunca conmoverse la tierra

en medio de un abrazo.

 

La copa de cristal

que pusiste al revés sobre la mesa,

guarda un tiempo de oro detenido.

Me basta con la vida para justificarme.

Y cuando me convoquen a declarar mis actos,

aunque sólo me escuche una silla vacía,

será firme mi voz.

 

No por lo que la muerte me prometa,

sino por todo aquello que no podrá quitarme.