There is no cure for love o bajo el poder de Eros. Reseña de Carolina Olguín



Presentamos una reseña de la poeta Carolina Olguín (Monterrey, 1978) sobre Una flama de seda como la nada, de Gabriela Cantú Westendarp. En 2012 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde y Mención Honorífica en el Premio Regional Carmen Alardín en 2011. Autora de Material peligroso, Naturaleza muerta, El filo de la playa, entre otros. 

 

 

 

There is no cure for love o bajo el poder de Eros

 

Lo primero que llama la atención de Una flama de seda como la nada, el más reciente poemario de Gabriela Cantú Westendarp, es la seducción del lenguaje, un lenguaje con un tono intimista pero determinado, que teje una serie de imágenes sutiles y precisas, símbolos que se repiten a lo largo del libro como si se tratara de una espiral que sube y baja, motivos y sensaciones que aluden a la intensidad del deseo amoroso, la llave del erotismo.

En este libro que abunda en alusiones al Lejano Oriente, la poeta crea, desde una mirada femenina, las imágenes justas para revelar y ocultar, como sucede con el acto erótico. Nos despierta los sentidos aquello que presentimos, aquello que está por suceder, aquello que prolonga el juego de la seducción.

Desde el principio, sabemos que la voz poética es la de una amante. Pero lo maravilloso es cuando de pronto en esta voz confluyen dos personalidades casi fusionadas: la de una dama china de la antigüedad y la de una mujer de nuestra época, sin parecer que existan barreras de tiempo o espacio para que sintamos que ambas son una misma a merced del deseo, entregadas a una agonía voluptuosa que se mantiene en todo el poemario y nos envuelve.

Sólo una poeta que refina su trabajo puede lograr esta magia, lograr que estemos en una aldea de la antigua China, entre el ajetreo de una posta donde los viajeros van y vienen y los destinos se cruzan, y de pronto trasladarnos a un lugar cualquiera de una ciudad moderna. Es claro que Cantú Westendarp supo tomar de la China la esencia de una poesía delicada, la brevedad del dicho y la fulguración de palabras que, como fuego, iluminan un universo íntimo.

Dice Octavio Paz que “poesía y erotismo nacen de los sentidos, pero no terminan en ellos. Al desplegarse, inventan configuraciones imaginarias: poemas y ceremonias”. Y es justo lo que ha sucedido en este libro; tenemos al poema como un gran puente, una configuración imaginaria que no obstante es también la vida, y tenemos además una ceremonia en cada poema, donde tatuarse un dragón, tomar té, peinarse con un broche para el encuentro con el amado, son ceremonias de belleza y, a la vez, actos tocados por Eros. Y siguiendo a Paz, entendemos que estamos en esta encrucijada donde el amante es también el amado porque, como dijera nuestro poeta nacional, la llama doble de la vida es el amor y el erotismo.

Hay muchos detalles exquisitos en este libro, por ejemplo, esos poemas que se nos presentan como cuadros, y para muestra, este que parece una obra cubista: 

Yo en mi pequeña habitación

armando las piezas:

tu pierna derecha en un cajón de la cómoda,

tu meñique sobre el taburete o entre las hojas de algún libro,

tus pestañas sobre la funda de la almohada,

tu ojo izquierdo en el espejo,

tus pezones rozando la camisa en el armario.

 

En este poema, da la impresión de que las partes del cuerpo se han convertido en piezas vistas desde la perspectiva de un pintor cubista. Hay una fragmentación a causa del deseo y la evocación del amante que ha dejado dispersa su presencia por entre la habitación.

Pienso que si encontramos estas semejanzas o llegamos a interpretarlas como tales, es porque el poema contiene cierta universalidad y diálogo con las formas del arte que han nutrido a la poeta, esto nos permite ver la familiaridad y acceder precisamente a este mundo de las percepciones sutiles, y así nos toca.

Pero además este libro nos toca porque está construido a través de símbolos cargados de una intensidad indiscutible, como el dragón, el árbol, la flor, el color rojo, el lago, el fuego, e incluso la enfermedad como representación del sufrimiento amoroso: aquel estado de turbación por la impaciencia, la espera, el riesgo de consumar lo prohibido, o de perderlo de un momento a otro. Hay una canción de Leonard Cohen que dice reiteradamente en el coro: There is no cure for love, y esta frase siempre me ha parecido cierta y atractiva por el imaginario del que todos, alguna vez, hemos sido parte cuando hemos sufrido la pasión inflamada del amor o el deseo, como una especie de enfermedad cuya cura no existe porque es la misma que ha provocado el padecimiento.

Esta enfermedad toma el rostro de la melancolía que se hace más evidente en algunos momentos del libro, como en ese poema en donde el largo canto de un pájaro en el vacío nos recuerda una despedida, un abandono. Y el yo lírico que nos va confesando su pasión viaja de la melancolía al deseo acentuado que le consume y del cual busca alivio, recordando la posibilidad de hundirse en un lago, porque el amor y el erotismo son esa llama de doble rostro que parece abrasarnos, quemarnos. Es la “flama de seda” que es este libro.

Así, el lago, el dragón, la flor y los demás símbolos aparecerán y desaparecerán en el poemario como registro de un código que se ha tejido para crear unidad. Como haciendo homenaje a ese gran libro de las mutaciones que es el I Ching y que funciona como oráculo poético, este breve poemario de Gabriela Cantú Westendarp condensa también los misterios de las claves o señales que se pueden leer en los cielos, en las nubes, en la naturaleza circundante. El universo está presto para revelarnos su mensaje ―parece decirnos―, pero necesitamos un estado especial para acceder a ello. Sólo el amante, el entregado, está atento a cada señal.

De este modo, en este libro, lo que sucede en la naturaleza, el mundo de las plantas y los animales, se conjuga y se hermana con lo que sucede con los cuerpos, como una ensoñación; por ello, en un poema veremos crecer un árbol de duraznos en medio de la cama donde han estado los amantes, o una crisálida abriéndose en la humedad, al tiempo que los amantes se enlazan. Y son estos detalles, que parece que la autora ha elegido con sumo cuidado, los que hacen brillar este libro y realzan su belleza.

Finalmente, hay una fuerza en todo el poemario que me parece proviene de la declaración que leemos en algún momento, la declaración que viene de la voz poética diciéndonos que ella es la concubina. Esto confirma y da unidad al tono de la obra que desde el principio hemos reconocido con un cariz femenino. La joven de la posta de Xiang cuyos versos aparecen al inicio de este libro, aquella poeta prácticamente anónima de la China antigua, ha penetrado con su voz los resquicios de estos poemas y ha vuelto a vivir en los versos de Gabriela Cantú Westendarp, y la ganancia de esta conjugación que salta el tiempo, se actualiza y hechiza con su manufactura impecable es Una flama de seda como la nada.