Poesía española: Ángelo Nestore



Poesía española: Ángelo Nestore

Presentamos algunos textos del poeta español Ángelo Nestore (Lecce, Italia, 1986). Nació en Italia y es malagueño de adopción. También es actor y profesor en el Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad de Málaga, además de docente de chino mandarín. Ha defendido una tesis doctoral sobre Traducción del Cómic y Teoría Queer. Actualmente co-dirige el Festival Internacional de Poesía de Málaga Irreconciliables y la editorial de poesía feminista La Señora Dalloway. En 2017 publica su primer libro de poemas escrito en 2015, Adán o nada (Bandaàparte Editores). En el mismo año, obtiene el XXXII Premio de Poesía Hiperión con Actos impuros (Ediciones Hiperión). Su obra poética ha sido reseñada en periódicos y revistas como El País, ABC Mercurio, entre otras. Con dieciocho años se alzó con el Premio a la Mejor Interpretación Masculina en el Concurso Nacional de Teatro Vittorio Gassman de Roma.

En noviembre de 2017 ha estrenado su primer monólogo teatral como autor y director en homenaje a Gloria Fuertes Esto no es un monólogo, es una mujer en el Teatro Cervantes de Málaga. Su última pieza en solitario es Lo inhabitable, en la que dialogan poesía, teatro y performance.

 

 

 

Carta a un padre

 

 

Me enseñaste que para vivir debería:

deglutir, apretar los dientes, morderme la lengua.

Dejaste la camisa tendida, la camisa tendida, papá.

Para ti todo era attrezzo, la corbata planchada,

mi nudo en la garganta.

La caricia. Esta mano de niño era una caricia:

ayer la palma abierta en la mejilla,

hoy el destierro dentro de las uñas.

Para curarse basta con leer el prospecto:

por si las náuseas, por si el temblor, por si el ojo cerrado.

Cuando lo tocas, un crisantemo tiene la textura de la carne humana.

Eso ya no importa.

 

Ahora me pongo tus camisas.

Ahora todo el peso de las pinzas

sobre mis hombros.

 

  

 

 

Ave y Eva

 

Me resisto a la idea de ser

aquel niño que vivió en mi boca: recuerdo caer al suelo,

hacerme mil pedazos.

La habitación, limpia solo para mí;

la habitación

y este trozo de carne,

estirpe nómada ante el espejo.

Me miro en el cristal

y hay un animal huyendo del fuego,

una jauría con principio de hombre

o un desastre con nombre de niño.

Por eso busqué en el incendio la excusa y en el aire el pretexto,

por eso me arranco la barba

con la mano que antes me besabas.

No hubo salvación para este pájaro,

juro que hice lo posible para domesticar la espera.

Ahora dejo que la tierra tape los huecos de la piel.

Digocasi no soy

mientras celebro los dos bultos de mi pecho.

Escribo la palabra ave, leo la palabra Eva.

 

Bajo este cielo ya no hay lengua que me nombre.

 

 

 

 

 

 

 

E io chi sono?

 

Por la mañana abandono mi sexo.

Al atardecer vuelvo

cuando me desnudo para entrar en la ducha.

 

Mi madre siempre dice que tengo los hombros de mi padre.

Con el vaho en el espejo el contorno es más ancho, más

generoso.

Dibujo una línea recta con los dedos, con la mano la deshago.

 

En los ojos guardo la tristeza de las muñecas

que jugaron a ser hijas

y que mis padres acabaron regalando.

El agua fría me trae a mi cuerpo,

escondo el pene entre las piernas.

 

Mamá, ¿a quién me parezco?

 

 

 

 

 

 

Tanatorio

 

 

No es una mujer limpiando una lápida,

sino una madre bañando a su hijo. 

Javier Fernández

 

Cuando exhibís su vestido nuevo, recién lavado,

cuando habláis de su primera palabra, su primer diente,

o dudáis si es mejor darle el pecho o leche en polvo

 

yo os cogería a todos de la mano,

os llevaría en silencio al velatorio de mi cama,

donde mi hija juega eternamente a hacerse la muerta.

Os mostraría el color de sus ojos fingidos,

su cara hinchada de sueño acumulado,

los dedos arrugados, el pelo limpio,

tras bañarla cada noche con esmero.

 

Miradme. Yo también soy un buen padre.

 

 

 

 

 

 

De cuando me equivoqué de bar

 

 

Yo soy de esa clase de amigos

que siempre pide otra ronda en los bares.

No tengo hijos,

soy el hijo único de una dinastía de bastardos

que se llena el estómago y se autodestruye.

 

Mis amigos, sin embargo, son padres,

de esos que buscan una excusa para volver tarde a casa,

siempre me invitan a otra,

nunca quieren que me vaya.

 

Ellos me miran y cien veces

me cuentan cien veces lo difícil que es

la suerte que yo.

Ellos no ven las hormigas que trepan por mi pierna,

no las ven.

Beben tiempo con su boca de padres,

tragan tiempo con su saliva de padres

y yo me vuelvo cada vez más pequeño

y sus hijos cada vez más grandes.

Y con cuarenta, con cincuenta,

volveré al mismo bar de la esquina

y entonces los que hoy son niños se preguntarán por qué

tantas hormigas en mi boca,

por qué el amigo de sus padres se sigue creyendo joven.

Con cincuenta, con sesenta,

quién me llevará a casa,

quién guardará mis huesos bajo las sábanas.

Con sesenta, quizás, con setenta

quién contestará a mis preguntas,

quién me dirá lo difícil que es,

la suerte que yo

cuando un día me confunda y pida otra ronda

frente a la sola luz de mi nevera.

 

 

 

 

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