En memoria del reino: poemas de Baudelio Camarillo



Baudelio Camarillo (1959) ganó el Premio Nacional de Poesía Aguascalintes en 1993 por el libro En memoria del reino, que han reeditado Valparaíso México y Círculo de Poesía Ediciones. Para el crítico Juan Domingo Argüelles, “En memoria del reino es un libro tenso y terso, lleno de auténtica emoción y con conocimiento de la verdad poética”. Sin duda alguna, se trata de uno de los mejores libros de poesía mexicana publicados en los últimos treinta años. 

 

 

 

 

 

 

Río Guayalejo

(fragmentos)

 

Agua Materna

I

 

Arteria de estos campos.

La maldad crece lejos del brillo de sus aguas.

Es un río solitario en el pecho caliente de este trópico.

La luz que entra en sus aguas olvida pronto el cielo

y en el fondo las piedras son huevos de cierta ave

que no sabe volar

sino en el corazón.

 

 

 

 

II

 

Peces fuera del agua son nuestros corazones

lejos de esta corriente.

En el lecho del río dormitan los recuerdos.

Cada atardecer vuelan gritos de muchachas

sobre las tibias aguas de este sueño;

nadan en él, en él se bañan

y las aguas se endulzan con sus cuerpos.

 

Una de ellas,

la más hermosa ninfa que cruzó esta corriente,

me dio a beber el sol que atardecía en su boca

y no hay noche en mi cuerpo desde entonces.

 

 

 

 

III

 

Todos los días, por la angosta vereda

que nos dejaron los abuelos,

bajamos hasta el río

como bajan los pájaros al atrio de la iglesia.

 

Con gritos y canciones adornamos la luz

y el aire de verano que son nuestras estancias favoritas.

Somos aves buscando agua para beber,

para hundir nuestro asombro,

para dejarnos llevar por su corriente.

 

 

 

 

IV

 

Un enorme sabino con tres siglos de sombra

hunde sus largas ramas en el río.

Desde su copa el sol salta desnudo al agua.

Se sumerge y emerge y nada hasta la orilla

y nuevamente sube y se lanza.

Así es todos los días.

Cuando llegue el invierno

le haremos un lugar en nuestro patio

y él, que todo lo graba en su memoria,

nos hablará del tiempo en que la luz

andaba por la tierra sonando cascabeles.

 

 

 

 

V

 

El verde de estas aguas

no se marchita nunca en nuestros ojos.

Cuanto más contemplamos ese follaje intenso de sus olas

tienen más savia nuestros huesos.

Aquí nacimos. El barro que ahora somos

se amasó con esta agua

y el aliento de Dios

no pudo desprendernos de esta tierra.

 

 

 

 

 

 

 

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