Poemas para beber en el Starbucks: Charles Baudelaire, el papá de los pollitos



Dentro de la columna Camisa de once varas, Édgar Amador continúa con la sección de Poemas para beber en el Starbucks. Ahora ensaya sobre la importancia de Charles Baudelaire, más allá de la poesía, para el porvenir de las nociones artísticas de Occidente.

 

 

 

Poemas para beber en el Starbucks: Charles Baudelaire, el papá de los pollitos

 

Walter Benjamin lo definió muy bien: París fue la Capital del Siglo XIX.

Es una noción precisa: París como el centro no geográfico, sino cultural. No de un país, ni de un imperio, sino de una época, de un espíritu. Y en el centro de esa capital espiritual decimonónica brilló, con una intensa luz oscura, el más poderoso y definitivo de los poetas: Charles Baudelaire. Quien escriba poesía actualmente quizá no lo sepa. Quien lea poesía posterior a 1870 quizá no sea consciente: todo es culpa de Charles Baudelaire.

Antes que las artes plásticas rompieran la figura clásica, con el arribo del impresionismo; antes que la música escapara de sus estrictos cánones clásico; antes que la arquitectura, la danza, y las artes escénicas quebraran las milenarias tradiciones que las tutelaban: Charles Baudelaire comenzó a escribir poemas sobre los miserables personajes urbanos creados por la industrialización; sobre el efecto alucinante de los vicios y las drogas; sobre la decadencia urbana del capitalismo temprano; sobre la brutalidad de la vida en esas primeras etapas de la globalización económica; sobre los migrantes dejados a la vera de las ciudades; sobre prostitutas angélicas y ángeles prostituidos. Es decir: sobre el día a día de la vida contemporánea.

La forma y el fondo de la poesía fueron puestos de cabeza por Baudelaire: hizo de Satán Trismegisto el héroe de sus versos en una sociedad aún predominantemente católica; buscó la extravagancia que sacudiera a los puristas del estilo, y temas que no habían sido abordados nunca por la literatura. Los críticos no encontraron un nombre mejor para describirlo que el de “poeta maldito”.

La etiqueta de “poeta maldito” es injusta. Para alguien que lee poesía por placer y gusto, el epíteto quizá lo ahuyente. Baudelaire es un poeta exquisito que ponía, cuando quería y lo necesitaba, sus artes al servicio de los infiernos o de las alturas celestiales. Su arte es superior y sus habilidades plenipotenciarias. Entre la pléyade de divinidades francesas del siglo XIX, que incluye al monstruoso Rimbaud, al exquisito Verlaine, al misterioso Mallarmé, a tantos y tantos, Baudelaire se cuece aparte.

Traducir a Baudelaire es casi imposible. Su poesía descansa tanto en el tema como en la música. Su métrica es tan precisa y forma una parte tan integral del poema que pocos poetas pierden tanto al ser traducidos. Créanme, vale la pena aprender francés nomás para leerlo en el original y experimentar sus superpoderes… pero para fortuna de quienes hablamos español, existió José Emilio Pacheco.

José Emilio Pacheco es quizá el menos traidor de los traductores, buscó siempre la fidelidad y la música al mismo tiempo. Si van a leer cualquier poeta en lengua extranjera, busquen primero las traducciones de Pacheco. Como esta que presentamos aquí.

Poemas contemporáneos que describan la fugacidad del instante se producen en serie, como Pan Bimbo. Pero el primer poeta que hizo de la fugacidad de la vida urbana un tema poético, fue Charles Baudelaire. En medio de la vida frenética de París, entre gente que huye sin saber de qué, caminando deprisa a ninguna parte: una súbita belleza aparece y el poeta confunde el relámpago con el amor (“En sus ojos el cielo y el huracán latente”: ¡HDTPM!) y sabe de pronto que el amor eterno, en la urbe moderna, dura un instante.

 

 

 

A la que pasa

 

La avenida estridente en torno de mí aullaba.

Alta, esbelta, de luto, en pena majestuosa,

Pasó aquella muchacha. Con su mano fastuosa

Casi apartó las puntas del velo que llevaba.

 

Ágil y ennoblecida por sus piernas de diosa,

Me hizo beber crispado, en un gesto demente,

En sus ojos el cielo y el huracán latente;

El dulzor que fascina y el placer que destroza.

 

Relámpago en tinieblas, fugitiva belleza,

Por tu brusca mirada me siento renacido.

¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido?

 

¿Jamás, lejos, mañana?, pregunto con tristeza.

Nunca estaremos juntos. Ignoro adónde irías.

Sé que te hubiera amado. Tú también lo sabías.

 

Versión de José Emilio Pacheco