Posmodernidad, identidad y poder digital. Una conversación con José Mármol.



Jochy Herrera conversó con el poeta y ensayista dominicano José Marmol a propósito de su nuevo libro de ensayo, Posmodernidad, identidad y poder digital (BARTLEBY EDITORES, 2019). Herrera es ensayista y cardiólogo. Es autor de Estrictamente corpóreo (Colección del Banco Central de la República Dominicana, 2018).

 

 

 

 

José Mármol (Santo Domingo, 1960), no solo es el reconocido y premiado poeta autor de más de una docena de textos; es también el ensayista que hace de ambos géneros fuente y caudal del acto de pensar a manos del compromiso ético que adjudica verdad y justicia a las palabras. Un soñador que con los pies a tierra pregunta, medita y sobre todo se preocupa por ese acontecer contemporáneo que a veces arrastra al hombre hacia el reinado de la tecnología mientras simultáneamente es sacudido por el (des)conocimiento y la instantaneidad de la era que nos ha tocado vivir.

 

En su más reciente ensayo, Posmodernidad, identidad y poder digital (BARTLEBY EDITORES, 2019) Mármol logra otear exitosamente el horizonte posmoderno desde los mitos y la filosofía; desde el amor y el cambio climático; la libertad y el cuerpo; el saber digital, la moda, el poder, y la posverdad. Estos son apenas algunos de los temas abordados en dicha obra, colección de dudas y desafíos, que han provocado este dialogo con el autor. Confiamos en que los lectores de Círculo de poesía encuentren en estos párrafos pistas iluminadoras que favorezcan la comprensión de tan acuciantes preocupaciones.

 Jochy Herrera

 

 

 

 

¿Crees realmente posible que el pensamiento humanístico, tan ansiado en los textos de este libro, triunfe sobre la ceguera moral y consumista que amenaza nuestra supervivencia? ¿Cómo garantizaríamos tal victoria?

JM: No quisiera pecar ni de optimista ingenuo ni de pesimista obtuso y radical. Estamos experimentando cambios muy acelerados en una era inédita para la humanidad debido, fundamentalmente, a la revolución tecnológica, los avances en la ingeniería genética, el peso específico del medio digital en la comunicación y, por supuesto, la globalización como telón de fondo de la resurrección de ideologías fosilizadas como el nacionalismo, el populismo y el racismo. Vivimos, ¿a qué dudarlo?, los efectos de la bancarrota del saber y de la ética humanísticos, como los entendemos desde el humanismo clásico. Esa bancarrota tiene en la ceguera moral uno de sus principales pivotes. No podría, sin caer en la tentación del vaticinio o de la presunción agorera, garantizar una victoria del pensamiento humanístico sobre esa ceguera moral, que se torna mortal. Es probable que no se trate de una lucha maniqueísta, siquiera. Hoy día, de hecho, contamos con una nueva dimensión de las humanidades como esfera de reflexión, que modifica la frontera convencional: las humanidades digitales. A lo que sí podría apostar es a la supervivencia e inagotabilidad del acto de pensar y del espíritu crítico del sujeto bienpensante. Al menos, mientras el Homo sapiens pueda imponerse sobre los apocalípticos cíborgs y algoritmos no orgánicos (inteligencia artificial o programática), como los nuevos dioses, de acuerdo a las cavilaciones de Juval Harari y aquellos que apuestan al transhumanismo y el poshumanismo como futuro inmediato. Lo que me queda claro, querido amigo, es la batalla. No así la victoria. Recordemos que la más profunda crisis económica vivida en lo que va del siglo XXI, el llamado septiembre negro de 2008, que por el estrépito de la especulación financiera inmobiliaria traspasó los puntos más bajos de las bolsas mundiales y arrojó una nueva masa de empobrecidos a la humanidad global, tuvo su causa en un desliz ético, en un déficit moral del manejo de las finanzas; es decir, en la ceguera moral de unos cuantos que solo pensaron en el beneficio propio y en el omnímodo poder del capital, que rinde culto al consumismo desenfrenado. La ceguera moral confunde ser feliz con el hecho de poder consumir.

 

¿Qué será de la memoria en este nuevo tiempo hijo del panóptico digital?

JM: El cultivo de la memoria, como virtud humana, proviene de los saberes antiguos y de la Grecia clásica. La mnemotecnia era la base de la recordación, porque como método, permitía la asociación, el vínculo primario entre conceptos u objetos para poder retenerlos mentalmente. El crecimiento exponencial de la información y el culto delirante a los macrodatos, propios de la era líquida, la constante licuefacción o dilución de lo establecido en que vivimos, según Zygmunt Bauman, han atrofiado el arte, el deleite estético y gnoseológico de memorizar, porque los reservorios digitales, las memorias electrónicas, la positivización aditiva, calculística de la sociedad de rendimiento, como prefiere llamar al hecho Byung-Chul Han, llevan a cabo esa función. Además, sería humanamente imposible equiparar la capacidad de memoria de un individuo a la de cualquier dispositivo electrónico o digital con los que hoy nos desenvolvemos cotidianamente. ¿Cuántos números telefónicos, aun los de tus seres más queridos y cuidados, recuerdas hoy? ¿Cuántas veces has obviado la calculadora de tu teléfono inteligente para sumar a la cuenta del restaurante la propina para el camarero que acababa de atenderte? ¿Cuántas carpetas con documentos específicos figuran en la pantalla de tu laptop? Todos somos hoy, en cierta forma, el Funes memorioso de Borges. Captamos y olvidamos a cada fracción de segundo. Los datos y su multiplicación exponencial, tsunámica nos abruman. La hiperinformación provoca infoxicación. La información excesiva dista de ser conocimiento. La facultad humana de memorizar está siendo arrinconada en su propia antítesis, el olvido, por la intensa presión del uso cotidiano y consumista de dispositivos tecnológicos que la reemplazan. Si la inteligencia artificial, la infotecnología, la bioquímica e ingeniería genética logran la sustitución definitiva del ser humano, entonces la memoria humana será también fosilizada y con ella, la sensibilidad, el espíritu y todo su legado. Entonces, se convertirá en rastros de olvido Mnemósime, la personificación divina de la memoria en los griegos antiguos. El poder gnoseológico, político y cultural de la memoria será reducido a la frialdad de un USB o un disco duro externo, que descansará en una gaveta de tu escritorio; o bien, en los bites de tu teléfono celular. Paradójica y tal vez proféticamente, para los griegos, Mnemósine también era un río del Hades, el de las aguas para recordar, opuesto al Lete, el de las aguas para olvidar, una vez llegase la parca a imponer sus dominios sobre el cuerpo humano. Es probable que los seres humanos del futuro próximo seamos desmemoriados.

 

El selfi como autoafirmación narcisista de la individualidad -semiótica de la auto explotación, diría yo-, ¿hacia dónde lanzará al yo?

JM: No hay cosa hoy día más vapuleada que el yo. ¿Quién soy yo? es una pregunta que se va quedando cada día, en su regateada búsqueda de respuesta, más vacía de sentido duradero. Lo que los tiempos posmodernos procuran no es que la identidad perdure o se fije, sino que más bien, se metamorfosee, se multiplique, se deshaga constantemente en su difusa pluralidad. Que la identidad sea esquiva. La instantaneidad, la simultaneidad y la intangibilidad propias del medio digital hacen de sus productos asuntos volátiles, efímeros o cuando menos, de caducidad programada. El selfi, en cuanto que reflejo narcisista, no es otra cosa que la consagración de un yo abandonado a la pérdida de sentido de su autoestima. Lo que procura el selfi no es la virtud del retrato que refleja la personalidad y el alma, a través de rasgos del semblante de un sujeto. No. Lo que refleja el selfi es la ansiedad, la angustia, el vacío existencial del autopresentado. Es una degradación del retrato renacentista, por cuanto el selfi reduce a un grado cero el sentido de lo humano en su factura chata. Es una miserable expresión minimalista y fugaz del retrato fotográfico artístico, por cuanto es alterable, insanamente perfectible el rostro, la cadera, el vestido de quien se busca en la pantalla de su celular, sin que jamás logre estar conforme con lo que encuentra. Es el nuevo desnudo; la forma insufrible de exponerse, es decir, ofertarse en la vitrina virtual globalizada de una sociedad pornográfica. Es el más pobre espectáculo del deterioro alienante del sí mismo. Lo que contiene el selfi no es la pose artificial de un sujeto, sino la huella de su ciberadicción, de su maníaca afición a estar en la red, de su existencia depresiva, solitaria, infeliz, angustiada. Hay en el selfi, en tanto que autorretrato digital, una suerte de autoexplotación semiótica del sí mismo y una huera expresión de vanidad. No hay un yo auténticamente sustentable, sino más bien vacío, en la superficie lisa y chata del individuo representado en la pantalla de su smartphone.

 

Háblanos de los códigos seductores (secretos) del mercado.

JM: La carnada por excelencia del mercado para seducir a los sujetos hiperconsumistas es un ardid, una trampa. No ya una frase sagaz, creativa o inspiradora. El lenguaje de códigos es asubjetivo, es decir, sin sujeto autorreafirmado. Constituye la materialidad per se del lenguaje aditivo, calculador, exponencial. ¿Cuál es la función de un cuerpo escultural, semidesnudo y en actitud sensual, al lado del automóvil que la publicidad pretende motivarte a comprar? ¿Por qué hay que asociar el sentido de la felicidad y del disfrute a la comida chatarra o la ingestión de alcohol? Hay, en efecto, códigos seductores subliminales operando semióticamente en esas propuestas. Subyace en ellas la fantasmagoría de la morbidez posmoderna. La sociedad actual acusa en este orden una complejidad: la seducción no está solo en el mensaje, sino también en el soporte; es decir, en el medio digital. La seducción supera la barrera de lo visual o auditivo y se traslada a lo neuronal, lo táctil, lo multisensorial. El marketing neuronal, junto al digital hacen la moda. El mercado es, paradójicamente, el pandemonium de la felicidad, que no genera satisfacción, sino desasosiego. Si no consumes a borbotones, padeces de un grave defecto ciudadano. La pureza, si alguna vez la hubo, de los sentimientos como el amor, la amistad, la solidaridad, el bien en sí mismo ha sido trastocada, se le ha inoculado una perversa dosis de sospecha. Nada es puro ni duradero. No existe el compromiso afectivo. No existe ya la palabra empeñada. No se ama hoy por lo que el otro es, sino por lo que puede representar. No se ama hoy por lo que el otro despierta en tus sentimientos más profundos, sino por lo que tiene o puede llegar a tener. Nuestra obediencia a la lógica impuesta por la sociedad del rendimiento y la productividad insaciable, por la sociedad de consumo delirante, ha doblegado las fuerzas liberadoras del amor, por ejemplo, para reducirlo al sexo, a la pornografía, al placer fugaz y sin vínculos humanos profundos. No es secretos lo que hay en los códigos seductores del mercado, sino más bien, una exposición pornográfica, una transparencia obscena, unos mecanismos de alienación tan evidentes, tan claros que la claridad misma contribuye a ocultar.

 

Entendiendo que el “saber” digital no es sinónimo de educación sino más bien de infoxicación, ¿Cómo balancear entonces el privilegio otorgado por la era digital a los jóvenes con las fuentes de conocimiento más duraderas?

JM: La educación clásica perseguía formar a los individuos. Formar es una cuestión del espíritu y no solo de la mente. La educación actual persigue informar a los sujetos cibernéticos, de forma tal, que su capacidad mental, racional quede reducida al cálculo. No se trata de rechazar las ventajas que podría ofrecer la tecnología en la educación. Por el contrario, se trata de entender que la tecnología por sí sola no educa. Es una herramienta, no un fin en sí mismo, no una meta. Entre la educación como sistema y lo que la sociedad necesita para generar riqueza y desarrollo hay un maridaje rizomático. La educación genera sujetos para el sistema, pero también, sujetos contra el sistema. De sus procesos resultan prolongadores y disruptores de la disciplina que hace de ortopedia social. Tras la propaganda a favor de la tecnología sin más para la educación y bajo pretextos como “Una computadora para cada niño y para cada maestro” se ocultan, muchas veces, confusión e interés mercurial. Que la pedagogía del presente haga un uso adecuado y fructífero de los dispositivos que derivan de la revolución tecnológica, con miras a ampliar y hacer más útil el conocimiento, me parece genial. Sobre todo, aquel conocimiento que despierte competencias en los estudiantes para resolver problemas concretos de sus comunidades y entornos; para forjar nuevos liderazgos, para tener un ciudadano más solidario frente al otro y más preocupado por la preservación de los recursos naturales y por el respeto y defensa de la institucionalidad de los valores de la democracia. El saber digital no es pernicioso en sí mismo. El peligro está en las adicciones tecnológicas y en la enajenación del espíritu y la inteligencia que la pretensión de reducir la formación a la información podría generar. El exceso de información, la hiperinformación e hiperconexión sin límites degeneran en infoxicación. Lo recomendable es, pues, un balance, como bien señalas en tu pregunta. En la educación, como en la vida, debe existir, sobre todo en los niños y jóvenes, una “dieta tecnológica”, como la denominó el destacado investigador de la conducta Enrique Echeburúa. Hay que tener claro que más tecnología, entendida esta como dispositivos y programas sin más, no garantiza una mejor calidad de la educación. Es absurdo subsumir el conocimiento al artefacto. Es equívoco hacer del dato y de los macrodatos objetos de culto (dataísmo). Lo que hay que hacer es, del artefacto un instrumento, para abrir nuevos conocimientos. Lo importante es que el saber sea científico y que preserve valores humanísticos; no un saber estrictamente tecnológico. La tecnología, sin el predominio del factor humano en su intencionalidad, es un conjunto de chatarras. Ahí tiene sus raíces lo que Martin Heidegger llamó, en la década del 30 del siglo pasado, peligro de la técnica. O bien, amenaza a la paz social de la carrera por la autonomía inherente a la técnica. La tecnología desprovista de valores humanos es una peligrosa distracción.

 

A tu modo de ver, ¿cuál es la mayor amenaza a la que se encuentra expuesta la Ética en estos momentos?

JM: La ética constituye el dique de contención, para la vida en sociedad, de instintos tan primarios y naturales como el incesto, el canibalismo y el homicidio. Crear un sistema ético implica diseñar normas de convivencia e ir elevando un andamio de principios y valores que darán lugar a la cultura, la civilización, la sociedad. La mayor amenaza que pesa en el mundo actual sobre la ética es su desaparición, su confinamiento, su instrumentalización y manipulación ideológicas. Sin embargo, la necesidad de imprimir a la ética en la modernidad líquida, en la hipermodernidad que nos absorbe, un mayor relieve es impostergable. En lecciones éticas como la del principio de responsabilidad en Hans Jonas y la necesidad de un nuevo despertar por y para el otro, por y para tu alter ego, como profesa Emmanuel Levinas la humanidad presente tendría mucho que aprender acerca de la posibilidad de salvar su porvenir. Jonas nos dice, que si bien aquello por lo que soy responsable está fuera de mí, se encuentra, no obstante, en el radio de acción de mi poder como individuo. Y la voluntad moral es la que me fuerza a cumplir mi deber como individuo. Hoy día están en peligro de extinción el ecosistema natural, quiero decir, los recursos naturales y el planeta, y el sociosistema, es decir, la sociedad, la civilización, la historia humana. Procurar una solución, según Jonas, es tarea de una heurística del temor. Pero, actuar en defensa del futuro de la tierra y de la humanidad es tarea de una ética del respeto. Desde la óptica de Levinas, yo tengo una responsabilidad sobre el otro, sobre mi alter ego, independientemente de cómo ese otro acepte o valore mi vigilancia amorosa sobre él. Porque mi condición óntica estriba en mi deber de ser responsable por ese otro. Si procuráramos detenernos un momento y reflexionar sobre esta manera de entender la función de la ética, entonces, antes que acosarla y someterla, la exaltaríamos como principio de comunión; es decir, como poesía de la vida y del porvenir. La ética remite al carácter, tanto del individuo como de los pueblos. Adela Cortina subraya la diferencia entre ética y cosmética, porque la primera implica una transformación allí, en el carácter, mientras que la segunda se vuelve, simplemente, epitelial, dinámica de la corteza y vaciedad en la médula. Si el ejercicio de la política, por ejemplo, fuese hoy día cuestión de carácter, cuestión ética y no cosmética, entonces, tendríamos políticos más responsables, menos narcisistas y megalómanos, menos corruptos y menos populistas, menos cortoplacistas y más orientados al bien común y al servicio de la vida en sociedad. Hay una degradación de la ética que amenaza también el ámbito de las empresas públicas y privadas. Los jóvenes de las nuevas generaciones están muy vigilantes de su desempeño en este orden. La mayor amenaza a la ética en nuestros tiempos es el apogeo, la proliferación desmedida de los antivalores y su adiafórica o neutral aceptación y relativización en el mundo globalizado.

 

El poder, como has establecido, ya no hace referencia únicamente ni de forma directa a los enunciados del marxismo clásico ni a los dictados de la geopolítica. El nuevo poder parece poseer formas de mutación constante, virtuales, e incluso anónimas. ¿Cuál es su cara más ubicua?

JM: El problema actual del poder no es la desnaturalización de su ejercicio en la consecución de un propósito, sino, sobre todo, su asimilación a la depravación, el sojuzgamiento vertical y el escarnio. Ya no tiene que ser absoluto el poder para ser absolutamente corrupto. En la posmodernidad, en la sociedad que nos ha tocado vivir, el poder democrático es también corrupto. De manera que la distrofia moral no es solo de los poderes fácticos absolutistas, sino también de los Estados democráticos. La causa está en la crisis, que toca fondo en nuestro país, del sistema de partidos, un garante de la democracia que se ha corporativizado, se ha vuelto industria de generación exagerada de riqueza individual por medio de mecanismos execrables. En la sociedad disciplinaria que analizó Michel Foucault el poder, en forma de vigilancia, se ejercía sobre el cuerpo del individuo. Superficie de inscripción de las relaciones de poder y saber llamó el filósofo francés a la máquina corporal. Se basó en el panóptico benthamiano. Sin embargo, hoy día el poder ya no es arquitectónico en términos de espacio físico, ya no depende de la mirada humana, ya no se ejerce de manera vertical como relación dominante-dominado o vigilante-vigilado. El poder de hoy día es virtual. Descansa sobre el panóptico digital. Millones de cámaras nos vigilan en la sociedad globalizada y consumista, sin que nosotros podamos detenernos a mirarlas, sin detectarlas muchas veces. No obstante, la horizontalidad que provee el poder digital permite que también vigilemos a los vigilantes, que también dispongamos de pantallas para detectar a quienes nos detectan. El empoderamiento otorgado a los individuos y a los grupos sociales por la sociedad en red, como la llama Castells, se ha transformado en mecanismo de vigilancia y control del accionar de los políticos y del mismo Estado. Lo que ocurre, en realidad, es que en una sociedad como la nuestra, este esfuerzo se desvanece en la impunidad y la falta de institucionalidad (que normaliza lo deplorable), en la ausencia de consecuencias frente al latrocinio y la corrupción por vía del ejercicio de la cosa pública y la dirigencia de partidos.  Estamos ante un escenario de visión pospanóptica del ejercicio del poder. Las redes sociales son ahora, a la vez, poder y contrapoder. De ahí que el medio digital haya facultado la perspectiva sociológica y política del panopticismo social de Wacquant, el sinóptico de Mathiesen, que permite que muchos vigilen a pocos de forma virtual y finalmente, el banóptico de Bigo, que facilita el control digital, es decir, más sobre la huella digital que sobre la dactilar, de sujetos y grupos sociales marginales. Esta perspectiva contribuye a la vigencia del fin del poder, en su acepción clásica, decretado por Moisés Naím. Ve en el poder de hoy día una fuerza de cohesión o de fragmentación, de persuasión o de instigación. La eficacia en el ejercicio del poder la da su carácter blando; es decir, el hecho de que, en vez de ser impuesto, más bien permea a través de la cultura, los bienes de consumo, los sistemas políticos y de creencias. El poder convencional ahora es molestado por múltiples micropoderes, que actúan de forma dispersa y simultánea, es más ubicua, minando, en ocasiones, las bases arrogantes del poder político o empresarial. En esto consiste la degradación y fragmentación del poder. Marx y Engels, ni siquiera Lenin, Stalin, Trotsky o Mao pudieron prever la complejidad del enjambre digital que implica la sociedad actual. Su visión de las contradicciones sociales se reducía a la oposición entre explotadores y explotados. Hoy día prevalece, como lo ha mostrado Byung-Chul Han, la autoexplotación digital de la sociedad de rendimiento. Y como analizó claramente Zygmunt Bauman, a la sociedad de la explotación le ha seguido la sociedad de la exclusión. Para que el poder se degradara al nivel que podemos observar hoy, de acuerdo con Naím, tuvieron que ocurrir tres grandes revoluciones: la revolución del más (más población, más información, más conocimiento, más riqueza y más pobreza), la revolución de la movilidad (volatilidad, aceleración, simultaneidad, ubicuidad) y la revolución de la mentalidad (educación, valores, soportes digitales, información sobre el consumo, dictadura de la pantalla). En consecuencia, la cara más ubicua del poder en nuestra sociedad viene dada en la porosidad y fragilidad ética de las instituciones jurídicopolíticas y en el déficit ontológico que oblitera la autogestión hacia la capacidad de pensar y de actuar del individuo contemporáneo. Es en la inercia individual donde habita la inmovilidad social, que hace putrefacto el estado de las cosas y del pensamiento.

 

El cuerpo, como receptáculo de todo lo humano en el presente siglo parecería ser un tótem donde se revelan todo tipo de códigos y biografías del individuo; imagen virtual del hombre que ya no fue y que abraza al que nos han impuesto los poderes. ¿Qué esperanzas podríamos ofertar a nuestros descendientes más jóvenes a favor de un cuerpo que, sintiente, amante y libre les hará más humanos?

JM: Voy a citar un verso del gran poeta griego moderno Constantino Cavafis que reza: “recuerda cuerpo”. Antes, en la entrevista, hablamos acerca de la desaparición del recurso de recordar, de la condena técnica al exilio de la memoria. Ahora estamos ante la amenaza de desaparición del cuerpo humano, porque presumiblemente, sus funciones algorítmicas bioquímicas u orgánicas podrían ser reemplazadas, por efecto de la ingeniería genética y la infotecnología, por funciones de algoritmos no orgánicos derivados de la inteligencia artificial (IA). Es algo así como que el hardware adánico y vitruviano o davinciano haya sido sustituido por un software gatesiano o un videojuego sangriento. Al desafiar el dictamen de la muerte, el cuerpo, en tanto que maquinaria fisiológica con alma, el de carne y huesos, quedaría relegado a una función fútil, irrelevante, insignificante, prescindible, dando lugar a un cuerpo infinitamente restaurable, perfectible, que bien podría durar vivo mil años. Así que, estamos compelidos a quedarnos sin cuerpo y sin memoria. El verso de Cavafis sería, en consecuencia, un sinsentido. Pero, Spinoza nos deja un vestigio de aliento cuando dice: “nadie sabe acerca de lo que puede un cuerpo”. Ahí tiembla un hálito de esperanza. Desde ahí podría rescatarse el cultivo de ese cuerpo que, sintiente y amante, como indicas, y como resaltas en varios capítulos de tu ensayo Estrictamente corpóreo, devolvería valor y sentido a la libertad. El cuerpo es, dijo Foucault en la segunda mitad del siglo XX, volumen en perpetuo derrumbamiento, una concreción del sujeto impregnada de historia. Se puede ver lo de cosa sólida que asumía Foucault en la estructura corpórea. No podía presagiar los procesos de licuefacción y de virtualización que habitaban en la base germinal de aquella sociedad y de aquel cuerpo, que luego dieron con su estado líquido, incluso, gaseoso. Si bien sigue siendo soporte para las enfermedades, la moda, el tatuaje, la sensualidad, la sexualidad, el castigo, no es menos cierto que el cuerpo ha cobrado una preeminencia en su dimensión virtual, a tal punto, que importa más la identificación biométrica que la biológica, por su utilidad en los mecanismos de vigilancia pospanóptica o digital. Hay cibersexualidad y amor virtual. Lo que interesa es un dato, antes que un cuerpo. No obstante, el cuerpo concreto es al mismo tiempo objeto de culto, y esa es una paradoja posmoderna. Destaca en la sociedad presente una actitud obsesiva, enfermiza hacia la modelación permanente de los volúmenes y líneas corporales. Esos sujetos son los feligreses de la catedral del fitness, que sumada a la otra catedral, el centro comercial, dan lugar a una nueva forma de esclavitud, la del consumismo delirante y del individuo como tótem narcisista, solitario, deprimido, angustiado y con la autoestima en grado cero. Para que el cuerpo retorne a ser amante, sintiente, reservorio de recuerdos, libre, inspirador y sabio habría que provocar en los jóvenes una nueva insurrección; una que les dirija hacia el redescubrimiento del valor de la corporeidad, de la subjetividad, del pensamiento crítico y de las facultades del espíritu como motor del amor, la pasión, la solidaridad, el compromiso y el sentido de pertenencia a una comunidad que va más allá de la comunidad virtual, aquella que tiene rostro, sentimiento, historia y nombre humanos. Esa insurrección podría alcanzar una nueva revolución, la de la responsabilidad ética y la racionalidad humana como fundamentos del futuro de la sociedad y la cultura. Entonces, habríamos dignificado a Spinoza y a Cavafis y habríamos salvado el cuerpo de sus amenazas y probables nuevos castigos.