Hacia una poética de la enfermedad: Francisco Hernández



Hacia una poética de la enfermedad: Francisco Hernández

Ulber Sánchez Ascencio, a través de la poesía de Francisco Hernández (1946) busca reconstruir una poética de la enfermedad. Hernández es uno de los poetas centrales de la poesía mexicana actual. Nos recuerda Sánchez Ascencio que “Mar de fondo es el inicio de una poética, primero de la enfermedad y segundo del desdoblamiento de la voz, de las múltiples voces en el discurso del poema”. Hernández  recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 1982 y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2012.

 

 

 

 

 

Hacia una poética de la enfermedad en Francisco Hernández

 

Ya mucho se ha dicho sobre el libro Moneda de tres caras, (UNAM; 1996) obra que reúne tres libros del poeta veracruzano Francisco Hernández (1946), estos son: De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios, Habla Scardanelli y Cuaderno de Borneo, allí se ven reflejados por un lado una poética de la enfermedad que lleva a sus límites en este libro, y por otro lado, la apropiación de la máscara poética al poetizar la vida de Schumann, Hölderlin y Trakl. Estos tres libros han sido valorados y estudiados por la crítica académica y la crítica literaria. Para Minerva Margarita, este libro del poeta: “Francisco Hernández se interna en la extrema tarea de explorar signos, nudos y caídas que asoman en sus biografías cuando la imposibilidad del lenguaje formó sin más la densa y neblinosa lagua” (7). Sin embargo, en el recorrido bibliográfico de la obra de Hernández, podemos rastrear desde sus primeros libros: (Gritar es cosa de mudos (1974), editorial Libros Escogidos, Portarretratos (1976), editorial La máquina eléctrica, Cuerpo disperso (1978), editorial Cuadernos de estraza y Textos criminales (1980), editorial Latitudes), la configuración de una postura de laenfermedad como forma de creación poética. En sus más de 20 libros Hernández se ha preocupado por asimilar la enfermedad que ha padeció desde la infancia y lo enuncia en su libro Mar de fondo. Esta poética dela enfermedad la encontramos en Mar de fondo (1982), obra que mereció el premio nacional de poesía Aguascalientes. Hernández despliega su capacidad para poetizar desde distintas voces poemáticas. Los sujetos enunciativos enriquecen el discurso poético en Mar de fondo. Eduardo Milán sobre este mismo tema del yo asevera: “Ya la utilización del yo poético o de la primera persona en poesía debe contar con el conocimiento de la simulación que ello implica. No basta la conciencia en el poeta actual de la diferencia perdida. El hablante textual ya está identificado con el lenguaje” (51). Y es en este libro donde la poética de la enfermedad se observa en sus posibilidades discursivas.

Dos ideas que rodean el poemario de Mar de fondo: la enfermedad y la infancia. Para Mónica Velásquez quien estudia la poesía de Hernández afirma al respecto que:

 

Sus poemas proponen diferentes maneras de desestructuración de la voz del hablante. El desconcierto proviene de la dispersión enunciativa y de la apertura discursiva a otros textos que rompen la unidad y la posibilidad de un mundo textual único y completo. Esa ruptura estructural se convierte en eje central para el análisis de sus obras ya que el punto de vista, el lugar de la enunciación y la identidad del hablante inciden en su sentido (9).

 

Mar de fondo es el inicio de una poética, primero de la enfermedad y segundo del desdoblamiento de la voz, de las múltiples voces en el discurso del poema: “Paralela a su extraordinaria capacidad imaginística, su habilidad en el manejo de recursos narrativos, posibilita en su discurso espacios para una tensión dramática a través de la fábula, el retrato literario, la descripción. Aún más, en esta incursión formal Hernández multiplica la perspectiva del sujeto vía la posesión del otro” (Milán, Lumbreras 137). Así mismo observamos que el desdoblamiento es un recurso que los poetas generan para alejarse del yo lírico, buscar en este sentido otros sujetos que enuncien las posibilidades de su discurso. Mario Calderón observa esta misma idea en la que Hernández hace uso de la máscara, la apropiación del otro para redefinir su poética:

 

Su poesía se ha caracterizado, sobre todo, por una especie de cobardía del yo que motiva un desplazamiento en un álter ego, se ha producido de esta manera un enmascaramiento. No escribe demasiado de sí mismo, a pesar de que hablar del yo es la esencia del género lírico. Quizás este desplazamiento del yo se deba al anonimato u ocultamiento que es tendencia típica del ciudadano de nuestros días. Este desplazamiento se ha dado en Moneda de tres caras donde el poeta se expresa a través de las personalidades de Robert Schumann, de Scardanelli (que era el nombre desde la locura de Friedrich Hölderlin) y de Georg Trakl o más recientemente del fotógrafo Charles B. White. En este desplazamiento hay algo también de cercanía con la narrativa donde el autor se desdobla en sus personajes; esta mezcla de géneros, por otra parte, es un rasgo de la llamada literatura posmoderna. Francisco Hernández construye también su discurso a través del empleo de algunas palabras como símbolos a la manera de los poetas simbolistas. Se trata de símbolos de uso demasiado común como veneno, mar y sol (119).

 

Se trata pues, en términos generales de un discurso que permea con la objetividad de una poética en el que Francisco accede de manera propia a ese desdoblamiento que le ha funcionado en su postura poética. Así, a partir del desdoblamiento de múltiples voces y de la enfermedad ha logrado hacerse de un método para escribir su poesía, ya sea con una idea que gira en torno a un asunto que desarrolla a través del tema enfermedad como es el caso de Mal de Graves, libro que nos habla de la ceguera de una mujer, de ir perdiendo la vista poco a poco. O poemas que giran en torno a la enfermedad como sucede en Soledad al cubo.  Asume desde este caos su realidad. Entonces, en este breve trabajo pondremos a la consideración algunos poemas que muestran el recorrido poético del veracruzano y uno de los tantos temas que maneja en su propuesta, que es de la enfermedad y desdoblamiento de la voz poética. En su libro Diario invento, nos dice sobre la condición de su enfermedad que padece aún en la actualidad:

 

Se ha ido el sol de los antidepresivos. Llevo cuatro días encerrado. Vino un doctor a verme, como allá en San Andrés, cuando era niño.

-¿Qué pasa, compañero?, me decía el Dr. Argudín, con su afectuosa voz de fumador sin remedio.

A cualquier edad, la enfermedad nos alivia de la madurez (Hernández 59)[1].

 

Para Federico Patán quien ve la redefinición de la poética de Hernández, comenta lo siguiente:

 

Antes de entrar plenamente en la exploración de tales geográficas, el poeta se permite una especie de remanso, como si estuviera reuniendo fuerzas para una inmersión que sabe impostergable. Ese remanso le valió el Premio Aguascalientes de 1982, y se llama Mar de fondo. Remanso en el sentido de que muchas imágenes traídas de la infancia crean un margen de nostalgia no exento de seguridad. La presencia de la madre es aquí el escudo. Cierra el poeta los ojos y entonces nos dice: “oigo a lo lejos el mundo de mi madre” oración que sitúa una frontera entre lo que será la percepción del hijo y del universo de sencillez mucho mayor donde la mujer vive. Aun así, la madre sabe angustiarse serenamente, según nos informa un bellísimo verso (46-47).

 

Francisco Hernández es un poeta que explota todo lo que puede ser poetizada, va desde las máscaras poéticas, poetografías, la enfermedad, el amor, el erotismo, la pintura, la fotografía, la vida de escritores, músicos, poeta, y crea su alter ego: Mardonio Sinta, coplero de San Andrés Tuxtla, Veracruz.  Francisco es un poeta que se puede definir como poeta que muestra múltiples visiones del mundo. Asume su realidad para darnos a los lectores de poemas varias formas de enunciar su realidad. “La nueva poesía sabe también que una de sus tareas prioritarias es “volver a decir”, ofrecer respuestas, interpretaciones del mundo, aunque se desprendan éstas de la vacilación y la duda. Dignificar la forma, tensarla en la semiosis (Calderón, 32). Y desde esta experiencia de enunciar en el poema las cosas del mundo, en Hernández, la refleja al experimentar y a dialogar con sus antecesores literarios. Rogelio Guedea apunta: “Sus poemas siempre dialogan y entran en comunión, pero no lo hacen con presencias sino como ausencias: nombres, personajes, amigos, ciudades reales o casas imaginarias que viven generalmente también situaciones al límite. La suya es la imagen del depresivo encerrado en su cuarto, cerradas las cortinas, que se confiesa a sí mismo una verdad atroz” (231). A continuación, exponemos algunos poemas que demuestran una de las posibles poéticas en el poeta: la enfermedad. “Toda escritura es la demostración de un método; puede asumir un método o puede investigarlo” (Bernstein, 82). Y la enfermedad es un modo en que Hernández asume su método, su estrategia de comunicación en el discurso poético.  Estas formas textuales las construye desde una poética del yo enfermo.

 

 

 

De Mar de fondo (1982)

 

 

II

Cierro los ojos. Me arrastra el sopor hacia los territorios de la fiebre y, mecánicamente, limpio mis dedos pegajosos de semen en la trama del mosquitero.

Oigo a lo lejos el mundo de mi madre, su andar entre las brasas, su diálogo con el rencor que le acompaña: hablan de mi padre, de la mujer que tiene, de su risa, que suena como tromba de flores pisoteadas. Con el silencio fijo en el vacío pienso en los tigres de Mompracem, en las redondeces de Paura, en un jonrón con tres hombres en base. Afuera está la herida pero no quiero salir a su encuentro: debo continuar enfermo siempre, sin tener que bajar a tierra, sin enfrentarme a nada ni a nadie, ni siquiera a las piernas de Paura ni a un campo de béisbol ni a la luna llena del espejo.

Hoy, apunto en el cuaderno de bitácora, empieza el fasto de los grandes viajes.

Y el ave Roc emerge a los pies de mi lecho.

 

 

 

 

De Soledad al cubo (2001)

 

 

ONCE

Elevar la soledad al cubo.

Fusilar a la depresión

con una descarga de antidepresivos.

Dividir la vida en tortura, retroceso,

desgaste y psicoanálisis.

Sumar mi muerte

a tanta que he vivido.

Restar el laberinto-corazón de las mujeres.

Multiplicar los celos

por un millón de antorchas de alquitrán,

como las usadas en la Edad Media

para quemar a gatos pelirrojos

y a sapos testarudos.

Sumar, dividir, multiplicar, restar:

a la muerte le da exactamente lo mismo

cualquier verbo.

Ella es la más gorda de todas las Madonnas,

la más aterradora Señora Cráneo,

la única deidad que a todos,

tarde o temprano, se nos aparece de cuerpo entero.

Ella redondea al silencio

detrás de los astros

y nos declara su amor interminable

al elevar la soledad al cubo,

la del nonato, la del que acaba de morir.

 

 

 

 

De Mi vida con la perra (2007).

 

“DEPRESIÓN” BUSCA fotos de El gran Houdini,

alguna biografía o algún programa de televisión

donde se cuenten sus hazañas.

De sus ojos aceitunados sale el mensaje:

desea ser tan intrépida como el escapista.

Preparativos. Despedidas.

La transporto a la Laguna de Ostión.

Encadenada y amordazada.,

Baja las lodosas profundidades dentro de una caja fuerte.

Pasan dos, cuatro, quince minutos

y cuando ya comenzaba a intraquilizarme,

la perra aparece dando un salto hacia el cielo,

dejando atrás la desesperación del ahogo.

Entonces comprendí: yo nunca podría escapar de ella.

 

 

 

 

 

De Una forma escondida tras la puerta (2012)

 

 

31

Escriba

Me asomo a la ventana para matarte.

Tiembla el arma en mis manos.

No puedo atravesar tu silueta perfecta.

Escribes con tranquilidad.

Así desprendes, casi sin moverte,

las travesías de tu naturaleza.

Nadie sabe en tu casa, ni Laviana,

que escribes a esta hora.

Me miras sin levantarte del velador

y te transformas en esa poesía

donde aparece tu finura.

Ahora tiembla mi alma en las manos, no mi arma.

Siendo ave de corral,

¿cómo pude aspirar a cortejarte?

Soplo hacia tu ventana.

Lo sé. Iras apagándote poco a poco.

Y también sé que nunca dejarás de

ser una colmena de gratitud.

 

 

 

 

 

De Mal de Graves (2013)

 

 

Mujer: 

Los bastones me impiden apoyarme.

Necesito adentrarme en la oscuridad,

dejar las cuencas.

Sólo me está permitido comer con

    labios entreabiertos,

para de esta manera averiguar si lo

nocturno avanza entre los cortes del

     cordero.

Platos al romperse revelan sus

     dimensiones,

sus escudos reales, sus pigmentos

     ficticios.

Cuchillos, tenedores y cucharas se

   ablandan

para ser otros dedos.

El pan y la sal, con voces tibias,

     preguntan

por el último sudario de retinas.

¿Quién me desliza colmenas por la

    espalda?

Los truenos retumban en distantes,

aunque su progresión altera

el ritmo de los guiños.

No veo lo que el aire sopla.

Ni las uñas pintadas de mis dedos.

Nadie vendrá por mí después de la

   lluvia.

 

 

 

 

Bibliografía

 

Bernstein, Charles. Languague ¡Contraataca! Poéticas selectas (1975-2011). Aldus, México, 2013.

Calderón, Alí. Poesía hispanoamericana: Radiografía del presente poético. En Calderón, Alí, Osorio, Gustavo.  Reinventar el lirismo. Problemas actuales sobre poética. Valparaíso México, México 2016.

Calderón, Mario. Lenguaje en la poesía mexicana (Entre el canon y el folclore). México UNAM, 2015.

Guedea, Rogelio. Reloj de pulso. Crónica de la poesía mexicana de los siglos XIX y XX. UNAM, México, 2011.

Hernández, Francisco. Moneda de tres caras. Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2013.

—-Mal de Graves. Almadía, México, 2013.

Soledad al cubo. Editorial Colibrí, México, 2001.

Diario invento. Abril de 1998-marzo de 1999. Editorial Aldus, México, 2003.

Mi vida con la perra. Calamus, México, 2007.

Una forma escondida tras la puerta. Ediciones Monte Carmelo, México, 2012.

Poesía reunida. UNAM, México, 1996.

Milán, Eduardo. Resistir. Insistencia sobre el presente poético. México, FCE, 2004. Impreso.

Milán, Eduardo, Lumbreras, Ernesto. Prístina y última piedra. Antología de poesía hispanoamerícana presente. Editorial Aldus, México, 1999.

Patán, Federico. El espejo y la nada. UNAM, México, 1998.

Velásquez Guzmán, Mónica. Múltiples voces en la poesía de Francisco Hernández, Blanca Wiethüchter y Raúl Zurita. Colegio de México, México, 2009.

[1] Hernández, Francisco. Diario invento. Aldus, México 2009.

 

 

 

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