La animalidad como diagnóstico corporal. En torno a Guadalupe Nettel



El poeta y ensayista Fernando Salazar Torres piensa “la animalidad como diagnóstico corporal” a partir de “Bezoar”, un cuento de Guadalupe Nettel incluido en Pétalos y otras historias incómodas. Dice Salazar: “Guadalupe Nettel en su relato, Bezoar, atribuye un diagnóstico propio de los animales al padecimiento de un cuerpo humano. La pregunta inmediata es: ¿por qué elige esa enfermedad?”.

 

 

 

 

La animalidad como diagnóstico clínico corporal

 

Guadalupe Nettel en su relato, Bezoar, atribuye un diagnóstico propio de los animales al padecimiento de un cuerpo humano. La pregunta inmediata es: ¿por qué elige esa enfermedad? La segunda cuestión radica en saber cómo, dentro de la historia que la autora escribe, es posible equiparar tal enfermedad a un cuerpo humano, además de esto, ese cuerpo pertenece a una mujer. El yo que habla en el discurso literario es justo una mujer. Lo relevante de la historia son los hechos recordados en un espacio y tiempo. El espacio es la clínica, un encierro que pertenece a un tiempo narrativo que, al mismo momento la textualidad, evoca, mediante la memoria, el tiempo pasado. Hay un cruce espacio-temporal. Es en este marco donde puede revisarse la primera de las preguntas. La respuesta oscila implícitamente con la afirmación encerrada en la segunda objeción: la enfermedad de un género y cuerpo femeninos. El cuerpo poco a poco se revienta, se mutila y se transgrede.

            En el cuento señalado, la protagonista, el yo que habla, posee lo que podría denominarse una patología: la tonsura. Esta no es propiamente un desequilibrio sino el acto litúrgico celebrado en ciertas órdenes religiosas el cual consiste en arrancarse el cabello de la coronilla. La protagonista narra, desde su encierro, para el Doctor Murillo mediante un diario, que también opera como cartas dirigidas al médico, cómo ha sido su vida al padecer esta anomalía y cómo fue su relación con Víctor a quien también se le puede identificar otra patología: tronarse los dedos. Entre un padecimiento y otro, la relación se fractura hasta el grado de que ella intentó, quizá, inconscientemente, matarlo. Después, la mujer decide internarse. En el transcurso de la historia hay otro hecho relevante, el consumo de drogas por parte de la pareja.

            Ciertos estudios filosóficos y de género discuten un importante tópico que permiten pensar qué es lo sano y qué es lo insano. ¿Qué es lo sano? ¿Existe dentro de la clínica y la medicina un comportamiento establecido como lo correcto? Si es así, correcto respecto a qué. Lo contrario de lo sano se denomina patología, sería la razón por la cual la chica se encuentra en un encierro y bajo observación profesional para diagnosticar no solo su salud mental, sino moral. Es decir, posee una enfermedad que hay que sanar, y bajo este conocimiento igualmente hay registros de cierta conducta moralmente reprobable, socialmente dañina. Así, pues, la protagonista está enferma. Tal enfermedad o toda enfermedad salen de un patrón de conducta y de estado de salud.

            Los estudios de Michel Foucualt (2004) y Salvadore Berriot (2000) efectúan estudios antropológicos y sociales en torno al discurso médico y al nacimiento de la clínica como sistema de poder dispuesto a realizar coerción en la conducta humana.

 

Antes de ser un saber, la clínica era una relación universal de la humanidad consigo misma: edad de felicidad absoluta para la medicina. Y la decadencia comenzó cuando fueron inauguradas la escritura y el secreto, es decir la repartición de este saber en un grupo privilegiado, y la disociación de la relación inmediata, sin obstáculo ni límites, entre Mirada y Palabra: lo que se había sabido ya no se comunicaba a los demás y vestido de nuevo en la cuenta de la práctica sino una vez pasado por el esoterismo del saber. (Foucault, 2004: 85).

 

La recuperación de tales estudios correspondientes al siglo XVIII obedecen, la mayor parte de ellos, a la racionalización del mundo y su representación práctica-moral. A eso se debe que determinado saber médico y clínico se ha investido mágicamente de un poder exclusivo, no solo por los especialistas, sino dotado, en principio, por el ejercicio especializado y legitimado por la razón instrumental ilustrada.[1] El ejercicio de las primeras clínicas (Foucault, 2004: 84-90) intenta sistematizar un conocimiento más o menos formulado desde la antigüedad, la aportación a este campo oscila más hacia la aplicación del poder de ese saber clínico usado más para domesticar la conducta, delimitar paradigmas respecto a la salud y, así, lograr establecer lo permitido y lo prohibido. Este acontecer se manifiesta en el cuento analizado. La figura del poder, el médico, aunque nunca se pronuncia en la acción, queda oculto, jamás es explícito en el drama narrativo aunque es quien modela y perpetúa las decisiones de la mujer al interior de la historia. El cuento, como una serie de misivas, tiene un destinario, a saber, la figura del poder quien es el responsable de la toma de decisiones respecto a cuándo saldrá de tal encierro, siempre bajo el discurso de lo sano. Esto representaría el poder, según Foucault: el sistema fijo y unívoco de la Medicina simboliza bajo el pretexto de lo sano, el poder. La clínica es poder y sirve para homologar conductas cuando su saber produce un esquema reproducible entre Maestros y alumnos. Existe, pues, una estandarización del conocimiento clínico. Ahora bien, cómo mirar esto en el texto.

 

Más que una clínica de rehabilitación, este lugar, hermoso y callado a la vez, parece un balneario. Mi cuarto, cuya ventana da al acantilado, me permite ver el menor cambio del paisaje, aunque estoy convencida de que esta clase de detalles, importantes para mí, le resultarán totalmente irrelevantes al lector de este puto diario. (Nettel, 2008: 103-104)

 

Para la protagonista su habitación es cómoda, nada comparable con la idea de una habitación de Hospital. ¿Cómo ocurre esta impresión? Porque el saber clínico matiza la sujeción incorporando elementos para ese propósito. Y aunque dichos elementos nunca se explicitan en la obra de Nettel, sí están bien presentes ciertas prácticas y roles fijos en el drama, en los diálogos, en la materialización corporal de los personajes, tanto femenino como masculino.[2] En el cuento sí existe claramente lo masculino y lo femenino en el desarrollo de la acción la cual está alrededor de ciertos roles bien esclarecidos y definidos: una mujer guapa, esbelta, dotada de una belleza manipulada social y políticamente por los medios de comunicación y que cumple como objetivo al entablar un romance con lo masculino. Bezoar es, entonces, cuerpos constituidos ideológicamente con parámetros y características comunes al igual de los vínculos alcanzados en el nicho conyugal.[3]

Respecto al rol de cada sexo se manifiesta en la reunión donde ocurre su primer encuentro y el primero de los diálogos que la narradora proyecta.

 

Me había puesto una falda floreada de algodón, con vuelo hasta la rodilla. Mis piernas estaban en la cumbre del bronceado. La razón por la que no me había movido de la terraza eran doble: había menos gente -en la baranda podía apoyar mi copa sin pedirle a nadie que la sujetara o sin tener que luchar por el espacio-y, puesto que daba la espalda al precipicio, nadie podía situarse atrás de mí y ver cómo mis cabellos iban cayendo hacia el abismo. La vista de la ciudad era una verdadera delicia, el aire del mar aliviaba nuestras pieles maltratadas por el sol. Nada me habría movido de ahí esa noche de no ser porque, entre la gente que circulaba dentro, reconocí a Víctor Ghica. (Nettel, 2008: 119).

 

Existe una estandarización de la belleza femenina socialmente aceptada. Afirmo esto porque tanto ella como Víctor trabajaban como modelos publicitarios, vendían una imagen y ésta obedecía a un mercado que consume una armonía corporal del género y del sexo. Ahora, algo más, el drama del relato contiene cierta extrañeza asociado a la animalidad especialmente de la protagonista. Un salvajismo manso y pueril. Lo numinoso del caso no radica en la mutilación corporal y menos todavía en el acto sexual, sino en la desfiguración de la belleza producida a lo largo de la narración. El tiempo narrativo es distinto al tiempo evocado. Es este donde se produce la fealdad de lo bello corporal. Lo femenino renuncia involuntariamente a los dotes naturales de la belleza. La imagen posiblemente reproducible en la mente de una mujer mutilada de la cabella en la parte superior acercaría a una imagen religiosa. Lo religioso se muestra a través de la monstruosidad. Lo sagrado y lo anómalo reunidos en un cuerpo femenino. Sin duda contrasta con la figura de una mujer del catálogo de belleza.

Jean-Jacques Courtine (2005) tiene un estudio genealógico sobre lo monstruoso. En la literatura y en el arte durante el siglo XIX se volvieron modelos que provocaban disonancia en el espectador. En este caso no es que el cuento de Nettel sea grotesco o pertenezca a esta clase de literatura, sino que sus personajes se transfiguran y con ello provocan que al final del relato toda la historia sea, en cierto modo, una crítica a la estandarización de las acciones masculinas y femeninas y, al mismo tiempo, ponga en juicio la homologación que sobre la belleza existe como algo exclusivo al cuerpo y su género.

En conclusión, lo grotesco y lo catalogado por el saber clínico como enfermo deconstruyen la imagen de la belleza femenina. Hay una renuncia, por parte de la mujer, a ser mujer. Este problema se ha revisado por mucho tiempo desde lo político, lo social y lo ideológico. La obra en cuestión tiene un valor, porque realiza un trabajo de reflexión, siguiendo los estudios género y los análisis feministas, pero desde lo artístico.

 

 

 

 

NOTAS

 

[1] Por su parte, Salvadore Berriot argumento, además del espacio médico como disciplinamiento, el hecho de nacer mujer en una determina época.

El discurso médico, cuando no solo pretende dirigirse al hombre que ejerce ese arte o a la comadrona, sino también a las mujeres y a toda persona de bueno y sano juicio, no puede dejar de influir en los comportamientos sociales, aunque suele limitarse a reproducir los valores imperantes en la mentalidad de la época. ¿Por qué la mayoría los hombres consideran un oprobio el nacimiento de una hija? […] No porque detesten una criatura a su imagen, sino porque padecen el peso de una tradición constante desde los antiguos, Aristóteles o Galeno, hasta los modernos, Rebalais o Tiraqueau. (2000: 387-388).

La tradición es una construcción de hechos y prácticas sostenidas por ideas. Un marco conceptual, entonces, viene a afirmar o rechazar las acciones de una época respecto a un fenómeno. En este caso, el peso de las figuras y obras de los clásicos determinaría el ejercicio de un saber en otra época.

[2] Una de las hipótesis de Salvadore radica en sostener que la medicina, regularmente, construye históricamente una imagen negativa de la mujer. El peso del pensamiento grecolatino, en parte, responde a esta inquietud; por otra parte, durante el Medioevo y a principios del Renacimiento, a la mujer se le atribuía ciertas enfermedades exclusivas del género. Una de estos padecimientos es la Melancolía. Ciertamente, detrás de todo este discurso médico se configura un saber dominante: la hegemonía falo-céntrica. Además, se concibe que el cuerpo, por biología, determina, inclusive, no solo estandariza las enfermedades, sino que las provocaría.

En efecto, casi siempre las obras de medicina ofrecen una visión negativa del sexo femenino. ¿Serán tan solo una reproducción de todos los prejuicios culturales como lo da a entender Louys de Serres? El naturalista del Renacimiento, lo mismo que el de finales de la Edad Media, es esclavo de una metodología: la observación sigue un derrotero analógico que tiene como punto de referencia el cuerpo masculino. En su deferencia a la autoridad científica suprema, Galeno, el anatomista, se cuida no olvidar el principio fundamental: ‘todas las partes generadoras que hay en el hombre también se encuentran en la mujer’ ¿La diferencia? La distinta situación de las partes. La descripción, que, por otro lado, no elimina la imagen aristotélica de la mujer como macho incompleto, constituye por entonces un importante freno al progreso de la ginecología. (Berriot, 2000: 388)

Más o menos esto es el fondo el hallazgo del cuento. La mujer padece una patología, conoce a un hombre quien igualmente posee otra patología, pero en el clímax, lo femenino es responsable y culpable del final de la historia. El cuerpo femenino por su biología y constitución histórica vendría

[3] Para este particular fenómeno puede revisarse a Elsa Muñiz (2014).

 

 

 

 

Bibliografía

 

Courtine, Jean-Jacques (2005), “El cuerpo inhumano”, en Alain Corbin et al. (Coords.) (2005), Historia del cuerpo. Vol. 1. Del Renacimiento a la época de las luces, España, Taurus, pp. 359-371.

Foucault, Michel (2004), El nacimiento de la clínica. Una arqueología de la mirada médica, Argentina, siglo XXI.

Le Breton, David (2010), “Firmar o rasgar su cuerpo: las nuevas generaciones”, en Elsa Muñiz (Coord.) (2010), Disciplinas y prácticas corporales. Una mirada a las sociedades contemporáneas, Anthropos-Universidad Autónoma Metropolitana, Barcelona, pp. 72-85.

Nettel, Guadalupe (2016), “Bezoar”, en Pétalos y otras historias incómodas, Barcelona, Anagrama, pp. 102-141.

Muñiz, Elsa (2014) “Pensar el cuerpo de las mujeres: cuerpo, belleza y feminidad. Una necesaria mirada feminista”, en Sociedade e Estado, vol. 29, núm. 2, mayo-agosto, 2, pp. 415-432.