33 + 1 voces de la poesía uruguaya actual: Leonardo Rosiello Ramírez



“La noche amarilla. 33 + 1 voces de la poesía uruguaya actual” es un dossier que ha preparado Marisa Martínez Pérsico para los lectores de Círculo de Poesía. Su objetivo es visibilizar y difundir un repertorio de voces que se inscriben en distintas tradiciones líricas, es decir, mostrar una parte de lo que acontece en la poesía oriental a partir de cuatro criterios: diversidad discursiva y/o estética, integración equitativa de poetas mujeres y hombres, integración generacional (de por lo menos cuatro promociones etarias) e inclusión de poetas que escriben fuera del país (en Argentina, Brasil, México, España y Suecia). [Lee la introducción a esta muestra aquí].

Leemos una selección de «Fulguración de la gamuza» y otros prosemas de Leonardo Rosiello Ramírez (Montevideo, 1953). Vive en Suecia desde 1978. Forma parte del comité científico de revistas especializadas en literatura y es Miembro Correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Hasta julio de 2018 ha sido profesor de la Universidad de Uppsala. Ha sido traducido el sueco, al esloveno y al italiano. Es autor de los poemarios X2000 (Lund, Litterae Tertii Millenii, 2001), Tankas (Montevideo, Yaugurú, 2012), Vitral a contraluz (Jönköping, Simón Editor, 2015) y 327 haikus senryus y tankas (edición en línea para Kindle, celular y tablet, accesible a través de amazon.com). Está representado en antologías nacionales e internacionales del cuento, género del que ha publicado Solos en la fuente (Montevideo, Vintén, 1990), que fue finalista en el concurso de la Intendencia de Montevideo en ese año; La horrorosa tragedia de Reinaldo (Montevideo, Arca, 1993); La sombra y su guerrero (Montevideo, E.B.O.,1993), que obtuvo el primer premio Narradores de la Banda Oriental/Lolita Rubial); Incertidumbre de la proa (Montevideo, Graffiti, 1997), que obtuvo primer premio del Ministerio de Educación y Cultura en categoría Inéditos, y Gente rara (Montevideo, Torre del Vigía, 2006). Su cuento “Bicicletas Románticas”, incluido en esta colección, fue ganador del premio La Maison de l’Amérique Latine en el Premio Juan Rulfo de cuentos, de Radio France Internacional, en 1997. Su sexta colección de cuentos, Mejor me despierto (Jönköping, Simón Editor) se publicó en 2016. Recibió el primer premio en categoría Inéditos del Ministerio de Educación y Cultura, por su novela La mercadera (Sídney, Cervantes Publishing, 2001 y Montevideo, Torre del Vigía, 2004). También ha publicado las novelas Aimarte (Bucaramanga, Sic Editorial, 2003), que resultó ganadora del premio Álvaro Cepeda Samudio de novela corta ese año. De esta existe una edición de E.B.O. con el título de Aimarte. El globo de Garibaldi (Montevideo, 2008) y otra, italiana, con el nombre de Aimarte. Una mongolfiera per Garibaldi (Galzerano Editore, 2010). Sol de brujas (Jönköping, Simon Editor, 2014), su novela más reciente, quedó entre las finalistas en el VIII Premio Vivendia-Villiers de Relato de Ediciones Irreverentes de ese año.

 

 

 

 

LOS RENACIDOS

 

Mi hijo el primero trae en la mirada el vislumbrar de mi padre. Manda sobre su vida con total gobernancia; hace, deshace, resuelve y se marcha, labura dura la jornada, regresa, descansa, ríe y me mira. En ese espejo está la mirada del viejo.

Mi hija, tonada hermosa, criatura bella de mi linaje, porta en sus gestos los gestos de mi madre. Ademana ella, traza un arco con las manos, media luz de una espada abarcadora, y es la vieja que ademana, ella es quien abarca todavía.

Mi hijo el segundo lleva en la sonrisa no sé qué relámpago, qué asombrosa mezcla de la una y del otro, el manso sonreír de mis queridos viejos que ya no lerdos caminan sino en estos, mis retoños. Y aun acuden en ellos otros rasgos del decir, del callarse y del moverse de aquellos parentales entes que ya no están entre nosotros. Habrá en esas fugaces maravillas un algo de mis huellas, a qué negarlo, pero más se parecen al abuelaje en ellos renacido.

Qué alto presente ha sido esperarlos a todos y a cada uno. Qué alta gracia concedida fue aguardarlos en el primer asomo ensangrentado. Qué alto regalo haber estado ahí y entonces. Qué alto merecimiento haber oído las primeras protestas, que tantas otras anunciaban. Y qué alta dádiva haber llevado por mi vida orgullosos estandartes de abuelos. Porque tal parece que somos puentes donde transita el flujo de un renacer de genes, de saltos hechos gente que involucra generaciones.

Así visto, me asumo mediador, comparsa; plano personaje, y está bien que así sea. Unos más cerca de los simios, otros menos, y uno ahí, puenteando como bobeta en el devenir humano. Es, también, alto don que agradezco.

A mí, que me revisen. Son ideas de la mirada mental que me usa. Ella piensa. Abduce, ella. Infiere, la muy maldita, y postula: Así, no es imposible que en una conjetural choza donde habiten descendientes de ultrachoznos, de aquí a siete mil años vista, un padre y una madre vean renacer en la hija o en el hijo, a sus padres y a sus madres. Eso sí, íntegramente holografiados. Pero qué importará, se convence la mirada sésica (esta, la de ahora en mí), si al cabo del fin el amor estará todavía gobernando sobre los súbditos instintos, con sabiduría.

 

 

 

 

 

BAJO EL NEGRO DOSEL DE NUESTRO CUARTO

 

Tú y yo estamos aquí, yaciéndonos, bajo el negro dosel de nuestro cuarto, un velo ―con matices de rojo hacia el oeste― añejísimo, con pequeñas gastaduras del paso del tiempo que dejan ver lo que atrás existe: la llamarada del día celebrado, la gloria de la mañana y de la tarde de otro distinto tiempo, diferente a este instante. De la mañana y de la tarde gloriosas y distantes que, sin embargo, se dejan percibir a través de los orificios del velo negro.

Así son las cosas. Existimos aquí y ahora al aire libre en esta noche, en este cuarto que es de todos y sobre todo tuyo y mío, pues la noche es de los que la viven y se apropian de ella. De ellos es, más que el día, que tiende, por alguna razón que se me escapa, a ser más de todos que de algunos.

No luna hay; la muda sola y una inexiste en el velo noche dosel (del reloj solo cifras rojas proyectadas), y es limpio el aire y ventanal enorme hacia el cosmos. Más allá del cielorraso y la azotea, es decir: ahí, está la Osa Mayor y a tres lados del borde de la cacerola farolea la Estrella Inmóvil sobre el norte. Y un poco más hacia el sitio donde tu corazón late a mi lado, sin que tenga yo el alto honor de escucharlo, todavía, alardea Orión, guerrero enorme que se empeña en lucirse, en dominar la bóveda, como un niño posando, brazos en jarra, ante sus padres.

Braceando como estoy en este silencio, absoluto para ti (y en cierto modo para mí, si no fuera por el amigo tínitus que me silba constante en la mollera), no necesito verte para saber que tus mejillas están humedecidas, como en momentos solemnes, en esos instantes prístinos, en transcurrires majestuosos o democráticos de los minutos diminutos; en lapsos como este, cuando estamos sintiéndonos más pequeños que una brizna, tendidos como estamos en esta playa cama de esta Tierra, orbitando en vaya a saber qué espiral, mal que le pese a la parca.

Me basta evocarla para que esa rémora vivífica del tiempo se tresunte en la mirada mental, que paseaba más allá del techo y la azotea, tan lejos de la cerca, y me lance un dardo como idea: no estamos mirando el velo dosel del cuarto hacia arriba, sino hacia abajo.

 

 

 

 

 

LONESOME GEORGE IN MEMORIAM

  

Al fin, tras largos siglos de incesantes escalas, de innumerables sopas y asados bucaneros, uno solo quedó, tan singular y esquivo, recoleto ejemplar: único, solo y sin ganas. Matiza la mental sesera: aun peor. Huerfanito primero; después, sin compañera.

Dirían los humanos: un desolado al sol.

Daba el compás incierto de los largos lagartos, vivo hiato en lo quieto de iguanas hieráticas, de aves nadadoras: olas, espuma , sal, enormes arenales, roquerío escarpado.

Desprovisto de iguales,  sin nadie a quien cuidar, existía el tortugo. Un individuo sin igual.  En la cueva pasaba sus larguísimas horas, dizque durmiendo sueños torvos de mala soledad, el vestiglo viejito que se iba agotando.

Alguna vez, bostezo largo, coraza gastada, desencavernábase con lentísimos pasos. Monarca solitario de un reino inclemente, arrastraba en sus pagos, Encantadas, Galápagos, a pata por vez, garbo olvidado en las islas de lava rocallosa. Cuatro más uno más cuatro más tres; añares de las lunas innumerables mellaron el paciente coraje del enfermo.

No pudo ni siquiera ser descortés con Hembra, la socia que buscaba mas jamás encontraba, o medir con rivales su derecho denuedo. Soledad por la amiga, la porfiada que estaba nunca; por las crías ningunas, roca viviente, soledad.

Adentro de la cerca, un sujeto precioso en espera. Ni lejos de la cerca hay remedio. El plazo centenario, reloj puntual, termina. Al fin llegó la buena callando muerte triste; para la maravilla, la extinción es la suerte.

Pocas peores penas, ser el ejemplar último de una especie perdida, oceánica y vieja. El daño irreparable fue eso, Lonesome George: supresión de un arcaico vestigio: vos. Serías el total postrímero. Te tocó, cabezota, hermosa piel de dura lija, ojos, caparazón.

 

 

 

 

 

FULGURACIÓN DE LA GAMUZA

 

Piénsala solo, hazla fulgurar en su ser de testimonio, de huella. Ante ti, extendida: el revés de una dermis que una vez protegió la vida y la linfa, los músculos y los tendones,

los huesos, los órganos de un gamo.

Acaso cubrió esa piel la gracia ligerísima de una gacela temerosa, de un cervatillo nacido recién, desapercibido y lechal. Tal vez fue de una empeñada cabra trepadora,  o de un alce, ente cornamental, arbóreo; un silente magnífico, súbito y boscoso.  O quizá nada más de un desprotegido cordero guacho, encaminado hacia el balido terminante.

Quién le explicará a los niños con qué derecho le quitaron la vida y su abrigo, que antes del dolortiro, del reguero de sangre sin lágrimas, fue parte de un prodigio para andar entre las flores, lindo como los que ellos pintan, tan veloz que hasta lo peinaban los alisios con sus dedos.

Los tuyos sabrán, cuando le roces la tersura, que entrarán en la región del orden. Que serán  ya nunca más de tierra, fuego, agua o aire, sino de meros nervios táctiles; mañana, músicas del apenas recuerdo, del ya fue.

Tus dedos querrían no saber lo que tus ojos contemplan: una aurora naciendo sin tacha desde adentro, una infamia hecha chaqueta, porque estarán acariciándolo. El cosquilleo, semejante a un germinar de duendes microscópicos, es rizoma de rubia campánula escondida en la ocre terracota anaranjada, con un algo de oro gastado por el paso de las altas lunas, de los soles, de las nubes; color lástima, desguarnecido de calor.

Tus dedos se cargarán de insistencia al tocarla, y un recuerdo agitarán o, por lo pronto y menos, una memoria mal aducida de lugares por los que una vez voló, a su aire: brincaba, corría leve con la certeza de que habría una sombra protectora, un remanso, una tregua que la aguardaba. Mas fue la explosión, el relámpago, la puerta de la casa de la muerte, el dolor.

Solo piénsala, hazla fulgurar en su ser. Ponla a contraluz y cierra los ojos, aspira

con tus labios el punto fatal del no retorno, su desesperanza total, su grande tristeza. Abre los ojos, haz que fulgure con su ser, deja que la luz traspase ahora tus pupilas.

 

 

 

 

 

RECICLAJE

 

La gloria del gorila, la toga del gato y su gota, el rubor del burro. En algún lugar una maga interrumpe el birlibirloque y recicla letras. Ensaya primero con la mesalina de los animales. Viste a los entes con nuevo ropaje; a veces, con su piel les hace una nueva y los pone a reverberar: una luciérnaga neurálgica. ¿Cuál es el precio del perico, doña? ¿Podés notar el ratón? Un tribuno, bien mirado, es tiburón. Fijará la jirafa, y el leopardo, a rodapelo. Ve en medio, y da miedo, a un caimán que camina al pantano: en parte, repta; en parte, trepa. Pero en el aire, al menos, nada iguala al águila.

Luego concentra labores; se concretan en árboles. ¡Balero! Por lo pronto, transforma tres casuarinas – no sin loas – en una sola siracusana, y un peral en perla, todo para no pelar su lepra. Ingenio no le falta. De un arce, crea cera. De un cedro, un cerdo o un credo, y elige este último, lo que no es óbice para encontrar un ceibo. ¿Lo racionalizan y lo nacionalizan? Sopla el viento; caen sus piratas flores patrias. Y antes de que se crispe el ciprés, entra en el remolino del limonero. Piensa: ¿le pondré frenos al fresno, antes de que me acuse el sauce? Recela del alerce, que la lacere teme, pero le encuentra un cereal que lo claree, que lo realce.

Que no se pierda la piedra, piensa. La llama el calor del claro coral, la crisopeya suspendida de la esmeralda que desmelara. Es insaciable sopesando gemas. Modernista es, no te la pierdas: deprisa, que presida las piedras. Acaricia el atópico topacio, el ingrato granito, el granate garante de la amistad. No deja el jade, ni el ópalo de apolo, ni la torionda rodonita. Creo que hace anagramas que se argamasan. O, por lo menos, curtiendo, les introduce su encurtido.

Letras recicla en algún lugar lejano, que no es Tombuctú ni la península de Kamchatka, sitio que está más lejos que las islas Fidji o que Sonora. En ese lugar, en cualquier caso lejos de este cercado, de pronto la maga piensa en el tiempo. Es importante: tempranito. Presiente la serpiente y se da un sacudón de cuándos. Y algo sorprendente que sucede me seduce: la maga es gama y corre, salta, huye, como malherida por mala flecha roma o buena flechamor.