33 + 1 voces de la poesía uruguaya actual: Silvia Guerra



“La noche amarilla. 33 + 1 voces de la poesía uruguaya actual” es un dossier que ha preparado Marisa Martínez Pérsico para los lectores de Círculo de Poesía. Su objetivo es visibilizar y difundir un repertorio de voces que se inscriben en distintas tradiciones líricas, es decir, mostrar una parte de lo que acontece en la poesía oriental a partir de cuatro criterios: diversidad discursiva y/o estética, integración equitativa de poetas mujeres y hombres, integración generacional (de por lo menos cuatro promociones etarias) e inclusión de poetas que escriben fuera del país (en Argentina, Brasil, México, España y Suecia). [Lee la introducción a esta muestra aquí] . 

Leemos una selección de «Por ejemplo: el calor» y otros poemas de Silvia Guerra (Maldonado, 1961). Sus últimos libros de poesía son Un mar en madrugada (Antología, Hilos editora, Buenos Aires 2017), Todo comienzo, lugar (Silvia Guerra, José Kozer, Editorial Casa vacía, Richmond, Virginia, 2016), Pulso (Amargod ediciones, Madrid, 2011), Estampas de un tapiz, (Plaquette, Pen Press, New York, 2006), Nada de nadie (Editorial tsé tsé, Buenos Aires, 2001), La sombra de la azucena (Editorial Cantus Firmus, New York, 2000). También publicó Fuera del relato. Una biografía aproximada de Lautréamont (Ed. Bassarai, España, 2007) e Historias de un pueblo que dejó de serlo (H editores Montevideo, 2014) tres pequeños relatos para chicos a partir de hechos históricos de Maldonado. Co editó con Mariela Dreyfus Juan Parra del Riego, Poesía completa (editorial Sibila, España, 2013). Seleccionó y prologó El río y otros poemas de Amanda Berenguer para la colección de Clásicos Uruguayos, 2011. Compiló y editó la edición crítica de la obra reunida de Nancy Bacelo El velo magistral que esconde todo, Fundación Nancy Bacelo, 2011. Es coautora de los libros de correspondencias (con Verónica Zondek): El ojo atravesado I. Correspondencia entre Gabriela Mistral y escritores uruguayos y El ojo atravesado II. Gabriela Mistral entre los uruguayos (Lom ediciones, Santiago de Chile 2005). También, junto a Verónica D’Auria, es coautora de un libro de reportajes: Conversaciones Oblicuas / Diálogos entre la cultura y el poder (Caracol al galope) Montevideo, 2001. En 2013 y 2015 produjo el Ciclo de poesía “La punta de la lengua” en calidad de investigadora asociada a la Academia Nacional de Letras, en la sede de la Academia, casa de Julio Herrera y Reissig. En 2012 le otorgaron el Premio Morosoli en Poesía a su trayectoria. Y por su libroReplicantes Astrales obtuvo el Premio Municipal de Poesía en 1992.

 

 

 

Por ejemplo: el calor. En cualquier parte del día

Incendia la columna, llena de agua pliegues, recovecos

de los que se desconocía su existencia. Sí. Sí.

Aparecen membranas mientras va cantando el día

Y todo lo que está, florece. Olores. De las flores, orín,

olor del corazón bombeando negro apretujado ya falto

en su raíz. Sí, Olor del miedo cuando joven la grupa

por el monte fulgía. Sí. Y más acá paisajes, con aviones,

los ríos dibujándose en el mapa. Todo el ras de la tierra

en polvareda. Más miedo despertado en los incidentes de

la tarde. Ah. La definición se ve impelida el tiempo

pasa sucediéndose en tramos, extremos, la música disuelve

los huesos de los hombros, los pequeños omóplatos. Esa es

la unción de los pezones incipientes un día, raya, la foto

mantiene la espalda en presente infinito frente al agua.

Ahora en la voz, ahora en el cuello que se cede, en el calor.

Traicionero. El cuadro de Brueghel desplegado en las tablas

donde pasa a la vez, todo. Simultáneo. El calor,

los montes de hace un rato desprendiendo olor a matorral,

un poco de sangre en la corteza colándose hacia abajo. No

hay resultados, todo es,

al mismo tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

En la otra punta de la línea se balancea la impotencia

Pero en medio está todo. Pugnando por su forma imposible.

Acumulándose en el producimiento interminable. Se huele

se oye el ruido de fondo que acelera su pulso. Emerge

de los sueños mezclada con la niebla en jirones, crujiendo

de asombro en la penumbra. Acunada, y el diálogo

amoroso que descansa en la paz del laurel. Preferís el mes de

tierra removida como marca el recuerdo y esa voz

que se escucha en los andenes de alta velocidad repite

no te creas –no te creas–

no te creas –no te creas. Se sostiene porque la sola vida la sola

manera de estar vivo ha dictado esa cifra. Que gotea

en la especificidad del tramo. Aparece en los ojos la perdición

justo cuando la enfermedad daba la vuelta.

La proyección tira del halo más allá. Que jala.

Ya nadie sabrá nada. Solamente retumba la voz de los andenes al compás del zumbido

Y parece que dice Chajá! Chajá! Chajá!

 

 

 

 

 

 

No quedaba tan claro como viene. Si es del anudamiento o es del pasmo, Nunca sabrá el olvido lo que cubre. Balanceándose como un vestido de verano en la azotea insinuaba opulencia en el verde, advenimiento de lo casto produciéndose, océano desde sí más a la espuma. Recorría la costa buscando entre las rocas veletas animales del plancton partículas de seres que la noche ilumina. Hasta ahí, el canto era otra cosa.

Después la oscuridad pone su marcha y en la pregunta aplasta lo que emerge. El mar como un fondo o apego algo que llama. Siempre a llorar por esas mismas partes de cielo, esos recortes de la costa en las desembocaduras. Hay un borde en el que crecen pinos que perfuman el viento. Una superposición de mareas, una alborada saca polvo del astro: debería el tiempo respetar esas cosas y las líneas dibujarse en otra dimensión.

Cables trenzados, rayas que no cesan. Las mujeres se agolpan. Los vestidos se achatan, quién quiere remontar esa subida, si son monos famélicos que desde la cima tiran piedras. El traje en la ventana se ventila y guarda, entre las fibras, las temperaturas de la brisa.

Puede ser que la muerte se introduzca esta tarde.

Puede ser que se anime, o que no le convenga.

Como esas rutas que atraviesan los campos, es el mismo campo compungido atravesado por la estepa aunque a esa altura ya haya surtidores, agua en baldes de lata, remansos en la sombra. Lo que queda de ahí es viento amable que a veces trae perfume de fruta, de hojas de limonero, de árboles de duraznos agrupados. Así la medianera, así el silencio de la distracción y la distancia.

Pasa una nueva altura sobre sandalias libres que lleva de otro modo la minucia. Y se desprende la blusa en la frescura del color violeta. Pasa la luz y filtra lo que el sol dejó en la fruta, más perfume viscoso, el tiempo apremia. Sólo el alrededor que queda en los cordófonos cuando pica la tarde entre las aves.

Arma la rama que dice sólo Ahora.

Los vegetales se deletrean entre los dedos.

Las yemas que apaciguan al tacto del socaire.

A la textura de su crecimiento.

 

 

 

 

 

 

Sin intención. Digamos despoblada.

Interna, adentro, exclusa, inexplicable. Sí.

Inexplicable y sigue. Sigue sigue. Siempre,

esa palabra que perdura, que le saca el tiempo

a lo demás, queda en la línea inerme de presente

que es blanca. Cielos rayados en la noche, campos

cruzados a traviesa. El dolor en pañuelitos ciegos

guardados en el cofre. Ah. Adviene, inmensa ola.

Curva la noche igual siempre apabulla, entre tanto,

el adentro prospera en el gerundio nadie sabe hacia dónde.

Porque se puede presentar cardumen y empezar a manar

sangre de golpe. Puede ser. El ruido de un gong, una figura

inmensa o aureolada. Explaya, expande. Y deja de importar,

las demás cosas, el plato con las hojas de menta la lengua

los ojos que llegaron presurosos a ver qué sucedía, si había

ayuda posible, dónde. Era. En la premura de las horas, ese

instinto secreto que guía a los mamíferos a su alimento

primordial. A las madres detrás de los camiones que reclutan

los hijos, Deméter caminando por días sin parar y sin agua

cuando la tierra se cierra detrás de los aullidos. Ah. Y los

coros con las manos unidas. No hay bendición ninguna en

ese rito, solo repetición, idolatría, sólo el mando que eleva

la continuación al infinito. Entre tanto, y dentro, interno misterio,

indescifrable. Atrás silencio. Y atrás, lluvia que cae.

 

 

 

 

 

 

Venía obstruyendo desde atrás en demasía

adentrando ese tiempo que se agolpa

en lo blando de las articulaciones. Y así

por el camino en bicicleta entre los ceibos

así, en el empedrado y la mañana.

 

Estaba un poco más allá la fuente el

surtidor, los topacios guardados de la

fragua del viento, los anillos que quedan

de cualquier extorsión. Sin embargo hay

un hilo que la busca, un tiento debajo de

las lonjas apiladas y que la luz transmite.

 

Quedan las piras, una sobre otra, el alto

pelo para la tarde próxima. Esta mañana

la luz filtra en las hojas y la tarde modifica

sus tallos. Una granada presa en grutas toscas

muda la materia reciente en una gloria verde

atiborrada entre la clorofila.

 

Es mejor el resguardo de esa hora que confunde

en las sienes. Recogerse.

El silencio es mejor. Vale la noche, reiterarse

en las ventanas removidas y ser

en ese instante luz en la pared

siguiente. Contra la nuca todo lo que resta:

posibles espasmos en las hojas

el halo desprendido de emoción.

 

Asciende trabajosa entre pausas y hiatos

ahogando estridencia y mediodía poniendo

trapos a los celos, proyecta cabelleras

esparcidas, atónitas, pero el rumor persiste

crea un submundo crece apenas. Espacio para

moverse desde el pálido papel hasta el sitio

en que la carnadura de la voz va al recinto del asma

y un todavía puede insinuarse, Aún,

rozando el baso enroscando en humo

anfibios que caen en la maraña de la noche

liban ahí, entre el olor y el sueño.