Apuntes para una literatura ancilar: Los versos de arte mayor



En esta nueva entrega de Apuntes para una literatura ancilar el poeta Mario Bojórquez nos comparte el apartado referente a Los versos de arte mayor, de sus Anotaciones básicas para un manual de versificación.

 

 

 

 

Arte mayor

El primer verso de arte mayor, eneasílabo, es bastante irregular en nuestra tradición lírica, existen pocos ejemplos de su uso y no responden a un patrón acentual reconocible, sin embargo, lo podemos observar como apoyo de otros metros impares en la silva:

Juventud, divino tesoro, (3, 5, 8)
¡ya te vas para no volver! (3, 6, 8)
Cuando quiero llorar, no lloro… (3, 6, 8)
y a veces lloro sin querer. (4,8)

Rubén Darío

El decasílabo, también llamado decasílabo heroico cuando su acentuación recae en las sílabas 3ª, 6ª y 9ª, se ha utilizado especialmente para una poesía de corte civil por sus características de marcha militar, así podemos leer el Himno Nacional Mexicano de Francisco González Bocanegra:

Mexicanos al grito de guerra (3, 6, 9)
El acero aprestad y el bridón (3, 6, 9)
y retiemble en su centro la tierra(3, 6, 9)
al sonoro rugir del cañón. (3, 6, 9)

con combinaciones acentuales de 3ª, 6ª y 9ª que además permiten la musicalización perfecta de la marcha militar, pero que siempre será modificada, por ejemplo, por el excelso poeta que fue José Alfredo Jiménez en la poesía popular:

Nada me han enseñado los años
siempre caigo en los mismos errores
otra vez a brindar con extraños
y a llorar por los mismos dolores.

con igual acentuación perfecta en 3ª, 6ª y 9ª.

En ocasiones el decasílabo se construye a partir de pentasílabos como hemistiquios o bien, como pentasílabos que completan en pareados el pensamiento:

—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
—No es a ti, no.
—Mi frente es pálida, mis trenzas de oro,
puedo brindarte dichas sin fin.
Yo de ternura guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
—No, no es a ti.
—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz.
Soy incorpórea, soy intangible,
no puedo amarte.
—¡Oh ven, ven tú!

Gustavo Adolfo Bécquer

 

El endecasílabo es el verso rector de la poesía en español y en muchas otras lenguas, aunque fue usado desde el medioevo entre nosotros, fue a partir de su introducción del italiano por Juan Boscán y Garcilaso de la Vega hacia 1530 que logró su fijación como el verso de arte mayor más frecuentado; el endecasílabo tal como lo conocemos, estaba ya en punto de perfección en La Divina Comedia de Dante Alighieri, una composición de verso endecasílabo en estrofa de tercetos con terza rima o rima encadenada y aún antes, en sus famosos sonetos de La Vita Nuova; será sin embargo, Petrarca y su cancionero el que logre su extendida popularidad, los sonetos de Petrarca, darán al tema amoroso una vigencia que aún hoy podemos reconocer en autores contemporáneos. El endecasílabo tiene distintas acentuaciones según las composiciones que se cometen con su uso, el llamado endecasílabo clásico o propio, tiene una acentuación fija en las sílabas 6ª y 10ª, es el que frecuentemente encontraremos en los sonetos de corte italiano o petrarquista, por esta razón decimos que el primer grupo de intensidad en la notación sonora implica un heptasílabo para luego completar el sonido con cuatro sílabas más, serán cinco si se trata de una palabra aguda, tres si una esdrújula. Existen diversas maneras de clasificación según la acentuación presentada, aunque como decimos su acentuación fija es 6ª y 10ª, existen por lo general acentos de apoyo en la primera, segunda y tercera sílaba, a estos se les denomina, enfáticos (1ª), heroicos (2ª) y melódicos (3ª), el endecasílabo castellano anterior a la reforma de Garcilaso y Boscán, no tenía una forma fija de acentuación; así mismo el llamado decasílabo de gaita gallega utilizado especialmente en las cantigas de meestria, estaba compuesto de dos hemistiquios de cinco y seis sílabas con acentuación en 1ª, 4ª, 7ª y 10ª sílabas, su terminación era aguda y no necesariamente se respetaban estas características, pues las composiciones eran acompañadas con música y en el canto se hacía caer el acento, lo más parecido que tenemos dentro de esa ejecución es el poema de Rubén Darío dedicado a don Ramón del Valle Inclán, con los hemistiquios en seis y cinco y sobre todo, con un extrañísimo acento en la quinta sílaba, solamente recuperado por don Rubén Bonifaz Nuño en su libro Los demonios y los días; el verso sáfico-adónico si tiene una puntual acentuación conservada hasta el día de hoy, con acentuación 1ª, 4ª, 8ª y 10ª, el primer acento es variable, pero se consigna la importancia de respetarlo para producir el adónico final con acentos en 1ª y 4ª y que finalmente será el primer hemistiquio del sáfico, don Andrés Bello propone una serie de reglas necesarias para conseguir la estrofa sáfico-adónica: 1- acento obligado en las sílabas 4ª, 8ª y 10ª; 2- acento armónico sobre la primera sílaba; 3- sílabas 2, 3, 6, 7 y 9 breves; 4- terminación llana del primer hemistiquio; 5- evitar la sinalefa en la cesura.

Hoy hace un año, Junio, que nos viste,
desconocidos, juntos, un instante.
Llévame a ese momento de diamante
que tú en un año has vuelto perla triste.

Carlos Pellicer

 

Un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:

Octavio Paz

 

Este queixume / te venh’or dizer: (1, 4, 7 y 10)
que me nom queiras / meu sonho tolher (1, 4, 7, y 10)
pola fremosa / do bom parecer (1, 4, 7 y 10)
que de matar home / sempr’ha sabor. (1,4, 7 y 10)
Pois m’ela nunca / quiso fazer bem, (1,4, 6 y 10)
que me queres, Amor?

Fernando Esquio

 

Del país del sueño, tinieblas, brillos, (1,5,8,10)
donde crecen plantas, flores extrañas,
entre los escombros de los castillos,
junto a las laderas de las montañas;
donde los pastores en sus cabañas
rezan, cuando al fuego dormita el can,
y donde las sombras antiguas van
por cuevas de lobos y raposas,
ha traído cosas muy misteriosas
don Ramón María del Valle-Inclán.

Rubén Darío

 

Madre divina del alado niño!,
oye mis ruegos, que jamás oíste
otra tan triste, lastimosa pena
como la mía.

Baje tu carro desde el alto Olimpo,
entre las nubes del sereno cielo,
rápido vuelo traiga tu querida,
blanca paloma.

No te detenga con amantes brazos
Marte, que deja su rigor al verte;
ni el que por suerte se llamó tu esposo
sin merecerlo;

José Cadalso

 

Dulce vecino de la verde selva,
huésped eterno del abril florido,
vital aliento de la madre Venus,
céfiro blando

Esteban Manuel Villegas

 

Dulce vecina de la verde selva,
huésped eterna del abril florido,
grande enemiga de la zarzamora,
Violeta Parra

Nicanor Parra

 

El dodecasílabo está prácticamente en desuso, la última vez que se utilizó fue durante el modernismo, se clasifica en dos formas, la simétrica que consiste en dos hemistiquios de seis sílabas cada uno y la asimétrica de dos hemistiquios desiguales de cinco y siete sílabas o bien de siete y cinco sílabas como en la seguidilla.

 

El metro de doce

El metro de doce son cuatro donceles,
donceles latinos de rítmica tropa,
son cuatro hijosdalgo con cuatro corceles;
el metro de doce galopa, galopa…

Eximia cuadriga de casco sonoro
que arranca al guijarro sus chispas de oro,
caballos que en crines de seda se arropan
o al viento las tienden como pabellones,
pegasos fantasmas, los cuatro bridones
galopan, galopan, galopan, galopan…

¡Oh metro potente, doncel soberano
que montas nervioso bridón castellano
cubierto de espumas perladas y blancas,
apura la fiebre del viento en la copa
y luego galopa, galopa, galopa,
llevando el Ensueño prendido a tus ancas!

El metro de doce son cuatro garzones,
garzones latinos de rítmica tropa,
son cuatro hijosdalgo con cuatro bridones,
el metro de doce galopa, galopa…

Amado Nervo

 

Metro mágico y rico que al alma expresas
llameantes alegrías, penas arcanas,
desde en los suaves labios de las princesas
hasta en las bocas rojas de las gitanas.

Las almas armoniosas buscan tu encanto,
sonora rosa métrica que ardes y brillas,
y España ve en tu ritmo, siente en tu canto
sus hembras, sus claveles, sus manzanillas.

Rubén Darío

 

El tridecasílabo, no se practica en la versificación castellana por su incompatibilidad de hemistiquios, sin embargo hay algunos ejemplos:

En el jardín hay un olor de primavera,
himnos de zumbos en el viejo colmenar.
Ven a fundirte en las plegarias del paisaje
y en los milagros de la fe crepuscular.

Enrique González Martínez

 

El alejandrino castellano es uno de los tres grandes versos cultos del español, con él nace el mester de clerecía, la forma culta por excelencia de la poesía medieval, no es originalmente español, aparece en Gonzalo de Berceo hacia 1240 cuando traduce del alejandrino francés de doce sílabas el famoso cantar de gesta Roman d’Alexandre, al trasladar el poema al español se logra ajustar la forma de catorce sílabas en lo que se llamó cuaderna vía, que consiste en una estrofa de cuatro versos tetradecasílabos y monorrimos y con una cesura en hemistiquios de siete y siete con acentuación obligada en seis y trece sílabas, su dificultad primordial reside en su poca observación de la sinalefa en el periodo medieval. Después de un auge importante en la Edad Media, se pierde en el tiempo hasta que es recuperado por los modernistas constituyéndose en el metro por excelencia para conseguir el verso libre.

Mester trago fermoso, non es de juglaría
mester es sen pecado, ca es de clerecía
andar curso rimado, por la cuaderna vía
a silabas cuntadas, que es gran meestría.

Gonzalo de Berceo

 

La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

Rubén Darío

 

Yo soy un punto muerto en medio de la hora,
equidistante al grito náufrago de una estrella.
Un parque de manubrio se engarrota en la sombra,
y la luna sin cuerda
me oprime en las vidrieras.
Margaritas de oro
deshojadas al viento.
La ciudad insurrecta de anuncios luminosos
flota en los almanaques,
y allá de tarde en tarde,
por la calle planchada se desangra un eléctrico.
El insomnio, lo mismo que una enredadera,
se abraza a los andamios sinoples del telégrafo,
y mientras que los ruidos descerrajan las puertas,
la noche ha enflaquecido lamiendo su recuerdo.
El silencio amarillo suena sobre mis ojos.
¡Prismal, diáfana mía, para sentirlo todo!
Yo departí sus manos,
pero en aquella hora
gris de las estaciones,
las palabras mojadas se me echaron al cuello,
y una locomotora
sedienta de kilómetros la arrancó de mis brazos.
Hoy suenan sus palabras más heladas que nunca.
¡Y la locura de Edison a manos de la lluvia!
El cielo es un obstáculo para el hotel inverso
refractado en las lunas sombrías de los espejos;
los violines se suben como la champaña,
y mientras las ojeras sondean la madrugada,
el invierno huesoso tirita en los percheros.
Mis nervios se derraman.
La estrella del recuerdo
naufragada en el agua
del silencio.
Tú y yo
coincidimos
en la noche terrible,
meditación temática
deshojada en jardines.
Locomotoras, gritos,
arsenales, telégrafos.
El amor y la vida
son hoy sindicalistas,
y todo se dilata en círculos concéntricos.

Manuel Maples Arce

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como el odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

César Vallejo

 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.»

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Pablo Neruda

 

Los versos pentadecasílabos, hexadecasílabos y siguientes, serán ya combinaciones de hemistiquios de arte menor y que se corresponderán acentualmente con los usos de esos hemistiquios, de esta manera un verso puede alcanzar una medida superior a las veinte sílabas.

Soñe en un verso vibrante y prócer, almo y sonoro,
diáfano y vasto como los mares que agita el viento
y en cuyas calmas, si duerme dócil, el firmamento
refleja estrellas, lívidas lunas, soles de oro.

Enrique González Martínez

 

I
Es un monstruo que me turba. Ojo glauco y enemigo
como el vidrio de una rada con hondura que, por poca,
amenaza los bajeles con las uñas de la roca.
La nariz resulta grácil y aseméjase a un gran higo.

La guedeja blonda y cruda y sujeta, como el trigo
en el haz. Fresca y brillante y rojísima la boca,
en su trazo enorme y burdo y en su risa eterna y loca.
Una barba con hoyuelo como un vientre con ombligo.

Tetas vastas como frutos del más pródigo papayo,
pero enérgicas y altivas en su mole y en su peso,
aunque inquietas como gozques escondidos en el sayo.

En la mano, linda en forma, vello rubio y ralo y tieso
cuyos ápices fulguran como chispas, en el rayo
matinal que les aplica fuego móvil con un beso.

 

II
¡Cuáles piernas! Dos columnas de capricho, bien labradas,
que de púas amarillas resplandecen espinosas,
en un pórfido que finge la vergüenza de las rosas,
por estar desnudo a trechos ante lúbricas miradas.

Albos pies, que con eximias apariencias azuladas
tienen corte fino y puro. ¡Merecieran dignas cosas!
¡En la Hélade soberbia las envidias de las diosas,
o a los templos de Afrodita engreír mesas y gradas!

¡Qué primores! Me seducen; y al encéfalo prendidos,
me los llevo en una imagen, con la luz que los proyecta
y el designio de guardarlos de accidentes y de olvidos.

Y con métrica hipertrofia, no al azar del gusto electa,
marco y fijo en un apunte la impresión de mis sentidos,
a presencia de la torre mujeril que los afecta.

Salvador Díaz Mirón