Poesía cubana: Yenys Laura Prieto



Leemos poesía cubana. Se trata de poemas de Yenys Laura Prieto (Sancti Spíritus, 1989). En 2018 obtuvo el Premio David de poesía, convocado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, con el volumen Secuencia de baile popular (Ediciones Unión 2019). Es poeta y periodista cubana. El cuaderno La ciencia de la conservación (Letras Cubanas, 2019) recibió el Premio de Poesía Pinos Nuevos. Publicó recientemente el cuaderno La Gran Fuga, en el ámbito de la Colección Sur Editores. Ganó en 2018 el Premio de Periodismo Cultural Rubén Martínez Villena que otorga la Asociación Hermanos Saíz. Sus textos aparecen en antologías de Cuba, Brasil, Colombia, Chile, Argentina y México. Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Trabaja como periodista en la televisión cubana y en la revista El Caimán Barbudo. Actualmente cursa la maestría en Procesos Culturales de la Universidad de las Artes.

 

 

 

 

 

Cuerpos de Lewy

 

¿A quién llamar desde el camino

tan alto y tan desierto?

Fui un desaparecido, el más ausente,

un juntador de formas.

Jacobo Fijman

 

 

 

Cuerpo de símbolos

 

Adentro del exacto círculo guardo una proporción que ha sido nombrada con terror. Demoran la magnitud de mis páramos para decir que todo ha sido despojado antes de su sentido. Le hablo al mundo a través del tedio y el espanto. Me abandonaron en la noche de las conjeturas con un susurro y un disparo, para que no me escapara del celaje. Un susurro que ha dejado de servirme de intérprete. Un disparo que me coloca el traje deshabitado de las sensaciones. La razón es un árbol que carcome y entumece las verdades más bellas. Nadie puede erguirse sin ser la presa de su tronco providencial. La boca es un taller de símbolos que encierran naturalezas. Naturaleza de lo innombrable, naturaleza corrosiva, esfuerzo por restaurar un código en medio del bosque numeral. No hay fuego en mi mente, que no haya sido ahogado en su superficie. Veo tus ojos. Miro el cristal que nos aparta, la mano ajustada contra el tiempo de permanecer entre estas cuatro paredes que son tu casa, tu miedo, tus estructuras mentales. Yunque y piedra, mi cabeza sobre la tuya. Yunque para que el cuerpo ajuste su destierro. Piedra que vino a buscar las manchas de mi gnosis. El lenguaje ha estallado primero en la noche de los signos. Y yo tengo una mano que tiembla, un labio que tiembla, con la sinfonía de una imagen alejándose de su enunciación.  

 

 

 

 

Los viajantes

 

Penetras en la sombra como quien rompe un tallo de sueño. No es el sueño sino la vigilia quien te ha puesto a rodar en una habitación interrogante. Desconoces el origen de la escasa lumbre, tu olor a cáñamo destinado a la siega; cuerpo hilado con memorias y restos de árbol que se repudian y se escinden. El amor es oblicuo al tiempo. Al igual que tu mente, su serenidad, un vaso de agua donde se miran envejecer. Adentro, cuerpos creciendo en el tejido. Necesidad de la fe, de su explicación. Un dios que corta y cose bajo sospecha un mundo que la razón no alcanza. Cuerpos al borde de tu cuerpo, hasta partir la claridad más mustia. En la pendiente del lenguaje, cuerpos de Lewy, cuerpos de palabras que huyen de la palabra desde un cielo demencial y prosaico donde has venido a olvidar la angustia que filtra, la belleza más parca, la jactancia adiposa, el orgullo que viaja sobre retratos, los deseos vanos de la parálisis y la devastación serena. Si pudieras gritar dentro de tu cabeza, escucharías que taladras más allá de donde nadie ve. Para ellos eres quien se aleja en la niebla, con la imposibilidad de abarcar la suficiencia de su intelecto. Un intelecto plantado para el mundo exterior, pero no para el centro mismo del misterio de un paisaje en llamas.

 

 

 

 

Vida interior

 

No digo que existen formas adversas entre estas paredes. Como no digo que exista la voluntad de acogerme a la sustancia del encierro. Hay espasmo en las siluetas que trazo recostado en la silla. La ventana es un ojo al vacío. En ese ojo no puedo mirar. Si solo pudiera obstruirlo para siempre. Pero no duerme ni descansa. Mi ojo vigila mientras añado otros ojos que prosperan a través de mí, sin revelarme. Mi ojo ha observado más allá de las cosechas y la espontaneidad de los sentidos que la inteligencia vacía. Hurga en la inmensidad de lo ocioso y se abre ante un sol que surge en lo ajeno del mundo, como un alumbrador que pacta la fuga inútil de algo por definir, oscilando entre dos cielos contiguos y opuestos. Lloro sobre mi fuente de sueños que se alejan con prisa, a una velocidad que no me ablanda ni me seca en su nube, una conciencia de tejido a ras del suelo que voy a devorar como un intruso.

 

 

 

 

 

Disonancia de la razón

 

Con el cuerpo cubierto de insectos desciendo hacia el núcleo. El insecto de la lógica ha comenzado a desmerecerme, con su teoría sobre las causas finales. El sueño de la razón produce monstruos, un grabado de Goya es un capricho del hombre. Veo una copia. La cabeza es una copia. La cabeza es la historia. La cabeza lleva el cuerpo. Una cabeza en error puede desbaratar el cuerpo de una época, el cuerpo de un país, el cuerpo de una familia. Un monstruo es mi cabeza designando su lasitud bajo leyes elementales. El insecto del instinto cruje en mi cráneo. No es fácil sostener una cabeza rechinante enfrentada al fracaso de su intelecto que no puede penetrar el testimonio de la verdad. El insecto del cinismo ha llegado primero que mis propias teorías de la salvación. En este altar no yace un individuo sino la carnada de su hambre. La naturaleza vino a servirme el pan existencial. Yo soy la rueda que gira para que la siembra no intuya la devastación del hombre solo. El monstruo de la razón produce sueños, una imagen postrada entre rocas con su aspiración de distinguirse en medio de la niebla. He mordido las nomenclaturas, el paisaje político, el horizonte ético, el espectáculo biológico. Resignada, serviré la mesa para que mi cuerpo asuma el ruido de las procesiones y se deje consumir sin desprecio.

 

 

 

 

El cuerpo innumerable

 

En el centro de esta página hay un hombre que se consume. Uno que pensó en la ineptitud de las piedras que le corregían el tono central de su estallido. Ahora sabe que el delirio es más que una estación donde perpetuar la roca que señala el trueque sin tiempo. Sobre el acero de los trenes, una mano busca otra mano tan invisible como ella, tan dislocada y circunstancial que se anula antes de encontrar su forma. Solo le queda la cabeza anclada al hierro, a la memoria de una ciudad sobre hierro, a una familia de hierro, expuesta a un núcleo de fuego en sucesivas fundiciones; generaciones reunidas en su dureza. Cuerpos sobre la línea, sosteniendo otros cuerpos sin brillo. Celebración de la pérdida. Mente-pátina. Mente-martillo que endurece y enfría. Mente de uso comercial. Mente frágil. Bisagra poco tenaz limada por el tiempo. Una cabeza no es un pedestal si no sirve para prescindir.  

 

 

 

 

Tratado sobre la mudez

 

 Oculto con el movimiento de mi cuerpo la afonía de lo vivo. En esta retirada la memoria es un dolor fangoso, colecta de nocturnidades que se amalgaman al pie de una insignia arbitraria y esquiva. Ha caído la voz y con ella mi nombre se ha torcido frente al espejo íntimo del mundo. He poseído mi rostro como un barco atado al mástil, dividido en porciones de agua, improbable en su viaje. La única pregunta que importa es cómo acontecer para sí. Del tiempo he aprendido poco. Sólo a bordear su cauce esplendente y aciago. He ascendido en su párpado blanco sobre la conciencia del temblor. Ahora que la tierra no oculta su fracaso y me veo envejecer, debo ser flexible. Aprendo a hacer silencio para honrar lo perdido.

 

 

 

De la mudez guardo un bálsamo de esferas, una fragmento de emociones y de sueños que se adentran en las cuarteaduras de los compases olvidados. He cantado a los soles que atenúan el horror de las músicas precarias. Tú, vas prendido a la fina luminosidad de un entendimiento que se desdobla en sentidos inversos y mitades probables. La juventud es susurro de árbol que te serena, pero la vejez tiende raíces en el agua impedidas de anclar. Esperamos el desenlace de esta sangre destinada a la insuficiente memoria y la invención del miedo. La han velado con sigilo para que no prospere en nosotros el afán de merodear sobre rocas despobladas. Todo hombre es un desierto, un conjunto de memorias dispuestas para apuntalar. No hay desgaste más visible a la hora de la fuga, que el silencio.

 

 

 

 

Esta es tu casa

 

Esta es tu habitación a oscuras. Estas son tus manos. Existías en la imagen antes. Te revelaste primero en la voluntad de otros. Eras callado entre los conceptos. Nadie sabría la forma precisa de tu rostro pero uno te estaría esperando para diferenciarte de los otros, para nominalizar tu estancia. Has llegado y estas son tus manos. Tienen un idéntico fin que otras manos. Pero en tu cabeza está la imagen. Nunca se igualará a otra imagen. Ese es tu poder. No importa que tu cuerpo se corte hasta la anulación. Otra imagen vendrá por ti. La lucidez es un campo sin labrar, al pie de los misiles. La razón hizo la norma, el precio justo, la balanza aturdida. Para volver a casa, es preciso no confundir banderas con sudarios. Levantas tu cuerpo donde antes hubo un bosque. La humanidad es un contén de árboles talados por el aprendizaje y la mudez. Revientas tus anillos para que nadie sepa el tiempo que estuviste esperando su desplome entre estas cuatro paredes.

 

 

 

 

Cuerpos de Lewy

 

Ellos han creado el bosque a su imagen. Ellos y yo somos lo mismo escogiendo bandos que ignoramos. Dónde está la verdadera lucidez, la mano que arrasa, el poder que incinera, la ansiedad que traza una época, una teoría, una ciencia de la ensambladura y la mortaja. Quién sale ileso de un mapa mental que fluctúa. En el corazón del hombre hay una angustia remota, un cuerpo ajeno al cuerpo, una demencia anterior que la sangre ignora pero la historia confirma. Cuerpos de Lewy. Desvío del surco. Delirio del surco. Hombres lúcidos, hombres locos. Cuerpos en ruinas, diseccionando el amor y la fe en parábolas de poblamiento. La única naturaleza posible es la que fluye. El saber no será suficiente. Hay que nacer adentro del dolor para penetrarlo. En cuerpos ingenuos atravesamos los años aguardando que estallen las frondosidades, el estertor de los círculos perfectos y lejanos. Cuerpos de Lewy, virtud del juntador de formas, árbol desprendido de su pactado eje. El dolor es frontal en toda historia. En la lucidez y la locura, entre parajes nombrados o ignotos, un hombre es siempre su dolor.