Poema para leer un viernes por la tarde: A un olmo seco, de Antonio Machado



En esta nueva entrega de la serie Poema para leer un viernes por la tarde, nuestro editor, el poeta Mario Bojórquez nos propone la lectura de Antonio Machado, se trata del poema “A un olmo seco”, incluido en Campos de Castilla (1912). La entrada viene acompañada por la nota crítica, y de la versión cantada por Joan Manuel Serrat en su disco Dedicado a Antonio Machado, Poeta (1969).

 

 

 

 

 

Antonio Machado, Antonio Cipriano José María Machado Ruiz, nació en Sevilla, España en 1875 y murió en Colliure, Francia en 1939. Su poesía es fundamental para comprender la transición entre las generaciones de 98 y de 27, para muchos es Machado el más joven de la primera o el mayor de la segunda. Con una vida atravesada por dos, tres rayos de inmensa alegría y plenitud, es en general triste y taciturna, sus amigos lo recuerdan como un hombre generoso y callado, así lo recuerda Rafael Alberti en su Imagen Primera de… (Losada, 1945): Subía yo una mañana por la calle del Cisne, cuando por la acera contraria vi que bajaba, lenta, una sombra de hombre que, aunque muy envejecida, identifiqué sin vacilar con la del retrato de Machado perdido en mi memoria. Bajaba lenta, como digo, con pasos de sonámbula, de alma enfundada en sí, ausente, fuera del mundo de la calle, en la mañana primaveral sonante a árboles con pájaros. “Es él, es él”, me dije. “Si no me atrevo ahora a saludarle, a conocerle, no lo haré ya jamás.” Y mientras cruzaba, sofocado, de acera a acera, me fui recitando varias veces los versos del retrato que Rubén Darío le dibujara tan admirablemente: Misterioso y silencioso / iba una y otra vez. Aquél era, aquella era: sombra misteriosa, silenciosa sombra de poeta que yo iba a osar detener un instante. —¿Don Antonio Machado? No olvidaré nunca los silencios que tardó en responderme, con dos “Sí, sí” espaciados, como si hubiera tenido que hacer un llamamiento a la memoria para acordarse de su nombre. —Rafael Alberti… Quería conocerle darle las gracias…. —¡Ah, ah! —repitió, todavía mal despierto, tomándome la mano—. No tiene usted que agradecerme nada… Y ausentándose nuevamente, perdida sombra entre las laberínticas galerías de sí mismo, “mal vestido y triste”, lo vi alejarse en la mañana de nuestro primer encuentro, calle del Cisne abajo. Con Juan de Mairena y Abel Martín nos legó Antonio Machado magníficas reflexiones sobre el arte poética y otras sutilezas y malignidades de alegre recordación. Su lectura siempre es motivo de exaltación y profundo sentido vital.

MB

 

 

 

 

CXV
A un olmo seco

 

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

 

Antonio Machado
Campos de Castilla, 1912