Cuento ecuatoriano actual: Valentina Poveda Córdova



Presentamos un cuento de Valentina Poveda Córdova. Nació en Quito, Ecuador el 23 de junio del 2000. A los 11 años publicó su primera novela “Soyfiero, un tiburón de otro mundo”. A los 18 años se mudó a Heidelberg, Alemania, donde actualmente estudia filología romana y germana. Escribe poesía, cuento, novela y teatro en español y en alemán. Su cuento “El color de la esperanza” fue publicado en el periódico alemán “Mannheimer Morgen”. A día de hoy está trabajando en su primera novela en alemán.

Esta colaboración fue seleccionada en la Convocatoria 2020.

 

Moscas

 

Por supuesto que no preguntó la primera vez, ¿quién pregunta en la primera vez?, algo así no se pregunta en la primera vez, en la segunda tampoco ni en la tercera. Después de haberse arrojado de lleno a los brazos de la confianza, la pregunta iba martilleándole en la cabeza cada vez con más fuerza. Daba pequeñas señales. Finalmente articuló:

–¿Por qué hay tantas moscas aquí?

***

Nunca se sentía satisfecho. Daba igual que hubiera comido hace dos horas, enseguida se sentía hambriento de nuevo. “Tú comes muy poco”, decía, mientras hacía desaparecer rebanada tras rebanada dentro de su boca. “Tal vez tú comes demasiado”.

Nada impedía que exigiera algo de comer. No era un pedido que se pudiera rechazar; era una orden, firme e implacable, que demandaba su inmediato cumplimiento. No sentía vergüenza alguna ni se preguntaba si quizá estaba abusando de la amabilidad del otro. El mundo estaba obligado a detenerse y nada podía continuar mientras que él no hubiera llenado su boca con puñados de papas fritas, cucharones de sopa, mastodónticos filetes o enormes pedazos de pastel. Con la crema blanca alrededor de sus labios, daba a veces las gracias, a veces simplemente seguía masticando ruidosamente. Había días en los que incluso se atrevía a preguntar “¿no tienes algo más?” y dejaba escapar un eructo que desde hace mucho tiempo ya no se esforzaba por disimular. El mundo debía detenerse en el instante en que el estómago le crujía, sin importar si desnuda, con piernas y ojos abiertos, la pregunta era siempre la misma.

Ni siquiera el sueño era respetado. Sin un asomo de consideración, despertaba al bulto que yacía a su lado con órdenes enérgicas y las palabras solo dejaban de manar de su enorme boca llenándola con comida. Yo volvía a dormir, buscando desesperadamente algo de tranquilidad, pero nuevamente lo despertaban y volvía a dormir, pero lo despertaban y volvía a dormir para luego…

***

Un hombre estaba sentado en los escalones frente a la iglesia. Había desparramado una gran cantidad de cosas sobre los mismos y bloqueaba así la entrada. Su barba blanca, despeinada, le llegaba al pecho y la camisa a cuadros que llevaba puesta había conocido mejores días. Su rostro sucio y curtido le daba la apariencia de una especie de viajero mítico. Junto a él estaba sentado un peluche enorme, un elefante gris e igual de sucio que su dueño. Sus orejas rosadas caían tristemente a ambos lados de su rostro. Su trompa era exageradamente larga.  

El hombre estaba completamente borracho y sus ojos nublados, pero su sonrisa amarillenta brillaba por el contraste. Lanzó un escupitajo. El líquido lechoso parecía un denso chorro de esperma. Me recorrió un escalofrío.

***

Las moscas se multiplicaban, como si cada una de ellas hubiera decidido de pronto formar una familia. Se abría el estante de arriba, salía una horda de moscas, el estante de abajo, un pequeño ejército de moscas. Incluso de la refrigeradora manaban moscas, como si el frío no tuviera en ellas efecto alguno. Lo más práctico era cerrar rápidamente la funda de la basura, para que dentro quedaran atrapadas la mayor cantidad de moscas posibles. Sacar la basura no ayudaba con las moscas.

La pregunta comenzó a aparecer cada vez más seguido y fue transformándose poco a poco en reclamo. Si es que no le gusta, entonces puede largarse y nunca regresar. A mí me gusta mi casa. ¿Por qué debería asquearme mi casa? No me vas a poner en contra de mi casa. Estoy agradecida de siquiera poder vivir en algún lugar. Estoy agradecida de tener algo que llevarme a la boca.

–Debes sacar la basura más seguido –decía contrariado y él mismo sacaba bolsas gigantescas que guardaban una única cáscara de plátano.

***

–¿Tienes algo de comer? –preguntó con su tono de voz característico. Asentí y me dirigí a la cocina. Abrí el estante de arriba, agachándome para evitar que las moscas me volaran directo a los ojos. Vacío. Abrí el estante de abajo, haciéndome inmediatamente a un lado para dejar que sus habitantes salieran. Vacío. Abrí el refrigerador usando la misma estrategia. Vacío. Tragué saliva.

Finalmente, mi mirada reparó en una repisa de madera sobre la que reposaba un par de rebanadas de pan víctimas de un enjambre de moscas. Las tomé y ahuyenté a todas las que pude con la mano, dirigiéndolas hacia la ventana. Regresé a la habitación con el plato en mis manos y en un abrir y cerrar de ojos el pan había desaparecido. Tenía migajas pegadas a la barbilla.

–¿Tú no tienes hambre? –preguntó, mientras se acomodaba en la cama y se volteaba hacia la pared para tomar una siesta.

***

–Pero, ¿por qué hay tantas moscas aquí? –preguntó por enésima vez y esa vez fue la gota que colmó el vaso. Estaba harta, harta, harta y fue por eso que abrí el armario con violencia, casi arrancando la puerta de sus goznes.

Por supuesto que estaba aterrorizado. ¿Podría ser que eso al fin lo ahuyentara de mi casa?

El muerto del armario, medio podrido y medio desnudo, su trompa ya no podía hacer daño a nadie más. El vivo a mi lado, completamente asustado y completamente desnudo, empapaba el suelo con su vómito.