Poesía mexicana: Estefanía Arista



Presentamos una selección poética de la autora mexicana Estefanía Arista (Tijuana, 1995). Estudió Escritura Creativa y Literatura. Fue becaria del programa Talentos Artísticos: Valores de Baja California otorgado por el ICBC desde el 2009 hasta el 2015. Participó en dos ocasiones en Festival Cultural Interfaz: en poesía (Culiacán 2018) y ensayo (Real del Monte 2018). Ha leído en diversos festivales y ferias del libro del país. Fue residente de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores en el curso 2019-2020. Obra suya se encuentra antologada en Novísimas. Reunión de poetas mexicanas (1989 – 1999).

Esta colaboración fue seleccionada en la Convocatoria 2020.

 

 

 

 

La vena abierta de Tijuana

Vivimos en el país con tres Californias,
arriba en el norte,
donde el aire sopla helado en invierno
y antes del otoño
los vientos de Santa Ana
(arrebatados a manera de adjetivo)
hierven la península entera.

El ronroneo de las sirenas
rebota luz azul y roja
en lo oxidado de los muros
que no defienden a nadie,
de las bardas que se extienden
abajo, al sur,
en la tierra arrebatada
(a manera de acción, tiempo atrás).

La saliva de los cactus
se escurre en el más yermo de los polvos
donde el entonces también es un hasta:
entonces la enfermedad,
hasta aquí el límite.

La frontera es una herida,
una línea en el desierto que,
al cabo de mil años,
quizá empecemos a llamar de otra forma.

 

 

 

El fin de la cuarentena

 

Cuando la cuarentena haya terminado de una vez
va a ser extraño darnos cuenta al fin
de que ya no conocemos la noche ni su silencio.
La luz azul del celular guía la caza,
desde el refrigerador hasta el mercado,
logramos escapar de los controles policiales
detrás de la mascarilla.

El llanto se pega a la boca como azúcar.
Algunos departamentos congelan la renta,
a pocos nos alcanza para una despensa
que dure dos semanas. Sacralizamos rutinas de yoga
y el picnic en casa.

La OMS prohíbe funerales,
declara insano velar a los muertos.
Qué antigüo parece ya el corte de cabello en la estética:
es el año de la adicción al sanitizante,
ahora los termómetros generan paranoia o risa
y el papel de baño es síntoma
de cómo ni los militares podrían ganar la guerra.

Cuando la cuarentena haya terminado de una vez
va a ser extraño imaginar un tiempo
de cines y conciertos sin cubrebocas,
imaginar hospitales donde no ardan ancianos
ni se los lleven los tanques.
No somos inmunes y todo lo que hicimos hasta ahora
parece inútil, como el aguijón de las abejas
en el verano que ningún niño visita la alberca.

 

Afuera en el desierto están probando vacunas:
la cura es un viaje con más ahogados que nadadores
y nosotros hablamos del peligro como si no fuéramos
quienes tratan de tocar la cara del otro,
soplar la mano como un diente de león en el campo,
qué daño podría hacer un dedo encima de labios ajenos.

Cuánto oro soñamos,
cuánto de esto se diagnosticará atípico, ajeno.

Esperamos luz verde
como si la muerte no fuera nuestro telón de fondo.

 

 

 

Todos los campos minados

 

I

Poco o nada sé de las mujeres
que no vuelven a casa
pero mis días
giran en torno a los cuerpos
que ya no están,
a las tetas que ya no amamantan.

 

Llenan mi casa y las noticias
con historias de amor.
Pero no es amor si empieza
con un tú te callas,
si termina con un cable de teléfono
asfixiándote la garganta.

 

II

Poco saben las mujeres de mi familia
que mi amor no existe hecho ovillo
pero tiene tantos dioses y demonios
que algunas lo llaman pecado.

 

Es justo– tiene que serlo –que las manos

duelan tanto
cuando nos entreguen el mundo.
Cómo puedo besar a otras mujeres
sin que el planeta
deje de darme el aire, el agua,
la brisa,
cómo puedo tocar a otras mujeres
si ya no respiro ni el aire, ni el agua,
ni la brisa,
si no fueron suficientes
las clases de defensa personal
o las llaves clavadas entre los nudillos.
No fue suficiente. No es amor
si se escribe feminicidio.

 

III

No sé cuándo será mi carne
la siguiente desaparecida, mi cara,
una foto de ausencia que llenaría
todas las cruces en las manifestaciones
del ocho de marzo.

Mi ropa perdida sería amuleto de la suerte
para la próxima chica
con el conductor de Uber
equivocado.

Y mis mujeres protestarían
sobre un campo minado

antes que sentir otras manos
que estrangulen su cuello.