The Best American Poetry 2020



The Best American Poetry 2020 es un campo abierto donde los poetas expresan diversas situaciones comunes de la humanidad, pero ajenas a una conversación cotidiana. Al leer esta antología nos convertimos en, como dice Troy Jollimore en su poema El jardín de las delicias, “…los espectadores, /indiferentes e imparciales observadores, /llevamos un pasaporte que nos permite /entrar y salir ilesos de estos lugares sobrenaturales,” y “al hallarnos ante su presencia nos sentimos vivos /solo en ese preciso momento.” Paisley Rekdal, editora invitada, opina que los textos seleccionados “son poemas que alternan entre claridad y misterio en el uso de metáforas. En ellos encuentro objetos y personajes claramente descritos, mientras que la relación entre estos objetos y las imágenes que inspiran me exige indagar en experiencias personales para verificar la semejanza. Los poemas me impresionan porque confían en que ágilmente complete la metáfora: piden que me involucre, no que pasivamente acepte sus ideas.” Las versiones en español están a cargo del poeta y traductor nicaragüense Alain Pallais.

 

 

 

 

Troy Jollimore

(1971)

 

El jardín de las delicias

 

Claro que el orden importa: el desayuno, luego el almuerzo,
después la cena, el plato principal y en seguida el postre;
el orgasmo, sí, pero antes los juegos previos;
la vejez, sí, pero la juventud primero:
La Divina Comedia de Dante se considera
una “comedia” solo si culmina
en el Paraíso, después hacernos
un grandioso recorrido por el Infierno y luego
el Purgatorio, tan metódico o
tan fácil como el A, B, C;
así que, cuando contemplamos El jardín
de las delicias de El Bosco, importa
si lo estudiamos, como leemos en inglés,
de izquierda a derecha, comenzando en el Paraíso,
donde culmina la obra maestra de Dante,
luego atravesamos ese desenfrenado jardín
que rebosa en la abundancia de placeres mundanos
en el camino hacia ese culminante, grotesco
y, suponemos que, irrevocable destino final,
el sombrío destino del que salimos, en Dante,
—nosotros, que somos, los lectores, los espectadores,
indiferentes e imparciales observadores,
llevamos un pasaporte que nos permite
entrar y salir ilesos de estos lugares sobrenaturales,
y no somos, de ninguna manera, los reclusos
a quienes les han otorgado, en contra de su voluntad
y sin que ellos pidieran la residencia permanente
(aunque el Virgilio de Dante hubiera estado en desacuerdo
y hubiera insistido en que sí, en efecto, la pidieron,
que en verdad la deseaban) — o si
lo estudiamos de una manera diferente
así, por ejemplo, que nos mostraran
estos tres estadios del ser suspendidos al mismo tiempo,
como si, en cualquier momento, pudiéramos resbalar
parcial o incluso completamente en cualquiera de ellos,
o, en todo caso, como si en cualquier momento
una intrusión elemental manara del infierno o del paraíso,
sin previo aviso, y entrara en nuestras vidas —
de modo que la historia no fuera un cuento de causalidad
(el pecado conduce al infierno, la luz a la oscuridad, el deleite
a la perdición) sino más bien una manera de percibir
la complejidad de nuestra existencia, cómo las cosas
que son opuestas, si no se atraen,
al menos coexisten, acontecen
en un mismo y único momento, los variados
elementos de la vida humana no se aniquilan entre sí
cuando entran en contacto, como debería esperarse,
en cambio, por la fuerza misma de sus diferencias, se enaltecen
y fortalecen uno al otro. ¿Qué, sin incluir el mal,
haría que la virtud brillara tanto? ¿Qué, sin mencionar
la pureza o la esperanza ingenua, seduciría
a la corrupción y la angustia a que emerjan,
se desnuden y se muestren tal como son?

Claro que el orden importa, sí; pero nuestras vidas
no son ordenadas. Y el arte, justo por lo que es,
puede percibirse como mera imitación indiferente,
sin embargo, también puede percibirse
como la vida o algo mejor que la vida misma.
Y esa podría ser la razón por la que
el sitio donde cuelga ese cuadro, nos atrae, una y otra vez,
pues al hallarnos ante su presencia nos sentimos vivos
solo en ese preciso momento.
Pero venimos de otro sitio y, una vez terminamos de
contemplar el cuadro nos marchamos.
Que sean delicias terrenales nos recuerda
que la Comedia de Dante también inicia,
no en el infierno, sino en la tierra: en ese afamado y oscuro bosque,
que no es un jardín de delicias, en absoluto, pero una especie
de jardín de todos modos, y que la llegada al Paraíso bien podría
darse la forma de esa excepcional escena final
de la película Solaris de Tarkovsky, que muestra
el regreso a la Tierra, a una Tierra real o
a una reconstruida, un jardín imaginado
o pintado, o simplemente el jardín donde naciste. Puede ser
ese frondoso globo terráqueo que se observa al cerrar
el tríptico. Es el mundo que nos pertenece
y el amor universal de Dante, que, aunque viaje
con las estrellas que siguen su camino a través de los cielos,
sigue siendo algo frondoso, algo carnal,
algo que viene del suelo, algo que exige
pasar el resto de su vida en esta superficie, sobre la faz
del globo terrestre, en este orbe local
y nada celestial, en este, nuestro mundo,
nuestro vecindario, si bien
ha de ser vivido.

 

Tomado de ZYZZYVA

 

 

 

 

The Garden of Earthly Delights

 

Because order matters: breakfast, then lunch,

then dinner, dessert following the main course;

the orgasm, yes, but the foreplay before;

old age, yes, but first youth:

Dante’s Divine Comedy only considered

a “comedy” in so far as it ends

in Paradise, having first given us

a grand tour of the Inferno and then

Purgatory, as methodical if not

quite so easy as A, B, C;

so that, when we look at Bosch’s Garden

of Earthly Delights, it matters whether

we read it, as reader of English will tend to,

from left to right, beginning in Paradise,

where Dante’s masterpiece ends,

then passing through that ebullient garden

bursting with the planet’s abundance of pleasures

on the way to that culminating, grotesque,

and, one assumes, irrevocable final

destination, the grim fate that we, in Dante,

climb out — we, that is, the readers,

the viewers, the detached, impartial observers,

carrying the passports that permit us safe passage

into and out of these unearthly zones,

and not, by any means, the internees,

those who have been granted, against their will

and without their asking (though Dante’s Virgil

would have disagreed, insisting that they did,

in effect, ask for this, that they did indeed will it)

permanent residence status — or whether,

in fact, we read it in some other way,

as, for example, presenting these

three states of being as being suspended

before us all at once, as if,

at any moment, we might slip partially

or even completely into any one of them,

or, for that matter, as if at any moment,

an elemental intrusion from hell or paradise

might erupt, without warning, into our lives—

so that the story is not a tale of causation

(sin leads to hell, light to darkness, delight

to damnation) but rather a manner of grasping

the complexity of our existence, how things

that are opposite, if they do not attract,

at the very least coexist, taking place

in one and the same moment, the disparate

constituents of human life that do not,

as one might have expected, when brought into contact,

annihilate one another, but instead,

by the very force of their contrast, heighten

and strengthen each other. What, other than evil,

could make virtue shine so bright? What, other than

purity and naïve hope, could entice

corruption and despair into bursting forth

to appear so nakedly as what they are?

 

Because order matters, yes; but our lives

are not orderly. And art, precisely

because it is, feels at times like a mere

detached imitation, yet can also feel

as if it were more like life than life

itself. Which is why, one assumes, we are drawn,

again and again, to the place where the picture

hangs, to stand in its presence, as if

it were only in those moments that we lived.

But we come from elsewhere, and we go elsewhere

when we are done with our looking. That they are

earthly delights, indeed, reminds us

that Dante’s Commedia, too, begins

not in hell but on earth: that famous dark wood,

not a garden of delights, not at all, but a kind

of garden nevertheless, and that

an arrival in Paradise might well take

the form, as in that remarkable final

shot of Tarkovsky’s Solaris, of

a return to Earth, a real Earth or

a reconstructed Earth, an imagined

or a painted garden, or simply

the garden where you were born. The leafy

globe, perhaps, that we see when the triptych

is closed. It is the earth that is ours,

and Dante’s cosmic love, though it moves

the stars that track their paths through their skies,

is a leafy thing, a fleshly thing,

a thing of the soil, a thing that demands

to be lived out on this surface, on the face

of this terrestrial sphere, this local

unheavenly orb, this, our planet,

our neighborhood, if, that is

to say, it is to be lived at all.

 

From ZYZZYVA

 

 

Ilya Kaminsky

(1977) 

 

 

En tiempos de paz

 

He morado en la tierra por más de cuarenta años
y una vez me encontré en un país en paz. Observo a los vecinos abrir

sus teléfonos para ver
cómo un policía le exige a un hombre su licencia, y cuando este busca su billetera, el policía
dispara, por la ventana del auto, dispara.

Es un país en paz.

Guardamos el teléfono en el bolsillo y nos vamos
al dentista,
a comprar champú,
a recoger a los niños de la escuela,
a comprar albahaca.

Nuestro país es aquel donde un niño herido por la policía yace por horas
en la acera.

En su boca abierta apreciamos
la desnudez
de toda una nación.

Lo observamos, observamos
cómo otros lo observan.

El cuerpo del niño yace en la acera, así como lo haría el cuerpo de un niño.

Es un país en paz.

Y recorta los cuerpos de sus ciudadanos
con tanta facilidad, como la primera dama corta las uñas de sus pies.

Aun así, todos
debemos realizar el arduo trabajo de cumplir con las citas del dentista,
de acordarnos hacer
una ensalada veraniega: albahaca, tomates, es un júbilo, tomates, agregamos una pizca de sal.

Estos son tiempos de paz.

No escucho disparos,
pero veo cómo las aves caen y revientan en el patios de los suburbios. Qué radiante está el cielo
mientras la avenida gira sobre su eje.
Qué radiante está el cielo (perdóname) qué radiante.

 

Tomado de The New Yorker

 

 

 

 

 

In a Time of Peace

 

Inhabitant of earth for forty something years

I once found myself in a peaceful country. I watch neighbors open

 

their phones to watch

a cop demanding a man’s driver’s license. When a man reaches for his wallet, the cop

shoots. Into the car window. Shoots.

 

It is a peaceful country.

 

We pocket our phones and go.

To the dentist,

to buy shampoo,

pick up the children from school,

get basil.

 

Ours is a country in which a boy shot by police lies on the pavement

for hours.

 

We see in his open mouth

the nakedness

of the whole nation.

 

We watch. Watch

others watch.

 

The body of a boy lies on the pavement exactly like the body of a boy.

 

It is a peaceful country.

 

And it clips our citizens’ bodies

effortlessly, the way the President’s wife trims her toenails.

 

All of us

still have to do the hard work of dentist appointments,

of remembering to make

a summer salad: basil, tomatoes, it is a joy, tomatoes, add a little salt.

 

This is a time of peace.

 

I do not hear gunshots,

but watch birds splash over the backyards of the suburbs. How bright is the sky

as the avenue spins on its axis.

How bright is the sky (forgive me) how bright.

 

From The New Yorker

 

 

 

Kaveh Bassiri

 

 

La creación del yo

 

1.

En farsi, me dieron un nombre, sin haber sido un héroe.
En inglés, me convertí en un hombre blanco.

En farsi, hace más de 2,500 años, se encontró un nuevo dios.
En inglés, todavía existe un solo Dios. Nadie ha descubierto otro.

En farsi, si le quitas lana a un verbo, haces historia.
En inglés, para construir un pasado perfecto, no es suficiente existir, debes poseer bienes.

En farsi, el presente no es tan simple.
En inglés, el pasado simple no es tan simple.

En farsi, puedes adivinar quién está detrás del suceso.
En inglés, debes atraparlos en el acto.

En farsi, un enemigo es el vicio que acaba conmigo.
En inglés, un enemigo es un amigo que no soy yo.

 

 

 

2.

En inglés, me enseñaron que el autor está muerto. Fui liberado.
En persa, conocí el fanaa: destruir lo que eres para entregárselo servido a Dios.

En inglés, lo que posees no te acompaña hasta el presente.
En persa, mi pasado es imperfecto.

En inglés, capturamos con un ejército de sustantivos.
En persa, custodiamos con un velo de adjetivos.

En inglés, “me celebro”.
En persa, “Los hijos de Adán son los miembros de un cuerpo.”

En inglés, estamos orgullosos y defendemos nuestras obras.
En persa, todo se interpone en el camino de nuestras acciones.

En inglés, escucho al pájaro cucú preguntar “¿Quién?” “¿Quién eres?”
En persa, escucho al búho preguntar “¿Dónde?” “¿Dónde está Él?”

 

Tomado de Copper Nickel

 

 

 

 

Invention of I

 

1.

 

In Farsi, I was given the name, but I wasn’t a hero.

In English, I became a white man.

 

In Farsi, over 2,500 years ago, a new god was found.

In English, there is still only the one God. No one found another.

 

In Farsi, if you take bread from a verb, you make history.

In English, for a perfect past, it isn’t enough to exist, you must have things.

 

In Farsi, the present isn’t so simple.

In English, the simple past isn’t so simple.

 

In Farsi, you can assume who’s behind what happened.

In English, you need to catch them in the act.

 

In Farsi, enemy is the vice that ends with me.

In English, enemy is a friend that isn’t me.

 

 

 

2.

 

In English, I was taught the author is dead. I was free.

In Persian, I learned fanaa: to kill the self and serve it to God.

 

In English, what you have doesn’t follow you into the present.

In Persian, my past is imperfect.

 

In English, we capture with an army of nouns.

In Persian, we guard them with the veil of adjectives.

 

In English, “I celebrate myself.”

In Persian, “Children of Adam are members of one body.”

 

In English, we are proud and stand by what we do.

In Persian, everything gets in the way of our deeds.

 

In English, I hear the cuckoo asking “Who?” “Who are you?”

In Persian, I hear the owl asking “Where?” “Where is He?”

 

From Copper Nickel

 

 

 

 

Hazem Fahmy

 

 

Cuando el diablo pide mi nombre

 

Por un camino de tierra en una peregrinación hacia
Jerusalén, el Diablo
muestra la blancura
de sus dientes, me brinda una

gran sonrisa, pregunta si me gustaría
vivir entre delicias. Le explico
que vivo de acuerdo a la sal de

mi océano, y que es suficiente.
Decepcionado, pregunta
mi nombre. Le digo que un nombre

es un pronombre personal, entonces
me pregunta si soy decente.
Me criaron para serlo, pero este

lugar al que voy no lo es,
muy bullicioso en su
júbilo. Me pregunta su nombre,

un nombre es un título,
una secuencia, un linaje de
ceniza que revive el fuego, llámalo

una herencia de santo
escandaloso. Me pide el nombre de mi madre
le digo que es el barco

de un país en llamas.
Me pide el nombre de mi país
le digo que es la canción

que escucho cuando todos paran
de cantar. Me pide el nombre de
una canción, le digo que ese nombre es

la sucia política, la economía fallida,
es la forma como se maneja
un gobierno militar, como

se lleva. Un nombre es una fecha
es 1919,
1952,
es el 2011,
el 2013,

es otros años que no
recuerdo, y otros
que no deseo recordar.

Un nombre es un nombre
es un nómada, sin patria, pues
un nombre es esa patria, es también

un corresponsal, es el extranjero
exiliado que lleva un yelmo
y muchas historias que contar. Un

nombre que no dice nada que tú
ya no sepas. El
Diablo muestra la blancura de sus dientes,

me hace preguntas sobre su nombre. Le digo
que el significado de su nombre no tiene
ninguna importancia, pero ofrece mucho

contenido para escribir. Es
el mapa de Mercator y el
Proyecto Manhattan, es también

la montaña donde se ahogó Yam
aferrado a la tierra que se inundaba.
Le muestro mis dientes al Diablo,

y me ofrece una sonrisa fría y larga.
El sol brilla sobre su piel agrietada
mientras sigo mi camino.

 

Tomado de The Asian American Literary Review

 

 

 

 

In Which the Devil Asks Me for My Name

 

Marching on a dirt road to

Jerusalem, the Devil

bares his white

teeth, smiles widely

 

for me, asks if I would like

to live deliciously. I

say I live by the salt of

 

my sea, and that is enough.

Dissatisfied, he asks me

for my name. I say a name

 

is a proper pronoun, so

he asks if I am proper.

I was raised to be, but this

 

place I am heading is not,

rather rambunctious in its

joy. He asks me for its name,

 

a name is a title, is

a sequence, a lineage of

ash turned back to fire, call it

 

a heritage of boisterous

brick. He asks my mother’s name

and I say it is a boat

 

out of a burning country.

He asks of my country’s name

and I say it is the song

 

I hear when everyone stops

singing. He asks me to name

a song, I say a name is

 

dirt politics, failed econ,

the way a military

government is run, also

 

walked. A name is a date,

is 1919,

is 1952,

is 2011,

is 2013,

 

is other years I do not

remember, is other years

I don’t want to remember.

 

A name is a name is a

nomad, without country, but

a name is country, also

 

correspondent, is displaced

foreigner with a helmet

and a whole lot to say. A

 

name is saying nothing you

do not know already. The

Devil bears his white teeth, asks

 

me about his name. I say

it is a name, which means it

is nothing to note, and yet

 

everything to write. It is

the Mercator map and the

Manhattan Project, also

 

the mountain on which Yam drowned

gripping the flooding earth. I

bare my teeth for the Devil,

 

and he smiles cold and long.

The sun shines on his cracked skin as

I keep walking.

 

From The Asian American Literary Review

 

 

 

 

Viavee Francis

 

 

La costa

En un insignificante hotel en el este de Texas, quedé
encantado con una pareja. Allí, en la penumbra

de un pasillo con la alfombra bastante limpia en apariencia
pues tenía un estampado oscuro que ocultaba las manchas,

su espalda arqueada contra la pared, sus brazos alzados abrazándole
el cuello, mientras él se encorvaba para besarla y apretar

su cuerpo contra el de ella. Sus cuerpos eran dos fluidos, dos ondas
moviéndose al unísono, sin colisionar —

Mis amigos, a quienes detuve al otro extremo del pasillo,
estaban asombrados. ¿No es acaso la pasión de los otros

la que nos provoca envidia? No lograron verme. Estuve poco tiempo
y en silencio. No era su esposa, sin embargo,

era evidente que él la amaba. Sus manos eran tiernas, sin prisa,
pausadas, nada furtivas
al apretar.

He sido testigo de tanta pasión más de una vez,
más que la mayoría. En una calle cualquiera de Manhattan

en un insignificante restaurante cuyos clientes — tan jóvenes como infantiles
para saber apreciar la discreción o la tranquilidad — hablaban en voz alta

y caían borrachos sobre las mesas. Observé a mi acompañante
a través de unas enormes ventanas. La calle iluminada por luces aleatorias.

La acercó a su cuerpo. Ella no era mi amiga.
Me siguió para seguirlo. Encontró su rostro

y lo acercó al de ella. Se besaron de tal forma
que evidenciaba la cantidad de veces que lo habían hecho antes y

quizás hacía ya tanto tiempo. El beso fue largo
y abismal mientras comía mi lomo au poivre poco cocido y bajo en salsa

y esperaba a que terminaran, a que él volviera
a la mesa después de salir corriendo “para atender una llamada.”

No se dieron cuenta que los observaba. Ni alzaron la mirada.
La levanto en brazos como si todo su cuerpo anhelara

un desenlace específico. Él bien pudo haberse sumergido en su cabello
para llorar pues era tan parecido al de su madre ¿Dónde cabe

la vergüenza en eso? Ella no era su esposa. Ni yo soy su jueza.
Yo solo estaba en la costa, era una simple testigo del acontecer marino:

peligroso, con mareas, imprudente e incesante.

 

Tomado de Virginia Quarterly Review

 

 

 

The Shore

 

In a nondescript hotel in East Texas, I fell

in love with a couple. There in the dim

 

hallway with rugs that were clean enough

but darkly patterned to hide the stains so who knows,

 

her back was against the wall, her arms up and around

his neck. He was bent down to kiss her, to press

 

his body into hers. Their bodies were fluid, two waves

not crashing but moving through each other –

 

I watched my friends from the other end of the hallway,

surprised, I had halted. Doesn’t another’s passion

 

make us want the same? They never saw me. I didn’t stay long

and stayed silent. She was not his wife, but his

 

love was palpable. His hands were tender not quick.

Slow not furtive           That press.

 

I have been a witness to such passion more than once,

more than most. On a common street in Manhattan,

 

in a nondescript restaurant whose patrons — too young, too

childish to value discretion or quiet — spoke in loud voices

 

and fell drunkenly over the tables, I saw my dinner partner

through the oversized windows. The street lit by random lights.

 

He drew her up into his body. She was no friend of mine.

She followed me to follow him. She found him

 

and drew his face down to hers. They kissed in a way

that said they had kissed many times before and

 

perhaps it had been a long time. The kiss was long

and deep and I ate my steak au poivre bloody under sauce

 

and waited for them to finish, for him to come back

to the table after rushing out “to take a call.”

 

They never saw me watching. Didn’t even look up.

He swept her up as if his entire body longed

 

for a certain kind of completion. Her hair so like his mother’s

he might have cried into it. Where is the shame

 

in that? She was not his wife. I am not his judge.

I was on the shore, only a witness to the oceanic:

 

dangerous, tidal, reckless, and always.

 

From Virginia Quarterly Review

 

 

 

Christine Gosnay

 

 

Sexo

 

Es difícil tomar esta decisión
en una habitación tan pequeña y luminosa,
y un exterior tan vasto y profundo.
Pues aun no aprendo
a tenderme sobre la tierra y percibir
cuánto más grande es que yo.
No puedo evitar contemplar el cielo
mientras pasa ante mis ojos,
no puedo evitar cerrarlos, imaginar
un bote que me lleva al centro
de un lago tan oscuro como esos huecos entre las nubes.
No recuerdo nada de eso que aprendí
sobre cómo quedarme aferrada
a los últimos bordes de la sensación
cuando no hace mucho sostuve
las pequeñas manos de una niña
y le enseñé a jugar a las palmas,
cuando me mantuve de pie ante la tormenta de agua hirviente
que me habría deshecho
si le hubiera entregado el error que buscaba.
Después de todo este tiempo, debemos continuar amando y comiendo,
pues ninguno de nosotros está solo.
Ahora ves por qué construyo estos lugares donde soy una roca.
En la cama, delicada sobre esa orilla
donde hago del oscuro edredón algo más bello
y de la sábana un espléndido dibujo descolorido,
no existe un sitio donde se envuelva esa parte mía
que conoce el apretón de manos de la alegría
que sostengo en mis brazos mientras llora.
La llave del lavamanos está abierta en la habitación de al lado
y sus paredes reciben los destellos del acontecer del mundo en esta noche.
A esta hora muchos de nosotros estamos expuestos
y sigo enferma con la fiebre de un resfrió
que no ha cesado desde que era esa niña
que adoraba dormir en el piso
tan cerca del silencioso suelo.
Inmóviles, el bote y esa agua oscura
que posee una profundidad íntima.
No se atreve a llevarme a ningún lado.
Hace que el viento aguarde entre los árboles.

 

Tomado de Poetry

 

 

 

Sex

 

It is hard to make this choice

when the room is so small and bright,

and the outside big and deep.

But I have not taught myself

to lie on the earth and feel

how much greater it is than me.

And I can’t help following the sky

with my eyes as it moves past me,

and I can’t help closing my eyes to imagine

the boat that carries me to the middle

of a lake as dark as the gaps between the clouds.

I forget everything I have learned

about how to hold myself

at the last edges of sensation

when not so long ago I held

the small hands of a child

and taught her to play a clapping game,

when I stood before a storm of scalding water

that would have killed me

if I gave it the mistake it looked for.

After all this time, we still must love and eat,

and none of us is alone.

See why I create these places where I am a stone.

In the bed, soft against the side

where I make the dark blanket more beautiful

and the sheet a pale and magnificent drawing,

there is nowhere to wrap the part of myself

that understands the handshake of joy

in my arms and hold her while she cries.

The sink is running in the next room

and the walls are flashed with what the world does at night.

Too much of us is evident in this hour

and I am sick with a cold fever

that hasn’t broken since I was a girl

who loved how good it was to sleep

on the floor, so near to the silent ground.

Still, the boat, and the dark water

that has its private depth.

It never tries to carry me anywhere.

It makes the wind wait in the trees.

 

From Poetry

 

 

 

 

Donika Kelly

 (1980)

 

 

Nunca supe cómo liberarme

La guerra cubría mis manos,
la sostenía mientras los observaba
morir en alta definición. Pude haber

visto morir a cualquiera, pero apartaba la vista.
Cada mañana me ponía la guerra sobre la espalda.
Y cuando sacaba a caminar a los perros

también ellos la llevaban puesta.
No importaba si el cielo estaba despejado o nublado
o si llovía o nevaba, rara vez me preocupaba

por lo que cayera. Me preocupaba más
lo que haría con mi coche o cuánto dinero
podría enviarle a mi tía abuela este mes

y el siguiente. Comía hamburguesa, comía
pizza, ensalada o sopa de lentejas,
y esto también era una lucha.

A veces era capaz olvidar que
estuve en el frente equivocado de la guerra,
mi dinero y mi tecleado y el sonido del sueño

por la noche. Nunca supe cómo
liberarme. Nunca supe cómo
evitar que la sangre de cualquiera

llenara mis delicadas manos.

Tomado de Poem-a-Day

 

 

 

 

I Never Figured How to Get Free

 

 

The war was all over my hands.

I held the war and I watched them

die in high-definition. I could watch

 

anyone die, but I looked away. Still,

I wore the war on my back. I put it

on every morning. I walked the dogs

 

and they too wore the war. The sky

overhead was clear or it was cloudy

or it rained or it snowed, and I was rarely

 

afraid of what would fall from it. I worried

about what to do with my car, or how

much I could send my great-aunt this month

 

and the next. I ate my hamburger, I ate

my pizza, I ate a salad or lentil soup,

and this too was the war.

 

At times I was able to forget that I

was on the wrong side of the war,

my money and my typing and sleeping

 

sound at night. I never learned how

to get free. I never learned how

not to have anyone’s blood

 

on my own soft hands.

 

From Poem-a-Day

 

 

Hieu Minh Nguyen

 

 

El abismo

 

Cada mes, mi familia llama desde Vietnam
para darnos cuenta de los fallecidos.

Escuchamos sus voces amplificadas en el altavoz
mientras mi madre se sienta en su cama

y lleva a cabo una variedad de tareas cotidianas:
cose, resuelve sopa de letras, remueve el esmalte de sus uñas.

Claro que necesito imaginarme algunas cosas:
un cadáver, la hierba seca de color amarillo mantequilla —

Si me esfuerzo lo suficiente, podría juntar
las historias en mi boca, escupirlas

como guijarros en el desagüe y luego observar
cómo el cabello emerge.

Cada mes, un nuevo cadáver es arrastrado
a la conversación:

una tía abuela, un perro, uno o dos de mis primos, pero hoy
se trata de la primera esposa de mi padre.

Cuatro días muerta en su baño
nos cuenta mi tío
— vivía sola, pues su marido
la había abandonado hace algunos años.

Enterrada en el patio trasero
en algún lugar de aquel pueblo al borde del camino

está la mujer que dejó en Vietnam
para venirse a Estados Unidos

prometió que volvería
por ella y sus dos hijos

pero en cambio se casó con mi madre.

— la encontraron muerta.

Cuatro días muerta, en el baño
que una vez mi padre construyó para ella.

Mi tío tuvo que ejecutar y sepultar
al perro en su patio trasero,

pues insistía en desenterrarla.

Ya sea que cualquier persona pueda ser olvidada
o que aquellos olvidados sean los únicos capaces de provocar

gratas apariciones que cubran
el abismo de los vivos y sobre el cual

hay un puente hecho de fantasmas, lleno de fantasmas
esperando que los convoquen por

el receptor

uno a uno a uno a cada muerto.
Puedo verlos a todos

congregándose

en el pixelado aire. Un parche de luz
interrumpido por el polvo. Sé que mi madre

algún día será un excelente fantasma,
pues los fantasmas la aman, la observan

todo el tiempo. Y ella lo sabe, pero prefiere sentarse ahí
indiferente, mordiendo la costura de un vestido blanco
hasta descoserla.

 

Publicado en The Massachusetts Review y en Poetry Daily

 

 

 

 

Chasm

 

 

Monthly, my family calls from Vietnam

to inform us about the dead.

 

Their voices amplified through the speakerphone

while my mother sits upright in her bed

 

& performs a variety of mundane tasks:

sewing, word finds, removing nail polish.

 

Of course I want to assume things:

dead body, dead butter-yellow lawn —

 

If I try hard enough, I can gather

each story, like marbles, into my mouth

 

spit them into the drain & watch

as hair climbs out.

 

Every month, a new body washes up

in conversation:

 

a great aunt, a dog, a cousin or two, but now

it’s my father’s first wife.

 

Four-days-dead in her bathroom

my uncle says

 

— she lived alone, abandoned

years earlier, by her husband.

 

Buried in a backyard

somewhere in that roadside village

 

the woman he left in Vietnam

to come to America

 

he promised he’d return

for her & their two sons

 

but instead married my mother.

 

— well, she was found dead.

 

Four-days-dead, in a bathroom

my father once built for her.

 

Buried in my uncle’s backyard.

Had to kill the dog too.

 

It kept trying to dig her out.

 

Either anyone can be forgotten

or only the forgotten can bring

 

forth a good haunting, spanning

the chasm of the living, above which

 

a bridge made of ghosts, full of ghosts

waiting to be summoned through

 

the receiver

 

one by one by one by dead one.

I can see them all

 

gathering

 

in the pixelated air. A patch of light

ruptured by dust. I know my mother

 

will make a great ghost one day.

They love her, the ghosts. They watch her

 

all the time. She knows this, but she just sits there

unbothered, biting the seam of a white dress

until it splits.

 

From The Massachusetts Review and Poetry Daily

 

 

 

 

Sharon Olds

 (1942)

 

 

Aria del jacinto

 

Cuando mi madre fue abatida por el repentino golpe
de un derrame cerebral, tumbada por la profusa hemorragia
inducida por la irrupción de un viejo tumor, volé
hasta ella y le canté por el resto
de su vida, por dos días, le canté.
A mis alumnos les dijeron dónde había estado
y sobre la mesa del aula encontré un jardín,
dentro de una pequeña caja de zapatos,
con una entramada cerca de madera,
había tallos de jacintos.
Esta mañana me incliné sobre su tazón de cristal
tallado de tal modo que parecía a punto de sangrar,
y allí, en el agua coagulada con piel de bulbo,
muy al fondo en los muslos de los retoños,
había una maliciosa mezcla de hinchazones, cortezas,
un verde y maternal granulado de jacintos a punto de inflamarse, crecer y abrirse,
y, por un instante, estuve por llorar a mi madre
— a esa niña que algún día fue
tan frágil como un insecto, con alas de papel,
con pequeñas faldas veteadas,
antes que se atreviera a apalear a alguien,
antes que empuñara el garrote que usó su propia madre
para a su vez usarlo contra mí, quien ahora lo empuño
como a mi estilo púrpura, a mi dorado bolígrafo.
Y así, por un instante, amé a mi madre
— quien fue la primera oportunidad, la última oportunidad,
que tuve para amar al ser humano.

 

Tomado de AGNI

 

 

 

Hyacinth Aria

 

When my mother was felled, by the sudden blow

of a stroke, decked by a deep bleed when the old

brain tumor broke through, and I flew

to her, and sang to her for the rest

of her life, for two days, sang her

out, they told my students where I had

been, and there on the seminar table

was a garden, in a small shoebox

crate, with a lattice wooden fence, in-

side it the spears of hyacinths.

This morning I leaned over her cut-glass bowl so

cut it looks about to draw blood,

and there in the water jellied with peeling

bulb-skin, down inside the thighs of the shoots, there was a

cunning jumble of bumps, rinds,

green mother grinds of hyacinths

soon to bulge, and rise, and open,

and, for a moment, I almost mourned

my mother — mourned her when she was a child,

a frail being like an insect, with papery

wings, with little, veined skirts,

before she had pummeled anyone,

before she had taken the cudgel from her own

mother to wield it in turn on me who would

take it in turn as my purple stylus,

my gold pen. And so, for a moment,

I loved my mother — she was my first chance,

my last chance, to love the human.

 

From AGNI

 

 

James Tate

(1943)

 

Plegaria

 
Mi perro llegó del bosque oliendo a zorrillo, así que
le di un buen baño en la tina de afuera y las cosas mejoraron.
Mientras caminábamos por la calle nos encontramos a otro perro,
uno enorme. Hubo gruñidos entre ambos, pero luego hicieron las paces.
Después de un largo paseo dimos la vuelta y volvimos a casa.
Robbie, mi perro, se fue a echar a su rincón y yo a trabajar en papeleos.
Todo estaba bien hasta que alguien llamó a la puerta. Era mi exesposa.
Me dijo que había venido por el perro y yo le expliqué que eso no estaba
en el convenio. Dijo que el perro era suyo porque ella lo había comprado.
Dije que Robbie me amaba. Dijo que un perro no sabe qué es el amor.
“Este es su hogar, su vecindario,” le dije.
“En un día se habrá adaptado a su nuevo hogar”, me dijo.
“Tú no le das verdadero afecto del todo,” le dije.
“Es solo un perro, por el amor de Dios”, exclamó. “Es mi perro.
Viene cuando lo llamo, se sienta cuando se lo ordeno,
juega a traer lo que tiro, duerme cuando yo duermo.
Somos como un matrimonio,” le dije. “Y ahora él quiere divorciarse,” me dijo.
“No lo desea. Somos felices juntos,” le dije. “Bueno, él y yo
también seremos felices juntos,” me dijo. “Si te lo llevas
le romperías el corazón,” le dije. “No sabes lo que dices,” me dijo.
Llamé a Robbie, y no llegó. Lo llamé de nuevo.
“Y ahora ¿Dónde está tu perro?” Preguntó. “Lo encontraré,” le dije.
Fui a buscarlo al dormitorio, y allí no estaba. Lo busqué en el estudio,
y allí tampoco estaba. Entré al cuarto de invitados, no estaba allí.
Regresé a la sala. “No puedo encontrarlo,” le dije. “En algún lugar
tiene que estar,” me dijo. “¿No lo habrás dejado salir
cuando entraste?” Pregunté. “Claro que no,” me aseguró. “Bueno,
no puedo encontrarlo en la casa,” le dije. “¡Robbie!” Lo llamó, “¡Robbie!”
No estaba en ninguna parte. “¿Qué vamos a hacer?” Pregunté. “Orar,” respondió.
“¿Qué?” Pregunté. “Nada nos cuesta orar para que Robbie regrese,” me dijo.
“Está bien, si piensas que eso ayudará,” le dije. Cerramos los ojos
y nos tomamos de la mano. “Padre Celestial, por favor haz que nuestro Robbie
regrese sano y salvo,” rezó. Abrimos los ojos y allí, ante nosotros, estaba un camello.
“Oh, no, cometiste un error,” le dije. “Yo no. Fue Dios quien lo cometió,” aclaró.
“Ven aquí, Robbie,” le dije. Y el enorme animal se acercó
y frotó su hocico en mi hombro como Robbie acostumbraba hacerlo cuando
quería expresarme su afecto. “La mitad te pertenece,” le dije.

 

Tomado de Conduit

 

 

 

The Prayer

 

The dog came back from the woods smelling of skunk, so

I gave him a good wash in the tub outside and things were

better. We took a walk down the street and met another dog,

a big one. They snarled at one another and then made their

peace. After a good walk we turned around and went back

home. Robbie, the dog, went to sleep in his corner, and I

did some paperwork. I was going along just fine until there

was a knock on the door. I answered it and it was my ex-wife.

She said she had come for the dog and I said that wasn’t in

the agreement. She said she had bought the dog and it was

hers. I said Robbie loved me. She said a dog doesn’t know

what love is. “This is the dog’s home, his neighborhood,” I

said. “He’ll adapt to his new home in a day,” she said.

“You don’t give this dog real feelings about anything,” I

said. “He’s a dog, for Christ’s sake,” she said. “He’s my dog.

He comes when I call him, he sits when I tell him to, he

fetches, he sleeps when I sleep. We’re like married to each

other,” I said. “And now he wants to divorce you,” she said.

“He does not. We’re happy together,” I said. “Well, we’ll

be happy together, too,” she said. “It would break his heart

to leave me,” I said. “You don’t know what you’re talking

about,” She said. I called Robbie. He didn’t come. I called

him again. “Where’s your dog now?” she said. “I’ll get

him,” I said. I went and looked in the bedroom. He wasn’t

there. I looked in the study. He wasn’t there either. I

went in the guest bedroom. He wasn’t there. I came back into

the living room. “I can’t find him,” I said. “He’s got to be

someplace,” she said. “You didn’t let him out when you came

in, did you?” I said. “Definitely not,” she said. “Well, I

can’t find him in the house,” I said. “Robbie!” she called,

“Robbie!” He wasn’t anywhere. “What are we going to do?”

I said. “Let’s pray,” she said. “What?” I said. “Let’s

pray for Robbie to come back, it can’t hurt,” she said. “Okay,

if you think it might help,” I said. We closed our eyes and

held hands. “Heavenly Father, please bring our Robbie safely

back to us,” she said. We opened our eyes and there was a

camel standing there. “Oh, no, you’ve made a mistake,” I

said. “I didn’t make a mistake. God did,” she said. “Come

here, Robbie,” I said. And the huge animal stepped nearer

and rubbed his snout on my shoulder just like Robbie always

did when he wanted to express his affection for me. “He’s

half yours,” I said.