Jean-Michel Maulpoix: Escolios sobre el lirismo



Leemos los escolios sobre lirismo que el poeta y teórico francés Jean-Michel Maulpoix ha escrito en su volumen de ensayos Le poste perplexe, publicado por José Corti. Estos escolios preceden su elaboración teórica sobre el lirismo crítico. El Maulpoix poeta publicó un poemario ya clásico en la Francia actual: Une Histoire de bleu (Mercure de France, 1992).

 

 

 

 

 

 

Lirismo

 

¡Lirismo! No puedo agotar aquí esta palabra: como el corazón, golpea por dentro y aspira a salir.

Lirismo: cuando la lengua se mueve y quiere danzar, cuando la lengua para elevarse se pone bailarina, cuando la bailarina olvida su cuerpo a fuerza de girar, cuando le son devueltas momentáneamente las alas que tenía perdidas, sobre la punta de sus zapatillas blancas.

Lirismo: esta palabra refiere lo mejor y lo peor, tanto el vigor del poema como su derrota, tanto el vuelo como la caída, el entusiasmo o el énfasis, el aliento o el patetismo.

El lirismo recuerda que la poesía es un asunto de agujeros de aire. Y que depende de cada uno encontrar un asunto para todo eso que reclama para sí. Su aliento en lo irrespirable.

Lirismo… punto de fuga, el océano comprendiendo su anchura, alegría de morir así en sí, alegría de propagarse… abajo, las maravillosas nubes se llevan una provisión del cielo. Querríamos mezclar nuestros cuerpos con eso inacabable, nuestros dedos, nuestra cabellera y tantas otras deseables fragilidades…

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“Instinto del cielo”: locamente, el lirismo, en nosotros, se orienta hacia otra cosa. Llama, aspira. “Huir, huir allá”, parece repetir en vano. Y sin embargo, no le da la espalda a este mundo: vuelve aquello más próximo y más sensorial confrontándolo con lo que no lo es. Tal es el curioso saber del poema: al frecuentar lo imposible se le toma la medida a lo posible.

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Al lirismo le gusta elevarse. Tiende a lo celeste, reclama lo sublime. Es testimonio de almas que sellan y se retiran, tremantes por la fiebre, inconsolables y sedientas.

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No la efusión sino la tensión. No la expresión personal sino el dirigirse a otro. El descubrimiento en sí de eso que es común a los mortales.

El lirismo lo mismo se tensa hacia lo otro que por lo otro. ¿Qué cosa más intensa podemos compartir con nuestros semejantes que la ignorancia del por qué de nuestra existencia?

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Actualmente, hay marea baja. Ni cantos de sirenas ni tempestades sublimes. En una playa desolada no recogemos sino la salpicadura salada de las olas y ese magro botín de yerba flotantes, de conchas y vidrios que el profundo silencio de los mares, con parsimonia, nos concede.

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El lirismo es un terreno vago: espacio indefinido, sin límites, donde fallan todo tipo de objetos extraños: rasgaduras del mundo o del corazón sin valor establecido ni significación.

En ese lugar, se anda. El lirismo, en el hombre, es como el principio de una errancia.

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El lirismo de hoy es crítico. Nunca habían sido tan cruaciales, tan directos, tan al desnudo ni estado tan presentes tanto la forma como el cuestionamiento del poema.

Menos celebratoria, menos cantante, menos orante, menos crédula, menos harmoniosa, menos consoladora, menos encantadora y poética que nunca, la poesía planta cara a su tiempo. Más cuestionante e inconexa, más rápida, heterogénea y prosaica, aprendió a desechar sus pretensiones o sus esperanzas. Más desconcertada y más conciente a la vez, la poesía se hace crítica, primero de sí misma y luego de esa palabra que somos nosotros mismos. La poesía se lanza contra las ideas comunes y se esfuerza por ver la lengua con la finalidad de rearticularla.

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Modernidad es conciencia. Y conciencia ambigua: negación y nostalgia, prosa y lirismo. (Octavio Paz en El arco y la lira).