Poesía australiana: Clive James



Luis Castelví Laukamp ha publicado, con Pre-Textos, la antología Fin de fiesta (Últimos poemas) del poeta australiano Clive James (1939-2019). Además de poeta fue crítico de televisión en la BBC. Al final de su vida publicó los poemarios Sentenced to Life Injury Time. Su poema “Japanese Maple” (“Arce japonés”, que puede también leerse en Círculo de Poesía) se ha convertido en un clásico contemporáneo de la poesía inglesa. Su padre murió en un avión en 1945 cuando volvía a casa después de haber estado retenido en un campo de prisioneros de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Aquí leemos un poema en el que, en el tono de la elegía apostrofada, se plantea la conversación con el padre.

 

 

 

 

Mi padre ante mí

 

No hay sombra, es mediodía. Me arrodillo
de nuevo ante tu número y tu nombre.
Hace el calor de siempre. Y las mismas abejas
zumban inquietas como en mi última visita.

Desde el 45 aquí reposas.
Con la mitad de años de los que tengo ahora,
te expulsaron del mundo de los vivos,
te arrancaron del tiempo. Ojalá vieras cómo

desde que vine por primera vez
sigue igual la ladera. Nada ha ocurrido aquí.
Sacian la sed del césped inclinado y lo cortan.
Coronas funerarias se secan, reaparecen…

Dejemos los detalles. A cada lado, altas
olas de apartamentos en bloques se aproximan,
si bien aquí no rompen, pues lo impiden las leyes
que amparan el verdor del camposanto

en el que descansáis tú y otros tantos.
El tiempo se detiene. El futuro no avanza.
Por eso y nada más demos gracias a Dios.
Ya no me puedes ver. Tampoco puedes

oír mi voz, aunque prorrumpa en llanto
como en la despedida, antes de que zarparas.
Mi madre, tu mujer, también ha muerto
hace bien poco. Apenas puedo añadir gran cosa:

los larguísimos años de su duelo de viuda
por fin han concluido y ahora viste
las togas del olvido igual que tú.
Cuando los sueños cesan, tampoco hay pesadillas.

Lo sé: te enfadarías si dijera
que también busco paz. Mas no es cierto del todo.
Amainará la angustia cuando te dé por muerto
una vez más. De nuevo, al levantarme,

miro el cielo en lo alto, abajo el mar.
Espero seguir viéndolos mientas siga con vida,
igual que contemplaste mi retrato
el día en que volaste hacia tu muerte.

Vuelvo a la entrada. Enfrente, la colina,
tu lápida otra vez oculta entre las otras.
No hay tiempo qué perder. No hay horas muertas.
vivo por ti: maldigo mi fortuna. 

 

 

 

 

 

Panis angelicus

 

SIGUIENDO tu consejo, fui a YouTube
a oír a Pavarotti cantando con su padre
el dúo trascendente que César Franck compuso.
La catedral de Módena. Galería del coro.
Se alza lenta la cámara. Allí están.

Prosiguen en mis sueños. El motivo:
la figura del padre que me guía me obsesiona,
me duele, me desgarra. Aunque es probable 
que el dúo me persiga por una causa simple.
Es precioso escucharlos cantar juntos.

Tal vez lo que apreciamos son las hebras de vida,
su ensamblaje pausado convertido en sonido
repleto de equilibrios, conexiones.
Como la voz de un ángel atrapada:
regresa de un espejo, atravesando el tiempo.

Ha pasado una vida desde que descubrimos
la música, pasión donde encontrarse.
Perdóname por no ver de inmediato
que era una bendición con la que dos paganos
en la vejez pudimos comer pan de los ángeles.

 

 

 

 

 

Tiempo de descuento

 

BONITO truco del destino hacerme
pensar en que podría fallecer
mañana, y luego darme algo de tiempo.
Siento que me quedé más de la cuenta.
Cada noche me enfrento a la ascensión
que parece una cuesta hacia los cielos:
subir el Himalaya hasta mi cama,
muevo los pies como si los peldaños
fueran troncos rodantes, y allí sueño
que al alba sigo vivo y vuelvo abajo.
Este sueño podría ser real,
pero no perpetuarse. Mi libreta
un día yacerá sin ser usada
para mostrar el tiempo que tardó
el silencio en cumplir su cometido.