Poesía peruana: Alfredo Herrera Flores



Osman Alzawihiri construye una radiografía de la poesía peruana actual. Leemos en esta oportunidad a Alfredo Herrera Flores. Ha merecido distinciones como el Premio Nacional Copé de Oro de Poesía, en 1995, y el premio nacional de poesía convocado por la municipalidad de Paucarpata. Sobre Herrera, ha escrito Marco Martos lo siguiente: “Practica distintos géneros, desde la prosa ficcional o ensayística, hasta la propia poesía. La característica de esta poesía es que es una excrecencia del propio autor, que reserva para este género, como debe ser, las palpitaciones de su corazón”.

 

 

 

De: “Causas naturales”
(La Travesía editora, 2019)

 

 

 

LA CASA

 
Somos la mañana con su tarde
y su inevitable noche.

 
Somos el día que nos da
en esta casa o en la otra.
Somos las cuatro o cinco paredes
que nos acogen esta noche,
ojalá mañana.

 
La casa que nos cobija somos
con sus clavos y sus sorprendidos
huecos en las paredes
¡y hasta la vereda de enfrente nos pertenece!

 
Somos la casa y la ciudad
aunque no tengamos ciudad ni casa,
no sepamos a dónde ir ni
a dónde volver: si a la ciudad o a la casa.

 
En esta casa somos más que nosotros tres:
somos la casa y su mesa y la leche
y el gatopardo en el jardín,
somos los tres tomados de la mano
acomodando un jarrón y
mirando por la ventana.

 

 

 

 

ÍTACA

 
Arrepentido, detenido frente a una lucerna extraviada,
viendo llover,
diciendo que lejano está
cualquier recuerdo que provoque silencio
y horror, esperando a que la inmortalidad me sorprenda,
decidiendo volver, partir.
Silencio mineral. Animal de campo abierto.
¿Cómo decir que nada espero? En Ítaca corro peligro,
fuera de Ítaca corro del peligro.
Cuando escampe el cielo derramará
colores sobre la cabeza de los traficantes,
partiré entonces con dirección desconocida
porque habré de escribir
por el resto de mis días para no morir.
Tengo miedo a morir
atravesado por una palabra errada y no poder pronunciarla.

 

 

 

 

 

TODAS LAS FORMAS DEL RÍO

 
El río entero,
desnudo,
eterno, envuelto en música y llanto,
sobre la memoria acumulada y la pálida
espalda del tiempo, luce un brillo
ancestral y su perfil tesonero
antes de desvanecerse en un flujo
desolado y feliz a la vez.

 
Anochece y se confunden
principio y final,
humildes
las aguas transcurren hacia el drama de la calma,
tristeza y anochecer se encuentran
para andar camino nuevo,
inventado en el fragor de los recuerdos.

 
Nadie hay que resuelva el enigma
de todas las formas del río,
salvo el tiempo, que lo recorre.

 

 

 

 

ORACIÓN NO DICHA

 
Quebrados la paz y el crepúsculo,
postergadas la celebración y la herida,
la espada final cumple su promesa:
brillo y santidad.
Lejos la vicaria de la palabra cae en forma de ocaso.
¿A quién dirigirme en mi oración? ¿al mar?
¿a las montañas y su soberbia?
¿a la tumba de mi antepasado?
Mi cabeza enfrenta la duda
y el sonido de un piano inmenso
que ardiente y real se agita cerrándome el paso.

 
Le hablo al aire y el aire escucha
en toda su dimensión.

 

 

 

De: “Acerca de la palabra imán”
(Editorial Hijos de la lluvia, 2020)

 

 

 

LABERINTO / NATURALEZA

 
Ciertamente, miramos el laberinto desde adentro.
Fragmentos de naturaleza que confundimos con infierno,
la nuestra es la naturaleza que ha quedado entre dientes,
en el sombrero, en el oscuro cuerpo, en las puertas:
la infancia transcurrida sin remedio.
Convertir la respiración en penumbra me salvaría.
Yo sé que la calle no tiene fin, sonrisa o fe.
Mi habitación en esta ciudad es blanca por dentro,
desde una ventana se puede ver parte del laberinto:
una pared descascarada, un forado, un retazo de cielo.

 
Gritar no resuelve nada, la belleza está instalada en la ventana,
a merced de la espuma, junto a objetos mágicos
recogidos en ferias artesanales; nadie la ve, sin embargo.
No hay salida. La catástrofe se ha instalado
en todas las esquinas por donde se señala la salida,
pero no hay puertas, ventanas ni espejos;
una enredadera crece infinita floreciendo cada diez años,
aferrada a los muros infructuosos del encierro.

 
Hablar, entonces, de lo que no se puede tocar
para salir de estas calles sin salida, escuchar al mendigo, al orate,
al vagabundo, a mis amigos embelesados con mi ventana descascarada.

 

 

 

 

ACERCA DE LA PALABRA IMÁN

 
Uso muchas veces las palabras soledad, nostalgia,
noche, mar, serenidad; las repito
y dibujo en cada línea que mi corazón me dicta
cuando la soledad me sumerge en la nostalgia.

 
Diría alguien que soy un hombre triste,
sombrío, inmerso en una rara serenidad,
como si todo el tiempo mirara al mar,
y tendría razón.
Otro alguien diría que soy un hombre feliz,
que disfruto esta calma que me da el tiempo y
los recuerdos de los que vivo, y tendría razón.

 
Pero nadie sabe que, digo en silencio, como una letanía,
la palabra imán, que la repito en un tono sin sentido,
que la uso todo el tiempo
para alejar aquellas otras que me hacen
un hombre triste y feliz.

 

 

 

 

 

GUARECIDO DE LA LLUVIA

 
Cielo andino azul plomo
descansa sin riesgo alguno
sobre filuda cresta de cordillera gigante,
mientras sorbo café
o mastico coca
guarecido de la lluvia
pero iluminado por ligero rayo
extraviado de sol.
 

 

 

 

 

POEMA ARREBATADO AL VIENTO

 
Este poema ha sido rescatado
del viento.
No ha sido fácil
arrebatárselo, desprender de sus
fuertes brazos de aire
cada palabra, cada letra;
aún más difícil ha sido
ordenar nuevamente
las palabras húmedas, arrugadas,
hechas casi hilachas.

 
No estoy seguro si este poema
es el que estaba secando al sol
cuando nos sorprendió la tormenta,
tal vez no tenga más remedio
que arrojarlo al mar.

 

 

 

 

DÓNDE UNA PUERTA

 
Una profunda tristeza, como un dolor agudo
en delicada piel, un penetrante sonido, metálico, duro,
constante, capaz de llevarte al delirio
hasta convertirte en un ser insomne.
Dónde una puerta,
un jardín, una fuente, un árbol, una ventana abierta,
una cama, un vaso con agua,
un cuerpo con voz y textura de bienvenida,
un cuerpo dispuesto.
Mi voz enrojecida y mi cuerpo obstinado.
La muerte no verá mis ojos, sin embargo.
La estrella más antigua se posará en mi sombra descansada.
La mirada díscola me exonera de la simpleza.
Andando la tarde se alcanza la muerte, también.