Textos y contextos: Genealogía de un libro



Leemos la segunda entrega de la columna “Genealogía de un libro” que comienza a construir Audomaro Hidalgo en Círculo de Poesía. Aquí Hidalgo revisita el viejo género de “las vidas”. Es un viaje que va de Roberto Bolaño a Jorge Luis Borges y de Pascal Quiognard a Pierre Michon. Un viaje bajo las sombras de Plutarco y Marcel Schowb.

 

 

 

 

 

GENEALOGÍA DE UN LIBRO

 

Roberto Bolaño debutó con La literatura nazi en América: inventadas biografías de artistas, escritores, periodistas, editores, que tienen alguna relación, cercana o lejana, con el Nazismo. Cáusticas, irónicas, algunas son memorables, como la de Ramírez Hoffman, el infame, por la que el tomito vale la pena. Luego Bolaño quiso hacer de ella una novela, Estrella distante (una vez leído, este libro merece nuestro olvido), que no tiene la potencia del prototipo relato. He frecuentado siete u ocho veces las constantes apariciones, desapariciones y transfiguraciones de Ramírez Hoffman: joven poeta que no mereció las visitas de la Musa, asesino prematuro, fotógrafo, piloto chileno que con su destartalado avión escribe poemas en el cielo de Chile, y por fin hombre venido a menos que termina viviendo en un pueblucho de las afueras de Barcelona. Alguna mañana, en mi villorrio natal, creí encontrar el edificio en el que Ramírez Hoffman pasa sus últimos meses de vida. Migración del espacio, influjo real de la literatura en nuestra ordinaria vida ordinaria, que gusta nutrirse de ficciones y de seres que sentimos como si de verdad existiesen. Vies minuscules: aire rural de la provincia francesa, el ríspido acento de aquella gente de campo, el calor tímido de un sol casi blanco y la mirada nostálgica de un hombre, Pierre Michon, que en las fronteras del alcoholismo recula y decide dar vida a personajes tan inmemoriales como la tierra. La evocación que Michon hace de la figura del abuelo tiene para mí un eco aparte, porque es a mi abuelo campesino a quien yo le debo todo lo que escribo, de algún modo él me lo dicta y yo lo copio con mano amiga. La historia del cerdito que guía una manada o las innúmeras derrotas que mi abuelo pasó antes de cazar un venado, y una vez muerto el animal obtener de su interior “la virtud”, son para mí relatos literarios que enriquecieron los aletargados domingos en un pueblito del sur. Pero sigamos. Debo a un amigo argentino la primera noticia sobre La sinagoga de los iconoclastas. Juan Rodolfo Wilcock creó una pléyade de científicos, matemáticos, inventores, genios, que están en el extremo opuesto de los cuatreros, esclavos, piratas, pistoleros y gánsters soñada por Borges. Tengo yo por cierto que el primo lejano del infame Ramírez Hoffman se llama Lazarus Morell, el atroz redentor. Este personaje, no menos recordado que el de Bolaño, es la tarjeta de presentación de la Historia universal de la infamia. Cuarenta años es la suma de tiempo que separa la Historia universal de la infamia de las Vies imaginaires. En París, al inicio del verano de 1896, un ensoñador, tierno y solitario, hace aparecer unas fantásticas biografías de seres” infimes”, “inférieures”. El nombre del demiurgo no hace falta decirlo, sabemos que se trata de Marcel Schowb.

La Historia oprimió a Plutarco y lo orilló al realismo, así comparó la vida de un personaje griego con la de un personaje romano. No fabuló, confió en los rasgos y vicisitudes de sus biografiados: seres que caminaron por la tierra, dieron discursos, tomaron vino, guerrearon, amaron, conocieron el placer, y murieron.

Bolaño, Michon, Wilcok, Borges y Schowb son fabuladores.

Quignard es arqueólogo y antropólogo: Lycophron, Carus, Butes, Apronenia Avitia, Albucius, Latron, etc.

Plutarco es historiador: Alejandro Magno, Julio César, Pericles.

La literatura occidental, desde el tiempo en el que los hombres sufrían la opresión de las deidades, está tejida por el fino e ininterrumpido hilo de Penélope.