Poesía de Bolivia: Roberto Farel



Leemos los poemas del boliviano Roberto Farel (Vallegrande, 1999). Es artista escénico formado en la Escuela Nacional de Teatro y miembro del Laboratorio Encrudo Teatro, en Santa Cruz de la Sierra.

 

 

 

  

Pájaros en la pradera

 

Se alzó el viento
al atardecer, tras las moras.
Y nuevas raíces le crecían al árbol
El inmenso pájaro esquivó las ramas
Y vio venir su nueva ala rota
Devorada por hormigas al amanecer.

 

 

 

 Insignia

 

Es una sensación austera
La que siento entre hueso y hueso
Y la mañana levanta su mezquita
Todavía con calma
Atravesamos el mes de noviembre
Esparcidos entre el leño y la yesca
Aún cuando calle mis desventuras
Las haré notar en otras formas
La angosta serpiente se estrecha en mi cuello
Cuando digo la última palabra
En el rincón de sangre seca
Se enarbola tu presencia.
Toda llena de bondad.
¿Dónde están mis seres queridos?
¿En mis pupilas?
¿O en las tuyas?
Se arrincona el aire en esta vulgar montaña
Donde todo existió antes que tú existieras
Antes que la atmosfera y antes de la pradera
Ahora la pequeña esfera del mundo está
En mis manos pegajosas que no quieren soltar.

 

 

 

Canción de verano

 

Vomito sobre la avenida
Y el árbol silvestre me hace estallar los ojos
La marea de humo, sobre mi colosal
Verruga, implantada en los sesos

Marea de flores marchitas,
Regada sobre la alfombra
¿Quién desea caminar por allí?
Amanece mi mano enrojecida e hinchada
Adormecida de dolor.

Parece mi cráneo un deforme mapa
Donde la pradera sin sol me invita
A recorrer su arboleda incendiada
Quizás camine sobre la hierba.

Feliz como una doncella
Amamantado por una loba
Despellejado por una mantis
Y tras la cuesta me vea vivo de nuevo.

El día en que nací murieron los cerdos
Ahogados en su lodo.
En esta grieta está mi suerte.
Una moneda de oro
Y la picadura de una serpiente.

En esta grieta está mi abuelo
Y el imperio incaico demolido
Hace temporadas y años
Mi cuerpo se extiende en el paisaje
Y muere con él, llevándose todas
Las lágrimas de tus mejillas
Y toda la belleza del bosque.

 

  

Lágrimas de príncipe
(de Isaac príncipe de los judíos)

 

En los negros atardeceres
Cuando no había nada más que medir
Ocultaba el compás
El siniestro Padre.
A su hijo lo dejaba ir a faldas
De la montaña
La piedra estaba limpia
La navaja afilada era ahora
Un arma traspasada de padre a hijo
De una generación a otra
Donde un animal moría, renacía la sombra
De un nuevo cordero de pelaje y ojos
Oscuros, con la llama del tiempo
Aún en sus manos,
¿Por qué he de llevar padre
Todo el dolor del mundo en mis hombros?
Preguntaba erguido y airado.
Mientras era abandonado
En los negros atardeceres a los ojos de Dios.