Reparación
A mi padre, que deliraba en la agonía
Mira: he traído los barcos. Se ven
desde la calle.
He traído la calle y ahora es cierto
que estabas en la calle y viste barcos.
Ubi sunt
Dónde están mis guerreros, perdedores
solo en batallas no libradas, que fueron las más.
Dónde están los castillos que crispaban sus almenas
ante un peligro imaginario.
Dónde el enemigo retirado antes de tiempo,
sin haber completado sus infamias.
Dónde las vistosas misiones que llevaban
por comarcas insólitas.
Dónde los planos del tesoro que auguraban
la expedición, las sangres intermedias.
Dónde los indolentes, espaciosos días,
sus noches dilatadas.
Dónde el baile final de Zorba el griego,
su mística celebración de la derrota,
más grande que cualquier derrota.
Dónde estamos, amigos, cómo hemos llegado
—única magia auténtica— hasta aquí.
Tiempo
Antes que muera en otros brazos,
ofrécele los tuyos: lo has gastado
y te ha gastado, es justo
que encuentre donde ardió reposo,
heredad en aquello
que lo dejó fluir caudal y él supo
tan minuciosamente devastar.
Fue tuyo y fuiste suyo: vuestros son
los brazos que se abren consumidos
para acoger nuestro común repliegue
hacia la desmemoria.
Descansemos en paz de lo que fuimos.
Lugares oscuros
Hay algunos recuerdos
donde es mejor no entrar.
Callejones oscuros habitados por sombras
que usan nuestros rostros, que se ríen
como reíamos nosotros.
Desolados salones de juego en que se hacían
apuestas demasiado altas.
Historias insolventes pero inscritas
en las impúdicas entrañas
de un animal que se llamaba vida.
Se trata de recuerdos malheridos,
en los que no es prudente entrar:
son templos arrasados, pero en ellos,
en sus cenizas deslumbrantes,
palpitan todavía nuestras vísceras,
dan testimonio cierto de que fuimos
víctimas implacables y deidades salvajes.
Ilíada, XXII
Qué me importa la patria,
la sentenciada Troya.
Qué pueden importarme Andrómaca y Astíanax.
Sombras son ya que recaban olvido.
Sé bien que solo tengo este combate.
Sé bien que no me queda
sino la lanza ensangrentada, la pletórica lanza
del hijo de Peleo.
Quien me aguarda es Aquiles.
Son la derrota y la muerte, el ultraje,
cosas —así lo han dictado los dioses—
que habrán de cantar, venideros, los hombres,
y que los hombres no podrán borrar de su memoria.
Será así (I)
Sé que ahora no puedes
entenderlo.
Pero créeme
—vengo de allí—: seremos ellos.
El temblor
Ya no tiemblo al leerlo, pero aún soy capaz
de reconocer por el tacto un buen poema.
De recorrer su piel y ver si tiembla.
Tu hora
Si llegas hasta aquí y, como yo,
no has entendido nada, es tu hora
de afrontar la verdad: no había nada,
no hay nada que entender. Siéntate cerca
y no me mires a los ojos, dame
la mano y duérmete. Se pasa pronto.
Recepción de lo sacro
Tu cuerpo está al llegar.
Poco o nada me importa
que otra vez venga solo.
Con él me sobra y basta.
Busquen otros tu alma. Mientras tanto,
despreocupado de tareas vanas,
preparo el advenimiento.
Tu cuerpo,
incluidas por cierto todas y cada una
de sus muchas, adorables secciones,
va a acontecer, es inminente.
Abro
de par en par mis templos: el milagro comienza.
Volví tarde. Padre no estaba. Mis hermanos
no me abrieron la puerta.
Sigo aquí, desahuciado, en este estercolero.
Desde él me llegan los aromas
del festín prolongado
que celebra la estancia, no el regreso.





