Poesía española: Pedro López Lara

Leemos poesía española. Leemos algunos textos incluidos en Por arrabales últimos (Antología poética) de Pedro López Lara (Madrid, 1963), publicada por Renacimiento. Recibió el Premio de Poesía Rafael Morales en 2020 y el Premio Ciudad de Alcalá de Poesía en 2022.

 

 

 

 

Reparación

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ A mi padre, que deliraba en la agonía​​ 

 

Mira: he traído los barcos. Se ven​​ 

desde la calle.​​ 

He traído la calle y ahora es cierto​​ 

que estabas en la calle y viste barcos.

 

 

 

 

 

 

 

Ubi sunt

 

Dónde están mis guerreros, perdedores

solo en batallas no libradas, que fueron las más.

 

Dónde están los castillos que crispaban sus almenas

ante un peligro imaginario.

 

Dónde el enemigo retirado antes de tiempo,

sin haber completado sus infamias.

 

Dónde las vistosas misiones que llevaban

por comarcas insólitas.

 

Dónde los planos del tesoro que auguraban

la expedición, las sangres intermedias.

 

Dónde los indolentes, espaciosos días,

sus noches dilatadas.

 

Dónde el baile final de Zorba el griego,

su mística celebración de la derrota,

más grande que cualquier derrota.

 

Dónde estamos, amigos, cómo hemos llegado

—única magia auténtica—​​ hasta aquí.

 

 

 

 

 

 

 

Tiempo

 

Antes que muera en otros brazos,

ofrécele los tuyos: lo has gastado

y te ha gastado, es justo

que encuentre donde ardió reposo,

heredad en aquello

que lo dejó fluir caudal y él supo

tan minuciosamente devastar.

 

Fue tuyo y fuiste suyo: vuestros son

los brazos que se abren consumidos

para acoger nuestro común repliegue

hacia la desmemoria.

 

Descansemos en paz de lo que fuimos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Lugares oscuros

 

Hay algunos recuerdos​​ 

donde es mejor no entrar.​​ 

Callejones oscuros habitados por sombras​​ 

que usan nuestros rostros, que se ríen​​ 

como reíamos nosotros.​​ 

Desolados salones de juego en que se hacían​​ 

apuestas demasiado altas.​​ 

Historias insolventes pero inscritas​​ 

en las impúdicas entrañas​​ 

de un animal que se llamaba vida.​​ 

 

Se trata de recuerdos malheridos,​​ 

en los que no es prudente entrar:​​ 

son templos arrasados, pero en ellos,​​ 

en sus cenizas deslumbrantes,​​ 

palpitan todavía nuestras vísceras,​​ 

dan testimonio cierto de que fuimos​​ 

víctimas implacables y deidades salvajes.

 

 

 

 

 

 

 

 

Ilíada, XXII

 

Qué me importa la patria,

la sentenciada Troya.

Qué pueden importarme Andrómaca y Astíanax.

Sombras son ya que recaban olvido.

 

Sé bien que solo tengo este combate.

Sé bien que no me queda

sino la lanza ensangrentada, la pletórica lanza

del hijo de Peleo.

 

Quien me aguarda es Aquiles.

Son la derrota y la muerte, el ultraje,

cosas​​ —así lo han dictado los dioses—

que habrán de cantar, venideros, los hombres,

y que los hombres no podrán borrar de su memoria.

 

 

 

 

 

 

 

Será así​​ (I)

 

Sé que ahora no puedes

entenderlo.

Pero créeme

—vengo de allí—: seremos ellos.

 

 

 

 

 

 

El temblor

 

Ya no tiemblo al leerlo, pero aún soy capaz

de reconocer por el tacto un buen poema.

 

De recorrer su piel y ver si tiembla.

 

 

 

 

 

 

 

 

Tu hora

 

Si llegas hasta aquí y, como yo,

no has entendido nada, es tu hora

de afrontar la verdad: no había nada,

no hay nada que entender. Siéntate cerca

y no me mires a los ojos, dame

la mano y duérmete. Se pasa pronto.

 

 

 

 

 

Recepción de lo sacro

 

Tu cuerpo está al llegar.​​ 

Poco o nada me importa​​ 

que otra vez venga solo.​​ 

Con él me sobra y basta.​​ 

 

Busquen otros tu alma. Mientras tanto,​​ 

despreocupado de tareas vanas,​​ 

preparo el advenimiento.​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Tu cuerpo,​​ 

incluidas por cierto todas y cada una​​ 

de sus muchas, adorables secciones,​​ 

va a acontecer, es inminente.​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ Abro​​ 

de par en par mis templos: el milagro comienza.

 

 

 

 

 

 

 

 

Volví​​ tarde. Padre no estaba. Mis hermanos

no me abrieron la puerta.

Sigo aquí, desahuciado, en este estercolero.

 

Desde él me llegan los aromas

del festín prolongado

que celebra la estancia, no el regreso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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